BARBILLA SOBRE LA ARENA
Por: Javier Barrera Lugo
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In solo suo confringi, nulla
nisi evanescere via
Estrellarse con su propio suelo sin más opción que
desaparecer.
El mudo, fastidiado, se abstiene de dar un
espectáculo maledicente
si a cambio no recibe las monedas que considera
son el pago para la humillación de la que fue sujeto.
Siente la mar simbólica, el olor del pubis rubicundo
de Maathorneferura
-pudo comprobar que no solo tiene rojas el aura y
las escamas-
destrozando la nimiedad de los tejidos,
esa capacidad de hurgar vacíos, de infectar
almas que tantean entre penumbras
la fe de mahometanos, católicos y alcohólicos,
tan ciega como la clemencia de los santos y los
reyes que mordieron el polvo
cuando más seguros se sintieron.
Una lección, una gota de sudor en el mar.
Barbilla sobre la arena,
sondeo de voces venidas desde los mismísimos
infiernos
gélidos y
afanosos.
Tártaro, lugar de humillados,
seduce a sus huéspedes,
pero los dueños de la eterna espera,
Ixión, los silentes asesinados,
corazones que palpitan al unísono,
ponen como condición para recorrer el fuego
que las almas dadoras de milagros posean a
perpetuidad
el miedo a perder algo, así sea minúsculo:
una pieza de pan por caridad, el reclamo de un hijo,
la fe que no mueve montañas.
Se roen los soles en el último instante del universo
al contraerse;
triste destino de los videntes sabedores del futuro a
punto de ser presente,
cruces forradas de agujas, eterna sensación de deberle
algo a alguien
desde los tiempos sin memoria en que no existían ni
el tiempo ni las culpas.
Ozzymantias, gránulos lacrando grandezas olvidadas,
desierto que surge en el iris mientras la conciencia
va a ningún lado,
calles vacías en las que pululan bacterias que
trituran el pavimento,
huellas en el agua, el olor del fuego
imponente sobre el valle que perdurará y ruega al emperador
le engañe con colores de pasión y pálpitos de falsa persistencia.
¿Cuándo cumplirá la misión?
¿Cuántas etapas del ciclo penitenciario ha desafiado?
Reprodujo el código, parido varias veces, extinto
para siempre;
prisionero de una rueda que nunca para o desespera,
ahora imita los modales de los funebreros que le toman
medidas a los cuerpos de los guerreros antes de salir
a matar
por encargo de impíos
o al morir por el amor de mujeres hermosas e
infieles.
Pretendieron un soneto y todo parece recaer en la
renuncia,
viento que se cuela entre los dedos y niega la
humedad.
Larvas, anidan entre los nervios del rey,
se hacen trascendencia por la que discurren aquellos
que cincelan
el plasma en el único acto
decente y posible para Ramsés el Grande, Ozzymantias:
la vanidad.
Algún día la historia tomará cartas en el asunto,
borrará su
presencia, las sombras que alguna vez se atrevieron a conspirar contra la
majestad del sol.
Héroes y villanos comparten la condición de ser
efímeros,
testigos del viento, ese sí, que termina siendo el
juego de dientes
con el que padre tiempo mastica virilidades.
¿Cómo creyeron ser más grandes que la cotidianidad
de un planeta que navega en la eternidad?