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viernes, 15 de mayo de 2026

¡Qué vivan los estudiantes!

 

FILBO 2026:

¡Qué vivan los estudiantes!

 

Por: Javier Barrera Lugo

 

“Que vivan los estudiantes

jardín de nuestra alegría,

son aves que no se asustan

de animal ni policía,

y no le asustan las balas

ni el ladrar de la jauría…”

Mercedes Sosa- Me gustan los estudiantes-.





Cuarto, quinto, sexto de bachillerato. Así se conocían  los cursos de educación media en Colombia, y amparaban a rajatabla las definiciones de una formación basada en la real “bacanería” mezclada con la culpa que se engendraba en nuestras mentes de seminaristas en vacaciones cuando pecábamos, casi siempre de pensamiento, palabra y omisión (por obra, muy raro), invocando el nombre de una mujer idealizada y sensual que cruzaba nuestro espectro púber; pudiendo ser esta una profesora en plenitud de condiciones de exuberancia, joven, con una decena de minifaldas de cuero ajustadas que alborotaban hasta a los curitas viejos, o una sensual secretaria general con no más de 25 calendarios, heredera del puesto de su mamá, que al momento del retiro no contaba con mayores atributos salvo la sabiduría de quien ha vivido de manera sana y monótona el control administrativo de una comunidad que hizo un mal negocio con el desgobierno de Colombia: educar a sus hijos de clase media con recursos apenas limitados…

       Doy contexto: estudié bachillerato en el Colegio Seminario Espíritu Santo de Suba, COLSES. Sobra decir que era confesional, masculino, con un tufillo machista propio de la época, y chévere, increíblemente chévere, cordial, lleno de camaradería que se emparentaba con lo criminal; lo más parecido a una cárcel, al estadio Defensores del Chaco a finales de los ochentas cuando Olimpia de Asunción, necesitaba ganar, una prisión centroamericana atestada de pandilleros cuya única esperanza era la sobrevivencia.   

       Estar en estos cursos era moverse entre trincheras, la parte vibrante del tsunami que las hormonas nos provocaron: cara mancillada por granos repletos de grasa y bacterias, rojos, verdes mezclados, puntas coronadas por vejigas amarillentas en los casos más extremos de contaminación. Palpitaciones, ansiedad, sentimientos de poquedad depresiva… La mente se manifestaba en contra nuevamente. En cambio, las chicas eran tan bellas, tan sutiles, tan voluptuosas… tan… tan… Ya me entienden…

       En ese estado lamentable, enamorarse de jovencitas imposibles, bellas hasta el dolor, que se burlaban de nuestras mejillas y frentes plagadas de erupciones sebáceas y rubores faciales de 50 grados centígrados (timbradas) propiciadas por la inseguridad vital y una timidez que rozaba la “maricada”, era un lujo inmerecido, explotar sin método antes de tocar el portaviones, contradiciendo impunes lo indicado en el código de honor “kamikaze.” La contradicción era el pan nuestro de cada día… Aún hoy esa tara se mantiene.

       La forma de descargar el trauma de esta humillante etapa y sus consecuencias era burda y eficaz: iniciar peleas y casi siempre huir (al menos en mi caso) mientras los compañeros altos, corpulentos, marihuanos, matones y “rayados”, le sacaban la madre a quienes osaban utilizar sus nudillos cargados de ira en nuestra contra, solo por haberles colocado, durante eternas discusiones, un escupitajo en el centro de sus jetas abiertas por las que se evaporaban las pocas ideas que eran capaces de producir estos rivales de otros cursos.

       Aún hoy, que me los cruzo por las aceras, ya envejecidos (ellos, no yo), calvos, con la mirada gacha como recogiendo los pasos de esos adolescentes granujas que fueron, compruebo que la ordinariez del ignorante en vez de cesar con el tiempo, crece en función geométrica. Una ley universal: al camaján lo que le sobra de músculo y panza, lo compensa con poco seso.

       Tiempos de caos hermoso, de locura juvenil… Descubrir como religión, destruir por vicio… Siempre he sido un “ñoño,” el gordito que prefirió un libro a la exaltación de los sentidos con barbitúricos y alcohol. Por eso, esperaba con ansias que fuese abril para tomarme por asalto, junto a mis amigos y compañeros de colegio, los corredores de la feria exposición, como los viejos conocían a Corferias, en los lejanos años 80.

       Viviendo sueños milicianos, experimentando formas sutiles de placer, me enamoré de la naciente FILBo y sus recovecos, de la nostalgia bien entendida; aprendí, entre estanterías, el amor en grado de angustia porque cuando se es adolescente todo lo complicado parece eterno y lo deseado exigente.

       Cruzan por la memoria los buses de los colegios “bien” de la ciudad, los mochileros que nos “cargaban” desde Suba, las bicicletas, “zorras” y hasta busetas atestadas de jóvenes de toda Bogotá, acercando a Corferias a  las “galladas” felices de niñas y niños de primaria y bachillerato que con su sola presencia en un evento forjado por la fe, las ganas de respirar nuevos aires y potenciada por la inocencia que le reclamaba cambios a un sistema asesino formado por políticos ladrones (redundancia) y narcos malnacidos, le informó a los dueños de Colombia y sus ejércitos de carniceros, que éramos una ciudadanía en crecimiento, la generación que consciente, o al menos avispada, le apostaba su esperanza a páginas llenas de ideas, al cambio de una constitución excluyente por una social y no al absurdo de la violencia corrupta enquistada en las fibras esenciales del espíritu nacional.

       Niñas hermosas (cuando decir niña no se tomaba como un insulto o un epíteto para descalificar a una mujer, sino como expresión de ternura para una generación de chicos que, a la brava o por convicción, abandonábamos el machismo), muchachos iconoclastas y llenos de energía bonita, jóvenes celebrantes de la vida, llenamos como sangre oxigenada los pabellones reclamando hojitas sueltas con mapas del evento, publicidad de obras en lanzamiento y venta, poemas simples de autores independientes con ganas de conocer y ser conocidos. Fuimos alegría  llenando bolsas plásticas con las chucherías y papeles que los expositores entregaban para ver si alguno de aquellos sacos de acné con uniforme se animaba a comprar algo. Nunca pasó, al menos entre los míos.

       Horas interminables de caminatas en las  que se borraban las huellas de los Verlon con nuevas huellas de otras marcas, la compra del perro caliente por pocas monedas y mordido por medio curso (con o sin el permiso del compañero que puso el dinero), la gaseosa comunal llena de “submarinos” compuestos de migajas sin masticar, los estudiantes de colegio le fuimos dejando semillas a la FILBo, la fortalecimos, la volvimos un evento en nuestro calendario, que aún, hace parte de los compromisos asumidos con atención por nuestros hijos.

       Dichoso aquel que encuentra en la nostalgia un motor, una excusa para hacerse más dulce la vida. Hoy, miércoles 29 de abril de 2026, día con lluvias, con frío calador de huesos, caminé la FILBo animado por la idea de resucitar al grupo de adolescentes muertos que fueron mis amigos. Aunque no lo logré (están muy ocupados hasta para soñar, la banda de atolondrados), me topé por todos lados con "niños de colegio", en sudadera institucional o uniforme de gala, recorriendo este recinto ferial como lo hicimos mis amigos del Seminario Espíritu Santo y yo hace más de 35 años. Fue un momento de impacto que me movió la nostalgia.

       Vi a “niñas” como las que hace tanto alentaron mis fantasías adolescentes y no pude dejar de evocar y sentir que estoy viejo; aunque no soy uno verde aguado. Vi a miles de adolescentes, chicos como yo hace tanto; todos jugando y retando a la existencia, dichosos gritando como locos solo para ser vistos, destacarse; marcando con histeria las paredes del tiempo donde muchos estamos atrapados y ellos aún pagan su espacio de felicidad con muchas ganas, ignorando que algún día lejano estarán revisando las “llantas” que ya no ocultan las camisas holgadas, las entradas brillantes reflejando una alopecia cruda; caminando enérgicos, enfervorizados por la idea de ilusionarse con un mundo nuevo plagado de verdaderos milagros, de esos que no se pagan o se pelean, sino que se dan por el mero gozo de ser libre.  

       Grande la FILBo, el lugar donde los estudiantes, los antiguos y los de hoy, no nos asustamos de animal o policía, ni tampoco las balas o el ladrar de la jauría.