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domingo, 6 de diciembre de 2015

EL EX PRESIDENTE

 EL EX-PRESIDENTE

José Rafael Núñez Corona, Santo Domingo, Rep. Dominicana

El había planificado todo perfectamente, hasta el más mínimo detalle lo tenía contemplado en su plano arquitectónico, según sus cálculos todo saldría como lo había pensado y no fallaría absolutamente nada, como primero paso tenía el fingimiento de un infarto que lo sacaría del país sin ningún problema y así duraría todo el tiempo que quisiera en el extranjero, para poder disfrutar del dinero que se había robado cuando era presidente de la republica durante cuatro años, en los cuales acumuló una riqueza mayor que la de cualquier magnate petrolero en el mundo, (que es mucho decir).
El era abogado de profesión la cual la había ejercido durante muchísimos años defendiendo criminales, ladrones y todas clases de delincuentes claramente declarados, y con esa agilidad extraordinaria que había acumulado en el ejerció del derecho y que siempre posen los abogados del patio todo le había salido perfectamente como él esperaba, simulo como le había dicho, primero un infarto el cual estaba trazado en el plano y así logró fácilmente salir del país evadiendo de una manera descarada la injusticia de nuestra patria, perdón quise decir la justicia de nuestra patria (ni usted se dio cuenta del error, verdad que si, (si sé eso, lo dejo así)).
Estando ya en el extranjero, gozoso de lo que había hecho y satisfecho hasta lo sumo de su gran maniobra, entonces comenzó la difícil tarea de gastarse desmedidamente el dinerito que le había robado al pueblo que tanto confió en él; lo primero que compró fue un lujoso apartamento en uno de los lugares más exclusivo de todo los Estados Unidos de América, luego con carácter de urgencia también compró un elegantísimo automóvil alemán tipo deportivo para él solito y a cada uno de los miembros de su familia le compró otros no menos costosos para que no se pusieran celosos, siguió con la difícil tarea de gastarse el dinerito que se había robado, comprando muchísimas ropas de diseñadores súper famosos que él nunca había oído (fue tanto así que un traje que él compró costó muchísimo más que todos los sueldos ganado por la domestica de la casa, que dicho sea de paso le crió a sus dos hijos y trabajó como una burra toda una vida con ellos, y al final la despidieron sin darle un solo centavo), pero no se quedo todo ahí él siguió el derroche y compró joyas, zapatos costosísimos e hizo muchísimos regalos a sus amigos y allegados, de repente se parecía a Santa Claus (aunque no tenía la enorme panza), más bien se parecía a el ser humano más generoso existente en la faz de la tierra, por tantos regalos que hacía.
Lo que él nunca se imaginó fue que el destino le tenía a él también un regalito bien guardado, ni remotamente le pasó por la cabeza tal tontería y fue entonces así como por arte de magia que a eso de las once y media de la noche le llegó repentinamente y de una forma verdadera el infarto mortal que no toco ni siquiera la puerta, ni preguntó si podía entrar a su lujosa mansión, solo llegó y así se apoderó de él, como si fuera un espíritu maligno, como si fuera una ola violenta, que arrebata la arena en contra de su voluntad y la sumerge al mar, así mismo entro aquel horrible infarto en la vida del ex presidente, creo que fue el mismo infarto que él tanto había planificado para poder salir con su familia del país, creo que sí, aunque este era más feroz y malo, llegó tan de pronto que no dio tiempo a nada, cuando llegaron al hospital ya estaba casi muerto, pero los médicos se movilizaron agitadamente, atendiéndolo de inmediato, haciendo todo a su tiempo y con una efectividad impresionante, haciendo casi milagros, pero aun así no hubo forma de revivirlo, aparentemente todo fue en vano ni el dinero que se robó bastó, pero gracia a ese mismo dinero que le había robado al estado, lo tenían ahí, sí señor, como si fuera en exhibición, tendido en una muy cómoda cama de hospital, moribundo, hecho todo un vegetal, sin poder mover ni un dedo, con los ojos bien abiertos y despabilados para ver todo lo que se movía, sin poder pestañar siquiera, con los oídos activados escuchando lo más mínimo, pero para su felicidad aun tenía toda su riqueza la cual se había robado impunemente del pueblo que tanto confió en él.
De inmediato la noticia corrió en su país así mismo como corrió Félix Sánchez en los juegos Panamericanos Santo Domingo 2003, ¡huuaao!, fue tan rápido que ni lo vi cuando cruzó, fue como un verdadero relámpago, así mismo también corrió la noticia del ex presidente, primero llego a una ciudad en el norte del país, que me parece era su ciudad natal y allí los habitantes se alegraron muchísimo del gran hecho producido por Dios, luego la noticia corrió por la región del cibao por completo y allí también lo celebraron con mucha algarabías y hasta con fuegos artificiales, luego la noticia corrió por el sur y también por el este y lo mismo fue en estos lugares, también hubo mucha celebración, en fin, en cada uno de los rincones de la media isla y donde quiera que llegó la noticia del infarto del ex presidente la gente celebró el acontecimiento con gran júbilo y mucho gozo, excepto unos cuantos, de algunos sectores poderosos de la sociedad, que fueron cómplices con él haciendo lo incorrecto en la patria de Duarte. (por cierto, si Duarte se hubiese sospechado esta vagamundería de los políticos criollos creo que hubiera sido el primero en anexarle el país a España o cualquier otro país chupa sangre), pero bueno lo real fue que todo el país estaba de fiesta porque el Todo Poderos le había cobrado al ex presidente lo que la injusticia del país no pudo cobrarle (creo que me equivoqué nuevamente con el termino ese de justicia e injusticia pero a partir de ahora para que no haya más errores de mi parte, donde quiera que usted señor lector vea la palabra injusticia entienda justicia o viceversa, lo que sucede es: que en mi país las dos palabras son casi iguales).
Toda la familia del ex presidente estaba muy triste y preocupada aunque algunos de ellos estaban calculando lo que le tocaría de la inmensa fortuna que el ex había acumulado de todo lo que se había robado de las cuentas del estado, su hija (que era una rebelde) sin embargo era la única que en realidad estaba nerviosa y muy triste y la única que no estaba pensando en el dineral que estaba por caer del cielo, pero los demás no hacían otra cosa que sacar numeritos principalmente la esposa que había tenido una serie de disgustos y diferencias con el ex presidente las cuales surgieron en los cuatro años del muy mal gobierno, tan malo que destruyo el país por las cuatro esquina y también su hogar.
Sin embargo, su mujer estaba al frente de todo en cuanto a las atenciones médicas y su cuidado personal, mientras que el hijo (quien era el mayor de los dos que ellos tenían) él se ocupaba de los asuntos financieros, mientras que su hija como siempre estaba siendo marginada (quizás por el asunto de la adición a las drogas). Por otro lado los hermanos y hermanas del ex presidente viajaban constantemente desde la media isla hasta los Estados Unidos donde estaba postrado en un hospital de renombre el ex mandatario, ellos estaban gastando toda una fortuna en pasajes de ida y vuelta pero en realidad eso no le dolía, no porque lo querían mucho sino porque el dinero estaba saliendo de la cuenta del paciente que como ustedes ya saben él se lo había robado al pobre paisito como él mismo a veces lo llamaba en forma burlona. Muchos de sus ex funcionarios del muy mal gobierno que presidio el enfermo se concentraron en el famoso hospital anglosajón para así decir presente con la ilustre familia, ya que le agradecían bastante (¡imaginase usted porque!).

Dice un refrán popular muy famoso en mi país: “hierba mala nunca muere”, eso precisamente estaban diciendo casi todos los habitantes de la media isla en relación al ex presidente que andaba después del año de haberle dado el infarto vivito y coleando, sí señor, como si nada hubiera pasado en su vida, y para que usted se caiga para atrás, estaba metido nuevamente en el afán politiquero, sí señor, comprando simpatizantes a dos manos con todo el dinero que aún le quedaba de lo que se robó y sobornando a quien se le metiera por el medio para impedir su gran triunfo electoral y lo peor de todo: con muchísimas posibilidades de ser nuevamente presidente de la republica, porque casi todas las encuestas lo daban a él como seguro ganador y en la primera vuelta, aunque es bueno decir que la mayoría de esas encuestas eran muy bien pagada por el coordinador de su campaña electoral, la cual era muy costosa por cierto.

domingo, 29 de noviembre de 2015

EL ARCO ME QUEDA GRANDE

SEMPER SIMUL, SEMPER CARMINA, CATA

¿EL ARCO ME QUEDA GRANDE?
(Historias de los arqueros de la promoción 1991 del COLSES)

POR: JAVIER BARRERA LUGO
(Número 4 de la lista de alumnos)


La mitad de los 80, ese período fascinante plagado de inocencia, obsesiones y leyendas para quienes ahora cruzamos el umbral de los cuarenta años. Cuántas cosas para recordar: una lista selecta de niñas lindas a las que amamos desaforadamente en minitecas y fiestas de casa donde los más adelantados aprendieron a beber, fumar y besar, la invasión del merengue dominicano por parte de Don Juan Luis Guerra y sus 4:40, Jossie Esteban y su nefasta patrulla 15, el rock de Mateos, Charly García, Compañía Ilimitada y su éxito La calle, aquella canción cuyo estribillo pegajoso decía: “en la calle, algo bueno va pasar...”,  y que pasó a ser: “en la calle, algo horrible va a explotar”, gracias a los actos demenciales de Pablo Escobar y su corte de matones a sueldo. Ese fue el entorno que aún se añora en silencio, el que el mundo de hoy tilda como “debilidad de marica” (porque según sus gestores es el lucro lo que importa) y muchos vemos como la necesaria oportunidad de evadirse en recuerdos vivificantes.
En 1986 junto a mi hermano Andrés, ingresamos al Colegio Seminario Espíritu Santo de Suba para iniciar nuestra formación media vocacional (bachillerato en castizo, “deformación”, en jerga de la calle). Niños de Ciudad Jardín Norte, Suba y sus veredas, de los 200 Prados (Jardín, Veraniego, Pinzón, Spring, etc) y hasta de Villa del Prado (Cabiativa), iniciamos el conocimiento de la vida, construimos sueños, inventamos la amistad a prueba de fuego, el amor, representado en esa noviecita que pagaba mal y de la que muchos ahora somos buenos amigos, aprendimos que la literatura da libertad, la música alivio; pero por encima de cualquier cosa, cimentamos el honor de caminar el mundo como personas libres.
Mi co-equipero de Idiota Inútil, Fernando Vanegas, ya ha sacudido el avispero en varios artículos con anécdotas de vida de muchos de nuestros compañeros y amigos de promoción. Hoy, el homenaje es al fútbol y específicamente a los “legendarios” arqueros de nuestra generación que con su “talento” a prueba de todo,  llevaron a sus equipos de los campeonatos internos y a la selección del  COLSES (infantil y junior) a victorias pírricas, empates desabridos y fracasos monumentales gracias a sus “gracias”, que aún hoy recordamos con altas dosis de mamagallismo.
Colombia siempre ha tenido grandes hombres defendiendo la portería: Pedro Antonio Zape, Efraín “caimán” Sánchez, Rene Higuita, Eduardo Niño, Farid Mondragón, Miguel Calero, Óscar Córdoba, David Ospina, Juan Carlos Henao. El COLSES, en nuestra época, se preciaba de tener las mejores gelatinas con guantes “defendiendo” su arco, adolescentes que se hacían goles increíbles y al minuto sacaban balones que el mismísimo Gian Luigi Buffon daría por perdidos. Igual, eso no era lo importante, eran íconos insustituibles a los que la afición reclamaba como un rebaño de chivos drogados. Si en esa época el mercadeo hubiese tenido el grado de desarrollo actual, serían figuras a la altura de Iker Casillas, guardadas las proporciones y pasándome de generoso.
Roger Alvarado, Helberth Rache, “el gordo Granados”, Leonardo “mono” Miranda, titulares indiscutibles en sus equipos de curso, la tenían cara peleando y perdiendo la titular con los protagonistas de este escrito, guardametas que contaban con todo el andamiaje a su favor: profesores amigos, compañeros que cargaban tambos, “amansalocos” y revólveres descargados del abuelo para amedrentar a la competencia y su combo, otra patota de camaradas “mamagallistas” que los imponían como pálidas estrellas fugaces, y un amor propio, un ego descomunal que comparado con el de los otros pretendientes los ponía en el top de la lista: ¡se creían la locura!
Giovanni Tibasosa “el gato”, Rafael “el marrano” Cotrino y Gerardo “Carrabs” Motta, eran la tripleta de goleros responsables de proteger las redes de los equipos del curso: Gerardo como arquero de  Racing y Giovanni de Cavernícolis, una engendro de escuadra creada por “el negro” Arévalo. Del de Rafa no recuerdo el nombre; pero siempre ganaban y “muendeaban” a sus rivales con el pensamiento, la palabra, la obra y la poca omisión. Era una formación con promedio de estatura de 1.90, 120 kilos y una fe en sí mismos que casi tumba el telescopio espacial Hubble. Su crueldad es legendaria.
Capitanes y técnicos sabían que con ellos en el arco se iba perdiendo uno a cero antes que el árbitro anunciara el inicio del juego. Su falta de seguridad, de reflejos, de la mínima capacidad de coordinación ojo-resto del cuerpo, los convertía en la peor amenaza para el rendimiento de sus equipos y las selecciones. Ante un panorama tan oscuro, eran los delanteros los llamados a salvar la nave del desastre, y ellos tampoco eran el mesías anunciado en las escrituras del fútbol juvenil del colegio. Raúl Motta debió hacer de tripas corazón para no enloquecerse con esa “inundación de talento”. Y todavía preguntan por qué tenía úlcera…
Esta historia tiene unos antecedentes que el lector merece conocer. En el COLSES, al mismo nivel de las letras o las matemáticas, el fútbol tenía importancia suprema. Maestros entrando a la edad que muchos tenemos hoy, se vestían de cortos para jugar el clásico de la semana amigoniana: “Profesores versus Resto del Colegio”. Enrique Torres (¡Qué le pasa, “granpendejo”!), Iván Lara (¡Quibo chino!), Manuel Buenaventura (A ver el amigo…), Silvestre Rodriguez, Humberto Beltrán (maesstroo..), Carlos Efraín Ruiz Suárez (la mosca), Leonardo Torres (prática), José Munca, Eliseo, Raúl Motta, Guillermo Quijano (la nana), Orlando Damián (el sicoloco) y por supuesto, Germán Solano (el gamín), conformaban una plantilla de lujo, que reforzada con algunos “embuchados” proporcionados por los Terciarios Capuchinos, daban el espectáculo más esperado por el alumnado cada octubre.
 Eran partidos jugados al límite del reglamento (ni profesores ni alumnos se arrugaban, daban zapato por parejo), cada rival era objetivo militar, toda rencilla se arreglaba a través y gracias a los taches de acero, a una patada bien dada en una pantorrilla sin canillera o un codazo a traición en los tiros de esquina. Prueba de esta fogosidad en el juego fue el brazo izquierdo de Germán Solano, a quien Gacha, el hermano mayor de Walter, se lo fracturó tras una entrada al “bulto” y con toda la intención de hacer doler. El yeso fue, en esa época, un símbolo de venganza para los alumnos que vivíamos el régimen draconiano del prefecto de disciplina con estoicismo de rufián. Hoy, creo que ninguno de nosotros deja de agradecer el esfuerzo del profe Germán, quien puso su grano de arena para que lográramos ser hombres de bien.
El fútbol era la segunda religión en el COLSES. Hasta el Padre Camilo Tobón, como cualquier barrista de corazón, presenciaba y apoyaba la realización de los encuentros. Su rectoría parecía la DIMAYOR, allí se limaban asperezas, se hacía la paz tras una riña propia del juego y hasta se fraguaba la polla del mundial de fútbol que el viejo sabio administraba con honradez. Era un entorno bacano en el que cada quien asumía su rol con tenacidad, con verdadero amor. Los defensas afilábamos los taches, los delanteros se ponían doble canillera, los mediocampistas rezaban para que el talento se les viera, los arqueros... ¡Ay, Dios…! ¡Los arqueros! Hincados, le pedían a su santo favorito que el gol bobo no apareciera tan seguido.
El final de la jornada escolar, en época de campeonato, era un acontecimiento sagrado. Los jugadores nos cambiábamos a velocidad de “raponero”, las barras listas y en posición, observaban atentas sí había algún posible malentendido para arreglar con los contrarios a golpes cuando el central decretara el tiempo cumplido. Los árbitros (Parrita, Cotrino cuando no jugaba, Mauricio Cercado, el ahora propietario de New Soccer) con la seguridad de un viaje en SITP, daban la bienvenida a las ansias de grandeza, las lesiones que acababan carreras sin empezar (¿por qué creen que a Lucho Mendez le dicen Robocop?), a los marcadores abultados, los 16-14 / 12-1 / 6-6 / a los 14-8 que siempre se presentaban. No recuerdo un 0-0.
De estos torneos se nutrían las gloriosas selecciones del COLSES (uniforme: camiseta verde con franja horizontal roja, pantaloneta blanca, medias rojas. La ropa se heredaba año a año. -Raúl Motta, al final del curso, no firmaba paz y salvo si algún integrante del máximo equipo no devolvía lavada y planchada la implementación-). La cancha del colegio, pelada, ondulante, una ciénaga caribe en invierno y en verano un filón de polvo, era Old Trafford, nuestro Teatro de los sueños, donde se conservó el invicto en intercolegiados a las buenas o a las patadas. La selección era la cara orgullosa de la comunidad amigoniana ante el mundo, siempre apoyada por la hinchada, salvo si jugaba de visitante; tocaba ir hasta el carajo para acompañarlos y no había plata para los buses… En esas ocasiones sí estaban solos.
Peñuela, Lucumí, Piñeros, “Garrincha”, Elkin, El “gato” Buitrago, eran ídolos del equipo; pero una vez desaparecieron del espectro (se graduaron, los echaron, se fueron, dejaron a la novia en embarazo y les toco “echar rusa”) el turno le tocó a nuestros compañeros de curso. Apareció el recambio: Fernando Ramirez, Andrés Barrera (el mejor si me lo preguntan), Fabio Cardozo, El “Cabezón” Andrés Corredor, Óscar “Scooby” Páez,  “Chucho” Gaviria, Carlos Julio “Toché” Corredor y una decena de muchachos emergieron como la nueva camada que tomaba las banderas del cambio, la ilusión: ganar los intercolegiados región Bogotá por primera vez.
Como selección organizada y de respeto, se convocaron tres arqueros, tres fortines de la portería, que “coincidencialmente” y gracias a las “buenas relaciones” con el seleccionador, eran de nuestro curso: Tibasosa, Motta y Cotrino (los dirigentes de FIFA copiaron el modelo y miren cómo andan por estos días). A Rojas, arquero de otro curso, un hombre que lloraba mucho porque era “nervioso”, lo sacaron de taquito. Los nuestros estaban volando.
No recuerdo mucho el desarrollo de los partidos en la fase de grupos; aunque sí el resultado final del campeonato: no se clasificó al cuadrangular final. Otro fracaso. Pero la fase de preparación para el reto, en la que se escogería al arquero titular para enfrentar el torneo, fue lo mejor de aquel proceso. Para nadie fue secreto que Rafa sería el 1, era el menos malo. Jugó en el Olaya, era el consentido de Raúl Motta, atarban de postín que no jugaba con los pies, bajo de estatura, se “encandelillaba”, según sus palabras, cuando salía a cortar centros y dejaba vivo el balón para que los delanteros rivales marcaran a placer. Lo que llenó de morbo al camerino y la hinchada fue la lucha por la suplencia.
Motta, barranquillero, inventor del “diezzz… diezzz… diiiezzz”, que tantos “admiradores” le hizo ganar entre sus compañeros que reprobaban álgebra,  era una copia al carbón del gran Hugo Orlando Gatti, titular en Boca por 10 años, aunque sólo en lo físico. Sus condiciones: sacaba mal, salía mal, ayudaba a descuadrar  la defensa, la estrategia la dejaba en el ajedrez, en el campo de juego se le nublaba la mente; pero era jodón, buena gente, se le metía a los balones divididos con la entereza de quien sabe que todo está perdido y persevera. Sus señas particulares: tenis Fastrack blancos, pelo desarreglado y una balaca rojo sangre que fijo, se colocaba en honor al Junior de su tierra. Un atleta de cartulina que descrestaba por su falta de motricidad gruesa.
El segundo postulante: Tiba, el legendario “Gato” Tibasosa. Un portento de desubicación. Sus reflejos de felino disecado le sacaron canas a más de un técnico. Si se regalaba un balón y nos metían un gol, todos sabíamos que era gracias a su “talento”. Portero de carácter, eso sí, más de una vez le arreó la madre a cuanto árbitro y rival se le metió por el camino, aunque para su desgracia, nunca le hicieron el favor de cuadrarle la cara de un golpe. Su personalidad en la cancha, semejante a la de Chilavert, rayaba en el trastorno esquizoide de la personalidad. Sus señas particulares: guayos  marca copa (imaginen la calidad) que tenían unos tachecitos de goma que parecía fideos, sudadera gris, un buzo anaranjado acolchado en el pecho, un acné bárbaro. Era una montaña de humo sin músculos.
La lucha por la suplencia terminó de facto. Raúl Motta jamás definió la cuestión porque sabía que al titular no lo sacaba así se le fracturaran las manos. Cotrino atajó en todos los partidos, todos los minutos, hasta los tortuosos segundos de la eliminación. “¡Rafa es una güeva!” Ese fue el estribillo que al unísono le cantamos los de la barra al “marrano”, cuando nos sacaron por enésima vez de un torneo gracias a su trabajo bajo los tres palos. El arco del COLSES siempre estuvo resguardado por la Divina Providencia y la Virgen de los Dolores; aun siendo agnóstico reconozco esa verdad. Si hubiera sido sólo por las “virtudes” de Cotrino, Motta y Tiba, la historia sería peor.
 “Tocó esperar para la otra”, dijo un apaleado Raúl, tras el descalabro del equipo que dirigía. La amargura duró poco, aunque los reproches siguen vivos, prueba de ello es este escrito. ¡Nos rompieron el corazón, muchachos! Lo único que hizo bajar la espuma del chocolate amargo de la derrota fue  que el fin de semana siguiente hubo fiesta en la casa de Fernando Ramírez con las niñas del Instituto, así que la testosterona cambió de objetivo…
Próximos a graduarnos, la selección se volvió recuerdo funesto para muchos. Los ídolos colgaron los guayos. Una nueva generación pedía pista: Alejo Barrera, Juan Pablo Congote, Alex Pulido, Mauricio Cercado, Medellín, un puñado de infantes a quienes apenas les comenzaba a salir bozo, se tomaron por asalto un terreno de gloria que fue desperdiciado por la promoción 91. Altaneros, prometieron títulos, pundonor deportivo, orgullo a raudales… Dos años después salieron con el “mismo chorro de babas”, eliminación en primera ronda.
La vida en el colegio llegó a su fin. Nunca volví a ver tapar tan mal a nadie: Cotrino, Tibasosa y Motta, dejaron la vara muy alta. De los futuros Willington Ortiz, Valderrama y compañía, quedaron un grupo de bohemios, de profesionales, de trabajadores y rebeldes, de padres de familia, unos tipos que pelean la vida y se reúnen de vez en cuando para ser los adolescentes que crecieron juntos y aman a su noble claustro grandioso, ese templo santo de ciencia y virtud al que se le cantaron en su nombre cientos de derrotas deportivas y muchos triunfos de vida. ¡Que viva el fútbol, la amistad, el Colegio Seminario Espíritu Santo, la época feliz!

 Agradecimientos y saludos fraternos a:
R.P. Samuel Camilo Tobón Betancur (Q.E.P.D.). A las señoras: Graciela Barreto, Esperanza Ramos, Amparo Rodríguez, Martha Diaz, Martha Parra, Inés de García (Inesita), Darcy García, Miriam Castellanos, Rosario Rojas. A los señores: Germán Solano, Carlos Efraín Ruiz Suárez, Henry Ríos, Iván Lara, Raúl Motta, Humberto Beltrán, Orlando Damián, Enrique Torres, José Munca, Leonardo Torres, Silvestre Rodríguez, Eliseo (no recuerdo su apellido), Guillermo Quijano, Manuel Buenaventura. A los compañeros y amigos: Raúl Arévalo (Rapero), Jorge “negro” Arévalo, Andrés Barrera (BLA), a los hermanos Javier y César (palomo) Martinez Becerra (Los Becerrita), Ángel Rivelino Becerra (Rivelo), Carlos Andrés “Cabezón” Corredor, Carlos Julio Corredor (Toché), Óscar Páez (Scooby), Andrés Mendez, Javier Díaz Espinosa (El mono), Óscar Javier Cabiativa (Cabia), Juan Carlos Devia, Gerardo Muñoz (moños), Freddy Moreno, Guillermo Quintero, Ángel Torres, Ítalo Javier Eduardo Ríos, mi padrino Fernando Vanegas Moreno (Gafas), George Rafael Zerda, Gerardo Motta, John Piracún, Ernesto Jimenez (Vico), Luis Antonio Mendez Vega (Lucho-Robocop), Carlos Eduardo Rodríguez (Casallas-el gordo), Pedro Pastrán (Pepe), “Negro” Rojas, Alexander Sánchez (Pirulo), Giovanni Tibasosa (El negro), Vladimir Rincón (Vlaky), Victor de Jesús Gaviria (Chucho), Jorge Enrique Bonilla (campanas), Joaquín Fernández (conejo), Rafael Cotrino (marrano), Fabio Ricardo Cardozo, Juan Pablo Pachón, Héctor Garzón, Alfredo Betancur (mi vecino-el capo), “su reverencia” el padre Jaime Iván Sánchez (Guillo), Fernando Ramírez (chiquilladas), Wilson Pinto (Topin), Juan Carlos Suárez (vaquero boyacense), Hamilton López, Willington Cucunubá (embale Cucunubá), Rosmiolimpo (Romito), Joaquín Martínez (el negro), Alejandro Barrera (Alejo), José Casallas (ex alumno honorario), Alex Pulido, Reinaldo Guerrero, los hermanos Congote, Edwin Barreto (Mico), Ricardo Forero (papayuela), a los que omito por escases de memoria, no por falta de corazón,  a todos y cada uno de los integrantes de la gran familia Colegio Seminario Espíritu Santo de Suba, COLSES.

*Foto de respaldo al post tomada del perfil de Facebook de Javier Eduardo Ríos.

24/11/2015

lunes, 16 de noviembre de 2015

SOBRE AQUELLOS QUE RECORREN LAS ESTRELLAS

SOBRE AQUELLOS QUE RECORREN LAS ESTRELLAS
Por: Javier Barrera Lugo

Dedicado a los armeritas, sus familias y sus sueños de reencuentro.
A mi mamá, Teresa Lugo.



Sandra, Yaneth y Leonardo Díaz, los niños que aparecen en la foto que apoya este escrito, perdieron la vida en la tragedia de Armero.  Aquel 13 de noviembre de 1985, sus sueños adolescentes, sus risas, los deseos que sólo se le cuentan a la almohada por las noches, dejaron de latir.
       Mi hermano Andrés y el Idiota Inútil que escribe estas palabras (el “mechudito que completa el cuadro”), conocimos a Sandra, la más alta en la imagen, en unas vacaciones de fin de año en las que estuvo varios días hospedada en nuestra casa del “city”. Recuerdo su ternura, su espontaneidad, respeto y paciencia con un par de “bellacos” que desde el principio dieron señas de atorombolamiento. Aún sentimos por ella un cariño profundo. Mis hermanos Alejo y Lili eran muy pequeños, no creo que la recuerden.
       Esa fatídica noche millones de toneladas de hielo mezcladas con vegetación, rocas de increíble tamaño y escombros variados bajaron por las laderas de la cordillera, se hicieron un torrente con el caudal del río lagunilla y el resultado fue una avalancha que borró de la faz del mundo a una prospera ciudad que fue sostén de la economía del Tolima por más de un siglo. Un tufo azufrado, que poseía el lodo estacionado, le puso olor al concepto de muerte que Dante en su Divina Comedia asocia con el infierno. La gente de Armero me ha referido el impacto de esta fetidez en sus recuerdos.
       25.000 almas quedaron sepultadas allí. Otros miles, deambulando como fantasmas que hubiesen salido de un una mala película de terror, llenos de barro, con la mirada baja, no podían creer lo que acababa de pasar. Lo que fue una fértil población inundada de árboles y algarabía, el 14 de noviembre, con los primeros rayos del sol, se convirtió en un desierto gelatinoso que se tragó entero la felicidad.
       En minutos, cientos de niños quedaron huérfanos. Un estado golpeado por la violencia política y de la mafia arregló de manera absurda, a través del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar ICBF, el problema que él mismo generó por su falta de piedad.
       Sus representantes organizaron “adopciones exprés”, que sin metáforas quiere decir, adelantar procesos de adopción sospechosamente rápidos. Gracias a este mecanismo, muchos menores fueron entregados a familias del exterior y perdieron todo contacto con su historia de vida. Nunca se cotejaron antecedentes, no se hizo lo adecuado para atajar las separaciones,  se destruyeron familias, lazos sentimentales y de sangre. El daño estaba hecho. Fundaciones como “Armando Armero” y el mismo ICBF, luchan por encontrar la verdad y enmendar tamaño error propiciado por la burocracia.
       No creo que la intención de los funcionarios haya sido criminal y premeditada; pero a todas luces, los modos demostraron una precipitud que rayó en el facilismo cínico.
       El volcán, treinta años después, aún sigue martirizando a cientos de armeritas y como por variar, nadie responde. Los estamentos del gobierno central se conforman con realizar homenajes bobalicones y todo queda ahí.  Las responsabilidades se evaden, la verdad está escondida y es un deber ciudadano exigir aclaraciones.


       En los días posteriores a la catástrofe testifiqué como mi madre, desesperada, recorría hospitales buscando a mi abuela Ana Rosa, a su tía Elvira, a su primo Ezequiel y a más de dos docenas de familiares y amigos que desaparecieron del mundo, jamás de su corazón.
       En la Hortúa, La Samaritana, el infantil Lorencita Villegas de Santos, en la Cruz Roja, los heridos se contaban por miles, la mayoría con la piel quemada, golpeados, desorientados en ciudades frías y extrañas. Acompañé a mi mamá en estas búsquedas sin resultado, compartí su desasosiego, el horror. Nunca olvidaré los lamentos a lo largo de pasillos atiborrados de víctimas preguntando, en medio de sus delirios, por los hijos, las mamás, la familia que vivía cerca a Telecom, sobre todo por qué dios se había olvidado de ellos.
        El desorden era patente, listas de pacientes que aseguraban la presencia de un sobreviviente en tal o cual clínica no eran confiables. Por arte de emergencia el paciente aparecía en otra, o nunca llegó. La catástrofe desbordó las posibilidades de los servicios de socorro y sus integrantes, verdaderos héroes en esta historia.
       La nación estaba en caos, en una semana el M-19 se tomó el Palacio de Justicia, la naturaleza borró del mapa a la población de Armero y las circunstancias desnudaron la mediocridad de los dueños del poder. El gobierno de la República, maniatado por los militares, evitó realizar grandes movilizaciones de ciudadanos o crear zozobras que afectaran el orden público. Omisión y negligencia jugaron en contra de los armeritas.
       Esos días marcaron mi vida, fueron el final de la inocencia. Ver los estragos de la muerte, el sufrimiento ajeno, arrugó mi alma. Entendí que las cosas buenas se acaban, que mi mamá, aquella mujer hermosa y con carácter, no era invencible, que la muerte nos doblega, aunque ella, una guerrera vital, superó la desesperanza. Sé que todos los días, además de por sus “pollos”, “zurrones”, por Don Barrera, las amigas, huérfanos y todo el que tenga una dificultad,  Doña Teresa ora por el alma de los paisanos que descansaron en paz y los sobrevivientes que aún buscan a sus niños (hoy adultos) en todo el mundo.
       Prueba de fe, que la vida sigue y da alegrías en medio de la desdicha, son su prima Consuelo, Ernesto su esposo y sus hijos, quienes milagrosamente sobrevivieron a la avalancha. Para ellos también es este homenaje.

Armero vivirá en ellos, es la marca de su nuevo nacimiento. Insisto, mientras las personas estén en nuestra memoria, no han muerto, sólo están recorriendo las estrellas hasta que nos volvemos a encontrar. Un beso a Sandra y sus hermanos, ángeles desde que estaban vivos.