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lunes, 5 de mayo de 2014

CUANDO LA CORDILLERA SE EMBARAZA


 
CUANDO LA CORDILLERA SE EMBARAZA
Pedro Alberto Zubizarreta, Buenos Aires, Argentina


Asunción


El agente sanitario Alejandro Villanueva, a quien los amigos llamábamos Jano, tenía un olfato llamativo para detectar embarazadas. A las pocas semanas de gestación ya estaba Jano zumbando en torno a la familia de la embarazada para asegurar que se cumpliesen los controles de salud.
“Encontré una embarazada nueva”, me comentó Jano un día. “Se me vino escapando, ahora debe andar por el quinto mes”.
“¿Quién es?”
“Asunción Carvajal. Usted no la conoce, pues vive a cinco horas de caballo bien caminadas”, respondió Jano.
Cuando Jano decía cinco horas de caballo “bien caminadas” significaba sin descansos en el trayecto. Con estos datos uno podía tener ya una buena idea de porqué para algunas personas resultaba difícil concurrir a los controles de salud.
“Si te parece vamos a hacerle una visita nosotros”, le dije.
No es que yo tuviese la obligación de ir a la casa de todos los que vivían lejos, pero a la conveniencia de hacerle los controles a Doña Asunción se sumaba mi profundo interés por recorrer las distancias que hacen de la Patagonia un espacio de dimensiones inconmensurables. No se tiene una plena conciencia de lo que es el espacio en su dimensión humana hasta que uno no lo recorre a pie o al menos a caballo. El automóvil y el avión nos han quitado la experiencia de la de los límites de los músculos y el cansancio.
Jano y yo emprendimos a caballo el camino hacia la casa de la familia de doña Asunción una mañana de sol de pleno verano. Hay que dejar que el caballo elija su ritmo y su camino. Al trepar y más aún al descender una cuesta, los caballos de la cordillera, de baja talla y con espeso pelaje, reaccionan con prudencia y pisan sobre terreno seguro. Lo mismo ocurre al vadear un río caudaloso. Espolear al animal u obligarlo a cambiar el rumbo puede entrañar un grave peligro. Entonces uno aprende a dejarse llevar. Fue una extraña sensación para mí depositar tal confianza en un animal. De él dependían nuestras vidas y ambos lo sabíamos. De pronto se establecía un vínculo crucial con el caballo, un nexo profundo y genuino que no admitía menoscabos ni cuestionamientos.
Llegamos a la casa después del mediodía, sorprendiendo a sus habitantes, que lo que menos esperaban era ver llegar al doctor de visita por primera vez en sus vidas. Doña Asunción se aprestó de inmediato para la consulta. Luego del examen físico y la extracción de sangre para análisis, todos nos sentamos a churrasquear, con suficiente carne que Jano había traído para todos. Acordamos con Doña Asunción que ella vendría hasta el hospital una semana antes de la fecha del parto para permanecer internada junto con la niña más pequeña.
Doña Asunción cumplió con su palabra. No era para menos, el gesto de mi visita se pagaba con la misma moneda. El parto normal se produjo en la fecha prevista y cuatro días más tarde la parturienta regresaba a los confines del mundo civilizado llevándose consigo una nueva boca para alimentar.

Carmen

Carmen estaba embarazada de nueve meses y venía en camino al Hospital del pueblo para tener su parto. Venía de lejos, a caballo, bajando con lentitud de los llanos por las empinadas laderas. Se dejaba bajar por el caballo. Llegando a los ranchos de invernada se le rompió la bolsa de las aguas. Como no había amanecido aún, decidió esperar la luz del alba para hacer los kilómetros que faltaban para llegar al hospital. Pero la naturaleza había disparado sus gatillos misteriosos para burlar estos planes. Recibí un radio para ir a buscarla en ambulancia pues estaba con dolores de parto. Cuando llegamos con Mauricio, el chofer de la ambulancia, serían las nueve de la mañana de un día radiante pero frío en extremo, sorteando manchones de nieve que no se alcanzaban a derretir por las bajas temperaturas reinantes. Carmen nos esperaba en la puerta de su casita, con un bolso en la mano y un niño de unos cuatro años en la otra.
“¿Qué le parece, llegamos o no?”, le pregunté, confiando en su experiencia de varios partos previos.
“No sé...”, dijo Carmen con una expresión en el rostro que me hizo tomar una rápida decisión.
“Acuéstese, por favor. La voy a revisar”, le dije.
La dilatación era completa y el parto era inminente. Llamaba la atención que minutos antes hubiese estado parada esperando en la puerta de su casa. El parto se produjo cinco minutos después. Con total normalidad nació un niño de buen peso y vitalidad. Lo sequé rápidamente y lo envolví en una frazada.
Mientras esperaba el alumbramiento y Carmen se reponía antes del traslado al hospital, Mauricio trajo unas brasas que distribuyó en forma de círculo sobre el piso de tierra apisonada del rancho. En el medio ubicamos al bebé recién nacido, que permanecía atento y con los ojos abiertos. Con ese spiedo improvisado, cuidando que el calor fuese el necesario, el bebé se mantuvo con una buena temperatura en el frío de la mañana que lo vio nacer.


La manito


Fue el primer parto que me tocó asistir de recién llegado, con las manos ávidas de tocar vida. Pero esta vez me ganaron de mano, al punto de que cuando estaba palpando como venía la presentación del bebé, una manito me agarró un dedo. Más allá de lo risueño que pueda parecer, mi cerebro reaccionó en ese momento como médico, sabiendo que lo que técnicamente se llama procidencia de miembro superior, podía transformarse en un problema serio para el parto. Lentamente le empujé la mano hacia arriba que se deslizó con suavidad entre mis dedos. La cabeza luego descendió ocupando todo el espacio y no permitiendo que la mano volviese a salir. El parto fue excelente. Una madre que ya tenía cinco hijos y que daba cátedra de entereza y tranquilidad.
A mi pequeño amigo que se había presentado tan desinhibidamente confiriéndome el honor de ser la primera persona a quién le estrechó la mano, lo seguí viendo durante su primer año de vida. Cuando empezó a deambular por este mundo, y creo que fue la última vez que lo vi, nos estrechamos la mano nuevamente, esta vez sin ansiedades de por medio y acompañando el varonil gesto con una sonrisa ancha.


Rosa


La tormenta de nieve había arreciado durante la noche, pero había amanecido con el sol brillando en un cielo completamente despejado. Un poblador vino corriendo a traer la mala noticia. Doña Rosa Montero había muerto.
Rosa Montero era una joven mujer de treinta y ocho años y siete hijos sin contar la gestación actual que según mis cálculos rondaría los ocho meses. En los controles del embarazo no había detectado factores de riesgo. Con el corazón estrujado nos preparamos rápidamente para ir hasta su domicilio en La Matancilla. En menos de media hora estábamos en camino y a los tumbos, poniendo a prueba un vehículo de doble tracción rodando sobre medio metro de nieve recién caída.
Llegamos pasado el mediodía. De la luminosa claridad de la nieve y el sol pasé a la penumbra del interior del rancho de Rosa Montero. Su cuerpo estaba recostado sobre un delgado y raído colchón, sobre el piso de tierra apisonada, con el vientre prominente de la gestación avanzada, rodeada de velas encendidas por sus parientes y vecinos, en el mismo lugar en el que sus hijos la hallaron muerta. Fueron los niños mayores los que se dieron cuenta que había fallecido, después de un buen rato durante el que los más pequeños se treparon y jugaron sobre ella. Su marido estaba ausente y lejano, plantando árboles para otros en los llanos.
A la luz mortecina de las velas, en compañía de las sombras de la silueta yacente agitándose en las paredes de adobe, no supe pensar en nada, anonadado por el cruel privilegio de ser testigo, sólo eso.
Después se supo que en medio de la nieve y la crudeza de la tormenta de la noche anterior, Rosa había estado acarreando gruesas ramas y troncos para alimentar el fuego de la cocina económica, única fuente de calor de la casa. Buscando combustible para darle calor a sus hijos, a Rosa se le había apagado su propio fuego.

No supe pensar en nada, aplastado por el cruel privilegio de ser testigo, sólo eso.

lunes, 28 de abril de 2014

CUMPLEAÑOS

CUMPLEAÑOS

Por Javier Barrera Lugo

El hombre agoniza desnudo sobre la cama. La vida se le escapa en cada respiración dificultosa, plagada de dolor, en cada mirada que busca la explicación que aquella niña sentada a su lado, le niega por placer. En menos de diez minutos, cuarenta y nueve años se consumen y la única testigo de la tragedia se complace viéndolo cruzar por el valle del tormento. La ropa desperdigada por la habitación cuenta una historia que ya poco interesa. Pudo ser una operación de comercio sexual que se salió de control, un intento de violación de un padrastro lascivo, un pacto suicida de amor en el que el arrepentimiento de la protagonista desencadenó la descripción que hago. Pudo ser el cobro de una deslealtad, un asesinato, o una de esas jugadas con las que el destino premia a un par de almas solitarias. Nunca lo sabremos, ella calla; sólo el atisbo de una sonrisita implacable nos puede llevar a especular.
El hombre exhala finalmente, todo está consumado. La música que vomita la radio es el único sonido perceptible en aquel cuarto mugriento. La niña recoge su ropa del piso y comienza a vestirse sin siquiera mirar el cadáver. Es menuda, trigueña, adolescente; sus ojos son inmensos espejos forrados con una película acuosa que no permite que las sensaciones que pugnan por salir logren su cometido. Sus senos pequeños, más claros que el resto de la piel, de pezones morados, infantiles, se marcan asimétricos en el tejido de la camiseta como prueba fehaciente de que en ellos los cambios están llegando hasta ahora. Sus manos arañan el bolsillo trasero del pantalón del amante, quien tuvo la precaución de dejarlo sobre el brazo izquierdo de la silla para que no se arrugara. Los dedos cenicientos, escuálidos, hurgan displicentes, atrapan cuatro billetes viejos que el pobre diablo debió sudar para poseer y ahora alimentan los sueños de un espíritu cristalizado por las circunstancias. Un tierno buitre libera de cargas materiales a un bulto que lleva varios minutos siendo carroña.
Saca de una bolsa de lana un lápiz de ojos casi agotado, pasta negra, mordisqueada, y se dibuja varias líneas que tornan vivaces un par de párpados brillantes. Realiza la misma operación de arreglo en labios, mejillas, en la piel que presenta signos evidentes de acné. El rostro, hermoso como las pesadillas en las que terminamos ahogados entre flores rojas, parece labrado en mármol. Inmersa en su papel de madre asignada al azar, cuida el pudor del difunto; cuando acaba de recoger sus pertenencias, se acerca a la cama, pellizca un extremo de la sábana, cubre las nalgas y la espalda que empiezan a tomar un tono violáceo. Lanza una última mirada de cautela; la función termina para ella. Se percata de un olvido intolerable antes de abandonar la habitación: va hasta el ropero y saca de uno de los cajones un diminuto frasco verde que esconde hábil en la pretina de sus jeans.
Cierra la puerta con cuidado, no hace sino el ruido necesario para escapar. El eco de sus pasos toma posesión por breves instantes del corredor que ilumina de mala forma,  una patética bombilla de 60 w que palpita como ya no lo hace un corazón huérfano en la habitación 313. La figura delgada de la niña desaparece cuando afronta el segundo paso de la escalera.Confirma su inexistencia, el silencio criminal que rodea los instantes similares a fotografías que inmortalizan lo que está condenado a ser millares de conjeturas, por más vueltas que les demos a las evidencias. Ya es pasado aquella niña que sin quererlo, no guardó en su cartera rosada la tarjeta de cumpleaños sin firma o destinatario y cuyo texto resume augurios de larga vida, bienaventuranza y prosperidad ilimitada.




Bogotá, 16/03/2014.

martes, 15 de abril de 2014

SIN MIEDO A LAS AGUJAS

SIN MIEDO A LAS AGUJAS
Por: Fernando Vanegas Moreno


Y cuentan que Dios, después de muchos siglos de ausencia y desentendimiento resolvió un día volver a mira hacia la tierra…, se asomo a su triangulo glorioso y lo poco que alcanzó a ver le desmorono hasta la Gloria…, entristecido y preocupado, El Santo Señor se paseaba de un lado a otro del cielo, pensando en que hacer para remediar tal desmadre, cuentan también que solo se le escuchaba decir “Hay YO mío” y “ Santo YO, que vamos a  hacer”; pero siendo Dios, Omnipotente, Omnisapiente y Omnipresente, se decidió por la formula que dos mil doce años atrás le había funcionado: Llamo a su hijo único y le encomendó la misión: “Tenes que bajar a la tierra y recomponerles el camino otra vez”, cuentan que dizque le dijo; a lo que el Santo Unigénito respondió: “Pero que, ¿otra vez yo?, manda pues a San Miguel, que ese es más fuerte que yo…, acordate lo que me paso la última vez: me metí a redentor y salí crucificado”. Pero Dios es Dios y su palabra es impajaritable, así que el Buen Jesús, tomo aire, se santiguo y descendió del cielo a cumplir la Santa Voluntad del Padre. Esta vez no llego a Israel, “allá hay mucho tropel ahorita y no me dejan ni llegar”, pensó, “mejor, vuelo directo al  Vaticano, estoy seguro que haya si seré bien acogido”. Y dicen las narraciones que llegando Jesús a la Plaza de San Pedro, se maravillo por lo cambiado que estaba todo esto: “que qué hermosura de iglesias, que qué Cúpulas tan grandes, que qué maravilla de obras de arte”, en fin todo era esplendido.
Pero cuentan también que desde que puso un pie sobre la tierra, La Guardia Suiza y los servicios de inteligencia pontificios, empezaron a seguir a ese sospechoso mechudo, barbado y de sandalias, que miraba obnubilado todo a su alrededor y que regalaba con una sonrisa y una bendición a cuanta persona se atravesaba en su camino. No eran claras sus intenciones y se rumoraba que “hasta terrorista sería”.
Más entró en perspicacias, cuando después de varios meses y de otro tanto de trámites, este “neo hippie”, se atrevió a pedir audiencia con el Sumo Pontífice. “Era el colmo de la desfachatez de ese marihuanero”, pensaron los servicios de inteligencia de la OTAN, que ya habían sido puestos en conocimiento del sujeto por sus pares vaticanos.
Pero Jesús no se rendía, intentó por todos los medios habidos y por haber acercarse al máximo prelado, pero todo fue imposible…, ni sus influencias en el cielo dieron resultados dicen. La CIA ya había fotografiado al insistente personaje y dicen que el Papa, al ver la imagen del tipo dizque dijo “Ese lo que busca son indulgencias plenarias, pero qué vamos a hacer todo el mundo quiere lo mismo”.
Cansado entonces, El Maestro se despidió de tanta opulencia y arrogancia, recordando que Él había comenzado con un simple burro; y dicen los que lo vieron, que triste se decidió a hacer lo que Él mejor sabía hacer: predicar. Escogió al azar, el lugar del mundo donde (bajo su concepto), se necesitará más de su palabra y su aliento y viajo a un país llamado Colombia…, y empezó de ceros dicen, caminando por aquí y por allá, regalando amor y buena voluntad entre los que lo acompañaban, haciendo de la nobleza y humildad sus mejores armas y obsequiando de vez en cuando un milagro entre sus seguidores. Y fue tanta la gente que convocó el mechudito, que pronto los organismos de seguridad del Estado se pusieron a la espalda del Buen Hijo. Dicen que hasta un paisa, ex presidente él, al saber el poder de audiencia que tenía ese muchacho dijo: “Ese lo que es es un narcoterrorista de las FAR, que me lo traigan que yo si le doy en la jeta marica”. Pero Él, sin importarle nada y con la benevolencia de siempre, prosiguió su camino evangelizador, durmiendo con el más pobre, comiendo lo que había y cuando había, cogiendo flota y Transmilenio, y obvio, ocultándose de aquellos que para ese momento ya lo tenían más que perseguido. Y narra la historia que un domingo, el buen Jesús llegó a la Iglesia del Veinte de julio en Bogotá y por primera vez desde su nueva visita, se emberraco. Pero no era una piedra cualquiera, estaba superembejucado. Dizque “que era todo ese mercado, todo ese escapulario y todas esas imágenes, que como era posible que siendo un lugar de oración, eso estuviera lleno de comidas, ropa y hasta ungüentos para espantar la mala suerte, que no, que eso era imposible”, y emberriondado como estaba dicen que agarro una riata que encontró por ahí en uno de tantos puestos y empezó a repartir rejo a diestra y siniestra, y al rato claro, que llegaron los del CAI, y apresaron al Noble Cordero. Dicen que llego a los calabozos de la DIJIN, donde lo insultaron y ofendieron, lo golpearon y lo torturaron con bolsas plásticas y golpes en las plantas de los pies, cuentan que le daban descargas eléctricas y se reían de Él, y que cada rato le preguntaban a que frente guerrillero era que pertenecía.
Él, silencioso, solo veía repetir su historia. Y para rematar su desgracia, estando detenido en ese hueco, llego una orden de aprensión internacional, emitida por INTERPOL, dizque por sus andanzas “sospechosas” por lados de la Basílica de San Pedro; y Colombia, que siempre hace caso mansamente de los designios de otros, decidió mandar al Verbo Divino extraditado para arriba, para los Estados Unidos. No más llegar allá fue lo mismo pero diferente, un juicio sumario en donde nunca se le permitió hablar (y mejor pensaba Él, ya estaba todo escrito), insultos y ofensas y el veredicto final: “condenado a la pena de muerte por inyección letal de manera inmediata por terrorismo subversivo”, y una sarta de patrañas inventadas por los fiscales que amangualados con una defensa mediocre ya tenían el fallo preestablecido. En fin y ya para rematar la historia, dicen que Chucho fue conducido a la sala de su ejecución, amarrado a su última cama y en presencia suya prepararon el coctel químico que inyectado lo despacharía de nuevo al lado del Progenitor Eterno. Pero ocurrió lo impensable, lo inimaginable…, Dios que nunca había perdido de vista a su Hijo, que lo había acompañado todo el tiempo, decidió que no iba a permitir que otra vez su Amado fuera blanco de la maldad y falsedad de los humanos, y en medio del sudor frio que ya acompañaba el Sagrado rostro de su “pelao”; así, sin más ni más, ascendió en cuerpo y alma su retoño frente a las miradas atónitas de guardias, abogados y sapos que nunca faltan cuando de generar morbo por la muerte se trata. Algunos cayeron de rodillas, otros se daban golpes de pecho y unos más se desgarraban vestiduras prometiendo nunca más volver a pecar…, pero ya era tarde, Dios había sentenciado: nunca más volvería sus ojos misericordiosos hacia la tierra, borraría del libro sagrado de la vida los nombres de aquellos que tan injustamente habían tratado a su enviado, dejaría eso sí, campo abierto para todo aquel que actuara de manera correcta y sacara, entre millones, la cara por toda una especie, cerró su ventana celestial y se fue a tomar tinto y a jugar parques con el viejito San Pedro, que hacía rato lo estaba esperando.

Jesús por el contrario, y en su inconmensurable amor, si dejo una esperanza, la certeza  de que Él, como heredero del trono celestial, siempre escucharía nuestras suplicas, en todo momento trataría de ayudarnos, prodigaría su amor por todos y en todo momento, y su paz y su palabra siempre nos alentarían. Prometió eso sí, después de mucho cavilarlo, que nunca, óigase bien, nunca volvería a la tierra…, hasta que no le perdiera el miedo a las agujas.