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lunes, 24 de octubre de 2022

LA ECUACIÓN DE DIOS

 

LA ECUACIÓN DE DIOS

Por: Javier Barrera Lugo

**Este perfil fue publicado el 3 de marzo 2014 en la sección Kien bloguea, del medio digital Kien y Ke.

 

Dedicado a: Santiago Ojeda y Daniel Barrera,

los únicos científicos reales que conozco.


Grigori Perelman es un hombre ruso de cuarenta y siete años, ascendencia judía, soltero, profundamente religioso (iglesia ortodoxa), alto, desgarbado, calvo en la parte superior del cráneo, aunque desde la base de su testa crece una desordenada melena castaña que casi le llega a los hombros. Viste de jeans, chaqueta de paño desleída, camisa apergaminada, unos zapatos tenis que parecen tener su edad y una capa de mugre que cualquier desadaptado promedio estimaría obscena. Su mirada compleja, cercana al estrabismo, tiene impresa la pureza del fuego, el destello palpitante  prodigado por las mentes superiores cuando limitan su territorio. Vive encerrado, sin contacto con la humanidad junto a su madre, la anciana Luvob-quien mantiene la economía doméstica con su pensión-, en un humilde apartamento clavado en la periferia de San Petersburgo. Una particularidad más: pertenece al grupo de los matemáticos más brillantes de los últimos cinco siglos.

 


       Su historia es fascinante: A finales de mil novecientos ochenta, se le otorga el doctorado en la Facultad de Mecánica y Matemática de la Universidad Estatal de Leningrado, con una tesis que tituló: Superficies en silla en espacios euclídeos (espacios geométricos que siguen los principios que en esta materia expuso Euclides tres milenios antes). A los dieciséis años, representando a la URSS, gana la medalla de oro en la olimpiada mundial de matemática llevada cabo en Budapest, Hungría. MENSA, una organización de carácter internacional que evalúa el coeficiente intelectual de personas destacadas, determina, en ese mismo período, que el suyo, es el  más alto que han comprobado. Desde muy corta edad ejecuta con virtuosismo el violín, una prueba más de su estirpe superlativa. Estrategia, visión, un horizonte rodeado de metas. Inicio de una década redonda para Grigori. Por esa época, jóvenes de su edad en todo el mundo se enfrentan a un dilema mayor: utilizar oxy 5 u oxy 10 para tratar la plaga del acné; él, en cambio, no sólo resuelve, ingenia fórmulas para descomprimir los enigmas de la naturaleza. Ironía pura podría titularse aquella obra del destino.

 

       Tras recibir el doctorado comienza a trabajar en el prestigioso Instituto Steklov de Matemáticas de la Academia Rusa de las Ciencias, donde se enfrasca en problemas que trascienden la academia y caen en escenarios tan diversos como la planeación agrícola o la estrategia militar de encriptamiento de códigos.  Pasa dos años becado, a mediados de los noventa, en la Universidad de California, Berkeley, además de estudiar dos semestres en las Universidades de Nueva York y Stony Brook. Esas experiencias educativas cimentan la obsesión que años después, dará frutos impensados hasta para los optimistas extremos: La conjetura de Poincaré, el problema abierto más grande de la topología (estudio de las propiedades de los cuerpos geométricos) queda como pesadilla exclusiva taladrándole el espíritu.

 



       En mil novecientos noventa y nueve el prestigioso Instituto Clay, pionero en la investigación de las diferentes ramas de la matemática y su difusión, instaura un premio para quienes comprueben la teorización de los siete problemas del milenio, acertijos que promulgan la solución de ecuaciones que exponen diferentes realidades abstractas a través de símbolos, caracteres y números; pero que no revelan el desarrollo cierto de ellos. La explicación sustentada de los mismos es premiada con un millón de dólares. La conjetura de Poincaré hace parte de la selección y el avezado Grigori, toma por su cuenta este jeroglífico que tiene como base fundamental la geometría de las esferas, una materia que domina como ningún otro ser en el planeta.

 

       En dos mil dos, Perelman, sube a la cumbre del cielo y le grita a todo el que quiera escucharlo que la mentada teoría que el matemático francés Henri Poincaré le planteó al mundo en los albores del siglo veinte, deja de serlo para convertirse en un teorema (una proposición que afirma una verdad demostrable). Revuelo general. Sus colegas, acuciosos, le dan vueltas a la fórmula, a sus elementos constitutivos, buscan un resquicio, una grieta que rompa el dique, degradan y rescatan, olvidan lo aprendido, sus concepciones. Los prejuicios elaborados con paciencia de costurera, se incineran en las piras de sus egos. Llegan a la misma conclusión que desde el principio un hombre ascético dominado por la excentricidad les recitó como una oración aprendida: nada permanece oculto, o es imposible de lograr para un espíritu envenenado con la dulce ponzoña de la curiosidad. De los siete problemas sólo se han resuelto dos a la fecha: Poincaré y El último teorema de Fermat, por Sir Andrew Wiles, matemático británico, en el noventa y tres del siglo anterior.

 

       El mundo de las ciencias exactas celebra a rabiar el logro de “Grisha”, el irrepetible Grigori Perelman. Para el resto de la humanidad es un hecho que termina depositado en la intrascendencia. Se expresa la sorpresa de manera jubilosa, cartas larguísimas de felicitación, idolatría repentina; pero ella, traicionera, sabia, fanática, cruel, sádica, deja para el final la saña de su coletazo máximo: Grigori, en un acto de iluminación esquizoide, de sentido común y una autoridad disfrazada de enajenación mental, rechaza el dinero que gana en franca lid. La organización del premio del milenio determina como zanjado el asunto de la Teoría de Poincaré: es un axioma. Corre el dos mil diez; ocho años de revisión minuciosa de sus pares le confirman la inmortalidad. Grigori se mantiene firme, no recibirá jamás un centavo por este trabajo. El escándalo estalla, las matemáticas resaltan por fin en los tabloides, no por su esencia o su valía, un acto honesto de conciencia pulveriza las ventanas humidificadas de la sociedad. Huraño, responde la pregunta que todo el mundo se hace. ¿Por qué? Con la tranquilidad que le da su nuevo estatus de profeta trastornado, responde a quemarropa:

 

       “No quiero estar expuesto como un animal en el zoológico. No soy un héroe de las matemáticas. Ni siquiera soy tan exitoso. Por eso no quiero que todo el mundo me esté mirando.” Baldado de agua fría.

 

       Cuatro años después, el hombre que domina los conceptos de las fuerzas esenciales y la abstracción rechaza también  la Medalla Fields, el Nobel de las matemáticas, dotado con diez mil dólares de premio. ““Sé cómo controlar el universo, ¿por qué tendría que correr tras un millón de dólares?”. El puñetazo va directo al mentón de quien cuestiona su aburrido desplante hacia el dinero, la fama, o como dijo Gabo, “la mierda de la gloria.”  En dos mil seis rechaza también la medalla que el Congreso internacional de matemáticos realizado en Madrid le otorga. Previamente lo hizo con el premio de la Sociedad Matemática Europea, porque según él, estaban incapacitados para evaluar su trabajo. El daño queda hecho. Sus palabras denuncian ochenta meses de enclaustramiento, la decisión de olvidar los peros a su genialidad, la frivolidad manifiesta que juzga su trabajo. Algunos de sus conocidos dicen que después de la comprobación de la teoría perdió el amor a las matemáticas, el interés, la pasión, que una niebla helada le entró en las vísceras cuando descubrió cómo se amalgaman las fibras creadoras cuando de instituir embrollos se trata.

 

       En dos mil tres, cuando se retira de Instituto Steklov, las directivas lo tildan de inconforme, de soberbio, de testarudo. Algunos de sus colegas se dedican a buscarle “clavos sueltos” a su trabajo, lo que precipita la deserción. Austero, busca refugio en ese hogar que desconoce, con la vieja que lo parió, y desaparece de la escena tan a prisa como un fantasma al mediodía. Sus apariciones, después de tomar la decisión que movió la estructura de una ciencia exacta, son esporádicas. Fue fotografiado en un vagón del metro de San Petersburgo, en un mercado de su distrito comprando provisiones. Sobran los rumores, los alienígenas se manifiestan más que "Grisha". Un periodista avezado logra sacarle unas frases mientras camina por una calle secundaria cercana a su vivienda. La pregunta es la misma: ¿Por qué? Deja una contestación que no merece mayores análisis: “ellos (los matemáticos), casi todos son conformistas. Son más o menos honestos, pero toleran a quienes no son honestos. No es la gente que rompe los estándares éticos quienes se consideran extraños. Es gente como yo quienes somos aislados.”(SIC).

 

       Chocante, adusto, demente. Los calificativos exceden la capacidad de entender una siquis acostumbrada a objetar el oropel de las cosas que le importan al rebaño. En unas declaraciones que concede en abril de dos mil once, manifiesta que trabaja en una ecuación con la que quiere demostrar la existencia de Dios. Nuevamente rompe la vajilla en una casa repleta de habitantes asustadizos y pacatos.  Ya Isaac Newton, el matemático más famoso de la historia, después de descubrir los trucos primordiales de la mecánica del universo, desarrolló una curiosidad innata por las claves veladas que acarreaba el concepto básico que ha inquietado a sabios y comunes: la existencia de una entidad superior. Paralelos a sus estudios y labores en ciencias, abordó también el desciframiento de los interminables mensajes, que a su juicio, fueron infiltrados en libros específicos de la  Biblia (Daniel, Revelaciones), en los cuales aparecen codificadas las fechas y las advertencias con las que El Creador nos anuncia su presencia y el fin de lo tangible. Repudiado por la Iglesia y muchos de sus contemporáneos, prefirió el calor de su taller, la caricia de los libros, el aislamiento, para seguir pellizcándole verdades a un universo inundado de secretos.

 

        Diógenes el Cínico, filósofo griego resume en una cita la actitud valerosa de Perelman y de Newton, que con casi tres siglos de diferencia le dieron al  sinopense, si no la razón, por lo menos un  espaldarazo a sus criterios cargados de ironía y certezas verificables: “…un perro de los que reciben elogios, pero con el que ninguno de los que lo alaban quiere salir a cazar". Quien piensa será incómodo, rechazado por aquellos que se otorgan la dignidad de amos del conocimiento, de los que abusan escudados en la fe ajena. Por lo menos el buen Grigori, un ruso sin uncir, se ahorró ese mal sabor de boca al rechazar un caramelo relleno de bilis.

 

       Una nota final, una reflexión, una pregunta que me permito después de desmenuzar y escribir esta historia: Si existen comprobaciones matemáticas respecto a las formas de la creación (ADN, física cuántica, química, astronomía, biología, cálculo infinitesimal, etc), de sus dinámicas, por qué es descabellado pensar que también se pueda lograr explicar a través de códigos matemáticos la latencia del inventor del caos. La verdad es como una torta, cada quien prepara  una a su gusto. Sé que es prematuro inferir una respuesta. Tal vez Grigori nos dé la sorpresa y en algunos bisiestos los colegios, en clase de religión, terminen explicando la Ecuación de Dios; y la cruz,  la estrella de David, la media luna, la esvástica, sean reemplazados por una grafía alfanumérica para idolatrar a placer. Habrá que esperar, sorpresas vienen.

sábado, 15 de octubre de 2022

SEMPRE SIMUL

 SEMPER SIMUL

El hombre que solía ser desapareció sin ti,
Flotó, materializó el fuego
Hasta forjar un pájaro azul
Que remontó el universo,
Llevó tu estela cósmica
A sus propias obsesiones.
No hay muerte si niego olvidos;
Existes aún, Ángel pálido,
Ángel indígena tan dulce como el canto
De Yacó oliendo a vida, a madremonte,
A yerba tocada con esencia trashumante
Destilando la sangre de nuestros poemas
Tan conmovedores y valiosos ahora en ausencia. )
Amor es la palabra peor usada,
Su pureza la mancilla el acto ingrato.
Amor vive el que pierde, no el que tiene;
Tener es desdeñar.
Yo que te tengo y te pierdo, desde hace once vueltas, pido escuches
Mi corazón antes de despertar
Y en ese instante constatarás
Cuán profunda es tu música en mi médula.



Hoy celebro tu vida, tu presencia,
Lo que eres, filipina que abandonó la isla
Donde todo era latente, aunque inocuo, falso,
Y hoy camina de estrella en estrella
Cuidando niños, consolando extraviados
Y haciendo la revolución con el curita Camilo,
Su tocayo Cienfuegos, con Sandino, con el Jesusito y todos los héroes niños cuyo reino
No es de este mundo y sus criaturas,
Porque los amaestrados no merecemos nada.
Cuánto silencio hoy en medio del barullo canalla de los cipayos
Que reclamen acostumbrados caricias del amo.
Renueva mi fuerza, verte en sueños,
Imaginar que escuchas mi acción de gracias diaria,
Palabras con las que celebro tu milagro
Y niego creer que eres vacío,
La nada nada más.
Semper Simul, Semper Carmina, muchachita...
11 años desde esas 6 de la mañana...

sábado, 17 de septiembre de 2022

¿A DÓNDE IREMOS A PARAR?

 

¿A DÓNDE IREMOS A PARAR?

Por: Javier Barrera Lugo


Foto: Javier Barrera Lugo. Todos los derechos reservados

Los peones fuimos invisibles aquel verano para doña Amalia. Podíamos estar dos pasos al frente, a su lado, respirarle casi en la nuca, en cuatro patas limpiando algún reguero, y, aun así, éramos invisibles, cosas, no seres; imperceptibles para cualquiera de sus sentidos. Eran el espejo y ella en medio del calor, ella y el maldito espejo insolente que no le contestaba la pregunta que repetía como loca cada cinco minutos: “Espejito, espejito… ¿Quién es la…?”


      Le decía doña, aunque no tuviera más de veinte años, porque el ingeniero Ruiz, su amante cargado de dinero, con ganas de todo y probabilidades nulas de cumplirlas, me lo exigió si quería seguir trabajando como obrero en la finca donde la mantenía apartada de las “cochinas intenciones” de la gente que hacía parte de su mundo de negocios exitosos, la estofa social tóxica a la que pertenecía la señora Bere, un atado de “basura blanca arribista” que, sólo con él y sus vicios, no fueron alcahuetas.


       Una caterva de chismosos que con toda la mala leche y a grito entero hacían las preguntas que en verdad lo incomodaban: ¿Esa mujer tan “chirreada” es sólo tu amiga, bandido? ¿Alguna sobrina que no conocíamos, Jairito…? ¿Berenice sabe que estás acá con una clienta tan hermosa…? ¿Aparte del corazón, te hace parar algo más esta belleza…?  “¡Partida de “levantados venidos a menos”! Gritaba su mirada de macho ofendido, mientras fingía la sonrisita socarrona que apenas le salía.


       A los pedigüeños que se envalentonaban (sacaban como escudito de batalla los abolengos de unos antepasados igual de rufianes a ellos) frente a timoratos como él, les pagaba con generosidad el inmenso favor de la prudencia cuando estuviera su esposa Berenice presente.  Gracias a esos sobornos, terminó con un archivador lleno de réplicas de corbatas Hermès hechas en cualquier toldo de San Victorino, que los arribistas quebrados le cobraban como si las hubiesen traído desde la mismísima tienda de la Vía Montenapoleone en Milán.


       Giró cientos de cheques por asesorías ficticias para determinar las incidencias de la revolución francesa en el desarrollo de la corriente de Humboldt, el efecto de la gravedad en Mercurio y hasta para hacer pasar por real la genealogía y  la heráldica inventada de su familia mazamorrera venida desde las entrañas de la cordillera. El precio que se paga cuando se peca es alto.


       “Una mujer hermosa. ¡Qué fatalidad! Todavía más joven y hermosa si su acaudalado dueño se le plantaba al lado y generaba contraste con su fealdad y decrepitud. Varias veces los vi en el club, pero el viejo cretino decía que era una colega que le hacía asesorías… ¡Y vaya que se las debió hacer…! Alta, delgada, rubia, llena de pecas perfectas. ¿Se da cuenta?”


       Imitando a un perito, señaló con el bolígrafo el pómulo derecho. Continuó: “vea, no son sucias como las que le embarran los cachetes a los pobres.” Con esta frase terminó su intervención Rendón, periodista del diario El Universo, que se  coló por una rendija en el vallado de la finca y presenció en exclusiva el levantamiento del cadáver como si fuese autoridad.


       “¿Qué le pasó a esta pobre criatura?” Preguntó.  


       “Cuando llegué estaba ahí, junto al primer paso de la escalerilla, ojos abiertos, miedosos, su mano izquierda apretando el colorete, un punto rojo en la frente, charco de sangre untándole el pelo de la nuca y los hombros, cara pálida… Y más nada…Como dormida…” Dije.


       ¿Lo viste todo, cierto? Sin mirarlo a los ojos, contesté: “Cómo se le ocurre señor, yo estaba pintando los galpones. Un ruido seco y nada más escuché… Mañana compro su periódico y averiguo qué paso…” Socarrón, Rendón le tomó una foto a los policías que asistían al legista y se fue silbando como si lo que acababa de testificar fuese la sacada de un moco.


       Tres días después don Luis, el capataz de la finca, me citó a las siete de la noche en los billares para darme la plata convenida. Imitando un ventilador, movía la cabeza de izquierda a derecha y viceversa. Luchaba para que no se le notara el susto; sus ojos no estaban conmigo sino en la calle, buscaban sin consciencia la venia del conductor del Dodge Dart blanco hueso que lo esperaba fumando. Pidió dos cervezas y me transmitió las órdenes que mandó el ingeniero: “dos millones para que te pierdas de acá  y uno más cuando cruces la frontera y comprobemos que no abriste la bocota. Una fortuna, Chuchito. Te espero allá en ocho días… Yo veré, el doctor no quiere saber más de este accidente. Cualquier cosa, calladito, o yo mismo te cierro la jeta.” Ninguno tomó la advertencia como algo más que el llamado de auxilio de un hombre servil que quiso demostrar rudeza al patrón que aguardaba el cierre del trato.


       Con lo que me dieron, compré la casa y puse una cantina en el primer piso. No volví al pueblo, tampoco hablé de tema. Cumplí mi palabra. Desde las 2 de la tarde hasta las 3 de la mañana del día siguiente estoy limpiando mesas, arrumando canastas de cerveza, destapando baños, escuchando gritos, separando peleas… la rutina del que intenta sobrevivir…


       No lo niego: de la muerta ya no me acuerdo. Ni un padrenuestro en su memoria rezo. Sé que está mal, pero no me nace.  En cambio, no dejo de pensar en la protagonista de la película que cambió mi vida: sudor cubriéndole la frente, cañón de pistola a centímetros de la cabeza infantil, el dolor de una provocación que cala en el orgullo, brillo en el agua azul, una detonación, el olor a pólvora, cloro y sangre… Silencio por un instante. Berridos. La señora Berenice diciéndose: ¡no quería, yo no quería hacerlo…! Don Luis, sacándola a empellones y al mismo tiempo diciéndome: ¡No viste nada, negro pendejo! ¡No viste…! Pero sí; sí vi, y el sacrifico de doña Amalia, la culpa de la señora Berenice, la pusilanimidad del ingeniero Ruiz, la zalamería criminal del viejo Luis, mi falta de escrúpulos, nos aseguraron un encuentro en el infierno.


       Ojalá no exista la belleza en esos lares, porque sin dudas, así como en la tierra, doña Amalia otra vez nos va a meter en problemas a todos, y sí eso pasa sólo me pregunto: ¿a dónde iremos a parar?

 

16/09/2022