José Asunción Silva,
¿Poeta suicida o iniciado en el arte de morir?
(Letras trágicas)
Foto generada por I.A. COPILOT. 15/11/2025
Por: Javier Barrera Lugo
El sino trágico
acompaña a los poetas colombianos, a los buenos, a los malos, hasta a los
intrascendentes. Claro está, es una verdad irrebatible: Colombia es una patria
narcisista, violenta en sus formas, cruel en la opinión, pérfida. Sus
habitantes, letrados o no, disfrutamos construyendo héroes mitológicos a
cucharadas, solo para devorarlos cuando cometen la primera insubordinación, la
“cagada” que todos esperamos con ansias; para ello, contamos con la sevicia de
una madre dolorida por la lujuria, esa sirena ensimismada en la conjunción del amor
corrompido que se enfrenta a la muerte como parte de una ecuación para sentirse
viva y la ternura del verdugo que termina volviéndose rabia pura y dura. Un día
el ídolo de todos cae en desgracia, y de la paliza, la comilona de barro y la
resaca de la gloria extraviada, no lo salva ni la virgen María.
Barba Jacob, Gómez Jattin, el ilustre De
Greiff, ajedrecista alcahuete de guerrilleros infantilizados y estúpidos; Vidales y su ceguera de espíritu anarco comunista, la Carranza, lúcida
arrastrándose por los caminos de la decisión fría y esencial cuando se quiere
buscar el qué y no el cómo; Arturo, persiguiendo al hermano convertido en ángel
trágico entre una naturaleza infame y plagada de belleza. Todos bardos, todos
brillantes, todos bañados en la templanza que da la derrota cotidiana, todos
afectados por el ser mitológico al que se le achacó la paternidad del movimiento
poético colombiano, el objeto de deseo parricida o enamoramiento existencial:
José Asunción Silva.
Tildado por sus malquerientes como
necrófilo, el escribidor de poemas incestuosos a su amada Elvira, la hermana
fiel, el pésimo comerciante, el deudor eterno de fuentes, usos y pesos, la
sombra larga, raquítica, que deambula aún como un “viento maluco” por las
calles del barrio La Candelaria, pedazo visceral del centro histórico de
Bogotá, fue uno de los mayores exponentes de la poesía moderna, que no modernista,
y un autor influenciado por los creadores franceses e ingleses del siglo XIX. Un
viajero, vividor, con ojos de criatura prematura y poco adaptable, un
suplicante en todo el sentido de la palabra.
Su obra, trascendió umbrales de la
lucidez gracias a esas imágenes cargadas de emblemas y metáforas dignas de un
cronista emocional y salvaje en su respiración. Es injusto reconocer en él a un
suicida nada más, creo que los grandes escritores rondan siempre los extremos
de las pasiones y las acciones humanas. Lo que sí es innegable, es que la vida
de José Asunción, jugó mucho -a favor, en contra- con la creación de Silva, ya
que en los laberintos de la cotidianidad se cocinaron tragedias y verdades de
las cuales el poeta no se pudo distanciar.
La obra poética de Silva es maravillosa y
la ausencia de dudas parece ser el mayor de sus aciertos. No es perfecta, ese
es el encanto de los versos hechos con las vísceras, mezclados con grandes
dosis de cinismo anclado en el alma sensible y secados al sereno. Lo metafísico se sustenta en el lenguaje, casi
de espejismo, que son las líneas que el autor regala; no sobra nada, tampoco se
regala, hay que sufrir, amar, vivir y morir como en una ronda infantil donde
todos al final terminamos siendo monstruos hermosos.
A continuación, dejo dos poemas de José Asunción Silva Gómez (1):
ARS
El verso es
vaso santo; poned en él tan solo
Un
pensamiento puro,
En cuyo
fondo bullan hirvientes las imágenes
Como
burbujas de oro de un viejo vino oscuro.
Allí verted
las flores que en la continua lucha
Ajó del
mundo el frío,
Recuerdos
silenciosos de tiempos que no vuelven,
Y nardos
empapados en gotas de rocío.
Para que la
existencia mísera se embalsame
Como de
esencia ignota,
Quemándose
en el fuego del alma enternecida
De aquel
supremo bálsamo, ¡basta una gota!
La Calavera
En el
derruido muro
de la
huerta del convento,
en un
agujero oscuro
donde, al
pasar, silba el viento,
y, como una
dolorida
queja a las
piedras arranca,
hay, en el
fondo, escondida
una
calavera blanca.
De algún
fraile soñador
de vida
ejemplar y bella
y dedicada
al Señor,
en el mundo
única huella.
Abre los
ojos, sin fondo,
como a
visiones extrañas,
y del vacío
en lo hondo
forjan
telas las arañas.
Húmedo
musgo grisoso
recubre la
antigua grieta,
donde, en
supremo reposo,
descansa
ignorada y quieta.
Pero hasta
aquella escondida
mansión la
brisa ligera
lleva
murmullos de vida
y olores de
primavera.
Golondrinas,
que en sus marchas
dejaron el
patrio río,
huyendo de
las escarchas,
de las
brumas y del frío,
cuando la
luz del Poniente
filtra por
el hondo hueco
y hace
parecer viviente
el cráneo
rígido y seco,
desde las
negras ruinas,
alzan
sosegado vuelo,
en sus
vueltas peregrinas
tocan las
ramas y el suelo,
como
buscando en el prado,
ya por la
tarde, sombrío,
el espíritu
elevado
que habitó
el cráneo vacío.
(1) Poemas de José Asunción Silva. Biblioteca digital
Ciudad Seva. Recuperados de: https://ciudadseva.com/texto/la-calavera-2/ y https://ciudadseva.com/texto/ars/
Un poeta increíble, muy solo, depresivo
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