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lunes, 7 de octubre de 2013

DON JOSÉ

 DON JOSÉ

José Orozco Juárez, Santa Ana, El Salvador.

Don José, hombre sesentón, terminaba de cenar, cuando de repente se acordó.............
El pueblo se llamaba San Juan, y era uno de tantos del país, donde el hambre se sentía con ganas ya que más que pueblo, era una aldea semi-urbana, con casas de adobe y un gran patio, donde gallinas, cerdos y perros convivían en total armonía (aunque no siempre).
La familia Díaz, que vivía en los arrabales del arrabal que era San Juan, se componía de 9 miembros: Don Crisógono y Doña Vicenta (Don Cris y Doña Chenta) quienes eran los padres de 7 hijos, 4 hombres y 3 mujeres, siendo José (Pepe) el más pequeño. Vivían de la agricultura, si así se le puede decir, poseer un pedazo de tierra en las afueras de San Juan, que no llegaba a media hectárea, y donde cultivaban maíz y frijol, que en años buenos alcanzaba para medio abastecer a la familia y en años malos, había que dedicarse a otros menesteres como hacerla de peón de albañil, mozo de los grandes hacendados que acaparaban las mejores tierras, siendo uno de estos últimos Don Samuel, a quien todos decían “Tío”.
Así fue creciendo Pepe, entre algunas clases en la escuela del pueblo y los trabajos en la milpa de Don Cris y la hacienda del “Tío”. El trabajo en esta hacienda era del agrado de Pepe, ya que el patrón le mostraba cierta deferencia, pues el joven era muy atento y servicial y también le gustaba el orden que reinaba en todos lados, y lo que más le impresionaba, era el empeño y la constancia que ponía el “Tío” en el trabajo. A pesar de lo bueno que le parecía el trabajo, también se dio cuenta de otras cosas, que no le parecieron tan buenas, y era que el patrón consentía demasiado a las jóvenes más hermosas del pueblo, y las invitaba a llegar a la hacienda en donde a base regalos insignificantes o por unos cuantos pesos, abusaba de su inocencia, y esto era lo que le enojaba a Pepe, ya que en una ocasión vio llegar a su novia Everilda (la Eve), aunque según ella, no pasó nada con el patrón.
Otra cosa que le enojaba era el ver el maltrato de los capataces y jefes de la hacienda sobre los peones y demás trabajadores, quienes por cualquier motivo, con razón o sin ella, eran humillados físicamente con golpes y oralmente con palabras soeces, y estos capataces, no contentos con eso, hacían trabajar hasta turnos de 12 horas a los empleados del “Tío”, que más que empleados eran unos verdaderos esclavos, y todo por sacar adelante a la familia.
Cuando la gente se dio cuenta de que, aunque se sufría, pero a pesar de ello, se salía con los gastos de la familia, muchos aun de otros pueblos y regiones, iban a pedirle trabajo al “Tío”, pero pocos eran lo que lo conseguían, aún así, otros por el afán de conseguir algo, se presentaban subrepticiamente con los capataces, y éstos, aprovechándose de la situación, aplicaban medidas más severas de represión, y aunque los contrataban, era con menos salario que los demás, pero con más obligaciones. Esto redundaba en beneficio de los capataces, ya que ellos cobraban al patrón salarios completos, pero al trabajador le pagaban menos y aquellos se llenaban los bolsillos de dinero mal habido.
Algunos, en su afán por conseguir trabajo, aunque fuera clandestinamente, contrataban a algunos inescrupulosos (coyotes), para que los presentaran a los capataces y así conseguir su deseo de trabajar. Esto se prestó para otro negocio turbio, ya que muchos se hicieron pasar por coyotes y solamente recibían el pago del servicio y desaparecían como por arte de magia. Algunos que lograban entrar de contrabando a la hacienda, sufrían lo indecible, ya que el “Tío” tenía como guardianes, a unos perros enormes, que al darse cuenta de algún intruso, arremetían contra él, causándole en muchas ocasiones la muerte. Y el “Tío” se hacía de la vista gorda.
Esto vino a agravar más la situación, ya que muchos vendían sus animalitos, inclusive su casa, para pagar la cuota que los coyotes les exigían. Cuando el “Tío” se dio cuenta de este manejo, también exigió su cuota a los coyotes, y sólo para “taparle el ojo al macho”, realizaba campañas ridículas, para detener el tránsito de “indeseables” por su hacienda.
Con el paso del tiempo, Pepe, ahora José, se pudo casar con la Eve, pero en su mente bullía el afán de hacer algo, (pero qué), a favor de todos sus compañeros y amigos que trabajaban con el “Tío”. Está por demás decir que éste se consideraba el amo de la región, ya que dominaba todo, desde el comercio hasta el cura, así es que los pequeños agricultores (fuera de la hacienda todo era pequeño) y comerciantes, se tenían que plegar a los antojos gansteriles del “Tío”, quien imponía precio a las compras y ventas de todo lo negociable en la comarca.
Lo peor era, que como el “Tío” acaparaba todo tipo mercancía, sólo a él se le podía comprar todo: comida, vestido, inclusive las semillas para sembrar. En fin, que no se `podía concebir actividad alguna en la cual no estuviera involucrado el “Tío”.
Dándole vueltas al asunto, José se encontró con Juan, un amigo suyo al que no veía desde hacía muchos años, ya que éste se había ido a estudiar a la capital y ahora regresaba a su pueblo con la idea de establecerse ahí, puesto que la carrera que estudió fue agronomía, y ahora graduado como ingeniero agrónomo, venía a hacer algo por su pueblo.


José lo puso al tanto de todos los problemas que tenían, principalmente con el “Tío”, problemas que al principio alarmaron a Juan, pero que después vio que sí había remedio para ellos; ya que si el “Tío” tenía el dinero, Juan poseía la inteligencia.
Lo primero que hizo Juan fue, convocar a todos los agricultores para convencerlos que no había necesidad de depender ya del “Tío”, sino que ellos mismos podían ser autosuficientes para satisfacer sus propias necesidades, lo único que se necesitaba, decía Juan era trabajo, fuerza de voluntad y honestidad.
Al principio casi todos los agricultores se entusiasmaron, pero después, solo quedaron los que sí estaban convencidos de que podían por sí mismos salir adelante, ya que esto implicaba doble trabajo y mucho esfuerzo.
El siguiente paso fue: preparar el terreno para la siembra, pero sin usar abonos químicos, sino abonos orgánicos que el mismo Juan les enseñó a preparar; claro que esta preparación tardó el doble de tiempo que la que hicieron los que habían usado químicos.
Siempre tratando de mejorar, Juan se dio a la tarea de conseguir semilla nativa para sembrar, esto sí le costó mucho trabajo, pero a fin de cuentas, adquirió la suficiente semilla para sembrar, tanto él como sus compañeros.
El siguiente paso de Juan, fue el enseñar a sus compañeros a seleccionar la semilla, para así tener asegurada la siembra del próximo año.
Afortunadamente ese año, fue bueno: llovió lo necesario, no hubo cosas negativas en el trabajo, aunque sí por el lado del “Tío”, quien al ver la cosecha de Juan y compañeros, quiso comprársela a un precio ridículo, alegando que era de una semilla de baja calidad; pero éstos no se desanimaron, y aunque tuvieron que recorrer mucho camino, al fin lograron vender a buen precio su cosecha, fuera de los límites del monopolio del “Tío”.
Esto le causó malestar al “Tío” pero no tuvo más remedio que resignarse y con el tiempo fue perdiendo autoridad y dominio sobre los demás; pero eso se debía a que Juan supo organizar a la comunidad, buscando nuevos horizontes, luchando con honestidad, fomentando la paz y la justicia, a tal grado que con el tiempo, se constituyó en el líder del pueblo de San Juan, y José fue su aliado incondicional.
El “Tío” se dio cuenta que ya era imposible oponerse a casi todo el pueblo y optó por enclaustrarse en su hacienda a disfrutar sus millones de dinero bien y mal ganados.......
Pero eso sucedió hace muchos años, ahora Don José se sienta a recordar con su familia, todos esos acontecimientos de antaño. Su amigo Juan y líder del pueblo, en busca de ayudar a más gente, emigró a otra región para seguir apoyando el desarrollo integral de las personas y las comunidades.
No faltaron dificultades, pero lo único que le queda de satisfacción a Don José, es que la humildad, la honestidad, la solidaridad, el bien común, son la base para un desarrollo personal y comunitario, todo ello aunado al fomento de la paz y la justicia social.

lunes, 30 de septiembre de 2013

LAS NIÑAS BONITAS SIEMPRE ESTÁN DESCALZAS

LAS NIÑAS BONITAS SIEMPRE ESTÁN DESCALZAS


SEMPER  SIMUL  SEMPER CARMINA, CATA
Por: Javier Barrera
A: Patricia Sáenz, quien brindo ideas puntuales para este escrito.



(En tono de borrachera)


Camilo Etna, mi  amigo, siempre será una caja de raras sorpresas. Hace dos semanas lo encontré en la cantina del “viejo Santafé”, allá en el city garden, el barrio donde nos criamos o malcriamos, desocupando un par de botellas de whisky con una sonrisa gigante como su ego enmarcando la escena.  Aullando su acostumbrado “¡Quiuuubooo, Barrera!”, y los brazos abiertos, me invitó a compartir el néctar que los dioses escoceses brindan a la humanidad desde hace siglos. Lo servimos en copas de aguardiente, el glamour no es una de las exigencias del servicio en aquel estanco mítico frecuentado por mecánicos, vendedores de chance, pelafustanes de estirpe, obreros y hasta poetas varados como Etna y yo.
Eran las cuatro y veinte de la tarde cuando me empaqué la primera “bala sepia” entre pecho y espalda. Camilo, experto en crear atmósferas de curiosidad, me indicó que con mi siguiente trago vendría su explicación a esa alegría que le apretaba los huesos. Primero hablamos de fútbol, de razas de caballos y hasta de Petro y su revolución social incompetente. Así es el buen poeta, un excéntrico bendecido por las musas del lenguaje encabezadas por Polimnia, un tipo para el que cada tema termina convertido en lo más importante de la vida. El segundo whisky lo ingerí de un empujón; la expectativa me estaba rompiendo los testículos.
-Bueno, hermano. Me va a contar o comienzo a hablarle de literatura japonesa y lo dejo borracho de conocimiento-dije con ansiedad. Una mueca de satisfacción fue el preámbulo al cuento que salvó un sábado demasiado aburrido.
-No se preocupe, ya desembucho. Lo que voy a narrar cambió el curso de mi vida. El bardo afiebrado con las ideas de Marx, Engels, Lenin y hasta del cobarde de Stalin, el tipo apasionado por las damas maniáticas, dio paso al hombre que se enamora por primera vez de la misma mujer que no lo amó.  Pero cuidado, lo vago no me lo quitan ni el estrellato ni la corrección de los sentidos. Quedemos claros en eso.
-Vago siempre será, eso no lo dudo-manifesté. Y continué-: lo conozco desde los nueve años y sé que la autodisciplina es una virtud que no abrazará jamás. ¡Cuente hombre! Ya me está desesperando, no joda, la paciencia tampoco es una de mis fortalezas.
Sonrió como los niños que no miden consecuencias cuando se salen con la suya. Sirvió el tercero de la cuenta, planchó las arrugas de su chaqueta y comenzó su retahíla llena de verdades y fantasías verdaderas, “las que le dan color a la historia”, dice siempre que descubro sus exageraciones cromáticas. El meollo del asunto no tenía las dimensiones de evento triunfal, fueron los alcances imaginativos de Camilo los que elevaron la temperatura de la historia. Se encontró días antes con Maribel C, a quien no veía hacía lustros, en un centro comercial cercano al City. Sus memorias se removieron y hasta la olfativa, la menos desarrollada de sus latencias, le trajo de nuevo el olor del vinilo con el que Maribel C, pintó los girasoles naranja que decoraron su casa los tres años que de mala manera pudo soportar estar al lado de un fauno obsesionado con la escritura de sueños.

-Estaba tal cual la dejé ese noviembre, Barrera. Profunda placidez, sonrisa apenas perceptible, el pelo negro recogido con una hebilla roja, los mismos pies pequeñitos que mordí obsesivo cuando viví con ella… Las niñas bonitas siempre deben andar descalzas por la casa, ese es mi único mandamiento. Ella me confesó que ahora no deja sus pantuflas por nada del mundo… Buen tema para un poema, ¿no le parece?
-¿Está seguro? Hace tantos años que no la ve, Etna. Tal vez está confundido, siempre he pensado que usted jamás la va a poder sacar de su sistema, hermano. Además lo veo feliz en medio de una  tristeza atroz que su mirada no disimula… Bueno, no tanto tristeza como decepción, no sé si me equivoco.
-Obvio, estoy feliz, triste, como dice usted, también confundido, decepcionado, narcotizado, horrorizado. Están los recuerdos con ella, lo hecho y no hecho cuando estuvimos juntos, viejo, pero hay cosas que se notan, los hijos le han marcado el cuerpo y el rostro. Son dos, me comentó, niños igualitos a ella, tiernos, igualiticos a al papá también, según Maribel C. No creo que sea posible, los “chinos” no son calvos y feos, ni están trastornados, no tienen cara de mala gente. Me mostró una foto y son los clones de ella, gracias a los ángeles de la maternidad. Todos estos actores, su presencia, influyen en lo que es ahora. Las líneas en la frente y las incipientes bolsitas bajo los párpados delatan que ha crecido, ya no es la misma, me miró diferente y eso no deja de escandalizarme-una mueca de resignación humanizó su rostro.
-Pensé que me iba a decir que lo había dejado impactado, enamorado nuevamente.
-La vi con gratitud, eso es jodido para un tipo como yo, una falta de respeto con ella. Siempre estuve seguro de desearla hasta que fuéramos ancianos, me traicionó el cálculo optimista. Maribel C ya tiene una vida con tareas específicas, yo no tengo con qué pagar el arriendo de este mes. Creo que mi sentido de construcción de futuros se quedó sin musa, mi querido Javi.
-(Silencio).
-Me volví a quedar sin ella, esta vez porque la vida lo quiso así, ninguno de los dos tuvo nada que ver… Y le voy a hacer caso al destino por primera vez. Me liberé, por eso estoy feliz.  ¿Otro “whiscacho”?
A las once pasadas el “viejo Santafé” cobró la cuenta y nos sacó a empellones del local. Caminamos hasta el Bulevar y encontramos abierto Canterbury, “desparchadero” de bohemios y oficinistas con algo de espíritu. Pedimos más whisky y dispuse mi cabeza para analizar los poemas que a Camilo se le empezarían a ocurrir. La suerte estaba echada, me iba a aburrir como una ostra. Me sorprendió. Sacó una libreta de su morral y escribió con tinta azul un verso. Me pasó un esfero de tinta negra y me dijo que escribiera la siguiente línea. Aquel juego de adolescentes ebrios, hacer un poema a cuatro manos y regalárselo a la bonita de la noche, resucitó en ese bar lleno de gente demasiado joven para estar tan aburrida. Las letras y los tragos, combinación perfecta y perversa, empezaron a hacernos mella. Etna se descompuso, miró por los cristales y desató la cascada de frustración que le comía el espíritu.
-Soy un mal elemento… Girasoles naranja en una casa que no tenía muebles. Girasoles naranja en una casa vacía. Girasoles naranja en una casa que se quiere llenar. Eso era todo, dolor, echada de culpas, el amor vivo. Inspiración en un fracaso, en la médula del imposible final feliz. ¿Dónde encuentra más elementos melodramáticos? Lo que me dolió al ver a Maribel C fue que todo eso lo evaporó el tiempo que pasó, Barrera. Uno no extraña lo que le sobra, lo que tiene a la mano. Ese material que nos da bríos para escribir son los recuerdos cuando están patentes y asumimos que todo ocurrió hace horas. La vi y de inmediato sentí su progreso. De aquella niña con la que enloquecí sólo quedan melancolías que se agotaron, un número determinado de fábulas que se desgastan cada vez que las traigo a colación. Ahora, Maribel C es una señora atractiva y madura, una vida de proyecciones, dos hijos sangrones y bellos que piden de todo a todas horas, un esposo insufrible. Me vi en un espejo mentiroso, juré que estoy igual, que veinte años no me pasaron por encima. Un error imperdonable. Me acabo con rapidez y mi único acerbo son los remembranzas. Vaya si es fregado comprobar cómo pasa de rápido este cuento que llamamos crecer-se limpió la boca y siguió escribiendo su parte del verso.
El hombre me dejó frío. Un mago de la palabra, un manipulador con muchos escrúpulos, me hizo ver lo que no quise hasta esa noche: aparecieron en mis espacios mentales Ceci, la amiga de Vanegas, Carolina, Adriana viviendo en Miami,  Claudia A, Sandrita P, Aura, Marcela, Sulma, Lili, Diana, Gloria, Nidia, Lucía, las nenas del Instituto, todas las niñas bonitas que ya no andan descalzas porque son más cómodas las pantuflas. Ya ellas no pintan girasoles naranja en su primer apartamento de solteras y con novio, quienes utilizan ahora los pinceles son sus hijos, adolescentes como alguna vez lo fuimos Camilo Etna, Fercho, Mico, Carlos Eduardo, Los Barrera, José, Lucho, Giovanni, los manes del Seminario Espíritu Santo. Dolido, me lancé al vacío defendiendo a toda una generación:

-Claro que no las queremos igual, Etna. Ellas ya tienen quien las quiera y quieren a quien las quiere o no las quiere tanto. Nosotros somos niebla, añoranza, un espacio pulcro en medio de una cotidianidad que golpea cruel. Lo entiendo hermano. Al igual que la democracia, el amor es un concepto ideal que no aplica en la vida moderna. Es duro asumir certezas, los escritores combatimos esa enfermedad llamada verdad sin mucho éxito, lo real evidencia su poder llenándonos de grietas la piel de la cara, loco. Aceptar nos libera, ser libre es jodido, lo bueno es que uno se acostumbra.
-Igual uno siempre encontrará niñas que se quiten las pantuflas y llenen los muros de la casa con florecitas de colores. Por eso estoy feliz, Barrera.
-Esas niñas descalzas siempre están buscándonos y las encontramos así no conozcamos sus caras. Andan por ahí con pendejos que las entretienen traicionándolas mientras llegamos, hermano. Un último trago. Brindemos por las inmortales jovencitas lindas de nuestra historia, ¿o de nuestra histeria?
-Radical lo que dice, cierto hasta el tuétano. Se lo acepto por borracho y honesto. El trago es el suero de la sinceridad  ¿Acabó el poema a cuatro manos? No he visto a cuál muchachita se lo vamos a entregar.
-Quememos esta vaina en el cenicero, no tentemos a la suerte-ordené. Y añadí-: La inocencia nunca muere y estas mujeres de las que hemos hablado desde las cuatro la tienen toda, hoy se merecen la fosforescencia exclusiva de nuestras palabras. Buen título para un aborto poético-etílico.
-Bueno. Estoy feliz y triste y confundido y la amo y la detesto por envejecer y la vuelvo a amar y me quedo sin frases. Me volvió a joder de felicidad Maribel C. Lo sucedido debe contarlo en un cuento, Javi. Va a ser bien cursi y bien del alma.
-Del alma sale todo lo que hacemos ciertos fantasmas cuando nos da por salvar el mundo y sus princesas vampiras, como dice Calamaro.
-Por cursis no nos ganaremos el Nobel. Lo profetizo en este bar.
-Por cursis nuestra gente, los amigos, las niñas de las pantuflas, las niñas descalzas y hasta el “viejito Santafé”, van a sonreír un ratico y agradecidos se sentirán, así no nos vuelvan a hablar. Ante eso el Nobel es una huevonada.
-¡Salud por eso, hermano!

-¡Saludcita, poeta!

lunes, 23 de septiembre de 2013

EL FUTURO DE ESTE PASADO

EL FUTURO DE ESTE PASADO...
Manuel Eugenio Gándara Carballido, Caracas, Venezuela

Primer premio del «Concurso de Cuento Corto Latinoamericano» convocado por la Agenda Latinoamericana' 2005, otorgado y publicado en la Agenda Latinoamericana' 2006


Aquel lunes, una calma chicha se respiraba en el aire; cierta sensación de vacío pesaba sobre toda la parroquia. Ya desde temprano la soledad en las calles había hecho notar la diferencia. Curiosamente, ninguna de las mujeres había asistido a la misa tempranera. Al Padre Tomás, cura párroco desde hacía 12 años, le tocó recordar aquellas eucaristías que se celebraban antes del Concilio, misas sin pueblo.
Cuando, llegada la tarde, ninguna de las fieles asiduas se hizo presente, la cosa se empezó a tornar preocupante: «todas no pueden estar enfermas», se decía el cura con más enojo que curiosidad, mascullando ya el llamado de atención que les haría por su «falta de compromiso». Pero la situación se repitió al día siguiente, y al siguiente… En realidad lo que más le incomodó al principio fue que no hubiese quien limpiara la capilla, y no contar con la ayuda de Carmen para saber qué difuntos nombrar. Ni siquiera Marta había ido a cantar, por lo que tuvo que improvisar algunos cantos para animarse un poco y no sentirse tan solo.
Un movimiento raro se había venido sintiendo en los últimos tiempos durante las reuniones; pero ese secreteo fue tomado como chismorreo, como cosas de mujeres, un asunto sin importancia.
El sábado, la catequesis tuvo que ser suspendida. Ninguna de las catequistas había asistido. La cosa parecía llegar al colmo. Pero la situación se volvió insoportable el domingo: sólo el señor Pablo y el señor José, los dos miembros de la Cofradía del Santísimo desde su fundación hace 26 años, asistieron a la misa de 7. En la de 10, los tres hombres que respondían como pueblo, luego de cruzarse algunas miradas nerviosas, como buscando respuesta, decidieron sentarse juntos. En la tarde, simplemente no hubo nadie.
Fue entonces cuando el Padre Tomás decidió ir y hablar con Ana, encargada de las catequistas mucho antes de que él llegara a la parroquia, a ver qué estaba pasando. La encontró reunida con otras mujeres en el frente de su casa; se notaban nerviosas, pero había algo en sus miradas que daba cuenta de cierta satisfacción. Su respuesta ante el reclamo del cura no pudo dejarlo más confundido: «estamos de huelga, Padre, las mujeres de la parroquia hemos decidido hacer valer nuestros derechos».
¿Cómo podía ser aquello? ¿Huelga? Pero… ¿huelga de qué?, ¿por qué? El padre no alcanzaba a entender nada. «Simplemente, no vamos a asistir más hasta que se nos permita participar de verdad». Ciertamente, no era la primera vez que las mujeres expresaban su inconformidad con algunas cosas que pasaban en la Iglesia, pero una huelga, eso sí que era nuevo. Al cura le pareció una tontería típica de quien no entiende las cosas, y sin dejarlas siquiera terminar de hablar, trató en vano de convencerlas. Las respuestas que obtuvo no le parecieron ya tan tontas: «Claro que queremos a la Iglesia, pero la Iglesia no parece querernos ni respetarnos a nosotras, y si no, ¿por qué nos excluye?»… «Usted no hace más que repetir. Eso es lo mismo que dicen los obispos –que, de paso, son todos hombres- para justificarse»… «No Padre, con todo respeto, en eso San Pablo actuaba como todos los machistas de su tiempo… Jesús enseñaba otras cosas»… «Y, ¿por qué si decimos que somos una comunidad, no nos tratamos como iguales?». Después de un tiempo, viendo la imposibilidad de lograr su intención, decidió dejarlas a ver cuánto les duraba el cuento.
Pasó una semana, sin catequesis, con «misas sin pueblo», antes de que el párroco se decidiera a enfrentar la situación para que las mujeres «se dejaran ya de tonterías». Una y otra vez se repetía lo mismo: «en la Iglesia no hay huelgas»… «Eso es cosa de política, no de religión»… «¿Quién les habrá estado llenando la cabeza con semejantes ideas?». Pero cada vez que él o alguno de los hombres que intentaron ayudarlo a «hacerlas entrar en razón» les decían algo para convencerlas, las mujeres se mostraban firmes como piedras de construcción. Habían pasado horas discutiendo el asunto entre ellas, afinando sus argumentos y convirtiendo la inconformidad en propuesta. La alegría de quien recupera algo perdido había tomado cuerpo a lo largo de aquellos diálogos. Ciertamente, no se iban a dejar vencer sin que se les convenciera: «Nos cansamos… nos cansamos de ser parte de la Iglesia sólo a la hora de limpiar, pero no en el momento de tomar decisiones. De recoger la limosna sin poder decidir en qué se va a gastar. De hacer bulto, de ser siempre sólo ovejas…».
El asunto se había convertido en el tema de discusión preferido de todo el barrio. Había quienes aseguraban que aquello era una falta de respeto, que hasta pecado sería; pero tampoco faltaron quienes apoyaran la protesta. Las mujeres consideraron como buen signo el que algunos hombres decidieran sumárseles, y que se permitieran también decir aquello con lo que no estaban de acuerdo: «¿Por qué siempre los curas tienen la última palabra?»… «Si vieran las cosas desde nuestra perspectiva, otro gallo cantaría»… «Sí, siempre terminamos pareciendo un cura sin sotana»… Pensaban que si ellos entendían esta lucha y la hacían suya, entonces también los que dirigen la Iglesia podrían hacerlo. Pensaban. Las propuestas y argumentos de unas y otros fueron enriqueciéndose mutuamente y convirtiéndose en una sola palabra, un mismo sueño que les permitió experimentar un entusiasmo desconocido.
Después de 2 semanas, en la soledad vacía de la casa parroquial, tras el tiempo ocioso invertido en tratar de entender el origen de todo, el cura empezó a angustiarse. Lo cierto es que desde el día en que arrancó la huelga la vida de la parroquia no era la misma. No lograba comprender cuál era el problema en dejar las cosas como estaban, como antes, como siempre habían sido y debían seguir siendo, como Dios manda. Preocupado por quedarse sin oficio, le había comunicado la situación al Obispo, pero éste no hizo más que reclamarle su falta de autoridad pastoral, pidiéndole que le mantuviera informado de la situación a través de su secretaria. Pero al párroco la cosa no le parecía tan simple; empezaba a entender que de seguir así, hasta las hostias se le iban a podrir en el sagrario por falta de uso… y decidió llamar a una reunión.
El cura lo tenía todo planificado, había preparado sus respuestas, buscado las citas, incluso estaba dispuesto a hacer algunas pequeñas reformas. Pero la comunidad salió al paso a sus argumentos sobre la «incorrecta formación teológica» y el problema de las ideas «demasiado abiertas». Después de haber escuchado lo que el párroco tenía para decir (una interminable lista de artículos del derecho canónico y algunas citas bíblicas), según lo acordado, ellas tomaron la palabra. Una por una le fueron presentando sus quejas y propuestas. El planteamiento lo expusieron las catequistas más veteranas y las jóvenes mejor formadas, lo que no dejó de sorprender al cura; las señoras mayores subrayaban con ejemplos lo que las otras describían en detalle.
Aunque algunos de los señores presentes para apoyar al cura no estaban de acuerdo con darles a las mujeres la oportunidad de expresarse, el Padre Carlos sintió que tenía que dejarlas hablar. Era claro que había que escucharlas si no quería que la cosa se alborotara todavía más: «Durante un tiempo creímos que esto iba a cambiar, pero desde hace unos años parece que vamos para atrás; ya ni al altar nos podemos acercar». «A mí lo que más me duele es que se use el nombre de Dios para justificar algo que no está para nada en los Evangelios». «Yo, la verdad, no me siento bien tratada. Es igual que en mi casa…». «Aunque se habla mucho de democracia, nadie puede ni chistar… No hay diálogo sino un monólogo entre varios con un guión escrito desde arriba». El tono sereno y fuerte de quien defiende su dignidad entre la rabia y el dolor acompañó cada palabra, cada gesto.
Pero el párroco, sin ser un hombre inteligente, no era tonto. A lo largo de la reunión se repetía para sus adentros los mismos pensamientos que le venían inquietando desde el principio del conflicto: «Aunque en algo pudieran tener razón, yo no tengo mayor cosa que ofrecer a sus exigencias». «¿Qué puedo hacer yo que soy sólo un cura?» No podía dejar de sentir que a él la vida se le había ido en mantenerse y mantener aquello que ahora estaba siendo puesto en duda. Todo esto era algo para lo que simplemente no tenía respuestas…
La reunión terminó sin llegar a nada. Ni ésa, ni la siguiente, ni la siguiente. Las mujeres y los hombres de la huelga esperaron, y esperaron, y esperaron. Poco a poco el tiempo y el silencio se encargaron de hacerles entender que nada pasaría.
La falta de alegría y compromiso delataba a quienes después de un tiempo decidieron regresar a la parroquia.
Algunos se sintieron reconfortados con la vuelta a la normalidad: «La Iglesia sabe lo que hace, por eso se ha mantenido en la historia». Pero la historia se encargó de decir otra cosa. La sensación de pesadez, el olor a guardado, los tonos grises se fueron apoderando del ambiente. Empezando por los más jóvenes, uno a uno se fueron retirando.

Pocos años después se decidió el cierre de la capilla. El informe de la diócesis que decretaba su clausura señalaba en letras rojas: «Por la crisis de fe que aqueja a nuestro pueblo, producto del avance de las sectas y de la falta de vocaciones sacerdotales y religiosas». Hoy sus muros sirven de sede a la casa de la comunidad. Curiosamente, a ella han vuelto mujeres y hombres. Algunos de los rostros ya conocidos y otros nuevos regalan sus risas y preocupaciones en los encuentros en que se comparte la vida, se sueña y hace posible el futuro del barrio, se construyen sentidos y se animan en la fe y en la esperanza. Curiosamente…