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viernes, 16 de noviembre de 2012

CAEN LOS SUEÑOS


CAEN LOS SUEÑOS
Por: Aldo Joel Balcázar Toledano


“Queridos enemigos de siempre dejo este mundo de dolor,
nunca se olviden que el llanto de la gente va hacia el mar”
Fabulosos Cadillas.

Nunca llegó a entender en qué momento semejante ejercicio dejó de tener la importancia que debería tenerlo; la seriedad de la que había escuchado hablar. -La vida es lo más importante, pero sin libertad-. En qué país, con qué dictador se transforma en un juego de papel. Vidas de papel tiradas en el agua.
Unas gotas de sangre salpican. La jícara de sangre para regresar a la realidad, el líquido más parecido al agua desde hace algunos días. ¿Cuántos días llevo aquí? Cuatro o tres, no deben ser más. No podría aguantar más de una semana. Más sangre y gritos de su torturado de cuarto lo obligan a intentar abrir los ojos pero es imposible.
-Nada más mírate cabrón, con esa cara hasta parece que llevas dos días de madriza continua, peor que boxeador. Ya ni la chingas ¿qué va a decir tu madre? ¿Quieres ver a tu madrecita de nuevo? Claro, todos queremos a nuestras madres, de una o de otra forma, pero en estas condiciones ¿Qué va a pensar de ti?
Mírate con los ojos cerrados, los labios abiertos, ya casi no te reconozco, todo desmadrado. En fin, has visto la película del jorobado, esa de Disney -el cuerpo no responde- pues él está más carita que tu. -Y suelta un golpe-. Para ser sinceros está bien cabrón que regreses a casa, no porque no queramos que regreses, sino porque ya no tienes. Sabes, fue destruida en la balacera que hubo con el cártel…quien sabe qué pinche cártel enfrentamos, y como la cosa estuvo bien difícil y, estos pinches narcos tenían bombas… pues se destruyó como cuatro casa. No sabías. Aquí está en los periódicos. No que muy enterado de la situación del país. Puras pendejadas tú y esta bola de revoltosos.
Hay algo bueno entre tanto desmadre en todo el país, y es que le estamos ganando al narco. Y hay gente que piensa que los militares en las calles son sólo para violar, maltratar, detener a los estudiantes, matar, quemar casas, torturar indígenas, investigar a grupos guerrilleros y quien sabe que tantas pendejadas más. Puras mamadas. Lee, lee, en los periódicos, en la tele, en la radio y hasta el presidente nos respaldan, nos protegen.
Pon atención que esto es importante -vuela otra mano y un pie- porque cuando quedes en libertad y un puñetazo, libertad y una patada, libertad patada, libertad puño, puño y libertad, libertad, libertad.
Imposible gritar o sentir dolor -pero sin libertad, ¿cuántos días?-no se puede pensar, recordar la última tarde allá afuera, en libertad repetía el oficial aplicando una buena dosis de golpes y palabras.
Ir a la escuela por la mañana, encontrarse con los compañeros, hablar de las cosas, de todas las cosas en general, pero como un instinto innato nos encabronamos en los hechos políticos. Gritábamos tan fuerte que en ocasiones las personas de afuera de la casa se quedaban paradas y se iban con rapidez. Ver a mamá de nuevo ¿por qué aparece mamá des pues de la gente corriendo? Botas negras bien lustradas, pantalón verde corriendo por la calle gritando ¡qué va a decir tu madre! Cenar con la familia, subir al cuarto y poner un disco. Los están buscando, mejor cuídense. El ejército viene para acá a combatir el narco local, se escribe en el diario del municipio. Cuídense… los buscan… ejército, y la canción del león Santillán encuadran la noche. Te quedas dormido.
Tal vez todo fuese un sueño. Los golpes ya no duelen. En el subconsciente todo es más suave. Abres los ojos y ves a una persona vestida de verde, los cierras y estás en un cuarto oscuro, tirado en una cama. Abres los ojos y te encuentras en el cuarto, los cierras y el de verde golpeando. -No duelen los golpes, ya no duelen-. Cierras los ojos para despertar en un lugar extraño con verde hablando de periódicos y del narco. A la izquierda se encuentra Iván inmóvil en una laguna de sangre, Lucía con el sostén roto sin pantalones, el cuerpo pálido con grandes lunares morados, en frete otras dos personas que no has visto nunca. Una nube de mosquitos se acerca a ti y comienza a picarte. -No duele-, piensas, pero cada vez son más fuertes, se convierten en pájaros hasta llegar a ser puños golpeándote en el cuerpo. Pero ya no duelen. -Pon atención que esto es importante-. Cierras los ojos y despiertas en un lugar oscuro, el mismo de hace rato. No puedes ver nada, pero sientes un alivio. -Este es mi cuarto, son las horas de la noche, las tres o cuatro, los perros no ladran y está oscuro. Empiezas a distinguir dimensiones. Es mi cuarto-. Tu cuarto, no ha pasado nada. Los vuelves a cerrar para ver otro lugar extraño. Sólo puedes ver algunas cajas de madera, una pared de metal, huele a perro muerto y una montaña de maniquíes con ropa pintados de verde, morado y manchas rojas te impiden ver más allá. Intentas moverte pero hay más muñecos encima de ti y no puedes. Un ruido de motor llega a tus oídos. Cierras los ojos, prefieres despertar, el olor es insoportable. La oscuridad te llena de calma, ahora estás seguro de que esta oscuridad le pertenece a tu cuarto. Nada ha cambiado. Descansas y vuelves a dormir.
El ruido del motor es más fuerte y el olor te sigue hasta tu rincón, tu cuarto, y decides terminar el sueño que ahora es una pesadilla que te sigue hasta tu recámara, a la oscuridad y tranquilidad de tu recámara.
Los maniquíes de un principio son en estos momentos cuerpos fétidos con ojos sin sentido, viendo a todos lados, viéndote y buscando una salida que te exigen encontrar. El piso se abre y todos caen de aquel lugar que es un avión. De abajo se acerca el agua. -El llanto de la gente va hacia el mar-, piensas. Las máscaras están con otro rostro, más contentos, más felices, liberados de torturas, diría yo. Otros no han cambiado mucho, siguen tristes. -Estoy volando entre máscaras de tristeza, logros a medias, sueños rotos; si, no hay felicidad entre nosotros, hay una especie de liberación del maltrato al que nos han sometido. No hay felicidad. Hay sueños inconclusos, utopías cayendo de aquel avión por encima de nosotros, de nuestro trabajo. Un avión cagando utopías-.
El mar está acercándose, los cuerpos me tocan, se agarran a mí. Cierro los ojos para despertar, no quiero morir. Los abro pero el mar está más cercano ¡despierta! Cierro los ojos pero otra vez el agua, el aire se hace presente. No puedo respirar, apenas me doy cuanta. Todo era tan tranquilo, ahora es demasiado rápido pero no llego al mar. Cierro los ojos y el mar, abro los ojos y el mar, en las dos partes agua. Sueño o no, no puedo cerrar los ojos, no puedo abrirlos ni moverme, ni volar, en los sueños se puede volar cuando quieres, pero calma, calma, sólo tienes que… Pero el mar.

sábado, 10 de noviembre de 2012

PREDICANDO UN SUEÑO


PREDICANDO UN SUEÑO
Varmis Terrero Cuevas

Él tenía hermosas barbas coloradas y un cuerpo montaraz. Había nacido en el vientre del bosque y criado entre la soledad de la naturaleza y los animales salvajes, sin fe, sin religión, aunque en su vida se registró una noche clara el curioso hecho de haber derrotado con suma dicción teológica los argumentos de cinco predicadores de la civilización. Por la primavera se echaba a andar bajo la luna, y frente al río su voz trinaba junta a las de los insectos cantores y los blancuzcos peces. Se alimentaba de culebras prehistóricas que atrapaba bajo las estupendas piedras. Era bastante alto y muy fuerte. En su cuerpo robusto ardía una infinidad de razas: los blancos de la Península Ibérica, los negros del África, los indios de la Madre América, etc. Sus cuerdas bucales sonaban como las piedras al caer, su cara era una enorme roca. Sus dos brazos eran largos y gordos y tenían una enorme fuerza. Su nombre simbolizaba la vastedad de la naturaleza y sus disímiles formas. A ese tal --a Augusto Sanz Villamercedes-- vine a conocerlo aquella fresca noche de junio del 2004, bajo la luna rosada.
La búsqueda de una nueva ruta en nuestro firme itinerario de Misioneros de la Luz nos había llevado un día hasta el mundo de los seres imaginarios y felices. Estimábamos que los hombres de nuestras tierras tenían claro el mensaje de Jesús y por eso un día nos fuimos a predicar sobre la vasta selva: sobre la extensa arboleda, los extraordinarios ríos, los monstruosos animales, los valerosos hombres. Éramos cinco: yo y mis cuatro mejores camaradas de toda la vida: Yimi, Eri, José Luís y el hombre de las cinco vocales: Aurelino.
Una noche nos recluimos a leer La Palabra alrededor de la llamarada ardiente, y, entre el susurro de los infinitos insectos y el ras de las hojas de los árboles al recibir el contacto de la brisa, sentimos las pisadas de unos pasos gigantescos. Cerramos rápidamente las Biblias y volamos ágilmente los arbustos cercanos y caímos dentro de una vivienda desarrapada que habíamos descubierto aquella misma tarde. Desde allí volvimos a sentir las pisadas del monstruo que se avecinaba y el desbarajuste demoníaco de los árboles ante su llegada triunfal. Un golpe duro deshizo la puerta de la pequeña y desde el infierno de la obscuridad rugió la estridente voz de lo que había allá afuera. Nos dijo:
-Abandonen, amigos, el escondite innecesario. Les prometo que les cuidaré de los demonios que por aquí rondan. También les prometo paz. Vamos, salgan.
Aurelino, el jefe indiscutible de la misión, imploró con voz nerviosa desde la esquinita en donde estábamos por la vida de todos. Una sombra muy negra nos invitaba a salir y nos garantizaba el pellejo. Salimos y nos colocamos bajo las numerosas estrellas y nos recibía una sombra cuya cabeza se perdía en lo alto. Nos dijo:
-Buenas noches, amigos, soy Augusto Sanz Villamercedes, el Hombre de la Selva, el Hombre de esta América. Veo que son bastante jóvenes y que están inmersos en un inmenso peligro. (Las fieras los asechan para comerlos vivos.) Sólo los valerosos y bienaventurados salen con el precioso don de la vida al salir de esta hermosa parte del Universo. Pueda que ustedes mueran esta noche. ¿Qué buscan sino la muerte? ¿Algún secreto? Pueda que ustedes mueran esta noche. ¿Buscan algún secreto? Quisiera saber.
-Anunciamos el Amor –cantó la todavía nerviosa voz de Aurelino.
-Buscamos a quien dar el anuncio del Evangelio –agregó Yimi.
-Aquí se necesita a Dios y se lo traemos –dijo José Luís.
Eri y yo, los más tímidos y débiles de todos, optamos por la caridad del silencio. Ya comenzábamos a tener algo de confianza en el extraño, quizás por la arrogancia de sus enormes brazos robustos. El Hombre de la Selva continuó:
-¿Quieren romper con nuestro presente? ¿Están arriesgando sus vidas a favor de la Utopía que les sonríe bajo los brazos? Aquí está también la muerte. Han encontrado lo primero porque quien les apareció fue un hombre que tal vez sueña como ustedes, y no una serpiente o un tigre feroz o un león. Pero hablemos. Mis padres vinieron alguna vez aquí desde la civilización, y decidieron no regresar jamás. Aquí nací, aquí he de morir. Me respetan las fieras salvajes y los árboles, no me pican las sierpes venenosas, la naturaleza me ha estado grande con migo. ¿En qué puedo servirles?
-Queremos que soñemos juntos –dijo, por fin, Eri.
El hombre le tendió su mano de acero. Luego se volteó hacia mí y me dirigió su cara repleta de misterios. Yo comencé a morir de miedo, los muchachos a reír. Acicateado por mi timidez y nerviosismo, el Hombre de la Selva emitió un sonido brusco al través de sus bembas. Me preguntó:
-¿Tu nombre?
-Gerson –le contesté, tal vez con la ayuda de los demás. Y, todavía nervioso, agregué--: Queremos que a esta parte de la Patria Grande llegue Jesús. Él tiene la respuesta.
Tomó mis manitas, más pequeña que cualquiera de sus rugosos dedos, y apretándolas no demasiado duro, dijo:
-Has descubierto el Universo. Eso me obliga ahora a intercambiar en esta fresca noche con ustedes algunas palabras.
-Escuchemos –dijo Aurelino, con su dedo índice acostado sobre todo el largo de la nariz.
-Soy –inició mirando las estrellas el Hombre de la Selva-- un ser humano que nació y crió en medio de los animales salvajes y feroces, las aves silvestres y cantoras y los árboles milenarios y verdes. De ellos aprendí el valor de la armonía y la convivencia y aprendí que la brisa es música. Desde niño observaba vivir a los animales que respetaban más su condición de animales que el hombre su condición de hombre. Los seres vivos relacionados formaban sobre la tierra el ecosistema; los organismos animales y vegetales, el bosque; mis padres y mis hermanos, la humanidad. Desconocían quizás el Dios que ustedes esta noche anuncian, pero le obedecían cuando convivían y proclamaban el amor. Conocer al Señor es hacer lo que él mando, aunque varíen las formas y las culturas. No les he dado muerte porque he aprendido en medio de este vasto mundo que la convivencia entre los seres humanos sólo la sostiene eternamente la caridad del amor al prójimo.
-Seamos uno, y proclamemos la civilización del amor –le interrumpe Aurelino--. La selva la necesita.
-¡Es que ya lo tenemos! –rugió Augusto Sanz--. El Evangelio es compartir, nosotros compartimos. El Evangelio es comunión, nosotros partimos en comunidad el pan. Nuestro principal mandamiento es: Amar al Prójimo Más que a Sí Mismo.
-Pues no necesitan más nada –me adelanté a decir, superados ya mi timidez y nerviosismo.
-Es todo lo contrario –continuó Augusto Sanz Villamercedes--. La selva necesita pelear para que todo aquello perdure. Los pueblos de esta América quieren darnos lo que todavía ellos no han experimentado y que nosotros tenemos de sobra. En sus tierras aún no ha sonreído la Justicia de Dios. Sus hombres, sus políticos han negado lo que ustedes hoy predican. ¿Es posible que se predique sin el ejemplo? En esta Patria Inmensa, el Evangelio no sólo debe proclamarse en los altares de las Iglesias. Debe caminar las calles, hacerse sentir sobre la gente, cantar entre las multitudes, reinar desde los Palacios de Gobierno. Hagan que sus hombres vivan ese mensaje y luego tráiganlo a la selva para que evaluemos los puntos de coincidencia. Con serenidad y sencillez, llévenlo a todos los barrios de sus pueblos y háganlo una sola voz: la voz de los que quieren vivir. Dios llama a todos a hacer realidad su reino en medio del hambre y las continuas violaciones a los derechos humanos. ¡Hagan la revolución e instauren el Gobierno del Señor!
-Los hombres se resisten a recibir a Cristo –me adelanté a decir--, por eso elegimos la selva.
-Eso no es excusa –Augusto Sanz lanza otra vez sobre mí su cara enorme--. En sus tierras trabajen hasta el final y díganles a los hombres que dirigen, que Jesús ha llegado para ocupar sus lugares en los Palacios de Gobierno, que los humildes necesitan vivir, que es hora de la utopía de la liberación, que soplan nuevos vientos y que la fe ha terminado por asumir su verdadero rol. Eso es predicar el Evangelio. Punto.
El sueño nos atrapó en medio de su brillantísima exposición que parecía haber venido desde la nada para indicarnos el verdadero camino de la felicidad. Al otro día, cuando despertamos, nos dijo no haber dormido durante toda la noche. Lanzó luego su potente brazo sobre la Biblia de José Luís, la ojeó con decidida paciencia y comentó:
-Me parece bien esta utopía.
Decidió acompañarnos hasta la línea perdida que divide a la barbarie de la civilización. Allí nos confió que estábamos ya fuera del peligro. Le soltamos desde el otro lado un adiós y él una sonrisa. Nos restaba un camino largo.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

LA NIÑA TRISTE


LA NIÑA TRISTE
Por: Josefina Solano Maldonado


Hasta que salía de los ojos una mezcla de embrujo y alquimia, sortilegio oscuro para el dios Tariacuri, hasta que los negros y grises teñían las montañas mexicanas de Tenochtitlán, hasta que la tinta manaba como una savia oscura del corazón malherido de la deidad, la niña Aurorita, olvidada de colores y sol, iba dibujando un paisaje sinuoso en el que siempre rotulaba un nombre: Cumiechúcuaro o región de los muertos. Por doquier manos desencajadas, piernas gangrenadas, cintos y látigos bordeando la lámina como una cenefa que brotara del terror.
Hacía poco que la niña Aurorita iba a la escuela. Desde que nació había llevado una vida trashumante, deambulando con su padre por todo México, ofreciendo cacharros y cucañas de buhonero a las mujeres que salían a su encuentro. Ahorita vivía en una casa, situada en un barrio humilde de la capital. La maestra Lupita se dio cuenta de que algo pasaba. El aspecto de la niña era desaliñado, se sentaba siempre en el último banco, y allí junto a la ventana, clavaba sus ojos en los árboles desmedrados del patio. En clase estaba como ausente, no jugaba con sus compañeros, permanecía siempre aislada y silenciosa, haciendo siempre el mismo dibujo sin colores vivos, dibujos como la producción de un mundo agresivo y deshumanizado.
-¿Y mamita?
-No tengo mamita, doña Lupe.
-¿Por qué vistes de esa manera?
-No tengo dinero para comprarme ropa nueva. ¡Hasta luego, maestrita!
La niña salió corriendo, esquivando el interrogatorio de la maestra. Al llegar a casa, Aurorita encontró a su padre, echado sobre la mesa, ante una botella de charanda y otra de tequila. Tenía el hombre las misierucas y roñas propios de una condición rebelde que mojaba en abundante alcohol. Su faz estaba llena de cacarañas y los ojos, veteados de ramalazos rojos, flotaban en una linfa acuosa y amarillenta dando a su mirada el carácter ruin de los borrachos. Desde que había abandonado su oficio de buhonero, no hacía más que beber buscando cobardemente el olvido de la mujer a la que había amado y perdido en el parto de Aurorita. Consumía esperanzas, fumaba gregarismos, su lenguaje entre leguleyo y vulgar denotaba su hastío y flaqueza.
-¡Aurorita! ¡Aurorita! Ven a platicar conmigo, chamacona.
-Papito, ¿sabes que la maestra Lupita no quiere que vaya a la escuela con este vestido descolorido y harapiento?
-Tienes ya once años, Lupita, tienes edad para defenderte de alimañas como esas.
-Pero tú tan desobediente como siempre, ¡ojalá nunca hubieras nacido!, eres la culpable de que muriera tu madre.
La niña no rehuyó las miradas como había hecho otras veces y abordó a su padre nuevamente:
-La maestra Lupita me ha dicho que yo no tengo la culpa de nada.
-¿Entonces por qué murió tu madre? ¡contesta!.
-Murió porque se puso enferma, yo no tengo la culpa.
-¿Enferma dices? ¿enferma?, tú la hiciste enfermar. Yo no quería hijos pero ella se empeñó, y llegaste tú, mala pécora, arrebatándomela para siempre.
-¡La maestra dice que yo no tuve la culpa!
-¡No me grites! Voy a enseñarte lo que esa zorra no hace, voy a enseñarte normas de comportamiento y buenos modales, renacuajo.
El papito se quitó el cinto y golpeó a Aurorita hasta dejarle marcada la espalda. Como siempre hacía después de la paliza, la niña se encerró en su pieza y comenzó a dibujar el Cumiechúcuaro. Negros. Grises. Dioses con lengua de serpiente. Manos blandiendo espadas. Cuerpos perforados.
Después de acabar la botella de tequila el papito empezó a golpear con los puños la puerta de la recámara diciendo:
-¡Sal de ahí y prepara la cena que para eso eres una mujer!
La niña se acurrucó tras las cortinas.- ¡Qué salgas, chamaca del demonio!
Tan violentas fueron las embestidas que la puerta cedió abriéndose de par en par.
-¿Dónde estás, charra?
Aurorita siguió agazapada tras las cortinas como un animal enfermo. Cuando el hombre la encontró, la agarró por la trenza y la obligó a salir de la recámara.
-¡Prepara la cena ahorita mismo!
La niña entró en la cocina y sin que su padre la viera saltó por la ventana que daba a un descampado seco y polvoriento. Corrió hasta llegar a casa de la maestra.
-Maestra, Lupita, mi papacito me pega.
Lupita le desabotonó el vestido y vio la espalda amoratada. Con sumo cuidado le fue bizmando las heridas, le enjugó el rostro, le puso un huipil limpio, y la acunó en su regazo como un bebé.
-Había una vez una niñita que vivía en un jacal, situado en un lejano rancho de Oaxaca. Día tras día despellejaba panochas y milpes que luego vendía en el mercado. Todos los que por allí pasaban miraban su cara y sólo encontraban una expresión triste. Pronto se corrió la voz por todo el país de que en Oaxaca había una niña que no sabía sonreír. Fueron muchos los que se acercaron hasta aquel lugar remoto para ver a la chamaquita. Ella seguía en su labor, con la cabeza gacha y los ojos acuosos por el llanto. Vino cierto día un payaso del circo que recientemente había llegado a México, se puso delante de ella e intentó por todos los medios hacerla reír. No resultó. Fueron vanos los intentos de acróbatas, saltinbamquis, mozos y viejos para que la niña triste aprendiera a ser de otro modo, para viera la hermosura azul del cielo, para que visitara los tianguis, para que se divirtiera con los juguetes de chicle y papa, para que oyera el ayotl, timbal de tortuga, que muchos se ofrecían a tocarle. Llegaron hombres que le hablaron de Moctezuma, llegaron ancianas que le contaron historias de hechiceros aztecas y princesas chichimecas. Pero ella siguió siendo la niña triste. Una mañana de primavera, se acercó hasta ella una mujer de larga cabellera y huipil bordado que sentenció que alguien la había desterrado al Cumiechúcuaro tolteca, donde sólo había melancolía y tristeza. Aquella mujer se acercó a la niñita, le acarició las mejillas con sus manos suaves, recogió en sus dedos el amargo llanto, la abrazó arropándola junto a su pecho y la besó hasta el cansancio. Después de repetir aquel ceremonial durante tres días, la niña triste sonrió. ¿Sabes lo que le pasaba a la niñita?
-¿Qué maestrita?
-Que nunca supo lo que era el amor y la ternura hasta que aquella mujer se lo ofreció. Tú eres otra niña triste, pero yo voy a conseguir rescatarte del Cumiechácuaro, para enseñarte que también existe el cariño. ¿Cuántos besos te han dado a lo largo de tu vida?
-Papito no me ha besado nunca, doña Lupita.
La maestra besó a Aurorita y la llenó de besos, logrando arrancarle una sonrisa.
-Así me gusta, mi niña. No volverás a ser una niña triste.
No habían acabado la plática, cuando oyeron que alguien golpeaba violentamente la puerta. Doña Lupita abrió y se encontró frente a ella a un hombre borracho con un cinto en la mano.
-Le has llenado de pájaros la cabeza a mi chamaca, maestra, y eso no se hace.
-¡Váyase de mi casa!
-¿Dónde está mi hija?
-Le he dicho que se vaya de casa.
Fue tal la algarabía y trapatiesta que el borracho formó que los vecinos acudieron alarmados. La luz incierta de la tarde aislaba la sombra de Aurorita, escondida tras un sillón, con los ojos cerrados y las manos puestas en los oídos para no oír, para no ver, para no sentir de nuevo el miedo.
-¡Quiero a mi hijita! ¡la quiero! -gritaba el borracho mientras golpeaba el suelo con el cinto.
No tardaron en personarse las autoridades policiales, que comprobaron que era cierto la que tantas veces doña Lupita les había contado en comisaría. Al cabo de dos meses se dictaminó que la niña se quedara bajo la guardia y tutela de la maestra.
La niña Aurorita le fue devolviendo el color a sus dibujos.
La niña Aurorita aprendió a abrazar.
La niña Aurorita aprendió a reír.