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martes, 9 de junio de 2026

 

José Asunción Silva,

¿Poeta suicida o iniciado en el arte de morir?

(Letras trágicas)

 

Foto generada por I.A. COPILOT. 15/11/2025



Por: Javier Barrera Lugo

El sino trágico acompaña a los poetas colombianos, a los buenos, a los malos, hasta a los intrascendentes. Claro está, es una verdad irrebatible: Colombia es una patria narcisista, violenta en sus formas, cruel en la opinión, pérfida. Sus habitantes, letrados o no, disfrutamos construyendo héroes mitológicos a cucharadas, solo para devorarlos cuando cometen la primera insubordinación, la “cagada” que todos esperamos con ansias; para ello, contamos con la sevicia de una madre dolorida por la lujuria, esa sirena ensimismada en la conjunción del amor corrompido que se enfrenta a la muerte como parte de una ecuación para sentirse viva y la ternura del verdugo que termina volviéndose rabia pura y dura. Un día el ídolo de todos cae en desgracia, y de la paliza, la comilona de barro y la resaca de la gloria extraviada, no lo salva ni la virgen María.

       Barba Jacob, Gómez Jattin, el ilustre De Greiff, ajedrecista alcahuete de guerrilleros infantilizados y estúpidos; Vidales y su ceguera de espíritu anarco comunista, la Carranza, lúcida arrastrándose por los caminos de la decisión fría y esencial cuando se quiere buscar el qué y no el cómo; Arturo, persiguiendo al hermano convertido en ángel trágico entre una naturaleza infame y plagada de belleza. Todos bardos, todos brillantes, todos bañados en la templanza que da la derrota cotidiana, todos afectados por el ser mitológico al que se le achacó la paternidad del movimiento poético colombiano, el objeto de deseo parricida o enamoramiento existencial: José Asunción Silva.

       Tildado por sus malquerientes como necrófilo, el escribidor de poemas incestuosos a su amada Elvira, la hermana fiel, el pésimo comerciante, el deudor eterno de fuentes, usos y pesos, la sombra larga, raquítica, que deambula aún como un “viento maluco” por las calles del barrio La Candelaria, pedazo visceral del centro histórico de Bogotá, fue uno de los mayores exponentes de la poesía moderna, que no modernista, y un autor influenciado por los creadores franceses e ingleses del siglo XIX. Un viajero, vividor, con ojos de criatura prematura y poco adaptable, un suplicante en todo el sentido de la palabra.

       Su obra, trascendió umbrales de la lucidez gracias a esas imágenes cargadas de emblemas y metáforas dignas de un cronista emocional y salvaje en su respiración. Es injusto reconocer en él a un suicida nada más, creo que los grandes escritores rondan siempre los extremos de las pasiones y las acciones humanas. Lo que sí es innegable, es que la vida de José Asunción, jugó mucho -a favor, en contra- con la creación de Silva, ya que en los laberintos de la cotidianidad se cocinaron tragedias y verdades de las cuales el poeta no se pudo distanciar.

     La obra poética de Silva es maravillosa y la ausencia de dudas parece ser el mayor de sus aciertos. No es perfecta, ese es el encanto de los versos hechos con las vísceras, mezclados con grandes dosis de cinismo anclado en el alma sensible y secados al sereno.  Lo metafísico se sustenta en el lenguaje, casi de espejismo, que son las líneas que el autor regala; no sobra nada, tampoco se regala, hay que sufrir, amar, vivir y morir como en una ronda infantil donde todos al final terminamos siendo monstruos hermosos.

A continuación, dejo dos poemas de José Asunción Silva Gómez (1):

 

ARS

El verso es vaso santo; poned en él tan solo

Un pensamiento puro,

En cuyo fondo bullan hirvientes las imágenes

Como burbujas de oro de un viejo vino oscuro.

 

Allí verted las flores que en la continua lucha

Ajó del mundo el frío,

Recuerdos silenciosos de tiempos que no vuelven,

Y nardos empapados en gotas de rocío.

 

Para que la existencia mísera se embalsame

Como de esencia ignota,

Quemándose en el fuego del alma enternecida

De aquel supremo bálsamo, ¡basta una gota!

 

 

 

La Calavera

En el derruido muro

de la huerta del convento,

en un agujero oscuro

donde, al pasar, silba el viento,

 

y, como una dolorida

queja a las piedras arranca,

hay, en el fondo, escondida

una calavera blanca.

 

De algún fraile soñador

de vida ejemplar y bella

y dedicada al Señor,

en el mundo única huella.

 

Abre los ojos, sin fondo,

como a visiones extrañas,

y del vacío en lo hondo

forjan telas las arañas.

 

Húmedo musgo grisoso

recubre la antigua grieta,

donde, en supremo reposo,

descansa ignorada y quieta.

 

Pero hasta aquella escondida

mansión la brisa ligera

lleva murmullos de vida

y olores de primavera.

 

 

Golondrinas, que en sus marchas

dejaron el patrio río,

huyendo de las escarchas,

de las brumas y del frío,

 

cuando la luz del Poniente

filtra por el hondo hueco

y hace parecer viviente

el cráneo rígido y seco,

 

desde las negras ruinas,

alzan sosegado vuelo,

en sus vueltas peregrinas

tocan las ramas y el suelo,

 

como buscando en el prado,

ya por la tarde, sombrío,

el espíritu elevado

que habitó el cráneo vacío.

 


(1) Poemas de José Asunción Silva. Biblioteca digital Ciudad Seva. Recuperados de: https://ciudadseva.com/texto/la-calavera-2/ y https://ciudadseva.com/texto/ars/

 

 

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