Páginas

lunes, 2 de junio de 2014

EL NEGRO QUE NUNCA TUVO MIEDO

EL NEGRO QUE NUNCA TUVO MIEDO

Por: Javier Barrera Lugo


Las calles fueron tomadas, literalmente, por el silencio. Contadas almas en pena, pasmadas por el exceso de licor y la sensación de vacío, llenaron de pasos mudos el retorno del día, enmarcaron el inicio de una pesadilla colectiva que sólo ocho años después pudo ser desalojada de los corazones. Pero las marcas que una navaja les trazó en la cara a  ciento setenta y seis mil personas que asistieron al Maracaná el 16 de julio de 1.950  y a los cien millones de brasileros que detuvieron sus vidas y las trasladaron a la cancha más famosa del mundo, seguros de lograr su primer título mundial de fútbol, aún hoy, supuran indignación y vergüenza que tiñen de abatimiento la bandera auriverde donde el lema Orden y Progreso resalta como una máxima por cumplir.
Los goles de Juan Alberto Schiaffino (21´ del segundo tiempo) y Alcides Ghiggia,-la estocada mortal- (34´del segundo tiempo), aterrizaron a una Nación que consideró como tarea cumplida, antes de jugar, el último partido de la copa que debían ganar. Toda ilusión le cedió el turno de fluir por las venas a la triste realidad: promesas absurdas de los políticos, miseria, racismo, exclusión y resignación que se hacían menos palpables cuando un grupo de hombres salía a patear entusiasta una pelota que volvía hermanos, por unas horas, a los esclavos y sus amos. Duro despertar para una sociedad acostumbrada a la alegría que se experimenta y se inventa también.
Pero esta hazaña se cuenta desde dos orillas. El tamaño del perdedor, las grietas que quedaron en el suelo tras su caída, hacen notable la victoria del David de este relato: la selección uruguaya de fútbol, liderada por Obdulio Jacinto Muiños Varela, Obdulio Varela para los conocidos,  mítica camiseta celeste número 5, el Negro Jefe, como era llamado por sus compañeros y la gente de la República Oriental, revalidaba lo que veinte años antes obtuvo un grupo de hombres que las arenas del tiempo enterraron para las generaciones siguientes. Varela y su pandilla cosecharon con gallardía un nuevo fruto para llenar de felicidad a sus paisanos. Devolvieron el estremecimiento provocado por el triunfo a un país pequeño geográficamente, pero que atesoraba un espíritu que era superior al de muchas potencias globales. Este título, alcanzado en tierras cariocas, se sumaba al primer campeonato del mundo (1.930) del que fueron anfitriones y ganadores,  las medallas de oro olímpicas del 24 y 28,  y las copas América del 16, 17,  20, 23, 24, 26, 35 y 42. Los dirigidos por Juan López, se coronaron vencedores pese a los pronósticos nada optimistas de sus propios dirigentes, de los mandamases de la FIFA, los organizadores del torneo, los mandaderos de las autoridades civiles y militares y del mundo que giraba alrededor  de una esfera de cuero y millones de preconceptos.
El Negro Jefe, desconoció los augurios de sus propios capataces de corbata y terno, quienes en un acto de indecencia, natural en los políticos, le pidieron al plantel antes de saltar al campo “ser dignos, perder por menos de seis goles, jugar con guante blanco (no dar patadas), porque según ellos estar en la final era de por sí una ganancia, un estandarte que colocaba a su país en el centro de las miradas”. Obdulio, un ser honesto y orgulloso de su estirpe mulata, una persona que nunca le tuvo miedo ni a la escasez, ni al trabajo, un individuo que no dio por sentada condición o destino, reunió a sus compañeros en la boca del túnel y les gritó unas palabras que orientaron al grupo hacia el éxito: “Vamos a jugar como hombres. Nunca miren a la tribuna. No piensen en toda esa gente, no miren para arriba, el partido se juega abajo, y si ganamos no va a pasar nada, nunca pasa nada. Este partido se juega con los huevos en la punta de los botines. ¡Los de afuera son de palo!”. Las cartas quedaron sobre la mesa.
Albino Friaça, adelantó al local en el minuto dos del segundo tiempo. El partido estaba parejo, juego ansioso de Brasil, control por parte de Uruguay. Una vez validado el tanto, Obdulio, corrió al encuentro del árbitro, el señor George Harris, y comenzó a reclamarle un supuesto fuera de juego.  Mientras el traductor consultado por el juez ayudó a zanjar las diferencias de conceptos e idiomáticas, pasaron varios minutos. Nadie entendía la actitud del Negro Jefe, ni siquiera sus compañeros. El gol fue legal, obtenido sin ventajas; pero él tenía clara la estrategia: enfriar a los adversarios, desesperarlos, darle aire a sus muchachos. Sobre esto, en una entrevista conferida años después, contó los detalles de su ardid: “Si seguíamos así, si les procurábamos tiempo de respirar, nos pasaban por encima. Tomé el balón y busqué al inglés. El público comenzó a gritar, los rivales estaban desesperados. Inicié una guerra de nervios que tuvo recompensa”.
Y así fue. Vinieron el empate,  el gol del triunfo, el manejo formidable de los tiempos de juego por parte del Negro Jefe. El resto es novela, anécdota. El rito de premiación careció de pompa, la banda marcial, la calle de honor, la pirotecnia, todo lo alistado para hacer fastuosa la ceremonia de investidura del local como campeón se fue al tacho de la basura. Jules Rimet, presidente de la FIFA, abrumado por lo sucedido, perdido en medio de rostros llenos de lágrimas y apatía desbordante, comenzó a dar vueltas por la pista del estadio y sólo la intervención de Obdulio, quien le sacó el trofeo de las manos, lo salvó de parecer uno más de los orates que en ese momento no sabían qué hacer. Los uruguayos celebraron a rabiar mientras el público abandonaba silente el estadio. La final más emotiva en la historia del fútbol, la más dramática, la más sorpresiva, la más dolorosa para los habitantes de Brasil, dejaba de ser un hecho cumplido para convertirse en la leyenda fundacional del deporte que mayores adeptos tiene en el mundo. Como buen relato épico, este posee héroes, villanos, némesis como el Negro Jefe,  chivos expiatorios como Moacyr Barbosa, arquero de Brasil a quien su pueblo condenó al ostracismo, a la humillación pública, pero ese es otro cuento que algún día escribiré.

Mi patria es la gente que sufre

Una vez en el hotel, eufóricos, los integrantes del plantel campeón decidieron beberse unos tragos para celebrar su proeza. Los directivos uruguayos tomaron la vocería y todos se fueron de copas por los elegantes bares de la zona de Copacabana. El único que eludió tamaño despropósito fue Obdulio Varela, quien caminó en sentido contrario al del rebaño y se fue como cualquier parroquiano a las cantinas de la ciudad para compartir la pena con los habitantes de Río, quienes lo felicitaron y alabaron su labor, eso sí, sin poder ocultar sus miradas llenas de desolación. No estaba contento, sin quererlo había ayudado a alimentar al monstruo contra el que luchó desde su potestad: la dirigencia corrupta y abusiva. No se equivocó. Tras llegar a  Montevideo, los autoindulgentes mandos se premiaron con medallas de oro; a los jugadores y plantilla técnica, los hacedores del sueño, sus verdaderos patrones, los humillaron entregándoles medallas de plata y una remuneración simbólica que el Negro Jefe invirtió en la compra de un carro modelo treinta y uno que le robaron ocho días después. Fue tanta la paradoja con la autoridad mal ejercida que la camiseta y botines que usó en ese partido legendario reposan hoy en las galerías de la asociación uruguaya de fútbol. Hasta eso le terminaron quitando, jamás recibió una moneda por estos tesoros.
“Mi patria es la gente que sufre”, dijo a un periodista que lo interrogó sobre el desplante que le hizo a la élite y gobernantes de su nación. Impávido reconoció cuánto le dolió traicionar a los brasileros del común, al obrero, al pequeño empresario, al peluquero, a la prostituta, a la gente que con su laboriosa humildad hace posible que una comunidad progrese. Siempre defendió sus principios, a los de su clase. En 1.948 lideró la huelga de futbolistas uruguayos  que buscaban el reconocimiento de su sindicato. Pese a los tejemanejes de los “titiriteros” dueños de los clubes, la agremiación fue aceptada y aún continua vigente. Cuando le preguntaron si sintió miedo de ser vetado por su actuación, contestó lleno de humor que podía trabajar en lo que quisiera: “he sido albañil, ayudante de taller, hasta periódicos vendí; me fue bien y eso que en la prensa lo único verdadero que aparece es la fecha y el precio”.
Fue el único jugador de Peñarol, (militó también en Wanderers y Deportivo Juventud) que no lució publicidad en su camiseta. A mediados de los cincuenta, el equipo fue el primero de su tierra en publicitar marcas comerciales en la indumentaria, pero el Negro Jefe defendió con pundonor su postura vital, expresó fuerte para que a nadie le quedaran dudas: “Antes, a los negros nos llevaban  de una argolla en la nariz. Ese tiempo ya pasó”. Fue un hombre afable, honorable, controvirtió al injusto con argumentos, con actitudes coherentes, con una férrea personalidad a prueba de sacrificios. El negro que nunca tuvo miedo se retiró de la actividad sin aspavientos. No aceptó los pocos reconocimientos que sus poderosos enemigos quisieron brindarle para ablandarlo. Se fue sin decir una palabra, sabiendo que el pueblo, sus hermanos, sus iguales, nunca dejarían de idolatrarlo, de considerarlo el mejor de los suyos.

El dos de agosto de 1.996 dejó de existir el mejor mediocampista en la historia futbolística de Uruguay. La pena que le produjo la muerte de su adorada Catalina, la esposa fiel, meses antes, acentuaron sus dolencias de vejez. Setenta y ocho años trascurrieron desde que respiró por primera vez el aire de una tierra bendecida, pequeña, pero con un corazón inmenso de león. Las carencias económicas siempre lo acompañaron; como sucede con los deportistas de este lado del mundo fueron la falta de apoyo, de moralidad de los dirigentes a cualquier escala, la necesidad de aprovechar las oportunidades, las que le grabaron ese carácter a prueba de fuego que lo llevó al Olimpo no sólo del fútbol sino de la consecución de metas cuando más agudas fueron las circunstancias. Ahora en Montevideo, en Maldonado, Colonia, en los potreros de las ciudades donde el talento brota milagroso, miles de niños refieren su mito, lo veneran, es su herencia. Saben que desde que el Negro Jefe dejó de jugar, la celeste no ha obtenido resultados siquiera parecidos, que ahora la histórica garra charrúa se confunde con el simple agravio, con la sucia agresión. El Negro nunca tuvo miedo porque desde el principio estuvo seguro de llegar hasta donde quiso… Lo logró con honores.

lunes, 26 de mayo de 2014

UN ABRAZO AL ANOCHECER.

El relato erótico, la sexualidad, el aroma de los amantes que se oculta entre las  sabanas de la pasión, eso es precisamente lo que nos quiere transmitir “DAMISELA” esta nueva escritora que hoy nos obsequia este texto prohibido para menores. Abogada de profesión, pero escritora de corazón, “Damisela”, es la combinación real y cuasi perfecta entre los códigos y las normas y la anarquía total de las emociones. Damos pues la bienvenida a esta intrépida amiga, que centra su pluma (como pocas mujeres), en las pervivencias propias de la lujuria y el desenfreno. En hora buena


UN ABRAZO AL ANOCHECER.
Por: “Damisela”

Con un inocente abrazo por la espalda comenzó la noche, una breve lamida de cuello, agarrada de mentón, cogida de senos, caricia de cuerpo en su totalidad, él fue desvistiéndola, sin dejar de olerla, de lamerla, de besarla, poco a poco fue dándole vuelta hasta que quedaron frente a frente, se besaron, pero no como siempre, pues ese beso llevaba la lujuria represada desde su último encuentro, con ternura comenzó el beso por parte de ella, él aumento la pasión, sin saber que desde que ella lo vio a lo lejos ya estaba húmeda.
Mientras el beso encendía las pasiones fue bajando sus manos acariciando su cuerpo hasta llegar a la entre pierna, mmm siiii, sintió algo firme, duro, ávido de salir, con pausa, pero sin prisa, quitó el cinturón, desabrocho su pantalón, sin dejar de besarlo, mientras él jugaba con su pelo, le quitaba la blusa, acariciaba su espalda desabrochando su sostén, ella, sintiendo su sexo duro, lo acaricia cada vez con más lujuria, quiere tenerlo dentro de ella, pero se aguanta, mientras él continua acariciando su espalda, esta vez con sus uñas, ella se aleja para quitar su pantalón, vuelve, pero no a su boca, tiernamente con su lengua recorre su cuello, y va bajando por su pecho, mientras sus manos acarician suavemente su espalda (Eso sí, sin dejar marca)  ahora ella está frente a  él, se pone de rodillas para estar más cómoda, comienza a besarlo, mientras él juega con su pelo ella dejando la inocencia que la caracteriza lo lame, desde la base hasta la punta hace círculos con su lengua hasta que su boca comienza a chuparlo, lento, muy lento, pero esta velocidad va en aumento, mientras imagina la cara de él al sentir su boca,  ambos lo disfrutan al máximo, él la levanta, la lleva a la cama, la tiende en ella, la observa de forma pervertida, ávido y deseoso de entrar ya.
De un momento a otro la palmotea 3 o 4 veces sin dejar de observar su rostro de placer, la acaricia suave con sus dedos sintiendo su humedad, los huele, se echa encima y la penetra, lento y fuerte, como si llevara tiempo de no hacerlo, a ella le encanta, él la observa transformando su rostro, de hombre medianamente inocente a pervertido feliz, de amo lujurioso, ávido de tener a su amante nuevamente, aumenta la velocidad mientras le dice guarradas, y la abofetea, haciéndole saber quien  tiene el poder, baila dentro de ella, ella mientras disfruta el espectáculo de trasformación  facial, va sintiendo como cosquillea su clítoris como con cada baile se siente cada vez más abierta y aprovechada, él la muerde muy fuerte para que con esa marca, no olvide a quien le pertenece hasta el próximo encuentro, su velocidad aumenta cada vez más, el jadeo de ella se hace más fuerte, pero comienza a temblar, se siente extraña y siente dentro de su vagina que palpita que algo se está llenando como si fuera a estallar…
…Él,  aprieta sus hombros dejando más marcas, abre sus ojos, no para de observar el rostro de ella, algo sonrojado y complaciente, ella poco a poco siente que el pálpito se hace más fuerte hasta sentir como algo  tibio entra en ella... Mmm su rostro, ha cambiado, mientras ella tiembla, y abraza con sus piernas el cuerpo de él, que respira profundo, y baila un poco más dentro de ella, dejándola plena y habida de más placer, sale de ella y se queda observando como gotea su vagina y como ella aun tiembla, se deleita con lo que ve... Se recuesta en la cama, le sirve y se sirve una copa de vino, el primer sorbo se lo da a ella en la boca, le riega un poco en el cuerpo para lamerlo, y la invita a que lo abrace, para que ambos tomen un respiro y continuar con su noche de pasión furtiva.....

lunes, 19 de mayo de 2014

EL PODER DE LO QUE NO SE DICE



EL PODER DE LO QUE NO SE DICE

POR: JAVIER BARRERA LUGO

Homenaje a Gabriel García Márquez.

Cuando el destino parece colocarnos una mordaza de madera que nos revienta la jeta,  es la voluntad personal la que sale en nuestra defensa para que no nos sofoquemos, para que le partamos con un golpe seco el hocico a las condiciones preestablecidas: hay que arriesgarse. Errores, aciertos, las consecuencias que deriva una decisión, son simples baldosas que van marcando una ruta para aquellos que viven a su manera y no como la sociedad o sus circunstancias les indican. El triunfo consiste en ser leal con las convicciones personales, mirarse al espejo cada día y comprobar que la figura lánguida que se mira escrupulosa en una película de vidrio y plata coincide con el antropoide que desnudo, intenta transmitir sinceridad cuando afirma no ser esclavo. Conciencia de ser, escribe una lengua de fuego en el costado de las montañas de cascajo.
Aquellos que confrontan sus miedos generan ideas fabulosas que fluyen a través de vicios, maneras o hitos de redención; crean espacios paralelos donde los conceptos desechados por los propietarios del desorden germinan y se pegan a las paredes como enredaderas de oro. Esos hombres y mujeres aportan desde su individualidad algo de belleza, dan esperanza, la desechan si es una medida que conforta gratis, le dicen a sus iguales que no están solos mientras caminan por el infierno que se incendia; valientes a quienes el hambre les parece requisito y no privación cuando se encaminan a conquistar lo que merecen, claro está, sin los reparos maniqueos de los éxito-motivadores.
De García Márquez se ha escrito tanto, se ha dicho mucho, se ha leído tan poco, que su vida cobijada de éxito genera sin fin de comentarios que rebasan el concepto de leyenda: que fue alcahuete a sueldo de Fidel y su revolución plagada de babas, que le besaba por instinto de clase el fundillo a los poderosos, que ni un centavo le regaló a Aracataca, un pueblo saqueado por la rapiña de las “nobles” familias del Magdalena desde la conquista, que no creía en Dios -como si eso fuese incompatible con la ética personal-, que se lo “pidió” a la mujer de Vargas Llosa y por eso el energúmeno Mario le puso el ojo morado de un puñetazo, que fue financiador e ideólogo del M-19, que le ayudo, junto a “Tirofijo”, a ganar la presidencia de Colombia al inepto de Andrés Pastrana, que era insoportable en público e irritante en privado, que era agorero, ególatra, quisquilloso, inseguro y las pitonisas desfilaban por el estudio de su casa desenredándole las telarañas del futuro que lo agobiaba, que nunca lo quiso  la dirigencia de esta patria porque siempre sospecharon de él. Tantas cosas señaladas, tanta espuma saliendo todavía de las bocas rabiosas que la envidia o la razón ponen a funcionar, mentira llana o simple subjetividad que lo hicieron el ícono sin memoria de una comarca acostumbrada a celebrarlas victorias de los vecinos.
No sé si lo dicho por sus detractores y fastidiosos aduladores  tenga algo de verdad, a lo mejor ; a mí, un tipo obsesionado con publicar, un poeta inédito que trata de hurgarle la curiosidad dormida los editores de las grandes casas comerciales de libros, un engendro que todavía conserva algo de mística, sólo me interesa de Gabo, además de su maravillosa literatura, la historia de cómo vio la luz Cien años de soledad, la mejor novela escrita por un ser de las américas, el sufrimiento, las memorias, los sacrificios, el ultimátum, la gloria que llevó a su octogenario autor al centro del universo de las palabras a finales de los sesentas.



Génesis de una fastuosa elegía: la soledad.

Una familia compuesta por los padres y dos hijos vive en el barrio San Ángel de México D.F. El progenitor es escritor, colombiano, costeño para ser preciso,  cuenta treinta y ocho marzos, estatura promedio, bigote poblado, panza de flaco, patillas a la moda y cabello ondulado que muestra los primeros latigazos grises de la edad. Hasta ese momentoha publicado cuatro novelas que han dejado un sabor agradable en el público. Cientos de artículos periodísticos y una veintena de relatos en revistas especializadas completan su cosecha. Goza de cierto reconocimiento en el ámbito de las letras, pero lo que quiere es ser el dios de los escribientes; un llamado interno, llámenlo premonición, le garabatea en las obsesiones este deseo que luchará con tesón.
En 1961 ganó el premio ESSO de novela por La Mala Hora. Vivió en Nueva York, donde fue corresponsal de Prensa Latina, agencia de noticias del régimen cubano. Este encargo le granjeó fama de comunista en infinidad de círculos de “inteligencia” y termina exiliándose voluntariamente al sur de la frontera gringa cuando elementos reaccionarios lo amenazan con represalias legales y gansteriles. Es un hombre místico que cree en los anuncios que le dispara la intuición en ayunas. Hace rato la diosa fortuna le escupe acertijos y respuestas desde la montaña: “¡Haz caso, camina hacia mí!”, cacarea en insomnios. Otra razón para emigrar, una de estas elucubraciones a las que asigna el poder de la causalidad le dicta entreverar la novela que le cambiará de manera tajante el curso de la vida.
El tipo soñador dispone sus recursos escasos para los siguientes seis meses de manutención y designa albacea del pequeño tesoro a su esposa: le entrega cinco mil dólares y se sumerge disciplinado en la materialización codificada de las cosas, los espectros olorosos a sudor, los hechos que como pájaros siniestros canturrean de noche sobre la cabecera de la cama, enjornadas de medida privación, escasas luces materiales que terminaron cambiadas por chorros burbujeantes de creación palpitaban como  caldos primigenios que atravesaron la corteza de la tierra y se regaron sobre el limo para instituir la vida, tareas que iniciaban temprano en la mañana y fenecían con la noche en pleno furor; semanas de berenjenas al almuerzo, a la comida, como “calentado” para el desayuno; triste pasta sin sabor por dieciocho meses que duró la redacción de su obra cúspide, del capitel dorado en el que se sustentó la “mierda de la gloria”, como lustros después el costeño bigotón bautizó la celebridad; pero me adelanto a los hechos.
Durante el proceso todas las obsesiones de un hombre adicto a la ensoñación parecen salirse de la reminiscencia para colorear los cristales de la casa. Como serpientes sembradas aun muñón, los dedos no cesan de teclear, cada personaje cuenta su historia mil veces, le escudriña el ADN a García Márquez, le recuerda que alguna vez estuvo vivo, que lo conoció, que sus reflexiones hicieron parte de esas memorias sentimentales a las que son propensos los creadores y los asesinos, si no es que en el fondo son la misma cosa. Los coroneles, los Aurelianos, los Arcadios, Remedios y Memes, los Mauricios de las mariposas, los Melquiades, en mi concepto el alter ego del escritor, pulsan las garrapatas metálicas que zurcen de leyenda casi seiscientas cuartillas que redefinen el panorama de la literatura. Sin quererlo, un autor que tuvo que vender su carro para financiar el año de trabajo que no presupuestó porque el libro se le salió de las manos para su suerte, le otorga la mayoría de edad a la primera escritura Latinoamericana que se desliga del tedioso acervo español que a los revoltosos geniales del continente nuevo les parece caduco y limitado.
Una mañana de agosto de 1.966 la esposa y el escritor llevan el manuscrito hasta la oficina postal para jugarse los últimos restos. Consagración u olvido: la bala de plata da vueltas en el tambor. Fue necesario que Mercedes, la compañera fiel, empeñara en el monte de piedad su secador de pelo, la batidora y un calentador de ambiente para conseguir el valor del envío postal hasta Buenos Aires, donde Francisco Porrúa, funcionario de Editorial Suramericana, esperaba la nueva obra de un prometedor narrador a quien convenció de enviarle el material. El costo de despacharla resma era de 82 pesos, ellos sólo contaban con 53, así que tomaron la decisión de remitir la mitad de las hojas. Para su sorpresa, cuando llegaron a casa, se dieron cuenta que habían enviado la mitad final, no el inicio de la obra. Sus expresiones, mezcla de hilaridad, horror, pizcas de solemnidad, esperanza, cerraron el capítulo donde los sacrificios por un sueño fueron las arras de la inmortalidad para el periodista-escritor y cineasta caribe, y desde ese momento, de ningún lugar.
Semanas después llega un cheque por 500 dólares como anticipo de los derechos de autor. Porrúa quiere el manuscrito completo, publicarlo; algo le dice que se encontró de frente con un monstruo ansioso por comerse la historia y pintar una nueva cicatriz en la cara ajada de la realidad. No se equivocó. En 1967 el mito comienza con ocho mil ejemplares impresos, hoy el dragón de fuego expele por su mandíbula la copia cuarenta millones y asumo que una cantidad similar vomita la piratería. Cien años de soledad, se vuelve un referente para todo el que asume el reto de describir lo que ve. Es raíz para una nueva forma de contar las cosas, su presencia afirma o revoca, le llena de sangre los ojos a puristas y reformistas, muchos la llaman biblia, otros pasquín, la valoran, quieren chamuscarla en las hogueras, inician una idolatría estúpida, juzgan la obra y a su autor, quien busca sin éxito escindirse del trabajo materializado, pero la gente no necesita ídolos y milagros por separado, así que lo cocinan a fuego lento, le echan en cara su amistad con el Castro mayor, su patriarca carente de otoño, con Clinton, el embajador que roba el mar para que se lo coman sus paisanos.El hombre serio termina siendo un monigote para la gente de una aldea y sus pensamientos aldeanos que juzgan sin conocer, sin leerlo siquiera. “Que se jodan los cataqueños, los colombianos, son ellos quienes eligen a los ladrones que no les colocan agua, luz y servicios. Limosneros, hermano.  Gabo no tenía por qué arreglar los problemas que otros generaron. ¡Tierra de ignorantes, republiqueta de mierda…!” Borrás, mi amigo, el gran poeta de Charalá, expresa en voz alta la verdad que nadie quiere enfrentar: Gabriel José también era humano, egoísta, omiso como cualquiera de nosotros.
Para mí, García Márquez fue rehén  de soledades propias y  sus virtudes terapéuticas, de sus azotes, un hombre obsesionado con el amarillo, de los pocos colombianos famosos que ha sido ejemplar (y miren a quién elegimos el año pasado en History Channel… Merecemos la suerte que tenemos, no hay duda), un hombre que le dio más a esta tierra comparado con todos los políticos, castas religiosas o sus millonarios obtusos. Un hombre que nos mostró la verdad que escuece, de cómo repetimos las guerras intestinas, la codicia, los amores sin pasión. Un ser tan común que lo único diferente que hizo fue utilizar su genialidad diciendo lo más importante sin palabras.
Duerme poeta, ya lo tuyo quedó hecho, de malas quien no quiso entender. Hay cosas que no se venden, que no nos pueden comprar, que no permitiremos que nos quiten, hay sueños que son sagrados y deben cumplirse a cualquier precio…


Este escrito basó algunos datos en un artículo de Winston Manrique Sabogal. http://cultura.elpais.com/cultura/2014/04/20/actualidad/1397951177_520783.html