FILBO 2026:
¡Qué vivan los estudiantes!
Por:
Javier Barrera Lugo
“Que vivan los estudiantes
jardín de nuestra alegría,
son aves que no se asustan
de animal ni policía,
y no le asustan las balas
ni el ladrar de la jauría…”
Mercedes Sosa- Me gustan los estudiantes-.
Cuarto,
quinto, sexto de bachillerato. Así se conocían los cursos de educación media en Colombia, y amparaban
a rajatabla las definiciones de una formación basada en la real “bacanería” mezclada
con la culpa que se engendraba en nuestras mentes de seminaristas en vacaciones
cuando pecábamos, casi siempre de pensamiento, palabra y omisión (por obra, muy
raro), invocando el nombre de una mujer idealizada y sensual que cruzaba
nuestro espectro púber; pudiendo ser esta una profesora en plenitud de
condiciones de exuberancia, joven, con una decena de minifaldas de cuero
ajustadas que alborotaban hasta a los curitas viejos, o una sensual secretaria
general con no más de 25 calendarios, heredera del puesto de su mamá, que al
momento del retiro no contaba con mayores atributos salvo la sabiduría de quien
ha vivido de manera sana y monótona el control administrativo de una comunidad
que hizo un mal negocio con el desgobierno de Colombia: educar a sus hijos de
clase media con recursos apenas limitados…
Doy contexto: estudié bachillerato en el
Colegio Seminario Espíritu Santo de Suba, COLSES. Sobra decir que era confesional,
masculino, con un tufillo machista propio de la época, y chévere,
increíblemente chévere, cordial, lleno de camaradería que se emparentaba con lo
criminal; lo más parecido a una cárcel, al estadio Defensores del Chaco a
finales de los ochentas cuando Olimpia de Asunción, necesitaba ganar, una
prisión centroamericana atestada de pandilleros cuya única esperanza era la
sobrevivencia.
Estar en estos cursos era moverse entre
trincheras, la parte vibrante del tsunami que las hormonas nos provocaron: cara
mancillada por granos repletos de grasa y bacterias, rojos, verdes mezclados,
puntas coronadas por vejigas amarillentas en los casos más extremos de
contaminación. Palpitaciones, ansiedad, sentimientos de poquedad depresiva… La
mente se manifestaba en contra nuevamente. En cambio, las chicas eran tan
bellas, tan sutiles, tan voluptuosas… tan… tan… Ya me entienden…
En ese estado lamentable, enamorarse de jovencitas
imposibles, bellas hasta el dolor, que se burlaban de nuestras mejillas y
frentes plagadas de erupciones sebáceas y rubores faciales de 50 grados
centígrados (timbradas) propiciadas por la inseguridad vital y una timidez que
rozaba la “maricada”, era un lujo inmerecido, explotar sin método antes de
tocar el portaviones, contradiciendo impunes lo indicado en el código de honor
“kamikaze.” La contradicción era el pan nuestro de cada día… Aún hoy esa
tara se mantiene.
La forma de descargar el trauma de esta
humillante etapa y sus consecuencias era burda y eficaz: iniciar peleas y casi
siempre huir (al menos en mi caso) mientras los compañeros altos, corpulentos,
marihuanos, matones y “rayados”, le sacaban la madre a quienes osaban utilizar
sus nudillos cargados de ira en nuestra contra, solo por haberles colocado,
durante eternas discusiones, un escupitajo en el centro de sus jetas abiertas
por las que se evaporaban las pocas ideas que eran capaces de producir estos
rivales de otros cursos.
Aún hoy, que me los cruzo por las aceras,
ya envejecidos (ellos, no yo), calvos, con la mirada gacha como recogiendo los
pasos de esos adolescentes granujas que fueron, compruebo que la ordinariez del
ignorante en vez de cesar con el tiempo, crece en función geométrica. Una ley
universal: al camaján lo que le sobra de músculo y panza, lo compensa con poco
seso.
Tiempos de caos hermoso, de locura
juvenil… Descubrir como religión, destruir por vicio… Siempre he sido un “ñoño,”
el gordito que prefirió un libro a la exaltación de los sentidos con
barbitúricos y alcohol. Por eso, esperaba con ansias que fuese abril para
tomarme por asalto, junto a mis amigos y compañeros de colegio, los corredores
de la feria exposición, como los viejos conocían a Corferias, en los lejanos
años 80.
Viviendo sueños milicianos, experimentando
formas sutiles de placer, me enamoré de la naciente FILBo y sus recovecos, de la
nostalgia bien entendida; aprendí, entre estanterías, el amor en grado de
angustia porque cuando se es adolescente todo lo complicado parece eterno y lo
deseado exigente.
Cruzan por la memoria los buses de los
colegios “bien” de la ciudad, los mochileros que nos “cargaban” desde Suba, las
bicicletas, “zorras” y hasta busetas atestadas de jóvenes de toda Bogotá,
acercando a Corferias a las “galladas” felices
de niñas y niños de primaria y bachillerato que con su sola presencia en un
evento forjado por la fe, las ganas de respirar nuevos aires y potenciada por
la inocencia que le reclamaba cambios a un sistema asesino formado por
políticos ladrones (redundancia) y narcos malnacidos, le informó a los dueños
de Colombia y sus ejércitos de carniceros, que éramos una ciudadanía en
crecimiento, la generación que consciente, o al menos avispada, le apostaba su
esperanza a páginas llenas de ideas, al cambio de una constitución excluyente
por una social y no al absurdo de la violencia corrupta enquistada en las
fibras esenciales del espíritu nacional.
Niñas hermosas (cuando decir niña no se
tomaba como un insulto o un epíteto para descalificar a una mujer, sino como expresión
de ternura para una generación de chicos que, a la brava o por convicción, abandonábamos
el machismo), muchachos iconoclastas y llenos de energía bonita, jóvenes
celebrantes de la vida, llenamos como sangre oxigenada los pabellones
reclamando hojitas sueltas con mapas del evento, publicidad de obras en
lanzamiento y venta, poemas simples de autores independientes con ganas de
conocer y ser conocidos. Fuimos alegría llenando bolsas plásticas con las chucherías y
papeles que los expositores entregaban para ver si alguno de aquellos sacos de
acné con uniforme se animaba a comprar algo. Nunca pasó, al menos entre los
míos.
Horas interminables de caminatas en
las que se borraban las huellas de los
Verlon con nuevas huellas de otras marcas, la compra del perro caliente por
pocas monedas y mordido por medio curso (con o sin el permiso del compañero que
puso el dinero), la gaseosa comunal llena de “submarinos” compuestos de migajas
sin masticar, los estudiantes de colegio le fuimos dejando semillas a la FILBo,
la fortalecimos, la volvimos un evento en nuestro calendario, que aún, hace
parte de los compromisos asumidos con atención por nuestros hijos.
Dichoso aquel que encuentra en la
nostalgia un motor, una excusa para hacerse más dulce la vida. Hoy, miércoles
29 de abril de 2026, día con lluvias, con frío calador de huesos, caminé la FILBo
animado por la idea de resucitar al grupo de adolescentes muertos que fueron
mis amigos. Aunque no lo logré (están muy ocupados hasta para soñar, la banda
de atolondrados), me topé por todos lados con "niños de colegio", en
sudadera institucional o uniforme de gala, recorriendo este recinto ferial como
lo hicimos mis amigos del Seminario Espíritu Santo y yo hace más de 35 años. Fue
un momento de impacto que me movió la nostalgia.
Vi a “niñas” como las que hace tanto
alentaron mis fantasías adolescentes y no pude dejar de evocar y sentir que
estoy viejo; aunque no soy uno verde aguado. Vi a miles de adolescentes, chicos
como yo hace tanto; todos jugando y retando a la existencia, dichosos gritando
como locos solo para ser vistos, destacarse; marcando con histeria las paredes
del tiempo donde muchos estamos atrapados y ellos aún pagan su espacio de
felicidad con muchas ganas, ignorando que algún día lejano estarán revisando las
“llantas” que ya no ocultan las camisas holgadas, las entradas brillantes
reflejando una alopecia cruda; caminando enérgicos, enfervorizados por la idea de
ilusionarse con un mundo nuevo plagado de verdaderos milagros, de esos que no
se pagan o se pelean, sino que se dan por el mero gozo de ser libre.
Grande la FILBo, el lugar donde los
estudiantes, los antiguos y los de hoy, no nos asustamos de animal o policía,
ni tampoco las balas o el ladrar de la jauría.