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lunes, 26 de abril de 2021

9 CUENTOS, MIL PALABRAS: RELATOS DE UN ENCIERRO COMUNAL / CUENTO 4

 

9 CUENTOS, MIL PALABRAS: RELATOS DE UN ENCIERRO COMUNAL

 

Una pandemia que contamina y diseca las esperanzas, que permite apartarse, aprender a perder y resucitar, así la ceguera colectiva no nos quiera dejar salir de los titulares apocalípticos que engalanan los noticieros.

Idiota Inútil, publica 9 cuentos escritos por Javier Barrera Lugo (1 por las siguientes 9 semanas), basados en las 9 conclusiones que le ha dejado la pandemia por COVID-19, al filósofo sur coreano Byung-Chul Han, expresadas en diversos medios de comunicación y que, para criterio del escritor, son contundentes y veraces.

A continuación, presentamos el cuarto postulado de Byung-Chul Han, y el cuarto cuento de Barrera.

** Reflexiones del filósofo Byung-Chul Han, sobre la pandemia por Covid – 19, tomadas de una entrevista para Carmen Sigüenza y Esther Rebollo, de Agencia EFE. Todos los derechos reservados a sus autores.

 

BYUNG-CHUL HAN SOBRE LA PANDEMIA**

 

Postulado 4.

“Con la pandemia nos dirigimos hacia un régimen de vigilancia biopolítica. No solo nuestras comunicaciones, sino incluso nuestro cuerpo, nuestro estado de salud,  se convierten en objetos de vigilancia digital. El choque pandémico hará que la biopolítica digital se consolide a nivel mundial, que con su control y su sistema de vigilancia se apodere de nuestro cuerpo, dará lugar a una sociedad disciplinaria biopolítica en la que también se monitorizará constantemente nuestro estado de salud”.

 

DE LA SELECCIÓN NATURAL Y EL IMPERIO DEL OLVIDO

 

“…Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado…”

Fragmento de cien años de Soledad- Gabriel García Márquez.

 

                                                 Por: Javier Barrera Lugo   


                                                                Foto de: Javier Barrera Lugo. Todos los derechos reservados al autor. 2021               

 

La moralina, esa hija legítima de la bastarda corrección política, empezó a dominar la psiquis mellada de un país empobrecido hasta los tuétanos. No decir nada que pudiese ofender al desgobierno y sus adeptos, era la consigna. Linchamiento público, pérdida del empleo, dos gramos de plomo encapsulados adornando el interior del cráneo: esos eran los premios a obtener por tamaña osadía.

 

 Nada de  protestar frente a nuestros detestables conocidos, quienes prefirieron defender la legitimidad inexistente de un régimen, que como todos los regímenes de este país de corazones sagrados en los que vos confías, ganó las elecciones alquilándoles conciencias, votos, fusiles, tejas, tamales y mercenarios a los gamonales de cada provincia.

 

Pero no sólo en lo recóndito de esas selvas, montañas, llanos y costas, burlaron la posibilidad de permitir que la gente tomar decisiones a conciencia. En las ciudades, el candidato títere y sus secuaces, le hurgaron con el dedo untado de vaselina, sus miedos arribistas a una porción gigantesca de la clase media (a la que como premio, un año después de instalados en el solio del libertador, le clavaron impuestos hasta por respirar) con el cuento de frenar al “castrochavismo expansionista y ateo,” que según su discurso trasnochado y trastornado, pervertía economías, espíritus, atentaba contra la esencia simbólica de ese Creador que hace tanto nos olvidó. Una tendencia bolchevique que volvería maricas y lesbianas a los niños con sólo invocar el nombre del sátrapa Hugo Rafael; irrespetando así la sexualidad decorosa escrita en un testamento antiguo por profetas misóginos perdidos en su fundamentalismo histérico hace milenios, y entregada a nosotros por nuestros ancestros de la madre patria; porque sangre de indios patirrajados, los ciudadanos de los estratos 4, 5 y 6, “la gente bien, las familias bien,” no tenemos ni una gota, gracias a Dios y al tío Varitooo, pues, hoooommeeee…..

 

 Ese sentido de absurda dignidad, gestado en las menudencias de quienes condenaron cualquier atisbo de protesta, desde el privilegio, acabó hundiéndonos… Ah, y por si acaso, terminamos peor que en Venezuela... ¡Hágame el H.P. favor!

 

El gobierno recién posesionado le añadió a una sociedad vapuleada, más desorden, toneladas de represión; y cuando todo se puso color de hormiga, aumentaron los problemas implantando medidas poco efectivas para atajar el virus chino que se tomaba el mundo. Llegó la enfermedad a un país que estaba arrasado por la violencia, la corrupción, el crimen y la peor de todas las plagas: la impiedad.

 

Mientras el “presidentico,” se gastaba la plata de la gente intentando lavar su imagen pública a través de entrevistas realizadas por “periodistas top,” a sueldo del régimen, y cuyas transmisiones pagó a precio de vacuna en los medios de comunicación más prestantes y nada veraces; en las calles, los ciudadanos enfermaban por miles y morían por centenares día tras día. En respuesta a esta masacre silenciosa propiciada por el estado, los presentadores de noticias (ojo, no los de farándula) mostraban videos del excelentísimo bufón tocando guitarra  y cantando a dúo con el “medio presidentico” del país de al lado, triste caricatura inventada por él y sus amigos del pacto de Lima-Limón y chispas de chocolate, mientras esperaban la caída incierta del burro que reemplazó a Hugo Rafael; o  llevando a la piara a pasear en el avión presidencial,  y hasta ayudándole al vicepresidente a quitarse una lagaña en una junta de gabinete.

 

 La mayoría agonizábamos lento, muy lento, vapuleados por el desempleo, la nula existencia de ideas de la dirigencia y el empobrecimiento al que fuimos condenados por un tipejo que nunca fue capaz de ver más allá de su ego, sus abundantes carnes y la vocecilla socarrona del mentor.

 

A diario gotas de terror en las noticias: niveles desbordados de moribundos en los hospitales, comerciantes ahogados por las medidas restrictivas adoptadas por mandatarios locales de izquierda, de derecha, de centro, de medio centro, de extrema incompetencia como regla. Fiestas clandestinas, hambre, trapos rojos en los dinteles de las puertas, una ciudadanía ahogándose en carencias. Mientras, los dueños del poder, el establecimiento que no mostraba la cara sino la chequera, los tildaba de renegados, de revoltosos, de indisciplinados. Un estómago vacío era la invitación perfecta a  la insubordinación, a afrontar el dilema: ¿morir de hambre o por el virus?

                                                                                        

Si alguno “osaba” salir a quejarse, gritar de físico hastío junto a una mayoría vejada, era tildado de irresponsable… “¿Cómo salen a protestar con un virus mortal latiendo en cada calle?” Preguntaba el poder. Y aconsejaba: ¡Protesten por internet! ¡Hagan plantones por zoom! ¡Griten con tapabocas desde sus casas! ¡Invéntese cacerolazos en sus baños con las puertas cerradas y la ducha a todo lo que dé…! Usaron el virus como arma de censura, los muy descarados…Pero nunca cerraron los bancos, las grandes superficies, las fábricas de cerveza, los cultivos industriales de coca, las plantas de gaseosa. Los negocios de sus patrocinadores eran intocables.

 

Así de caldeada estuvo la cosa. Vaya raza de trúhanes, que aún sigue montada y nos empalaga con promesas tan absurdas como la comodidad de quienes las abrazan sin cuestionar. 

 

 Las tan ansiadas vacunas, le llegaron tarde a Juan pueblo. El virus acabó con más de ciento cuarenta mil vidas en veinte meses. Las medidas para atajarlo destrozaron la poca economía formal y empleadora que existía.  Un microorganismo y varias bestias graduadas con honores en Harvard, dejaron a veinte millones de personas en el asfalto. Años de horror, rabia, tiempos en los que el pez grande se comió al chico; aunque sádico, jugó con él antes de embuchárselo. Le dio a su presa, pequeñas dosis de ilusión sin sustento, la subió al cielo y desde allí la dejó caer para que estallara entre sus fauces.

 

No fue ni lo último, ni lo peor que sucedió. La mala salud no produce riqueza. Los dueños del país necesitaban recursos para engrasar sus empresas, hacerlas viables en los reportes mensuales del Wall Street Journal. La gente encerrada es ingreso potencial represado, deuda latente que debe colocarse para que el paciente sangre hasta casi la extinción, pero no muera. “¿Quiere hacer el viaje de sus sueños después de tanto encierro, comprar carro o el último Ifon y no tiene plata? ¡Aproveche! La pandemia se está acabando… ¡Hipoteque su casa con bajos intereses y cómodas cuotas para que disfrute…! El gobierno le devuelve medio punto del IVA que sólo está en el 49 %…”

 

Eso le dijeron los bancos a la gente...  Y la gente, pueblo embrutecido y fácil de complacer, cayó sin chistar en la trampa. Un par de años después: remate judicial… La  cochina calle. ¡Los mocos de un “chino” llorón no atajan el desalojo…! ¡No hay trabajo! ¡Eres un perdedor, suicídate! La dinámica de los negocios en plena acción. El pez grande se volvió a mandar a la tarasca al currutaco…

 

Sin otra opción, muchos debimos salir a mendigar un trabajo, hacer lo que fuera para pagar deudas, sobrevivir, rebuscar, retacar, intentar algo para no sucumbir a la pandemia del hambre… El mercado laboral era una tragedia de 45 puntos porcentuales de desocupación. Los puestos que no fueron destruidos por la pandemia y su gestión, los asumieron máquinas (baratas, no se ausentaban por enfermedad) y trabajadores esclavos de maquilas y call centers de países difíciles de ubicar en un mapa, que cobraban cuatro veces menos sueldo y no jodían con permisos para ir al médico o recibir las notas de los hijos colegiales. Salir a molernos a golpes y en ayunas contra gigantes fue la única opción. Ni siquiera delinquir era rentable. Para eso había estructuras que organizaban el mercado negro, administraban mano de obra criminal  barata y estaban amparadas por aquellos a quienes no se debía criticar.

 

Nos volvieron parte de una ecuación macabra. Al darwinismo social impuesto por el neoliberalismo económico y social, le aumentaron una variable: “¿Está vacunado?  Porque en esta empresa necesitamos gente trabajando duro y parejo, todos los días.” Nos decían los seleccionadores cuando pedíamos un puesto. Y no les faltaba razón. Debíamos “desgarrarnos” por obtener un salario mínimo. Para eso, teníamos que “embutirnos” en un bus atestado de contagiados y no contagiados, al menos, dos veces al día, interactuar con personas de todos los calibres y pelambres (“simple pueblo,” diría la doctora Mafe haciendo cara de fo y mil veces, fo, mientras rumiaba un baby beef  patrocinado por su marido y el gremio que representaba), sudar, estornudar, comer, cagar, culear, dejarnos culear, respirar en espacios que parecían hechos a la medida de las peores enfermedades. Por eso, sólo por eso, la vacuna era parte de los requisitos exigibles para alquilarnos.

 

“No me la han colocado… El gobierno no ha empezado a  vacunar a la gente de mi edad.” Contestábamos. Y era cierto.  Ellos respondían: “Entonces, firme este papel en el que libra de toda responsabilidad a esta empresa, que es una familia, y que a bien ha tenido la deferencia de darle una oportunidad de progreso personal y familiar en un país sin oportunidades; por si se llega a contagiar del virus más mortífero en la historia de la humanidad y que ha sido casi vencido en esta patria de héroes y tumbas, gracias a los poderes del divino niño todo “monito” y bonito, ojizarco, del 20 de julio, al presidente gordo, soso y canoso; y como es obvio, por el único, el omnipotente y con tres huevas, el gran prócer de esta patria de carnitas y huesasos, el doctor Urbina Tréllez. Agradézcales a ellos, indio bruto, cochino y pervertido, que volverán a tener pan en su casa… Eso sí, por no tener la vacuna, tenemos que rebajarle el sueldo… ¿Le sirve?  

Y obvio, ni modos... Tenía que servirme.

 

Trabajar, medio comer, medio mal educar a los hijos, medio sobrevivir, estar completamente jodidos en este desespero que llenó de úlceras el alma… Todos pensamos que una vez vacunados, las cosas mejorarían; pero no pasó. El virus se potencializó. Variantes, nuevas cepas, llenaron un ambiente lúgubre. Que la brasilera, que la surafricana, que la del Reino Unido, que la de Girardot... La misma historia viciada, redundando.

 

Allá, en el paraíso, en los países serios, todos vacunados contra las mutaciones en seis meses. Acá con dos años de retraso, la primera vacuna se volvió ineficaz. Tuvimos que  seguir esperando, continuar con un trabajo de porquería y rogando porque un robot o una adolescente de la india, no nos quitara el puesto que tanto nos costó conseguir.

 

Más y más protesta estériles; movimientos en círculo, repetir lo mil veces dicho, olvidarlo al instante. El gobierno respondiendo con palos, gases, balas de goma calibradas para sacar ojos, descargas eléctricas con pistola taser por “lámpara y por jetón,” golpizas en el baño de una estación policial, almohadillas llenas de balines disparadas a la nuca adolescente que se despedaza por la violencia del taponazo, rejo para castigar a esa “tribu de terroristas” que pide siempre trato justo, educación, salud, libertad, dignidad, esas malditas cosas que deberían retribuirnos a quienes pagamos impuestos cuando compramos el arroz y las lentejas de nuestro precario menú diario. Pero no, no, no, no… Para el estado somos excremento, criaturas con menos derechos que un perro de rico, lo de esconder, el ganado que se ordeña, tetas fértiles, cero cerebro o identidad…

 

Las cárceles a las que nos llevaron se atiborraron rápido. Allá también había pabellones para infectados y para vacunados; todos moribundos, aunque unos con mayores privilegios. La autoridad siempre vigilaba a los infectados; pasara lo que pasara, siempre iban a la zanja, ya no tenían nada que perder, no se podían manipular con miedo…

 

Nuestros detestables conocidos, siguieron repudiando las críticas salidas de nuestras entrañas. Como era de esperarse, fueron vacunados antes que los médicos por el Ministerio de Salud. El amo premia con galletas la obediencia.

 

El virus chino terminó refundido en las gavetas de lo prescindible. Lo sustituyó otro aún más letal venido desde Siria. Hoy peleamos de nuevo por no sucumbir al encierro, el distanciamiento social, las efectivas mordazas desechables de color azul que esconden nuestra mueca de zozobra. El nuevo presidente, también gordo, respetabilísimo corrupto, tanto o más estúpido que el anterior; sale todas las tardes por los canales de televisión enseñándonos a prevenir el contagio sirio, aguantar, sacrificarnos por los intereses insignes de la patria boba… La historia es circular, envuelve, sofoca, le encanta torturar. Como lo dijo un nobel de literatura Caribe, sudaca y grande pensador: nuestra mayor peste es el olvido.


26/04/2021


miércoles, 2 de diciembre de 2020

9 CUENTOS, MIL PALABRAS: RELATOS DE UN ENCIERRO COMUNAL / CUENTO 3

 

9 CUENTOS, MIL PALABRAS: RELATOS DE UN ENCIERRO COMUNAL

 

Una pandemia que contamina y diseca las esperanzas, que permite apartarse, aprender a perder y resucitar, así la ceguera colectiva no nos quiera dejar salir de los titulares apocalípticos que engalanan los noticieros.

Idiota Inútil, publica 9 cuentos escritos por Javier Barrera Lugo (1 por las siguientes 9 semanas), basados en las 9 conclusiones que le ha dejado la pandemia por COVID-19, al filósofo sur coreano Byung-Chul Han, expresadas en diversos medios de comunicación y que, para criterio del escritor, son contundentes y veraces.

A continuación, presentamos el tercer postulado de Byung-Chul Han, y el tercer cuento de Barrera.

 

Gracias por seguir la serie, esperamos la disfruten.

  

BYUNG-CHUL HAN SOBRE LA PANDEMIA**

 

** Reflexiones del filósofo tomadas de una entrevista para Carmen Sigüenza y Esther Rebollo, de Agencia EFE. Todos los derechos reservados a sus autores.

 

Postulado 3.

“La Covid-19 no sustenta a la democracia. Como es bien sabido, del miedo se alimentan los autócratas. En la crisis, las personas vuelven a buscar líderes. El húngaro Viktor Orban se beneficia enormemente de ello, declara el estado de emergencia y lo convierte en una situación normal. Ese es el final de la democracia.”

 

 

MONSTRUOS DE PAPEL MACHÉ O EL ELOGÍO DEL ENTRECOMILLADO


 

Por: Javier Barrera Lugo 

 

No fue la incompetencia de los investigadores de la Procuraduría Nacional y de los funcionarios de migraciones las que permitieron la fuga. No. La complicidad de un sistema tan grande y podrido como el estómago del diablo; la alcahuetería de unas  “fichas uniformadas,” afiliadas a los partidos políticos tradicionales que se crearon a sí mismos con el objetivo de  burlar hasta las mínimas normas éticas y acolitarle la pendejada al dictador de turno, permitieron el desastre.

  

La ministra de economía pasó de largo los “estrictos” controles de las autoridades y ninguno quiso preguntarle nada. La miraron de reojo mientras sacaba de su cartera los pasaportes de los niños; a ella no se lo solicitaron. Le ayudaron a acomodar dos maletas en la banda transportadora de la aerolínea, cuidaron a los dos pequeños rubios mientras “mami” cuadraba su escape, y hasta deshabilitaron una cámara de seguridad que registraba de frente la compungida expresión de la mujer. Todo por satisfacer a la ministra, que azarada, lanzaba propinas a diestra y siniestra.

 

Sigilosos, recibieron los cinco billetes de veinte dólares, por cabeza, que entregó a quienes se topó en su camino al exilio, logrando mantener a raya cualquier intento de pregunta incómoda, los consabidos “¿por qué? ¿Para dónde? ¿Motivos?” Salió del país sin despeinarse. “Un pueblo que vende el alma por moneditas… ¡Maricas!” Alcanzó a pensar.

 

            No bien se abrió la puerta del avión en el aeropuerto de Miami, tres horas después, las autoridades gringas la capturaron. Los niños fueron puestos a disposición del servicio estatal de protección de menores, y ella, enviada a un centro de detención  de mujeres. 

 

            Una semana después, se declaró culpable de sacar del erario, lavar en Florida, e ingresar en las cuentas del presidente Duarte y sus más apasionados partidarios, al menos doscientos millones de dólares.

 

            La fiscalía del estado le ofreció un acuerdo cuyas condiciones aceptó sin chistar: delatar a los autores materiales del desfalco, señalar a los capitalistas de su país que organizaron la salida de la plata, y omitir, por respeto a las “víctimas,” los nombres de una docena de “ingenuos” banqueros de Florida (con sucursales en Delaware y Nueva York), que fueron “engañados para lavar esa tonelada de dinero manchado” en los “yunais.” En contraprestación, le garantizaron quedarse con el 10% del botín confiscado, pasar dos años en una cárcel de mediana seguridad, visitas de los niños cada 8 días (se le concedió la custodia temporal a su hermana, quien era ciudadana y  testaferro que pasó de “agache” ese monumental escándalo) y entrar a un programa de protección a testigos una vez cumpliera la sentencia.

 

            El Asesor para asuntos latinoamericanos del presidente Rush, filtró a la prensa el indictment (la acusación) en contra del presidente Duarte, la vicepresidenta Rodríguez y diez de sus cercanos compinches. “¡Acabaremos con ese régimen ladino y cruel! No permitiremos dictaduras ladronas en nuestro continente. Los culpables pagarán... Tienen las horas contadas…” Dijo antes de finalizar la conferencia de prensa. Los aplausos y vítores de los “opositores en el exilio,” dieron un toque de folclor a la descafeinada reunión.

 

Las reacciones no se hicieron esperar: “Lo paradójico del cuento,” escribió en su columna semanal del Miami Tribune, Gabriel Brigadier, periodista desterrado por el gobierno Duarte, “es que el otrora mejor amigo de Rush, el sátrapa Duarte, es hoy satán para el gobierno Republicano. Asumo que el dictador ya no puede atribuirle a perfidias de la oposición, los duros señalamientos de corrupción, latrocinio,  desapariciones forzadas y toda suerte de artimañas en contra de nuestro pueblo. Como cantó el soldado rescatado del secuestro: ¡Cómo nos cambia la vida, amiguito…!”

 

Duarte y su corte ni se inmutaron ante las acusaciones, o al menos eso quisieron proyectarle a la opinión pública. La gente del común, en cambio,  se tomó las calles y protestó durante semanas. El presidente, curtido en batallas por el poder, permitió la desobediencia; pero sólo para preparar el contragolpe. Miembros de la policía se infiltraron en las marchas y comenzaron a incendiar estaciones del metro recién inauguradas por la alcaldesa opositora (medio metro, lo llamó ella, porque ante el robo de recursos, sólo pudo construirse la mitad del proyecto). En los barrios, organizaron a los partidarios del gobierno, los encapucharon e instruyeron para saquear pequeños abastos, apedrear edificios, golpear rejas y gritar arengas en nombre de los pocos opositores que quedaban en el país, quienes supuestamente, lideraban la violencia.

 

            Fue tanto el descaro, que, aprovechando la histeria colectiva, la policía envió noticias falsas a través de los servicios de mensajería telefónica en las que alertaban a la gente sobre asonadas y saqueos de malhechores contra conjuntos residenciales (“se están metiendo en los conjuntos,” pregonaba una voz agitada), comercios, casas en barrios populares, zonas de diversión… Y sí, desafortunadamente pasaron cosas terribles, aunque patrocinadas por la fuerza pública: varios líderes opositores fueron encerrados sin cargos y cientos de sus seguidores, asesinados cuando “delincuentes,” según la autoridad, “pretendieron robarlos.” Lo más triste fue que los dejaron en zanjas con tiros de gracia (más bien de desgracia) en la nuca y sus pertenencias intactas.

 

El gobierno implantó de manera soterrada la censura. Los medios mostraban a “valientes ciudadanos,” resguardando sus posesiones del “vandalismo  terrorista” asociado a la protesta. John David Algarra, el rey del amarillismo, “periodista” que alguna vez puso a comer papel y tomar aguapanela a unos niños, para “informar” que sufrían de hambre y nadie los ayudaba, y gracias a esto obtuvo el premio de periodismo “Presidente Duarte,” comenzó a entrevistar a vecinos  de un sector “del occidente de nuestra amada Santafé,” que cuidaban sus propiedades armados con palos de escoba, percheros, raquetas, tablas de la cama, garrotes y un sinnúmero artículos cotidianos vueltos armas ridículas.

 

“¡Vecino, estamos en vivo para el noticiero SBM! Ante estos desmanes, ¿Qué les pide a las autoridades?” El viejo contestó casi suplicante: “¡Que nos envíen la tropa, sumercé…! Esto está muy verraco… No podemos esperar a que los delincuentes nos desocupen los apartamentos, el fruto de una vida de sacrificios... En esta urbanización  son como 120… ¡Por favor! Le pedimos ayuda al presidente…”

 

Y sospechosamente, como si el presidente hubiese estado viendo el noticiero, a los tres minutos; mientras Algarra entrevistaba con voz lloriqueante y obcecada a doña Nepomucena, líder comunal, que con paraguas de punta metálica ayudaba a hacer guardia, apareció una destartalada tanqueta de la policía rodeada por diez asustados alféreces armados con carabinas y a quienes los uniformes les quedaban grandes. Un primer plano inolvidable y en horario prime

 

Los gritos de apoyo al comando heroico retumbaron por toda la localidad. No atraparon a nadie, ni frustraron ningún delito, porque nunca pasó nada; pero metieron en la mente de la gente una idea: los amo, los cuido, les pego; pero a los ladrones también los acabo… Ese grupo de adolescentes disfrazados de guerreros y transmitidos en directo por la televisión, fueron el placebo que institucionalizó el virus del miedo en la conciencia de una sociedad, y legitimó la teoría del salvador patán, que, aunque nos haga sufrir, nunca nos desamparará.

 

El recelo absurdo, criminal, mentiroso, ensordeció la verdad. La protesta fue manchada, sus líderes, desprestigiados… La gente aceptó ser golpeada por la bota protectora si eso garantizaba que los supuestos criminales que asaltarían y asesinarían a toda la gente de una ciudad, eran atajados de la misma forma: a patadas.

 

Los rumores de aquella vigilia, los días y las noches siguientes, acompasaron el ritmo de más fusilamientos, mentiras y héroes prefabricados. Institucionalizar la violencia hizo que el gobierno de Duarte cayera un año después.

 

Las evidencias en las que se basa este relato y comprueban las barbaridades ordenadas y ejecutadas por la dictadura, están en manos del nuevo gobierno, el régimen de los “decentes,” opositores autoproclamados “Partido de la Reconstrucción Nacional” (que sin juicio o mecanismo legal de por medio, extraditaron a Duarte y sus lamebotas hacia los yunais, claro está, antes de confiscarles sus botines de guerra),  otra pandilla de  manipuladores, rufianes y déspotas tan sucios como Duarte; nada más que al ser novatos en el poder, guardan las formas y aún no delinquen tan de frente…

 

Al presidente y varios de sus ministros les empiezan a aparecer casos de corrupción.  John David Algarra los ha entrevistado, ellos juran que son inocentes, “la renovación”. El periodista, “desinteresado, comprometido con la verdad,” les cree… Es la ingenuidad “prepagada,” una nueva forma “light” de chupársela a los poderosos.

 

 Los gringos dicen que lanzarán un nuevo indictment, contra los integrantes principales del gobierno recién instaurado. Se les acusa de perseguir de forma violenta a la oposición (los Duartedistas), de tener nexos ideológicos con los Castro en el CaribeLa serpiente vuelve a comerse desde su cola.

 

El juramentado presidente, en medio de escándalos de corrupción que comprometen de manera directa a gente de su círculo más íntimo, le advierte a Algarra, en un publirreportaje, que “un nuevo virus mortal viene desde Asia y matará más ciudadanos que el gobierno de Duarte…”

 

“Compren tapabocas, millones de litros del alcohol al 70% que por casualidad fabrica de mi hermano, burbujas de plástico para sus hijos y mascotas, caretas con el logo del Che; encierren a los ancianos, pierdan sus empleos, desconfíen de todos, vivan preocupados por morir ahogados y solos en la UCI de un triste hospital, o en la cochina calle… Como lo anunciaron por años los testigos de Jehová, el final de los tiempos ha llegado…”

 

John David Algarra, gesticula, su mirada se llena de lágrimas “sinceras,” hace su cara de “paniqueado lindo,” se mira al espejo, los televidentes lo aman, es igual a ellos, periodista con calle, un profesional emotivo (imbécil crónico, dictamina un respetado siquiatra amigo mío).

 

“El virus ha llegado al país… Se detectó el primer caso… Presidente Pietro, confiamos en usted. Que la Virgencita santísima, María Teresa de Calcuta, protectora de Calcuta y sus leprosos, que sólo se llamaba Teresa y la gente de este país olvidado por los Santos muy santos y presidenciables volvió María Teresa, y la Divina Providencia, patronos de esta patria con dos mares, tres cordilleras y el “segundo himno más lindo del mundo,” lo sigan guiando. Hágalo por la “gentecita” que lo necesita hoy más que nunca, Presidente… Es que usted sí es honesto, no como los otros “que no me lo quieren…”

 

Después de comerciales, informa que el gobierno pedirá prestados 189 billones de pesos para afrontar la crisis económica y social derivada del nuevo virus asiático; recursos que serán administrados con “toda la transparencia que esta emergencia amerita y se enfocarán en los más necesitados…” “Es una deuda que pagaremos solidarios todos, en partes iguales; pero… ¡Estamos salvados, tenemos gobierno!” Chilla en éxtasis el “periodista de marras,” futuro Ministro de Comunicaciones… “El churro,” como le dice Momi, su atractiva compañera de set.

 

11/11/2020

 

 Todos los derechos reservados al autor. 2020.

jueves, 15 de octubre de 2020

9 AÑOS

 9 AÑOS



Recuérdalo por la eternidad, angelito: 

SEMPER SIMUL,

SEMPER CARMINA.


Te adelantaste nada más; sigues viva, me cuidas, mi filipina;

me pones ángeles en el camino... así eres. 

Estás en mi corazón mientras viva. ¡Viva tu vida, tu hermosa vida!

Nunca te olvido.

                                                                          El loco gordo.