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lunes, 3 de junio de 2013

EL CANTO DEL CARACOL

EL CANTO DEL CARACOL: PREGUNTITAS A DIOS



Ernesto Reséndiz Oikión

- A ver, toma éste más grande, póntelo en la oreja.
-Sí.
-¿Oyes algo?- preguntó el niño con emoción.
-Sí, un ruidito.
-¿Cuál ruidito?
-La voz del caracol.
-¿Qué dice, Celia?
-Le canta al mar…
El hombre recordaba aquella conversación con su hermana, como si hubiese sido ayer. Fidel nunca supo qué fue lo que le dijo el caracol, pero debió haber sido algo realmente hermoso. Celia siempre fue una chica muy hermosa con unos ojos de obsidiana. Ella con sus ojos negros, se dedicaba a observar todo y un buen día también volteó a ver la miseria en una mirada que decía más que el canto del caracol a la mar embravecida. Celia era rebelde, de causa y de corazón; pronto chocó con la ideología de sus padres conservadores, que habían terminado por tener seco el corazón. La muchacha se fue de casa antes de cumplir dieciocho años, ella tomó con rumbo al sur.
Los años pasaron y Fidel decidió dedicar su labor a la Iglesia. Al joven se le comenzaron a abrir sus ojos y decidió que su vocación serían las misiones. Un buen día, al Seminario donde trabajaba Fidel llegó una convocatoria para apoyar una misión en los Altos de Chiapas. Fidel no lo dudó un instante y así comenzó su aventura…
- ¡Despierta, cabrón, es hora de que te tragues esta mierda!
Fidel despertó de sus pensamientos, era hora de comer aquella porquería que le aventaban todos los días. Abrió los ojos y pudo ver que por la ventana entró una paloma con una ramita. El ave estaba construyendo su casita en la cárcel, igual que Fidel tenía su encierro ahí. La prisión, tristemente, era ahora su jaula, pero su corazón vivía lejos, en ese paraíso llamado Chiapas, y que los españoles junto con su doctrina religiosa fueron moldeando hasta convertirlo en un infierno para sus pobladores, hermanos indígenas. La paloma salió por la ventana y extendió sus alas, Fidel comenzó a volar de regreso al edén.
A esa tierra de contrastes él llegó a trabajar con la ilusión de acabar con la injusticia, sabía que Dios no lo abandonaría en su misión por lo que se sentía lleno de energía. La primera encomienda de Fidel fue ir a curar a varios heridos en la comunidad zapatista de La Garrucha. Cuando llegó la comitiva aquello era un lugar asqueroso en donde el olor a muerte se había impregnado al sabor de la selva. Fidel se acercó al cuerpecito de una niña y le cogió del brazo para tomarle el pulso, pero ya era demasiado tarde, la pequeña había fallecido. Aquello era una carnicería. Se acercó al cuerpo de un zapatista, le tomó el brazo sin esperanzas. En ese momento sintió cómo algo misterioso lo atravesaba por todo su cuerpo, y como si fuese un milagro regresó el pulso de aquel hombre que ocultaba su cara con un pasamontañas negro.
-¡Está vivo!, vengan a ayudarme.
Aquel hombre zapatista fue el único que se salvó. Fidel seguía buscando algún sobreviviente y, de pronto, sintió el brutal golpe de todo el mar en su pecho. Enfrente de él estaba una mujer que tapaba su rostro con un paliacate rojo, aquella joven tenía sus ojos de obsidiana. Fidel le quitó lentamente el paliacate de su cara y después estalló en un grito salvaje:
-¡NO!, Dios, ¡no!, ¿por qué, por qué mi hermana?
Fidel se tumbó sobre el cuerpo inerte de ella, estaba destrozado; Celia había muerto en la interminable lucha por la dignidad y el respeto de los que también eran hijos de Dios. Después de algún tiempo la herida cerró, pero la cicatriz siguió ahí para siempre.
Cuando Fidel despertó, notó que la paloma le tomaba de su cabello con el pico, el hombre acarició al ave. Al recordar la muerte de su hermana pensó que Dios era muy injusto.
-Vuela, palomita, sube al cielo y exígele al Señor y al mundo entero la justicia en Chiapas.
Y el ave comenzó su vuelo perdiéndose en el horizonte…
Fidel fue asignado para trabajar en la comunidad zapatista de Chenalhó, Acteal. Ahí se vivía en la miseria más grande y con la fe más grande. Niños, mujeres y hombres trabajaban sin distinción con la misma energía, para poder sobrevivir en la espesura de la selva. Los hombres, acariciando la tierra con sus arados y cuidando los cochinitos en la loma, y las mujeres y niños, además de cocinar, llevando a cuestas en sus frágiles espaldas un bulto de madera más pesado que su propio cuerpo indígena. Los habitantes de Acteal trabajaban mucho pero vivían con miedo, se rumoraba que el ejército estaba cerrando un cerco. La gente se armaba porque era la única posibilidad de defender lo poco que tenían: sus chozas, sus parcelas, sus animalitos, sus sueños. En ese ambiente Fidel profesaba la religión católica a los feligreses indígenas de Chenalhó.
Fidel miró a través de la ventana buscando a la paloma que hacía varios días había partido, el regreso del ave era la única razón que lo motivaba a seguir vivo en esos momentos. Al octavo día el pájaro regresó con un regalo para él. Había viajado cientos de kilómetros, el obsequio era algo pesado para el ave, pero no importaba. La paloma había soportado día y noche, simplemente para devolverle una alegría de su infancia a aquel hombre, se acercó al preso y soltó de su pico un caracol blanco que había traído desde el Golfo de México. Ese mar que en algunos momentos era tranquilo y hasta sumiso y que en otros se revelaba como el rugir sonoro de un rifle revolucionario que estallaba para defenderse ante el cómplice silencio del abandono…

El hombre tomó entre sus manos el caracol y se lo colocó en su oído. Fidel se sumergió nuevamente en sus recuerdos, era lo único que tenía, y que nadie le podía quitar.
La matanza se dio en Acteal como tantas que se han dado en este mundo de humanos, que resulta inhumano. Todo comenzó con los gritos de las mujeres tzeltales que exigían a los soldados que se fueran de su comunidad. Fidel salió de la ermita y vio como los niños más grandes cargaban a sus hermanitos en sus espaldas y corrían desesperadamente hacia el monte, mientras sus padres tomaban los rifles para defender lo único que tenían: su dignidad. Pronto la balacera fue cobrándose la vida de mujeres, niños y hombres sin distinción. Fidel tomó entre sus brazos a una pequeña y se escondió en la ermita. Al poco rato los líderes de la comunidad fueron acorralados a la entrada de la choza y ahí fueron acribillados con el tiro de gracia de los paramilitares. Fidel fue obligado a salir junto con la niña tzeltal que sostenía entre sus brazos.
-¿Por qué Papá Dios no estuvo para defender a su familia afuera de esta su casita? ¿Por qué cuando rezamos paz al cielo nos llueven balas?- le preguntaba insistentemente llorando la pequeñita, mientras los soldados la separaban de Fidel.
Esa era la historia de Fidel. Ahí estaba encerrado, pensando qué le podía responder a esa niña tzeltal.
Pasaron los días y la paloma puso su primer huevo. El ave y Fidel se habían hecho en cierto modo amigos. Aquella tarde la palomita, después de estar revolviendo el pelo del hombre decidió despedirse con un pío muy agradable. En ese momento, mientras Fidel observaba el vuelo de la palomita, un rugido rompió el silencio, y el preso vio con desesperación como el ave iba cayendo por el impacto de una bala que el mismo diablo había hecho disparar. Fidel se llenó de cólera, ya no podía más.
-¡Maldito Dios!, ¿qué has hecho?; ¡respóndeme, cobarde!, ¿por qué has castigado al pueblo que más te ha querido a ti?, te exijo que me respondas si es que en verdad existes, o ¿acaso eres otra estúpida mentira que hemos inventado por nuestro afán de responder todo?, comienzo a pensar que mi hermana tenía razón, ¡tú no existes, eres tan sólo una absurda ilusión!, ¿por qué no demuestras tu bondad y terminas con este maldito sufrimiento que tus hijos, tu propia sangre, tu carne, tu piel indígena, tu color a tierra tiene que soportar tus caprichos injustos?
Fidel pateó con ira el caracol. En ese momento el cielo se empezó a llenar de nubes y en la noche comenzó a llover, pero aquello no era una lluvia tormentosa sino el llanto de un padre al ver que su hijo le había perdido la fe. Pasaron los días, Fidel también lloraba desconsoladamente, estaba harto de todo, quería morir de una vez, a su parecer su Dios le había engañado, lo había abandonado…
Un rayo de sol atravesó la celda de Fidel. Había dejado de llover. Y en el nidito un milagro estaba ocurriendo, en el más completo abandono terrenal más no divino, un pichoncito de paloma había nacido de un diminuto huevo de paloma. Fidel se dio cuenta de aquello y sin saber porqué: se alivió por dentro, estaba avergonzado. El hombre tomó con cariño el caracol.
El pichón se convirtió en paloma y el ave emprendió su vuelo, perdiéndose en el horizonte llevando en su pico un caracol. Fidel se durmió tenía la respuesta para la niña tzeltal.
En el 2003, después de la muerte de Fidel, surgieron en Chiapas los caracoles de la esperanza zapatista. Las conchas llevan el canto de la selva Lacandona, pero también el llanto de los pueblos indígenas; tienen la canción del mar, la voz de los sin voz, quizá la voz de Dios que nos quiere decir a cada uno lo tanto que nos quiere. Los caracoles le cantan al océano, a los hombres, a la vida. El canto del caracol es seguramente la respuesta a todas esas preguntitas que le hacemos a Dios…

Jacona, Michoacán, México

lunes, 27 de mayo de 2013

NO OLVIDAR ES MI MANDAMIENTO


Histeria de Kauil
Semper Simul Semper Carmina, Cata



NO OLVIDAR ES MI MANDAMIENTO


POR: JAVIER BARRERA LUGO


“Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
 Mi alma no se contenta con haberla perdido.”
Pablo Neruda.

Ella es ese lugar del planeta donde las influencias nefastas de la sociedad no son capaces de perseguirme.  Ella, Catalina, Mi Filipina,  desde el primer momento que la vi, se volvió el espacio de paz indicado para un espíritu ensimismado que temía a las sombras que él mismo creó. Sus ojos, su rostro, su carisma a prueba de cualquier mala actitud, llenaron de gozo los eternos grises de mi jaula literaria. Puede decirse que por culpa de Cata, tuve que aprender a escribir con optimismo en el corazón, la crudeza quedó para los textos ansiosos que permanecen amontonados en una gaveta, para las “tomatas” con los amigos o los partidos del cardenal. Gracias a esa dama onírica fui un espíritu emancipado que amó los parámetros impuestos por su lógica, las llegadas temprano los viernes para “envenenarla” con mis pastas y salsas de paquete. Con ella, amigo,  viví el amor de verdad, sin estupideces, totalmente libre y eso no me lo quitará nadie.
Un mañana de octubre sucio todo eso acabó, se empañó la felicidad, el futuro comenzó a estar más extraviado que siempre, mis hijos, los viajes, la estabilidad, la pasión, todo lo que soñamos, la inocencia,  gran parte de lo que fui, terminó sepultado en el norte de la ciudad, por lo menos es lo que siento desde aquel domingo que no podría volver a vivir otra vez. Ha pasado tiempo y algunos de los que tuvieron el privilegio de conocerla la habrán borrado ya de su cotidianidad. Lo dijo el Nobel: “La muerte empieza cuando somos olvidados” y yo jamás podré relegar a Catalina, mi Filipina, y sólo porque sé que si intercambiáramos lugares, ella tampoco lo haría. Así de fuerte es nuestro asunto, nuestro karma, nuestra existencia.
Este texto no está cargado de tristeza, ésta existe, ronda ciertas líneas, late furiosa y achicharra, pero ya hicimos un pacto para que no me destruya de un solo envión. Quiero resaltar cómo las acciones de las personas esenciales nos cambian la vida, nos vuelven fieles y felices de serlo, someten lo primario que controla esa estría de apetencias que nos bifurca el camino y convencen a ese yo que se esconde por prudencia para lograr lo que en anhelos se vuelve conversación propicia para cantinas a media luz cuando no confiamos. Cata logró eso, me movió cabeza, cuerpo y corazón, me hizo fuerte, mucho más independiente, siempre estuvo para mí cuando la necesité y eso no lo ha hecho nadie jamás, salvo mis viejos.
Por eso celebro lo que viví y me da, no lo que ya no tengo. Sigo recorriendo el camino trazado por los astros, lanzo dentelladas frenéticas sobre las cosas edificantes que el mundo tiene a bien proveerme, atardeceres, la mar, Doña Tere,  el compromiso sagrado de ir a Cuba para gritarles nuestras verdades a los dioses mediocres que todo creen saberlo. Mi Filipina, Doña Vulcano, es una presencia constate que no me deja renunciar por difíciles que sean los sucesos que se presenten. Muchos dicen que las cosas pasan porque debemos aprender algo, que debemos aceptar los designios de dios, que hay que superar los malos momentos… Agradezco esas frases de buena fe, sé que tienen esa connotación, pero ya no estoy en posición de hacerle caso a nadie. Su ausencia es una cortada en la cara que no cicatriza, nunca será así, vivo este dogma porque tengo la certeza que la volveré a ver, a estar con ella recuperando lo que es imposible dejar de ser.
Dos años marcan la etapa feliz de lo que germinó. Sólo gratitud para ti, “La Música que Serás”, te agradezco la confianza en lo que quiero, en mis palabras sueltas, los poemas, la radicalidad de mis escritos. Eres culpable de lo bueno que tengo en el pecho, jamás morirás mientras respire, esa no es una promesa, es un hermoso mandamiento que cumplo todos los días.Gracias por hacerme una mejor persona, Filipina de mi alma. ¡Gracias por ti!

21 mayo 2013

**Si esta columna le genera algún comentario puede escribirme al correo: baluja74@hotmail.com

martes, 14 de mayo de 2013

HOMENAJE A MAMÁ


PALABRAS SIMPLES
A la Señora Ana, mi madre….


Me caí mil veces, y sus lágrimas recogieron dos veces más mis despojos. Me ausente en locuras, y ella, bueno, ella fue siempre el mejor remedio a mi frenesí. Me abrigó en las noches aún ya viejo, y ya viejo, aún me abraza. Me consoló en el desasosiego, y me encumbró en mil glorias, me educó con mimos, y con firmeza me reprendió; me curó heridas que yo ni siquiera sabía que existían, me alimentó ternuras y cuidó cada uno de mis pasos.
Al casarme, su sonrisa me entregó frente al altar, y su bendición y un llanto leve, me dejaron ir de su lado, solo por aquel breve instante, pues luego de la parafernalia y el brindis, volvió a cubrirme con sus mantos protectores. Hoy la veo sentada en el pórtico de  esa vieja casa, reposando su éxito de formadora genial, me despide, y en mi mente, vuelvo a creer que ese ángel de la guarda que Dios nos prometió, tiene  nombre propio…, se llama mamá.

Fernando Vanegas Moreno, mayo 2013.







         EL MUNDO DE LAS MAMAS IMPERFECTAS



Había una vez un mundo, muy lejano, donde todas las mamás querían ser perfectas. Por la mañana se levantaban muy temprano para llevar a sus hijos al  colegio  perfectamente aseados, peinados y con la ropa perfectamente limpia y planchada. Después iban a trabajar, para ganar dinero y que a sus hijos no les faltara nada que pudieran necesitar. Luego se llevaban horas en la cocina, guisando platos complicadísimos y deliciosos, como pato a la naranja, ensalada templada de endivias a las 3 vinagretas, mousse de queso fresco a los frutos rojos, y cosas así. Además, hacían unas tartas maravillosas para los cumpleaños, que organizaban sin faltar un detalle : piñatas, castillos hinchables, globos, payasos……..También, como eran muy listas, ayudaban a sus niños en las tareas del cole, hacían manualidades maravillosas………..Y mantenían las casas increíblemente limpias, ordenadas y preciosamente decoradas.
Pero todos esta perfección exigía mucho esfuerzo, y las mamás estaban muy cansadas. De hecho, los niños de ese mundo empezaron a darse cuenta de que sus mamás habían dejado de sonreir. Es más, habían incluso olvidado como hacerlo.
Un día, todas las mamás de este mundo amanecieron de color gris. ¡Se habían decolorado! Se quedaron en la cama y no se podían mover. Los papás no comprendían que pasaba : “ ¡es imposible que hayan perdido los colores!”, decían. Pero cada día que pasaba se volvían más y más grises. Los papás llamaron a los mejores médicos del mundo, pero aunque usaron todas las medicinas y remedios que conocían, ninguno consiguió que las mamás recuperaran el color.  Entonces llamaron a otros muchos expertos y técnicos del mundo, pero ninguno supo encontrar una solución.
Cuando los niños  vieron que sus papás estaban desesperados y que no sabían ya que intentar, decidieron intervenir. Hicieron una reunión para hablar todos juntos y ver que podían hacer.
Un niño dijo : “en uno de mis cuentos, se habla de un sabio mago que se llama “TodoLoSé”. Seguro que él sabe cómo ayudarnos. Pero es muy difícil llegar hasta él, porque vive en una cueva, en una montaña muy alta y muy lejana. Y hasta allí solo podemos llegar los niños si hacemos una cadena muy larga, muy larga, dándonos todos las manos……..Y cuando el ultimo niño del mundo se una a la cadena, la montaña surgirá ante nuestros ojos, la cueva se abrirá, y el mago aparecerá.”
Sin dudarlo ni un momento, todos los niños empezaron a darse las manos, y hacer una cadena larguísima, que atravesó ciudades, bosques, praderas y valles. Y cuando el último niño se hubo unido a la cadena, una montaña surgió de la tierra, y una cueva se abrió en la piedra de la montaña,  y de ella, andando muy despacito y con un bastón, apareció el Anciano y Sabio mago “TodoLoSé”.
El mago dijo : “Es muy agradable recibir la visita de los niños………..Pero estoy seguro de que habéis venido a verme porque algo os preocupa”. Los niños contaron entonces la extraña historia de lo que sucedía a las mamás de ese mundo. Y tras reflexionar unos instantes, el mago dijo : “Tenéis que volver a vuestras casas, sentaros en la cama de vuestras mamás, y convencedlas de que jueguen con vosotros”.
Los niños agradecieron al mago su consejo, y volvieron inmediatamente cada uno a su casa. El mago no había dicho a qué debían jugar, así que cada niño cogió lo que más le gustaba : las muñecas para jugar a las casitas, los castillos para jugar a princesas y dragones, los animales para jugar a la selva, las piezas de construcción………..Al principio, las mamás se mostraron reacias a jugar, pero ante la insistencia de sus hijos para que jugaran con ellos, empezaron a participar, y sucedió un milagro : las mamás empezaron a sonreir. Y con su sonrisa, sus rostros se iluminaron, y  como por arte de magia, el color empezó a brotar de ellas,  y el tono gris ceniza que las había teñido hasta ese momento, desapareció para siempre.
Los niños se pusieron muy contentos, y tomaron una decisión : todos escribirían aquella historia en un cuento,  para que en la librería de todas y cada una de las casas, las mamás tuvieran ese cuento y pudieran releerlo con sus hijos todas las veces que fuera necesario y recordaran que hacer para que nunca más se volvieran de color gris.
Y desde aquel día, algunos niños fueron despeinados al colegio, algunos papás se fueron al trabajo con la camisa arrugada, y más de una vez todos se comieron la comida un poco quemada, pero nunca más las madres dejaron de sonreir en el mundo de las “imperfectas” mamás.

Elena Gallo.