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lunes, 8 de julio de 2013

ENGAÑO

HISTERIA DE KAUIL
SEMPER  SIMUL  SEMPER CARMINA, CATA

ENGAÑO
POR: JAVIER BARRERA LUGO 




El engaño huele a rosas y veneno,
Sabe a almendras en descomposición,
Es leal al tacto curioso
Que busca el origen del pecado
En un organismo lejano a su posesión.

Prometes lealtad para devolver silencios.
Es triste no estar ciego
Cuando al firmamento lo carbonizan
Una veintena de lenguas de fuego
Que un chico imbécil manipula a su antojo.

Lo tuyo, lo que eras…, ella;  murió
Una madrugada de octubre,
Y tú moriste para todos
Apenas los árboles
Contrajeron sus dedos.


Dolor cuando estrujas mentiras contra tu pecho;
Quien pierde es aquel dispuesto a implorar
Dones que no ganó, que no merece.
El alfabeto de su cuerpo
Liga frases confusas
Interesantes sólo para el demonio.

El engaño tiene tu rostro patente
Mientras tu sangre macula
El blanco de la espuma de afeitar
Dispersa por el mentón,
Tanto honor comiéndose las células
De quienes agonizan en la estupidez de la guerra,
Mortecinas almas danzantes
Escudriñan el bosque que sus padres
Cultivaron honrados siendoniños.

El engaño es traición física y cruda
Con tantos dolientes como responsables,
Comulga con el marchitamiento
De la creación y sus circunstancias,
Es un pueblo que se tapa los oídos
Para no llorar con la verdad,
Un insulto que se queda atrapado
En el hígado por siglos,
Es sin lugar a dudas
Lo que te permitirá compartir la pena eterna
Al lado de Judas en el limbo.

Los ángeles también arrastran cadenas,
Rapan sus cráneos
Con sublime arrogancia
Porque creen que un sacrificio trivial compensa
El mecanismo de una perfidia
Aplicada con cinismo.

Volverás a ser brisa inconsecuente
Cuando todo lo que ames muera,
Se hagan cenizas tus músculos
Y no reconozcas tu voz mientras gritas.
La paz es sinceridad que duele
Fulgor, maltrecho bienestar
Que admite de nosotros honor y grandeza
Por eso ser libre
Es nacer sin madre.

Amputa tus raíces
Y sé feliz entre bárbaros,
Entre anacoretas y putas,
Sé feliz entre tus hermanos de casta,
Como tú, lloran en la hoguera
Donde se cocinan sus instintos,
Siéntete sepultado en el mar que bautiza
Tu nombre olvidado ya,
Nada más van a ofrecerte
Quienes te demuestran amor
Por pura rutina.



04 julio 2.013


**Si esta columna le genera algún comentario puede escribirme al correo: baluja74@hotmail.com

domingo, 30 de junio de 2013

INCONCLUSO

INCONCLUSO
Fernando Vanegas Moreno



El beso matutino de mi esposa me despierta, no tengo afán por levantarme, me quedo un rato mirando el techo de mi habitación mientras que hago un plano mental de mi día, no quiero salir pero es obligatorio, pedí reiteradamente nada de celebraciones…, 40 años…, el espejo me lo recuerda, varias canas, una que otra arruga, muchas vivencias, algunas tristezas, más alegrías.
La ducha, sitio perfecto para evocar. Dejo que el agua corra como queriendo que lave las experiencias que nunca debieron estar…, me veo entonces frente a un televisor en blanco y negro, Enrique y Beto dicen estupideces, pero son las estupideces más inteligentes del mundo, mi padre entra, me saca de mi alegría momentánea y cambia mi fantasía por su realidad; hay que ayudar a mamá en los quehaceres, no hay discusión, el fuete manda…., jugar bolas, trompo, correr en mi calle, ser el llanero solitario, montar en bicicleta, raspar mis rodillas y llorar ante el algodón impregnado de “mertiolate”, el remedio infalible de mi Ana adorada. Mis primeras letras, y mis primeros fracasos académicos, (confieso, aún hoy no se dividir), mis primeras mariposas por aquella niña…, por Ceci, yo ocho años, ella seis, nunca fui capaz de decirle nada, pero buscaba cada instante para esta junto a ella; el “soldadito libertado” era entonces el cómplice perfecto. Repito, nunca le dije nada, ella lo sabía, su blancura y sus ojos miel me aclararon desde entonces que la frase aquella de “solo quiero ser tu amiga” dolía, y mucho. Fin del baño, no me alcanzó el tiempo, sigo en  mi viaje por el ayer..
El Colegio, “templo santo de ciencia y virtud, hoy queremos cantar en tu nombre este himno de fe y gratitud”. Los amigos, los Barrerita,  Ricardo, Vladimir, Oscar, Ernesto, Italo…, Top Duck y la falsa promesa de amistad eterna, que solo me dejo un tatuaje mal hecho en mi brazo izquierdo; las apacibles tardes en los parques; las fiestas a las que fui, las piezas que nunca baile; los primeros tragos con Vlas, Nano, Wilson y Oscar; bohemios avieternos que arrullaban las madrugadas con canciones de Silvio, Pablo, Julio Jaramillo y los Visconti. Mi trasegar doloroso y arrogante de tres años por caminos blancos y verdes de perico y santa marta gold…, se hizo entonces cierta la frase lapidaria aquella de mi amiga Adriana: Fernando no es más que un Cascarón: blanco y hueco.
Adriana…, Lalita…, ella, mi primer gran amor real, visceral, hermoso…, la ame, me amo, le hice daño…, se fue. Tan real, que aún hoy, después de tantos años, la amistad persiste. Pasó mucho tiempo antes de superar perdidas de entonces, hubo que trasegar y luchar por sanar heridas y tuve que reencontrar a Dios, pues mi arrogancia y mi decídia lo habían dejado a un lado creyendo que yo era el eje del universo. La vida continuó…, la noche termina y da paso a la madrugada.

II

“Vivan, vivan los Libertadores, viva, viva mi universidad”…, comunicación social. Me fue bien, estaba destinado a  eso; no pude con el derecho ni con la administración…, mejor, ellas no pudieron conmigo. Jaime, Elkin, César, Pedro Luis…, intentaron guiarme por las nobles y difíciles pendientes del oficio de escribir, aplauso honesto para ellos…, lo lamento, fracasaron. Son mis maestros y mis muy buenos amigos, y aún recibo sus regaños y madrazos cuando se hace evidente que la cago. Noches largas en chapinero, empapándome de lo que pudiera y ellos me quisieran ofrecer; se aprendió más en los bares que en las aulas y aún fuimos capaces de soñar con ser grandes generadores de cultura a través de  nuestra primera revista: “Literadura”, buen proyecto, pero mejor aún: gran sueño.
Nunca ejercí, el oficio se lleva en el alma; me dedique a otras cosas, me volví un gitano; anduve por todo el país, por Venezuela, por Ecuador…, mi ausencia me encontró de nuevo en un pueblito de Santander y volví después de muchos pasos a reencontrar mi centro, y mi centro y el haber hecho las paces con el Creador me premiaron: Se llama Marysol: mi esposa, mi amiga, mi amante, mi hija, mi novia: con un comienzo difícil, se convirtió luego en mi norte y mi guía, la única que supo aceptar y desenredar mi existencia, la única que hoy me acompaña con un beso y una sonrisa a celebrar mis 40. Es testaruda ella, a pesar que advertí no querer celebrar, ella ya tiene listo el festejo…, ¿como pelear con su sonrisa y sus ojos verdes?, ¿como enfrentar su mirada que pone en jaque hasta mi decisión más férrea?. En mi pasado, compraba una pelea, nunca le he tenido miedo a otra persona; trato de no apocarme ni amilanarme por nada…, pero ella, a ella si le tengo miedo, jajajaja, en fin, amores hay de todo tipo y luego de doce años, la mona, como cariñosamente le digo, ha acompañado con estoicismo y fuerza la aparición de mis primeras canas, de mis primeras dolencias y de mis locuras de siempre, vive a mi lado, envejece conmigo y, cada noche, cuando duermo, se convierte en el hada protectora de mis sueños. Esa niña grande pone en mi torta 20 velas, y eso, la significación de ese gesto, (que pretende darme moral), ya dice cuanto me ama.

Se acaba el tiempo, me llaman…, debo cumplir con el rito sagrado, de soplar, apagar y pedir…, debo sonreír para las fotos y fingir sorpresa, debo ofrecer unas palabras y debo, sobre todo, seguir siendo yo. ¿Que madure?, eso es para las frutas, tengo muchas rocas que escalar, mucho por conocer, y todo por aprender. Esta noche, cuando Dios me dé su asueto, el bar de rock me estará esperando, nunca se ha ido, y creo que hoy no va ser la excepción. Con la muerte del día, levantare mi copa, brindare por mí, reiré por el ayer, abrazare el hoy y me embriagare por el mañana. Esta noche, quiero que estén seguros, que en la distancia, a todos ustedes los querré más que nunca, los extrañare como siempre y les agradeceré eternamente. AMEN

lunes, 24 de junio de 2013

DESENTERRAR EL PASADO

DESENTERRAR EL PASADO
Guido de Schrijver, Bélgica

El sargento Martínez estaba de guardia a la orilla del pozo, el fusil atravesando horizontalmente el vientre, los brazos apoyados en la culata y el cañón. Se escudó debajo de un árbol, pues el sol pegaba fuerte. Posaba su mirada en la espalda corvada de un joven agachado en el fondo. Alrededor del pozo estaban sentados y en cuclillas hombres mayores, mujeres y niños. Sombreros de mimbre, huipiles de algodón con figuras mayas multicolores apagadas de tanto lavar y restregar en el río. Las mujeres desenterraron lágrimas que habían comenzado a llorar veinte años hace. El sargento Martínez había recibido la orden de su jefe: «En San José Poaquil hay una exhumación, con la autorización del tribunal, debe haber vigilancia día y noche, no vaya a ser que algún pinche quisiera borrar huellas». ¿Se trataba de una mera coincidencia? Pues justamente en Poaquil un tío del sargento había sido secuestrado y posteriormente desaparecido. Al otro lado del pozo se encontraba la viuda, su tía. Ella dijo: «Deben haber al menos quince, entre ellos mi marido y mi vecina encinta».
Una noche de silencio absoluto los perros rompieron furiosamente en coro la paz que envolvía la aldeíta. Pocos minutos después las botas desquiciaron las puertas de las chozas y sacaron a los habitantes de sus camas, matando a los perros a tiros en el acto. Llevaron a culatazos fuera del caserío a la gente, los ojos desorbitados del terror, y en descampado los abatieron a balazos y machetazos, gritando: «¡Por comunistas, desgraciados!» Ahí mismo los enterraron en un pozo común al amparo de una luna débil y cómplice. Con el tiempo los bejucos cubrieron piadosamente la pesadilla, pero un chico, escondido bajo el camastro durante el desalojo de su familia, se empujó a fuera, mareado por el suceso insólito, para seguir a distancia, lo que le había parecido un cortejo fúnebre de cadáveres vivos. Empinado dentro de la maleza se dio cuenta del sitio de la masacre y avisó más tarde a la gente de la vecindad, que se guardaba el secreto como una llaga mortífera.
El día que Claudio se lanzó para sus estudios universitarios, su papá lo advirtió insistentemente.
«Hay que comer. Aquí en Guatemala no se puede poner manos a la obra como antropólogo».
«Dentro de pocos años no darán abasto los forenses para sacar a luz las osamentas de miles de víctimas de los militares», profetizó el hijo, no haciendo caso del consejo paterno.
«Qué linda perspectiva, mantenerse atascado en un pasado que ya no existe», ironizó el hombre amargado.
«Todo en el mundo pasa, sólo el pasado queda», peroró el hijo, dejando estupefacto a su progenitor.
Una vez finalizados los estudios en la universidad estatal esperaba dar pronto con un empleo interesante. Quiso llevar a la práctica en los sitios arqueológicos mayas tanta teoría rumiada en las aulas. Piedras había de sobra, los fondos faltaban.
Hubo un regocijo planetario a la hora que se firmó la paz poniendo fin a un conflicto armado interno de varias décadas. Se declaró el fin de las dictaduras en el país y en el continente entero soplaron vientos nuevos sobre las repúblicas. Se acabó el terror del estado. ¡La democracia al poder, los militares al cuartel!, gritaron las masas en las calles.
No tardó mucho el momento en que Claudio vio cumplirse las palabras con que apaciguó la preocupación de su padre por su futuro académico incierto. Los familiares de las víctimas del terror militar exigieron al gobierno democráticamente elegido el permiso para excavar los cementerios clandestinos.
«Son más de mil fosas, esparcidas sobre el territorio nacional, trabajo para años, pero no te hará rico, es un servicio a la población, ellos tienen que encontrar a los suyos, estar seguros que en realidad están muertos para darles sepultura digna», le invitó el encargado de la antropología forense.
El presidente del gobierno democrático trataba de empujar a los militares a los cuarteles sin airarlos. Temiendo la justicia, la condena y el castigo los oficiales querían de una vez por todas mantener bajo tierra junto a los cadáveres la pesadilla del genocidio. Pero la población salió a la calle. Los familiares exigían el regreso de los que habían desaparecido. Vivos o muertos. Todos estaban muertos.
Con el cuidado de una mujer que se arregla la piel de polvos y cremas delante del espejo de tocador Claudio cepillaba los huesos hasta hacerles surgir ante las miradas atentas y temerosas de los deudos. El sargento Martínez lo observaba fascinado. El joven académico destapó un cráneo, color café y rojo, color de la misma tierra. «¡Mirá, una calabaza!», señaló con el dedo un patojo, recriminado suavemente por la madre. En la medida que se liberaban los dientes el esqueleto comenzó a reírse socarronamente. Los vecinos se conmovieron en su apuro por reconocer al difunto al tiempo que guardaban un recogimiento respetuoso ante lo que les parecía un sacrilegio. Tiras podridas de camisas y pantalones habían suelto sus colores. Claudio hurgó en un embrollo de telas medio comidas sacando un objeto, que destelló un instante a la luz del sol. Lo limpió entre los dedos hasta que de repente un alarido desgarró el silencio sagrado, ahuyentando a los pájaros chirriando. El sargento Martínez miró aturdido, los ojos húmedos, a su tía, que desmayó en brazos de una vecina. La mujer había reconocido a su marido. Claudio dejó descansar la mano encima de lo que había sido la bolsa del pantalón, cargando una medallita metálica de San José. Ella misma la había cocido en el pantalón para que su hombre no la perdiese nunca. La exhumación duró varias semanas. Claudio procedió como un escultor delicado para poner al descubierto dos esqueletos entrelazados, él de la madre y envuelto por la caja torácica y los brazos como entre los barrotes de una jaula él del feto creciente. Algunas víctimas fueron tan descuartizadas por la furia de los soldados que no fue posible la reconstrucción de los esqueletos. Los campesinos mayas ayudaban a Claudio, izando paladas de tierra en cubos, echándola en un cedazo. Los niños tenían permiso para ayudar identificando pedacitos de huesos entre los terrones. Un mes más tarde Claudio terminó la faena y se despidió de los deudos y del sargento Martínez. El policía agradeció al profesional por su tarea y dedicación.
Con sus cuatro hijos le costaba al sargento Martínez sacar adelante el hogar con el salario que ganaba. Sin embargo no fue por el dinero extra que aceptó el encargo que le propuso un jefe mayor unas semanas después. Pues simplemente él no estaba hecho para aquella clase de operaciones que no aguantaban la luz del día. Tenía que hacerlo. Determinadas órdenes estaban fuera de discusión. Había que aceptarlas nomás. Sobre todo si venían de ex generales, jubilados por servicios prestados. Servicios que por lo demás tampoco aguantaban la claridad, según le alcanzaban los rumores susurrantes de los colegas. Fue a las tres semanas después del entierro del tío con cantos litúrgicos, flores, incienso y llantos en San José Poaquil que recibió el encargo. Hacia el centro de la ciudad capital, a las tres de la mañana, cuatro hombres, gorras pasamontañas negros, uniformes negros, andar armados ostentosamente, furgoneta sin matrícula, irrumpir y revisar hasta el último rincón del local, sacar las computadoras, documentos y toda la papelería habida y por haber, hacer pedazos el resto sin dejar huellas de su identidad. Durante el trayecto hacia el lugar indicado el sargento Martínez expresó su preocupación a los colegas. Estos se burlaban de él. Al parecer ya manejaban cierta rutina en destruir locales de organizaciones de derechos humanos, pegándoles a los miembros presentes casualmente un susto mayúsculo y merecido, ya que se negaban a quitar sus patas insolentes del pasado enterrado. Sigilosamente bajaron de la furgoneta en la calle desértica frente al local. Al sargento Martínez le tocó destrozar a hachazo limpio la puerta de entrada, siendo el primero a atravesar el umbral y penetrar al inmueble. Los hombres enmascarados trabajaron veloz y minuciosamente. Mientras que ellos saquearon la planta baja, destruyendo lo que no les interesaba llevar, el sargento Martínez subió a trompicones en la oscuridad al primer piso. Abrió de golpe una puerta, asaltándole el olor a dormitorio. En el haz de luz de su linterna vio a un sujeto que se incorporó en la cama, aterrado. El sargento Martínez se asustó sin emitir sonido alguno, por poco dejando caer la linterna. Su mirada cayó en plena cara de Claudio. Sintiendo latir salvajemente el corazón cerró la puerta detrás de si como quien acababa de hacer un descubrimiento prohibido y peligroso. Mantuvo agarrado la puerta, evitando que saliese el joven, como para protegerlo contra los demás asaltantes. Pues en la confusión y el pánico fácilmente podría escaparse un balazo. Tan solo al cerciorarse que abajo habían terminado la faena, soltó la manija de la puerta y corrió escalera abajo. Al atravesar la calle, brincando a la furgoneta se sintió un ladrón de primera.

El sargento Martínez nunca se había excedido en dar crédito a supersticiones ni creencias de viejas. Sin embargo a la noche siguiente recibió la visita de su tío. Este se puso enfrente, abrió la boca de par en par llena de tierra, desnudando los dientes blancos de la quijada color café y rojo, aullando como un cerdo y respirando con estertor.