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martes, 11 de julio de 2017

AYER

 AYER
Por: Fernando Vanegas Moreno


Si que era fría esa mañana…, salió sin prisa, asomándose a su tristeza cotidiana, creía en su alma que todo mejoraría con el paso de las horas. Mientras esperaba el bus, subió las solapas de su abrigo, sacó de su bolsillo izquierdo el último cigarrillo que le quedaba, lo puso en su boca y luego de encenderlo, inhalo con fuerza aquel beso prendado de nicotina y de barbarie. Buscaba en su memoria el recuerdo perdido de esa niña, la de ayer, la del colegio, la que fuese en un momento de locura adolescente, su amiga, su novia, su amante, su esposa. Últimamente la evocaba demasiado…., tal vez era el cansancio de su vida desordenada y sin sentido, tal vez era solo la necesidad imperiosa de querer, de amar, así solo fuera a un recuerdo; hacia tanto tiempo de su soledad, que ya extrañaba el dulce dolor de enamorarse.
Estaba agotado, lo miserable de su alma solo se equiparaba con la grandeza de sus ideas, su pobre apreciación de sí mismo, no era para nada concordante con el concepto de “genio”, que de él tenían la mayoría de sus conocidos, y es que sí, era un genio, algo loco, algo descuidado, algo hijueputa, pero un genio.
-Oiga marica, ¿Por qué fuma tanto?
-Don Marica pues merezco respeto (contestaba cuando así lo interrogaban), fumo tanto porque solo la nicotina es capaz de hacerme escapar, y rápido, de juicios de valor como el suyo.
No aceptaba la intromisión fastidiosa de otras personas en su vida. Él y solo él era el dueño de su destino, y así, esa mañana, con nostalgia volvía al tiempo aquel en que “capaba colegio”, solo con el firme argumento de esperarla a la salida de sus clases, cargar sus libros hasta la puerta de su casa y despedirse con un beso inocente hasta la tarde siguiente, cuando muy seguramente, el Wimpy de Unicentro se convertiría en el testigo alcahuete de ese amor infantil ya madurado.

Ya en su transporte, busca la silla más apartada, se sumerge de nuevo en sus coloquios y en un momento dado la ve reflejada en la ventana empañada de su lado, el corazón se para, es imposible la casualidad, voltea con violencia y…, no la ve… ¿acaso su ejercicio mental de evocación, ya raya en la obsesión y la locura? No, no puede ser. Hace tanto no sabe de ella, son muchos años, ya debe estar casada y, muy seguramente, será una excelente esposa y madre. No cabe duda alguna, se está enloqueciendo. Baja con premura de aquel infierno rodante, pero el averno ya está en su cabeza, camina rápido primero; corre después, como para intentar dejar atrás esa imagen en uniforme colegial. Atraviesa el parque el Virrey, la carrera 15 y continua hacia el oriente en su desesperada evasión de los ayeres. Por fin, ya sin aliento y rendido ante la velocidad inmisericorde de su mente, se sienta en el pasto humedecido de esa mañana, quiere dejar de recordar, quiere que su maldita vida gris vuelva a ser como siempre, quiere criticar y ser huraño y amargado sin que le importe nada ni nadie, quiere cabalgar en la penumbra de su orgullo y abrazar su soledad, quiere y se da cuenta, que lo que más quiere…, es que ella aparezca.

martes, 20 de junio de 2017

ALGO MUY GRAVE VA A SUCEDER EN ESTE PUEBLO



Algo muy grave va a suceder en este pueblo

Gabriel García Márquez


Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:
-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.
Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
-Te apuesto un peso a que no la haces.
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:
-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Entonces le dice su madre:
-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:
-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.
Entonces la vieja responde:
-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
-Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:
-Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.