Páginas

lunes, 22 de abril de 2013

PROMETEO Y LA OSCURIDAD


HISTERIA DE KAUIL
SEMPER  SIMUL  SEMPER CARMINA, CATA


PROMETEO Y LA OSCURIDAD
POR: JAVIER BARRERA LUGO

A veces quienes menos apuestan terminan llevándose las mejores partes del cadáver. Se comen la médula que representa la espiritualidad de lo que en ese momento son trozos de proteína a punto de ser devorada. Rasgan las extremidades, trituran huesos de lo que fue unidad y certeza de vida. Esos, que esperan boquiabiertos la materialización de sus deseos, escriben música sobre los cuerpos desvencijados  de los mártires. El honor, concepto llevado a extremos enfermizos por los poetas guerreros, los hace parte inoperante de una jugada parasitaria. Suenan tambores de ejecución, la muchedumbre hastiada de milagros ahora testifica con su silencio mordaz, el pago que un ilustre desconocido hará plausible ante los dioses sordos que todo lo cobran.
Prometeo les dio el fuego a los hombres y ahora es encadenado en Escitia a una roca por la eternidad, vientre al cielo para que un águila, cada día de la eternidad, le abra el cuero del tórax y se coma su hígado, que en las noches se renueva para hacer palpable el doloroso castigo por traicionar a los dioses. Los dioses, los putos diosecitos inconscientes, se extasían viendo a través de las ventanas del Olimpo, cómo su poder, fracturado por la arrogancia de un idealista, se restituye y fortalece a través del miedo. Un tallo de cañaheja encendido fue la ofensa, una víscera fresca el decoro que se restituye de la única manera apropiada que sirve también para educar.
Patente de corso las ganas de llegar al sol cobijado por la sombra de otro. El mártir cumple su condena, los ídolos siguen recibiendo culto y sacrificios insignificantes, los hombres, hipócritas como ninguno, reverencian, pero en la oscuridad de las cavernas utilizan el regalo del titán para construir pequeños imperios. El fuego se encapsula y termina sometiendo a los menos adaptados, a los cobardes, a los débiles. Todo está consumado para quienes quisieron dejar huellas palpables en el polvo del mundo y sólo consiguieron ser retratados por alucinados como Esquilo, el trágico escribidor de fracasos.
Pero el protagonista de esta historia no se conformó con ser el idiota que expió la necedad de los hombres y sus padres. Según me contó una vez en una cantina de Yacó, la mañana del año siete mil ochocientos cuarenta y nueve de su suplicio entendió que los castigos dejan de tener vigor cuando desaparece el concepto de culpa. Al siguiente día, cuando el águila llegó, la tomó por el cuello y le arrancó la cabeza, estiró las cadenas y estas cedieron, se dio cuenta que sus carceleros, los dioses, habían muerto hacía mucho y a sus reemplazantes les importaba demasiado poco su suerte. “Siempre estaré solo, lo que sucedió debía ser, pero si algo me quedó claro es que por ustedes no me vuelvo a echar la responsabilidad”, dijo, y continuó: “yo fui la prueba fehaciente de que los hombres no merecen confianza, que al igual que los dioses que detestan, prefieren comer mierda en silencio monacal que compartir el pan, ese es el gran pecado de su género”. Concluyó. Tomó dos tragos más de aguardiente y se fue sin decir adiós.
Mesías y ovejas ansiosas por devorar, Prometeo y la longevidad de la ambición, todo redundando, creándose y muriendo sin ninguna utilidad práctica. Trata de soñar y de luchar tus sueños, eso es lo único valioso que puede guardarse un ser para el día en que todo acabe. De héroes está lleno el cementerio, me recuerda alguien, un pragmático, de escritores ilustres y sin voz las bibliotecas que nadie visita, añado, de lugares comunes y discursos repetidos el planeta que más fracasos posee, manifiesta un profeta. Trata de ser feliz en la oscuridad.

lunes, 15 de abril de 2013

ORACIÓN POR LA PAZ


ORACIÓN POR LA PAZ

                                                                            Señor Presidente Mariano Ospina Pérez:


Bajo el peso de una honda emoción me dirijo a vuestra excelencia, interpretando el querer y la voluntad de esta inmensa multitud que esconde su ardiente corazón, lacerado por tanta injusticia, bajo un silencio clamoroso, para pedir que haya paz y piedad para la patria.
En todo el día de hoy, Excelentísimo Señor, la capital de Colombia ha presenciado un espectáculo que no tiene precedentes en su historia. Gentes que vinieron de todo el país, de todas las latitudes – de los llanos ardientes y de las frías altiplanicies – han llegado a congregarse en esta plaza, cuna de nuestras libertades, para expresar la irrevocable decisión de defender sus derechos. Dos horas hace que la inmensa multitud desemboca en esta plaza y no se ha escuchado sin embargo, un solo grito, porque en el fondo de los corazones sólo se escucha el golpe de la emoción. Durante las grandes tempestades la fuerza subterránea es mucho más poderosa, y ésta tiene el poder de imponer la paz cuando quienes están obligados a imponerla no la imponen.
Señor Presidente: aquí no se oyen aplausos: ¡sólo se ven banderas negras que se agitan!
Señor Presidente: voz que sois un hombre de universidad debéis comprender de lo que es capaz la disciplina de un partido, que logra contrariar las leyes de psicología colectiva para recatar la emoción de un silencio, como el de esta inmensa muchedumbre. Bien comprendéis que un partido que logra esto, muy fácil podría reaccionar bajo el estímulo de la legítima defensa. Ninguna colectividad en el mundo ha dado una demostración superior a la presente. Pero si esta manifestación sucede, es porque hay algo muy grave y no por triviales razones. Hay un partido de orden capaz de realizar este acto para evitar que la sangre siga derramándose y para que las leyes se cumplan, porque ellas son la expresión de la conciencia general. No me he engañado cuando he dicho que creo en la conciencia del pueblo, porque éste concepto ha sido ratificado ampliamente en esta demostración, donde los vítores y los aplausos desaparecen para que sólo se escuche el rumor emocionado de los millares de banderas negras, que aquí se han traído para recordar a nuestros hombres villanamente asesinados.
Quienes anegan en sangre el territorio de la patria, cesarían en su ciega perfidia. Esos espíritus de mala intención callarían al simple imperio de vuestra voluntad.
Amamos hondamente a esta nación y no queremos que nuestra barca victoriosa tenga que navegar sobre ríos de sangre hacia el puerto de su destino  inexorable.
Señor Presidente: en esta ocasión no reclamamos tesis económicas o políticas. Apenas os pedimos que nuestra patria no transite por caminos que nos avergüencen ante propios y extraños. ¡Os pedimos hechos de paz y civilización!.
Os pedimos que cese la persecución de las autoridades: así os lo pide esta inmensa muchedumbre.
Os pedimos una pequeña y grande cosa: que las luchas políticas se desarrollen por los cauces de la constitucionalidad.  No creáis que nuestra serenidad, esta impresionante serenidad, es cobardía. Nosotros, Señor Presidente, no somos cobardes. Somos descendientes de los bravos que aniquilaron las tiranías en este suelo sagrado. ¡Somos capaces de sacrificar nuestras vidas para salvar la paz y la libertad de Colombia!
Impedid, Señor, la violencia. Queremos la defensa de la vida humana, que es lo menos que puede pedir un pueblo. En vez de esta fuerza ciega desatada, debemos aprovechar la capacidad de trabajo del pueblo para beneficio del progreso de Colombia.
Señor Presidente: nuestra bandera esta enlutada y esta silenciosa muchedumbre y este grito mudo de nuestros corazones sólo os reclama: ¡Que nos tratéis a nosotros, a nuestras esposas, a nuestros hijos y a nuestros bienes, como queráis que os traten a voz, a vuestra madre, a vuestra esposa, a vuestros hijos y a vuestros bienes!
Os decimos finalmente, Excelentísimo Señor: bienaventurados los que entienden que las palabras de concordia y de paz no deben servir para ocultar sentimientos de rencor y de exterminio. ¡Malaventurados los que en el gobierno ocultan tras la bondad de las palabras la impiedad para los hombres de su pueblo, porque ellos serán señalados con el dedo de la ignominia en las páginas de la historia!

JORGE ELIÉCER GAITÁN

Como contraposición al genocidio hacia el Movimiento Gaitanista (iniciado desde 1945, y tras tomar esta organización del pueblo dimensiones peligrosas para la oligarquía liberal-conservadora, que optó por la violencia) Jorge Eliécer Gaitán convoca la fuerza de la presencia popular en las calles y se realiza el 7 de febrero de 1948, una manifestación púbica y nacional llamada la “Marcha del Silencio”, hecho sin antecedentes en la historia del país, donde expresa su posición en el discurso conocido como la “Oración por la Paz”, frente a las masacres oficiales propiciadas por las autoridades bajo el gobierno bipartidista del Presidente en turno.