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martes, 30 de agosto de 2022

LAS RUINAS ARDERÁN

 

LAS RUINAS ARDERÁN

 Por: Javier Barrera Lugo

Advertencia inicial y epígrafe:

 

“Dios salve a Colombia de sus salvadores…”

Jorge Luis Borges, en entrevista con Gloria Valencia de Castaño.

 


Cada día es más notorio que nos contentamos con pretender ser la memoria de unos tiempos hace mucho borrados por las sombras de lo rutinario. Peleamos contra fantasmas creados en nuestras pesadillas que cuando ganaron confianza  nos quitaron, preñaron, cansaron, usufructuaron, envejecieron, amargaron, envilecieron y dieron una patada en el trasero a esa Colombia que juramos defender por la eternidad mientras duro la noche.

 

Nos gana la pusilanimidad colectiva. Un pueblo cobardón y conformista voltea la cara para no reconocer lo evidente. La mayoría de nosotros jamás tuvo el talante de defenderla, ninguno lo tiene o lo hará. Los de nuestra raza somos cobardes patológicos, tiramos la piedra, escondemos la mano, nos quejamos bajito y bajamos la crin cuando los politiqueros y los “dueños del país” nos tiran una galleta, un puesto, un elogio vacío. Somos conformidad hecha la panza llena por un día.

 

Colombia, esa niña (como la catalogó acertadamente Yuri Buenaventura en una entrevista) que siempre creímos entregaría su virtud por la gracia del amor pasional irredento, limpio, libertino; terminó  desposada por los siglos de los siglos amén, de blanco virginal y por la santa madre iglesia católica, apostólica, romana hasta los tuétanos, con un millar de “principetes” amanerados hechos de cartón, témpera aguada, sildenafilo y babas, formando un amasijo.

 

Viles y mediocres, los amantes de la “nación” la acaban a patadas mientras le susurran al oído un “te amo” doloroso como el hambre. Humillantes, la reconquistan cada tanto con piropos baratos, frases bonitas y huecas; cinco minutos después, con $ 100 de cilantro, arreglan cualquier problema y empieza la serpiente a comerse desde la cola… Obvio, la muy tonta cae en sus redes por enésima vez…El oído la traiciona.

 

Se adueñan de sus virtudes y después la desechan vejada unos salvajes sin honor. Todos los presidentes, en mayor o menor medida, lo han hecho, desde “longanizo,” libertador, el primero en imponer normas megalómanas a sangre y fuego hasta “porky,” ese ignorante vanidoso cerebro de pollo.  Como es obvio, lo comenzó a hacer la más reciente joyita de la lista: el desalmado “cacas,” quien no tuvo reparos en incendiar un país para hacerse elegir, sólo para terminar haciendo las mismas cosas en las que se escudó para incendiarlo… ¡Patético!

 

Criminales, taimados, pusilánimes en jactancia nuestros presidentes de turno;  aupados, además,  por una recua de cortesanos cuyas lenguas viperinas chuparon, chupan y chuparán sin descaro las arrugadas pelotas del otrora rival y en presente “nuevo mejor amigo,” si les otorga una migaja de poder, embajada, burocracia o mermelada a cambio de su silencio cómplice y un trasero ardiente disponible 24/7. Cada cuatro años mil marrullas para apoderarse del cuerpo y  alma de una patria, de una ingenua niña idiotizada por símbolos tan vacíos como la mayoría de cabezas de los habitantes de una república que nunca cuajó.

 

Nuestro sentimiento de culpa como votantes, por lo antes descrito, parece fenecer y revivir con virulencia. Lo bello queda enterrado en la lobotomía que al terminar su administración, los presidentes le practican sin anestesia a la niña. La violencia queda ubicadita en su inconsciente: latente, promiscua, congénita. La candidez entrega a la tierra una camada de sicarios.

 

Cada cuatrienio, Colombia, la niñita, arde de emoción conspicua y nosotros de pulsión sexual moderada, caballerosa, silente como la muerte, seguros de que tomaremos decisiones que la harán feliz o al menos le darán tranquilidad… El resultado es evidente: elegimos a los peores, pero nos convencemos de lo contrario, que “el futuro será de todos,” que tendremos “paz con legalidad” (y es cuando más muertos aparecieron en los baldíos, con las botas de caucho puestas al revés, tiros a quemarropa en el pecho y el camuflado intacto), que somos “potencia de la vida,” mientras vemos impávidos a través de la tele basura, cómo los que negocian su fuerza electoral con los candidatos de turno para que les garanticen amnistías, les vuelan los sesos a decenas de policías  en veredas abandonadas y los compañeros de estos, embrutecidos, matan a los jóvenes de estos caseríos que por mala suerte cruzaron sus destinos en un retén.

 

Y es una ilusión pendeja que para nosotros como manada atolondrada vale el oro, el moro, hasta la pelea con unos familiares que en “modo tarado” ven la acción de votar como fin y no como medio para no lograr lo justo sino lo necesario. Los políticos triunfan al fraccionarnos y nos golean. Carta blanca parta prostituir sin quejas a la niña Colombia, venderla al mejor postor con los cuentos más “chimbos”.

 

Guerra de colores, de falsas ideologías, bandos en pugna por el presupuesto. Unos nos dicen que el progreso de todos está ligado a permitir la riqueza instantánea de las mafias agiotistas que dan AVALes de color naranja, (esa ola que roba vidas, sueños, endeuda) que el frenesí codicioso de la mafia banquera, terminará salvando a través de la “mano invisible” de Smith, -esa garra que tanto defiende el mediocre gordo, falso canoso- a las personas en situación de pobreza, 7.1 millones de seres, bocas suplicantes, jetas llenas de mocos y hambrientas para ser exacto.

 

Sus oponentes, “los otros salvadores,” adoradores de la vareta y los sacos de lana sucios, nos clavan como verdad el sofisma “vivir sabroso”. A través de la queja y la insustancialidad de la protesta violenta envían a sus lacayos, trastornados por la interpretación pueril de la teoría marxista, tan blanda de pruebas y practicidad, a romperse y romperle la “mula” al primer maric@ que “ose intentar detener a la horda retrechera y jetona que grita blandiendo un machete: “¡Cambio, justicia, honradez!” Esa turba que pregona la  “eliminación de los pobres y la pobreza” a punta de subsidios que sus mismos líderes robarán tarde o temprano y porque les toca… Gente empobrecida, no pobre. Cuánta razón la de esa señora regordeta, su única idea real,  que parece no ver en los puentes comunicación sino barreras a incendiar que deben detener a los enemigos que se inventa y volver más dependiente a ese rebaño ávido de su discursito plagado de resentimiento y no de soluciones realistas...  ¡Y “lleve, malparado…”!

 

Los líderes de lado y lado pactan con el enemigo que gobierna: llenan sus bolsillos, sus estómagos y meninges de “vulgar carterista,” con el soborno dado por la “oligarquía,” y le dicen al pueblo (el que se muere, el que asesina, el que pone los muertos siempre, el que destruye, el que no logra ni un puñado de excremento después de chuparse todos los gases y el pene del policía que lo muele a golpes en un CAI) que lograron un “acuerdo patriótico,” “un pacto para la historia…” y que gracias… ¡Y suerte es que les digo…! Que recojan todo y se larguen, porque los grandes pensadores del movimiento social no soportan ver menesterosos, mutilados y huérfanos,  llorándoles en la puerta de la oficina… ¡Ellos ya son gobierno…! Y como en la milonga, el pobre sólo conserva “el valor de su tibio corazón”.  

 

¡Somos estúpidos, niña Colombia…! Siempre llegaremos un segundo después de terminada la subasta de tu alma y tu cuerpo. No tenemos remedio, lo sabemos… ¡Seguiremos aguardando tiempos mejores…! ¡Que aparezca nuestro mesías chibcha! Por el momento son ellos, seductores sin vergüenza, dueños de los ejércitos corruptos y mafiosos, quienes te imponen las reglas: volverán a las calles las turbas de niños violentos, tus hijos cegados por la pereza mental y el bazuco, los celulares, el “chorro,” la red social, el FIFA 22, m@stercheik, Guri Guri y Vicky, la pornografía y todos esos juguetes que les provee la élite a costo razonable. Intentarán matar a pedradas, a cuchillo, a tus otros hijos, los policías y soldados, los de abajo, pueblo bruto, gleba-dicen los amos-, como lo son ellos, cegados también por la pereza mental y el bazuco, los celulares, el “chorro,” la red social, el FIFA 22, m@stercheik, Guri Guri, Vicky, la pornografía y todos esos juguetes que también les provee la élite a costo razonable.

 

Niños resignados matando a otros niños resignados. Mientras, sus jefes, tus amantes traidores, los presidentes y sus cortes bufas, brindan con whisky  por ese pueblo tonto que se mata, literalmente, por elegirlos. Esos líderes, que tienen cincuenta años más que los niños que acabo de describir, además, les enseñan a exterminar en tu nombre, Colombia, por un plato de arroz chino, porque no hay cupos en la universidad pública, por un permiso de salida el fin de semana, por simple rabia y ninguna razón válida.

 

El resultado: los niños que estén de servicio le volarán la nuca a otro niño capucho, con una almohadilla llena de balines disparada con una escopeta dizque “no letal,” que vendió algún traficante de armas para repeler las acciones de quienes protestan. “El resentimiento lo volvió una pequeña “máquina de guerra,”  dirá en su defensa el jefe que les enseñó, por obra u omisión,  a ser criminales a los muchachitos, que parapetados en los CAI, le disparan a lo que se mueva y preguntan después. Odio y miedo se revuelven, la anarquía se respira en los bandos, el daño está hecho. Calles incendiadas y pueblos abortan y replican el Informe sobre los ciegos. Sábato, hombre de las razones, que gran título le diste a una tragedia con ADN de Fénix.

 

Los otros niños se solidarizarán con el niño capucho muerto y matarán a algún niño facho que esté de guardia, lanzándole una papa explosiva directo a la cara. Sacarán sus ojos cargados con la misma vivacidad y las mismas ilusiones que ellos tienen, comerán sus testículos, beberán su sangre, lo enterrarán en un baldío y no le dirán a nadie donde quedó el cuerpo, porque en este país olvidado de dios, el sufrimiento de la gente debe ser perpetuo y tienen más derechos los perros que los hombres.

 

Después de unos años, los niños de bando y bando que queden vivos, los señores políticos a sueldo de su generación, (imitando a sus maestros, como lo describí párrafos atrás) pactarán un cese al fuego, se “perdonarán y olvidarán”, claro está sin justicia ni reparación. La guerra los volverá mercaderes de la muerte, gusanos con ambiciones de poder depredador y  montañas de plata manchadas de sangre guardadas en Panamá. Para eso sus leguleyos crearán amnistías, procesos de paz (no de justicia) y harán del etcétera de la paz una patente de impunidad. Tus amantes “cuadrarán” en prostíbulos de países garantes el “desmonte histórico de la violencia.” -Una mano lava la otra- dicen sin decir de frente. -¡Que se jodan los que queden en la mitad! Las víctimas, sus escuderos, la gente decente; ellos sí son los enemigos de la “reconciliación, el enemigo interno.”

 

Se murieron el niño protestante primera línea roba motos y el soldadito policía muchachito pistoloco al que mandaron detenerlo… Fusibles en un intrincado sistema de usufructo que dominan si acaso seis viejos pederastas que ven pantallas todo el día desde sus islas privadas y dictan las normas grandes y pequeñas de un país de gente absurda que, a esa misma hora, sufre por la suerte de los payasos  que dejan quemar un agua tibia en m@stercheik.

Estúpidos habitantes del país. País de estúpidos. Pobrecita niña crédula. Los amigos del gordo presidente inepto de canas pintadas que terminaron siendo reales, su único logro de gobierno, le entregaron en bandeja de plata a Colombia al tipo que todo lo ha prometido y todo lo ha incumplido, al “reformista borrachín” que, ansioso de materializar sus mezquindades, hace pactos de sangre y mermelada con la peor basura de la basuresca clase gangsteril que nos ha perjudicado desde siempre. Un atado de corrupción (maldito Barreras, no Barrera; desalmado Benedetti jamás poeta), plomo, mediocridad. Su discurso habla de acabar, quitar, expropiar; desconoce adrede la construcción, la mentoría, el aliento, la decencia, el ejemplo, la memoria, la creación, el trabajo, la moralización, la dignificación de un camino que debemos construir todos los que decimos  amar a la niña Colombia.

 

Nos invitan a soñar: sus bocas gritan esperanza, sus ojos perfidia, revancha… Así son y así serán los amantes de la niña Colombia, prometen, meten, desaparecen… Y así nos comportamos el resto: como tarados maltratamos al hermano, destruimos a la familia, al amigo, ignoramos la verdad que un tal Julio César, tirano de Roma, develó hace más de 2100 años: Divide et impera,  Divide y vencerás… Caemos redonditos elección tras erección y erección tras disfunción. Ese es el juego del poder.

 

¿Las ruinas arderán? Quisiera pensar que no. De corazón lo deseo. Ojalá el nuevo atarbán que desde gallos hasta medianoche se aplasta a dormir la juma en el solio de Bolívar y del que se enamoró la niña, me cierre la boca. Ansío equivocarme por el bien de todos. Desafortunadamente la  contundencia de los hechos de los últimos días acrecientan, no mi pesimismo sino mi realismo: cambio es una expresión manoseada que encubre  engatusar. Es como tratar de homologar honradez con banquero y certificar el “para siempre” escupido entre polvo y polvo por un rufián a su adorada concubina.

 

Las ruinas arderán, pero todo seguirá igual, esa es la tragedia de la niña Colombia y nosotros sus vástagos: siempre estamos colgando, al borde, pero no caemos, ni subimos, pendemos de un hilo, como la carnada del pescador novato.

 

Bogotá, 14 de agosto 2022

viernes, 11 de junio de 2021

A DON GUILLE ARBOLEDA

 

A Don Guille Arboleda

 

Por: Javier Barrera Lugo




Hace un año no aparecieron las agallas o las fuerzas necesarias ante el dolor de su partida repentina, para decirle, para escribirle a Don Guillermo Arboleda Otálora, “Don Guille,” lo mucho que lo aprecié, lo mucho que me enseñó; pese a que nos conocimos por poco tiempo.

No alcanzaron las intenciones para expresarle lo mucho que valoré que él, en un acto de gallardía propio de los hidalgos de otros tiempos, me dijera al calor de varios brandis, él, algunas cervezas yo, (y como fondo triunfal la gritería majadera de mi pequeña Mili) que no sólo me consideraba el marido sinvergüenza de una de sus hermosas sobrinas, sino su amigo. Fue un honor, un gozo profundo que hoy valoro más, ya que provino del sentir de un Caballero, de un Señor a carta cabal.

No hay espacio para la tristeza este viernes. Obvio, hay ausencia, duele; pero esta no puede ser la excusa para recordar de manera lastimera a un hombre que intentó la felicidad cada día de su existencia. Siempre me habló en positivo sobre la gente que amó, de sus mujeres amadas amantes sin más títulos, acerca de las locuras de amor que cometió, reconoció y atesoró; de todas sus hijas e hijos, de sus sobrinos, nietos y sobrinos nietos a quienes veneró y apoyo en lo que pudo y más.

No hay espacio para la lágrima taciturna. ¡No! A don Guille, lo sitúo recordando sus correrías por el campo colombiano, compartiendo las noches con labriegos como él, hombres honestos, duros, que les sacaban versos a sus faenas agotadoras armados de una guitarra, tragos de aguardiente en cantidades industriales y la penumbra cómplice amacizada por los destellos de las brasas latiendo en el fogón de leña. Rugían bambucos y guabinas, guaneñas, milongas, tangos asesinos de furtivas pasiones, ritmos cargados de romanticismo, nostalgia, de sentimiento puro con el que les agradecían a los dioses muertos el don de caminar por el mundo verde, de vivir y perderse en él, en sus placeres sin pedir permiso.

Estoy seguro que cuando nos volvamos a encontrar, en algún espacio colorido del sueño, me recibirá con unas cuantas “águilas” frías puestas sobre la mesa, y mientras bebo como ternero huérfano y cierro el hocico, porque cuando la experiencia habla los niños callamos, Don Guille narrará tramas de películas de su idolatrado “Tarzán, el hombre mono,” héroe de su infancia que peleaba contra cocodrilos a mano limpia en algún estanque africano recreado con maestría por la producción de los filmes en piscinas abandonadas de California; sacará tiempo para contarme el paso a paso, los ingredientes con los que cocinó una hogaza de pan cuyo sabor y consistencia de la miga rebasaron en calidad a las hechas por los legos de convento por allá en los albores de la alta edad media.

Habrá tiempo para perder, impunemente sonrientes, en un lugar donde esta medida que involucra manecillas, silencios, insomnios, olvidos, omisiones, la angustia de una niña que busca una voz que se pierde para siempre jamás en los confines de la necesidad, la necedad y la orfandad que segrega a los iguales, no es una variable que se tenga en buena estima.

La vida siembra, da, siega. La ausencia de los amigos es una dura lección acerca de las lealtades. Ya se me habían adelantado Matallana, mi viejo, Cata, Tis y Olga, las tías adoradas; personas invaluables que me vieron con el lente de sus almas cristalinas, con sus defectos, sus virtudes inagotables, su comprensión, su apoyo, con la integridad de los seres que son capaces de acallar sus egos y sus ansias estériles con tal de apoyar al amigo en la consecución y las consecuencias de sus sueños.

Un saludo desde la distancia Don Guille. Se le quiere y se le querrá mientras existan memoria y alma. Espero esté bien, que haya juntado ya una patota de amigos allá en ese espacio del universo donde, estoy seguro, junto a sus padres, amigos, José A. Morales, Pedro Infante y hasta Johnny Weissmüller, estará entonando canciones y esperando nuestra -espero lejana- llegada a la eternidad.

28/05/2021

lunes, 26 de abril de 2021

9 CUENTOS, MIL PALABRAS: RELATOS DE UN ENCIERRO COMUNAL / CUENTO 4

 

9 CUENTOS, MIL PALABRAS: RELATOS DE UN ENCIERRO COMUNAL

 

Una pandemia que contamina y diseca las esperanzas, que permite apartarse, aprender a perder y resucitar, así la ceguera colectiva no nos quiera dejar salir de los titulares apocalípticos que engalanan los noticieros.

Idiota Inútil, publica 9 cuentos escritos por Javier Barrera Lugo (1 por las siguientes 9 semanas), basados en las 9 conclusiones que le ha dejado la pandemia por COVID-19, al filósofo sur coreano Byung-Chul Han, expresadas en diversos medios de comunicación y que, para criterio del escritor, son contundentes y veraces.

A continuación, presentamos el cuarto postulado de Byung-Chul Han, y el cuarto cuento de Barrera.

** Reflexiones del filósofo Byung-Chul Han, sobre la pandemia por Covid – 19, tomadas de una entrevista para Carmen Sigüenza y Esther Rebollo, de Agencia EFE. Todos los derechos reservados a sus autores.

 

BYUNG-CHUL HAN SOBRE LA PANDEMIA**

 

Postulado 4.

“Con la pandemia nos dirigimos hacia un régimen de vigilancia biopolítica. No solo nuestras comunicaciones, sino incluso nuestro cuerpo, nuestro estado de salud,  se convierten en objetos de vigilancia digital. El choque pandémico hará que la biopolítica digital se consolide a nivel mundial, que con su control y su sistema de vigilancia se apodere de nuestro cuerpo, dará lugar a una sociedad disciplinaria biopolítica en la que también se monitorizará constantemente nuestro estado de salud”.

 

DE LA SELECCIÓN NATURAL Y EL IMPERIO DEL OLVIDO

 

“…Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado…”

Fragmento de cien años de Soledad- Gabriel García Márquez.

 

                                                 Por: Javier Barrera Lugo   


                                                                Foto de: Javier Barrera Lugo. Todos los derechos reservados al autor. 2021               

 

La moralina, esa hija legítima de la bastarda corrección política, empezó a dominar la psiquis mellada de un país empobrecido hasta los tuétanos. No decir nada que pudiese ofender al desgobierno y sus adeptos, era la consigna. Linchamiento público, pérdida del empleo, dos gramos de plomo encapsulados adornando el interior del cráneo: esos eran los premios a obtener por tamaña osadía.

 

 Nada de  protestar frente a nuestros detestables conocidos, quienes prefirieron defender la legitimidad inexistente de un régimen, que como todos los regímenes de este país de corazones sagrados en los que vos confías, ganó las elecciones alquilándoles conciencias, votos, fusiles, tejas, tamales y mercenarios a los gamonales de cada provincia.

 

Pero no sólo en lo recóndito de esas selvas, montañas, llanos y costas, burlaron la posibilidad de permitir que la gente tomar decisiones a conciencia. En las ciudades, el candidato títere y sus secuaces, le hurgaron con el dedo untado de vaselina, sus miedos arribistas a una porción gigantesca de la clase media (a la que como premio, un año después de instalados en el solio del libertador, le clavaron impuestos hasta por respirar) con el cuento de frenar al “castrochavismo expansionista y ateo,” que según su discurso trasnochado y trastornado, pervertía economías, espíritus, atentaba contra la esencia simbólica de ese Creador que hace tanto nos olvidó. Una tendencia bolchevique que volvería maricas y lesbianas a los niños con sólo invocar el nombre del sátrapa Hugo Rafael; irrespetando así la sexualidad decorosa escrita en un testamento antiguo por profetas misóginos perdidos en su fundamentalismo histérico hace milenios, y entregada a nosotros por nuestros ancestros de la madre patria; porque sangre de indios patirrajados, los ciudadanos de los estratos 4, 5 y 6, “la gente bien, las familias bien,” no tenemos ni una gota, gracias a Dios y al tío Varitooo, pues, hoooommeeee…..

 

 Ese sentido de absurda dignidad, gestado en las menudencias de quienes condenaron cualquier atisbo de protesta, desde el privilegio, acabó hundiéndonos… Ah, y por si acaso, terminamos peor que en Venezuela... ¡Hágame el H.P. favor!

 

El gobierno recién posesionado le añadió a una sociedad vapuleada, más desorden, toneladas de represión; y cuando todo se puso color de hormiga, aumentaron los problemas implantando medidas poco efectivas para atajar el virus chino que se tomaba el mundo. Llegó la enfermedad a un país que estaba arrasado por la violencia, la corrupción, el crimen y la peor de todas las plagas: la impiedad.

 

Mientras el “presidentico,” se gastaba la plata de la gente intentando lavar su imagen pública a través de entrevistas realizadas por “periodistas top,” a sueldo del régimen, y cuyas transmisiones pagó a precio de vacuna en los medios de comunicación más prestantes y nada veraces; en las calles, los ciudadanos enfermaban por miles y morían por centenares día tras día. En respuesta a esta masacre silenciosa propiciada por el estado, los presentadores de noticias (ojo, no los de farándula) mostraban videos del excelentísimo bufón tocando guitarra  y cantando a dúo con el “medio presidentico” del país de al lado, triste caricatura inventada por él y sus amigos del pacto de Lima-Limón y chispas de chocolate, mientras esperaban la caída incierta del burro que reemplazó a Hugo Rafael; o  llevando a la piara a pasear en el avión presidencial,  y hasta ayudándole al vicepresidente a quitarse una lagaña en una junta de gabinete.

 

 La mayoría agonizábamos lento, muy lento, vapuleados por el desempleo, la nula existencia de ideas de la dirigencia y el empobrecimiento al que fuimos condenados por un tipejo que nunca fue capaz de ver más allá de su ego, sus abundantes carnes y la vocecilla socarrona del mentor.

 

A diario gotas de terror en las noticias: niveles desbordados de moribundos en los hospitales, comerciantes ahogados por las medidas restrictivas adoptadas por mandatarios locales de izquierda, de derecha, de centro, de medio centro, de extrema incompetencia como regla. Fiestas clandestinas, hambre, trapos rojos en los dinteles de las puertas, una ciudadanía ahogándose en carencias. Mientras, los dueños del poder, el establecimiento que no mostraba la cara sino la chequera, los tildaba de renegados, de revoltosos, de indisciplinados. Un estómago vacío era la invitación perfecta a  la insubordinación, a afrontar el dilema: ¿morir de hambre o por el virus?

                                                                                        

Si alguno “osaba” salir a quejarse, gritar de físico hastío junto a una mayoría vejada, era tildado de irresponsable… “¿Cómo salen a protestar con un virus mortal latiendo en cada calle?” Preguntaba el poder. Y aconsejaba: ¡Protesten por internet! ¡Hagan plantones por zoom! ¡Griten con tapabocas desde sus casas! ¡Invéntese cacerolazos en sus baños con las puertas cerradas y la ducha a todo lo que dé…! Usaron el virus como arma de censura, los muy descarados…Pero nunca cerraron los bancos, las grandes superficies, las fábricas de cerveza, los cultivos industriales de coca, las plantas de gaseosa. Los negocios de sus patrocinadores eran intocables.

 

Así de caldeada estuvo la cosa. Vaya raza de trúhanes, que aún sigue montada y nos empalaga con promesas tan absurdas como la comodidad de quienes las abrazan sin cuestionar. 

 

 Las tan ansiadas vacunas, le llegaron tarde a Juan pueblo. El virus acabó con más de ciento cuarenta mil vidas en veinte meses. Las medidas para atajarlo destrozaron la poca economía formal y empleadora que existía.  Un microorganismo y varias bestias graduadas con honores en Harvard, dejaron a veinte millones de personas en el asfalto. Años de horror, rabia, tiempos en los que el pez grande se comió al chico; aunque sádico, jugó con él antes de embuchárselo. Le dio a su presa, pequeñas dosis de ilusión sin sustento, la subió al cielo y desde allí la dejó caer para que estallara entre sus fauces.

 

No fue ni lo último, ni lo peor que sucedió. La mala salud no produce riqueza. Los dueños del país necesitaban recursos para engrasar sus empresas, hacerlas viables en los reportes mensuales del Wall Street Journal. La gente encerrada es ingreso potencial represado, deuda latente que debe colocarse para que el paciente sangre hasta casi la extinción, pero no muera. “¿Quiere hacer el viaje de sus sueños después de tanto encierro, comprar carro o el último Ifon y no tiene plata? ¡Aproveche! La pandemia se está acabando… ¡Hipoteque su casa con bajos intereses y cómodas cuotas para que disfrute…! El gobierno le devuelve medio punto del IVA que sólo está en el 49 %…”

 

Eso le dijeron los bancos a la gente...  Y la gente, pueblo embrutecido y fácil de complacer, cayó sin chistar en la trampa. Un par de años después: remate judicial… La  cochina calle. ¡Los mocos de un “chino” llorón no atajan el desalojo…! ¡No hay trabajo! ¡Eres un perdedor, suicídate! La dinámica de los negocios en plena acción. El pez grande se volvió a mandar a la tarasca al currutaco…

 

Sin otra opción, muchos debimos salir a mendigar un trabajo, hacer lo que fuera para pagar deudas, sobrevivir, rebuscar, retacar, intentar algo para no sucumbir a la pandemia del hambre… El mercado laboral era una tragedia de 45 puntos porcentuales de desocupación. Los puestos que no fueron destruidos por la pandemia y su gestión, los asumieron máquinas (baratas, no se ausentaban por enfermedad) y trabajadores esclavos de maquilas y call centers de países difíciles de ubicar en un mapa, que cobraban cuatro veces menos sueldo y no jodían con permisos para ir al médico o recibir las notas de los hijos colegiales. Salir a molernos a golpes y en ayunas contra gigantes fue la única opción. Ni siquiera delinquir era rentable. Para eso había estructuras que organizaban el mercado negro, administraban mano de obra criminal  barata y estaban amparadas por aquellos a quienes no se debía criticar.

 

Nos volvieron parte de una ecuación macabra. Al darwinismo social impuesto por el neoliberalismo económico y social, le aumentaron una variable: “¿Está vacunado?  Porque en esta empresa necesitamos gente trabajando duro y parejo, todos los días.” Nos decían los seleccionadores cuando pedíamos un puesto. Y no les faltaba razón. Debíamos “desgarrarnos” por obtener un salario mínimo. Para eso, teníamos que “embutirnos” en un bus atestado de contagiados y no contagiados, al menos, dos veces al día, interactuar con personas de todos los calibres y pelambres (“simple pueblo,” diría la doctora Mafe haciendo cara de fo y mil veces, fo, mientras rumiaba un baby beef  patrocinado por su marido y el gremio que representaba), sudar, estornudar, comer, cagar, culear, dejarnos culear, respirar en espacios que parecían hechos a la medida de las peores enfermedades. Por eso, sólo por eso, la vacuna era parte de los requisitos exigibles para alquilarnos.

 

“No me la han colocado… El gobierno no ha empezado a  vacunar a la gente de mi edad.” Contestábamos. Y era cierto.  Ellos respondían: “Entonces, firme este papel en el que libra de toda responsabilidad a esta empresa, que es una familia, y que a bien ha tenido la deferencia de darle una oportunidad de progreso personal y familiar en un país sin oportunidades; por si se llega a contagiar del virus más mortífero en la historia de la humanidad y que ha sido casi vencido en esta patria de héroes y tumbas, gracias a los poderes del divino niño todo “monito” y bonito, ojizarco, del 20 de julio, al presidente gordo, soso y canoso; y como es obvio, por el único, el omnipotente y con tres huevas, el gran prócer de esta patria de carnitas y huesasos, el doctor Urbina Tréllez. Agradézcales a ellos, indio bruto, cochino y pervertido, que volverán a tener pan en su casa… Eso sí, por no tener la vacuna, tenemos que rebajarle el sueldo… ¿Le sirve?  

Y obvio, ni modos... Tenía que servirme.

 

Trabajar, medio comer, medio mal educar a los hijos, medio sobrevivir, estar completamente jodidos en este desespero que llenó de úlceras el alma… Todos pensamos que una vez vacunados, las cosas mejorarían; pero no pasó. El virus se potencializó. Variantes, nuevas cepas, llenaron un ambiente lúgubre. Que la brasilera, que la surafricana, que la del Reino Unido, que la de Girardot... La misma historia viciada, redundando.

 

Allá, en el paraíso, en los países serios, todos vacunados contra las mutaciones en seis meses. Acá con dos años de retraso, la primera vacuna se volvió ineficaz. Tuvimos que  seguir esperando, continuar con un trabajo de porquería y rogando porque un robot o una adolescente de la india, no nos quitara el puesto que tanto nos costó conseguir.

 

Más y más protesta estériles; movimientos en círculo, repetir lo mil veces dicho, olvidarlo al instante. El gobierno respondiendo con palos, gases, balas de goma calibradas para sacar ojos, descargas eléctricas con pistola taser por “lámpara y por jetón,” golpizas en el baño de una estación policial, almohadillas llenas de balines disparadas a la nuca adolescente que se despedaza por la violencia del taponazo, rejo para castigar a esa “tribu de terroristas” que pide siempre trato justo, educación, salud, libertad, dignidad, esas malditas cosas que deberían retribuirnos a quienes pagamos impuestos cuando compramos el arroz y las lentejas de nuestro precario menú diario. Pero no, no, no, no… Para el estado somos excremento, criaturas con menos derechos que un perro de rico, lo de esconder, el ganado que se ordeña, tetas fértiles, cero cerebro o identidad…

 

Las cárceles a las que nos llevaron se atiborraron rápido. Allá también había pabellones para infectados y para vacunados; todos moribundos, aunque unos con mayores privilegios. La autoridad siempre vigilaba a los infectados; pasara lo que pasara, siempre iban a la zanja, ya no tenían nada que perder, no se podían manipular con miedo…

 

Nuestros detestables conocidos, siguieron repudiando las críticas salidas de nuestras entrañas. Como era de esperarse, fueron vacunados antes que los médicos por el Ministerio de Salud. El amo premia con galletas la obediencia.

 

El virus chino terminó refundido en las gavetas de lo prescindible. Lo sustituyó otro aún más letal venido desde Siria. Hoy peleamos de nuevo por no sucumbir al encierro, el distanciamiento social, las efectivas mordazas desechables de color azul que esconden nuestra mueca de zozobra. El nuevo presidente, también gordo, respetabilísimo corrupto, tanto o más estúpido que el anterior; sale todas las tardes por los canales de televisión enseñándonos a prevenir el contagio sirio, aguantar, sacrificarnos por los intereses insignes de la patria boba… La historia es circular, envuelve, sofoca, le encanta torturar. Como lo dijo un nobel de literatura Caribe, sudaca y grande pensador: nuestra mayor peste es el olvido.


26/04/2021