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martes, 15 de octubre de 2013

ALAS DE COLIBRÍ

ALAS DE COLIBRÍ
Por: Javier Barrera Lugo

SEMPER SIMUL, SEMPER CARMINA, CATA DE MI ALMA.


Te pusiste de acuerdo con Isabel para subir al techo a contar estrellas. De alguna forma tienen que hechizarse con la esperanza de volver al lugar que siempre ha sido su casa. Sí, lo descubrí tres días después de conocerte. No eres de este planeta y mi hija es una hermosa indígena alucinada con las luces que siempre están cubriendo el Pacandé. Está fresca la temperatura y al pedazo de universo que vemos esta noche no le cabe un color más. Amarillos y rojos enmarcan el espectro de la cruz del sur, verdes y violetas colocan un anzuelo a la díscola Shaula, el aguijón, que titila furiosa cuando percibe que la observan desde aquí. Vaya si son tercas con el cuentito de dejarme solo fumando en la hamaca. Yo también quiero encaramarme en las tejas, ver bólidos fugaces que parecen escribir recuerdos familiares en el cielo mientras caen. Amorosas, no me permiten tamaña intromisión.
Ustedes toleran mis particularidades y hacen lo posible para no cambiarme. Sin palabras me explican que no debo subir, que no es mi momento de empezar una aventura radical. Les agradezco la sutil aclaración. Mis horas de conversación casi inconsciente, los profundos silencios que las desconciertan, son escaso aliciente para dañarles el período de sosiego. Hipnotizadas, señalan el lugar del cosmos a donde su travesía las llevará. Lo entiendo todo, es un compromiso hecho con su libertad el que me hace retirar. Dejan de lado las insinuaciones, entran a la habitación y aprovechas para colocarle a Isabelita el vestido rojo que Don Héctor le regaló para su cumpleaños. Una de las últimas memorias que grabará mi mente es también el inicio de una despedida sin rimbombantes anuncios. Debo aprender a intuir tus pasos, muchachita.
La niña parece estar en trance. Le dices al oído, como si recitaras un estribillo, que esta noche  le saldrán alas en la espalda como las que tú tienes y ella tiene escondidas y siente hormiguear porque quieren salir, que al fin podrán volar a través de los soles propicios de Yacó hasta la zona donde el río grande resguarda los secretos de tu raza celestial. Mientras tanto, la llevas al lugar más alto de la casa para contarle las cosas que viviste cuando tenías su edad, lo que soñaste y lograste, el día que calzaste tu primer par de botas de caucho con el objetivo de salvar a la gente que de verdad te importa, los pormenores de la semana que con Marysol, la “monita”,  tu mejor amiga, escalaste montañas de sal pegadas al mar cuando estaban en la “universidad pública” y se soñaban casadas con algún comunista estudiante de física cuántica.
Dentro de muy poco abandonarán todo, me dejarán, se irán  lejos y cada mañana después de ese día, me darán un beso antes de que despierte para que mis instintos estén seguros de que no soy otro poeta varado que se siente perdido en un mundo que no entiende. Las tendré cosidas a la piel como consuelo ante su ausencia, sus vocecitas chillonas y plácidas acompañarán los tiempos en que nada parezca tener sentido, cuando el silencio sea una cuchilla que corte con milimetría mis tobillos. Pero no voy a estar triste antes de tiempo. Ni lo sueñes, preciosa. Primero, describiré tus ojos rasgados en mi libreta, la sonrisita que le pinta el rostro a Isabel  cuando hace la siesta y por fin estamos tranquilos por ser una familia que gracias a los dioses le huye a la perfección. Juntas hacen la poesía anárquica que derrotó la oscuridad de mi caverna.
Mientras observan el cielo voy a tomarme la tasa de café  que no me gusta con tu tía Anita. Sus cuentos de espanto seducen mi imaginación, pero ella, tan amorosa en sus palabras escasas, no me contará historias de descabezados o lloronas amputadas, prefiere decirme que Isabelita es igualita a ti cuando llegaste una mañana caminando por el sendero de arena con un par de relucientes alas preguntando si en estas tierras los colibríes tenían también azules las plumas. Desde allí las observo y me parecen irreales, me miras y por fin asumo que está completa el alma, audaz el corazón, que soy capaz de hacer cualquier cosa que me dicte ganar la tibieza de la sangre.
La señora Anita se despide, tiene que ir a rezar su acostumbrado rosario por los vivos y sus esperanzas. Camino la senda que separa aquella casa acogedora del lugar donde el tiempo parece haberse detenido. Las encuentro bajando de las alturas llenas de lucecitas pegadas a la ropa. Los cocuyos las hacen levitar.  Isabel finge un berrinche y veo clara por primera vez la mirada de Teresa en los ojos de su nieta, esa fuerza de los espíritus que nunca se rinden. Me das un beso para confortarme. Descubres los omoplatos de la hermosa hija que nos regalaron los delirios y veo que dos pequeñas protuberancias le pelean a la piel y los tirantes del vestido el aire que necesitan. Estás orgullosa, asustada, tu hija también es un ángel. Entras a dormirla y yo me quedo horrorizado intuyendo lo que pasará.
Es imposible negarme el llanto. “Llevo tus marcas en mi piel”. Retumba en mi cerebro la profecía de Fito, el dueño de las mariposas multicolores y eso no tiene mayor relevancia ahora, pero quiero dejarlo patente como sentimiento en esta narración. Lo que experimento no es tristeza sino una horrible hilera de mordiscos que me hielan el estómago. “Nostalgia. Así pica en la panza”, dices con ternura. Y continuas: “Yo siento lo mismo. No es una emoción cómoda. Pero también tengo claro que nos volveremos a ver, ten fe”, concluyes. Te abrazo. Sé que después de esta noche me hablarás a través de espejismos, que me acompañarás y no podré tocarte, que todo para nosotros está decidido.
Trato, pero es imposible conciliar el sueño. No quedará nada, estaré solo, no es justo salir del paraíso de esa forma, pienso egoísta, es lógico, pero creer eso me ruboriza. No dejó de mirarte, de tocarte. Isabel da vueltas en la cama, se acerca sonámbula, descansa su brazo izquierdo sobre mi pecho y empieza a hablar dormida, igual que mis sobrinos, mi viejo, mis hermanos y yo lo hemos hecho desde el nacimiento. Es nuestra marca genética. Empiezan los sonidos del desierto. Un millar de pájaros cantan con tal intensidad que los muros parecen derrumbarse, están felices, tú y la nena tienen su naturaleza, saben que falta poco para que en grupo, remonten la cordillera y llenen a Yacó con innumerables destellos plateados de música.
Te levantas como si hasta ahora iniciaras la parte bonita de la quimera. Besas a Isabel,  ella despierta y se abraza a lo poco que soy en este momento. Un viento tibio, contundente, se mete en la habitación y manda por los aires toda la materia innecesaria. Tomas a mi hija y sales al patio, suben las escaleras, esta vez para siempre, y es por arte de fantasía, que las veo desplegar unas alas pequeñas de colibrí, azul metálico, voraces, tan hermosas que con frases es imposible describirlas.  Me lleno de angustia y de alegría al mismo tiempo. Descansan. Ya todo son senderos que tus labios enuncian y no puedo ubicar. Isabelita abre sus brazos plenos de inocencia, me dice “te amo papá” y sin mirarme, resuelve entregarse a una corriente de vacío que la eleva del tejado. Tú, frenética, me dices que te hice feliz desde que te conocí, enjugas mis lágrimas y me das el beso que recordaré por eternidades repetidas. Desde ahora todos mis espacios serán las seis de la mañana de un sábado injusto que no se agotará.

Alejo y Sulma me recogen del piso. Todo se consuma, por lo menos eso creo. Anita, la tía que conocí tan poco y quiero como a mi mejor amiga, me dice resignada: “Hay que dejarlas ir, mijo. Existen seres que necesitan inundar con su fuego los interminables lugares que la oscuridad deja secos. No se preocupe.Si algo me han enseñado las correrías por el mundo es que angelitos caminando la tierra hay muchos y usted está condenado a encontrárselos y a quererlos con locura”. La gratitud es una palabra insuficiente para explicar lo que siento por aquella mujer.

No volveré a Yacó, lo presiento. Toda esta belleza que termina por doler no la asumo propia si mi hija y Catalina no están. Sé que nos encontraremos otra vez, nos abrazaremos y miraremos las estrellas. Les hice prometer que cuando tenga que cruzar la línea de árboles y las alas me salgan de la espalda, ellas, La Filipina y la hijita indígena que amo, esos dos hermosos colibríes, me dirán al oído que ya pasó  lo peor.

lunes, 7 de octubre de 2013

DON JOSÉ

 DON JOSÉ

José Orozco Juárez, Santa Ana, El Salvador.

Don José, hombre sesentón, terminaba de cenar, cuando de repente se acordó.............
El pueblo se llamaba San Juan, y era uno de tantos del país, donde el hambre se sentía con ganas ya que más que pueblo, era una aldea semi-urbana, con casas de adobe y un gran patio, donde gallinas, cerdos y perros convivían en total armonía (aunque no siempre).
La familia Díaz, que vivía en los arrabales del arrabal que era San Juan, se componía de 9 miembros: Don Crisógono y Doña Vicenta (Don Cris y Doña Chenta) quienes eran los padres de 7 hijos, 4 hombres y 3 mujeres, siendo José (Pepe) el más pequeño. Vivían de la agricultura, si así se le puede decir, poseer un pedazo de tierra en las afueras de San Juan, que no llegaba a media hectárea, y donde cultivaban maíz y frijol, que en años buenos alcanzaba para medio abastecer a la familia y en años malos, había que dedicarse a otros menesteres como hacerla de peón de albañil, mozo de los grandes hacendados que acaparaban las mejores tierras, siendo uno de estos últimos Don Samuel, a quien todos decían “Tío”.
Así fue creciendo Pepe, entre algunas clases en la escuela del pueblo y los trabajos en la milpa de Don Cris y la hacienda del “Tío”. El trabajo en esta hacienda era del agrado de Pepe, ya que el patrón le mostraba cierta deferencia, pues el joven era muy atento y servicial y también le gustaba el orden que reinaba en todos lados, y lo que más le impresionaba, era el empeño y la constancia que ponía el “Tío” en el trabajo. A pesar de lo bueno que le parecía el trabajo, también se dio cuenta de otras cosas, que no le parecieron tan buenas, y era que el patrón consentía demasiado a las jóvenes más hermosas del pueblo, y las invitaba a llegar a la hacienda en donde a base regalos insignificantes o por unos cuantos pesos, abusaba de su inocencia, y esto era lo que le enojaba a Pepe, ya que en una ocasión vio llegar a su novia Everilda (la Eve), aunque según ella, no pasó nada con el patrón.
Otra cosa que le enojaba era el ver el maltrato de los capataces y jefes de la hacienda sobre los peones y demás trabajadores, quienes por cualquier motivo, con razón o sin ella, eran humillados físicamente con golpes y oralmente con palabras soeces, y estos capataces, no contentos con eso, hacían trabajar hasta turnos de 12 horas a los empleados del “Tío”, que más que empleados eran unos verdaderos esclavos, y todo por sacar adelante a la familia.
Cuando la gente se dio cuenta de que, aunque se sufría, pero a pesar de ello, se salía con los gastos de la familia, muchos aun de otros pueblos y regiones, iban a pedirle trabajo al “Tío”, pero pocos eran lo que lo conseguían, aún así, otros por el afán de conseguir algo, se presentaban subrepticiamente con los capataces, y éstos, aprovechándose de la situación, aplicaban medidas más severas de represión, y aunque los contrataban, era con menos salario que los demás, pero con más obligaciones. Esto redundaba en beneficio de los capataces, ya que ellos cobraban al patrón salarios completos, pero al trabajador le pagaban menos y aquellos se llenaban los bolsillos de dinero mal habido.
Algunos, en su afán por conseguir trabajo, aunque fuera clandestinamente, contrataban a algunos inescrupulosos (coyotes), para que los presentaran a los capataces y así conseguir su deseo de trabajar. Esto se prestó para otro negocio turbio, ya que muchos se hicieron pasar por coyotes y solamente recibían el pago del servicio y desaparecían como por arte de magia. Algunos que lograban entrar de contrabando a la hacienda, sufrían lo indecible, ya que el “Tío” tenía como guardianes, a unos perros enormes, que al darse cuenta de algún intruso, arremetían contra él, causándole en muchas ocasiones la muerte. Y el “Tío” se hacía de la vista gorda.
Esto vino a agravar más la situación, ya que muchos vendían sus animalitos, inclusive su casa, para pagar la cuota que los coyotes les exigían. Cuando el “Tío” se dio cuenta de este manejo, también exigió su cuota a los coyotes, y sólo para “taparle el ojo al macho”, realizaba campañas ridículas, para detener el tránsito de “indeseables” por su hacienda.
Con el paso del tiempo, Pepe, ahora José, se pudo casar con la Eve, pero en su mente bullía el afán de hacer algo, (pero qué), a favor de todos sus compañeros y amigos que trabajaban con el “Tío”. Está por demás decir que éste se consideraba el amo de la región, ya que dominaba todo, desde el comercio hasta el cura, así es que los pequeños agricultores (fuera de la hacienda todo era pequeño) y comerciantes, se tenían que plegar a los antojos gansteriles del “Tío”, quien imponía precio a las compras y ventas de todo lo negociable en la comarca.
Lo peor era, que como el “Tío” acaparaba todo tipo mercancía, sólo a él se le podía comprar todo: comida, vestido, inclusive las semillas para sembrar. En fin, que no se `podía concebir actividad alguna en la cual no estuviera involucrado el “Tío”.
Dándole vueltas al asunto, José se encontró con Juan, un amigo suyo al que no veía desde hacía muchos años, ya que éste se había ido a estudiar a la capital y ahora regresaba a su pueblo con la idea de establecerse ahí, puesto que la carrera que estudió fue agronomía, y ahora graduado como ingeniero agrónomo, venía a hacer algo por su pueblo.


José lo puso al tanto de todos los problemas que tenían, principalmente con el “Tío”, problemas que al principio alarmaron a Juan, pero que después vio que sí había remedio para ellos; ya que si el “Tío” tenía el dinero, Juan poseía la inteligencia.
Lo primero que hizo Juan fue, convocar a todos los agricultores para convencerlos que no había necesidad de depender ya del “Tío”, sino que ellos mismos podían ser autosuficientes para satisfacer sus propias necesidades, lo único que se necesitaba, decía Juan era trabajo, fuerza de voluntad y honestidad.
Al principio casi todos los agricultores se entusiasmaron, pero después, solo quedaron los que sí estaban convencidos de que podían por sí mismos salir adelante, ya que esto implicaba doble trabajo y mucho esfuerzo.
El siguiente paso fue: preparar el terreno para la siembra, pero sin usar abonos químicos, sino abonos orgánicos que el mismo Juan les enseñó a preparar; claro que esta preparación tardó el doble de tiempo que la que hicieron los que habían usado químicos.
Siempre tratando de mejorar, Juan se dio a la tarea de conseguir semilla nativa para sembrar, esto sí le costó mucho trabajo, pero a fin de cuentas, adquirió la suficiente semilla para sembrar, tanto él como sus compañeros.
El siguiente paso de Juan, fue el enseñar a sus compañeros a seleccionar la semilla, para así tener asegurada la siembra del próximo año.
Afortunadamente ese año, fue bueno: llovió lo necesario, no hubo cosas negativas en el trabajo, aunque sí por el lado del “Tío”, quien al ver la cosecha de Juan y compañeros, quiso comprársela a un precio ridículo, alegando que era de una semilla de baja calidad; pero éstos no se desanimaron, y aunque tuvieron que recorrer mucho camino, al fin lograron vender a buen precio su cosecha, fuera de los límites del monopolio del “Tío”.
Esto le causó malestar al “Tío” pero no tuvo más remedio que resignarse y con el tiempo fue perdiendo autoridad y dominio sobre los demás; pero eso se debía a que Juan supo organizar a la comunidad, buscando nuevos horizontes, luchando con honestidad, fomentando la paz y la justicia, a tal grado que con el tiempo, se constituyó en el líder del pueblo de San Juan, y José fue su aliado incondicional.
El “Tío” se dio cuenta que ya era imposible oponerse a casi todo el pueblo y optó por enclaustrarse en su hacienda a disfrutar sus millones de dinero bien y mal ganados.......
Pero eso sucedió hace muchos años, ahora Don José se sienta a recordar con su familia, todos esos acontecimientos de antaño. Su amigo Juan y líder del pueblo, en busca de ayudar a más gente, emigró a otra región para seguir apoyando el desarrollo integral de las personas y las comunidades.
No faltaron dificultades, pero lo único que le queda de satisfacción a Don José, es que la humildad, la honestidad, la solidaridad, el bien común, son la base para un desarrollo personal y comunitario, todo ello aunado al fomento de la paz y la justicia social.

lunes, 30 de septiembre de 2013

LAS NIÑAS BONITAS SIEMPRE ESTÁN DESCALZAS

LAS NIÑAS BONITAS SIEMPRE ESTÁN DESCALZAS


SEMPER  SIMUL  SEMPER CARMINA, CATA
Por: Javier Barrera
A: Patricia Sáenz, quien brindo ideas puntuales para este escrito.



(En tono de borrachera)


Camilo Etna, mi  amigo, siempre será una caja de raras sorpresas. Hace dos semanas lo encontré en la cantina del “viejo Santafé”, allá en el city garden, el barrio donde nos criamos o malcriamos, desocupando un par de botellas de whisky con una sonrisa gigante como su ego enmarcando la escena.  Aullando su acostumbrado “¡Quiuuubooo, Barrera!”, y los brazos abiertos, me invitó a compartir el néctar que los dioses escoceses brindan a la humanidad desde hace siglos. Lo servimos en copas de aguardiente, el glamour no es una de las exigencias del servicio en aquel estanco mítico frecuentado por mecánicos, vendedores de chance, pelafustanes de estirpe, obreros y hasta poetas varados como Etna y yo.
Eran las cuatro y veinte de la tarde cuando me empaqué la primera “bala sepia” entre pecho y espalda. Camilo, experto en crear atmósferas de curiosidad, me indicó que con mi siguiente trago vendría su explicación a esa alegría que le apretaba los huesos. Primero hablamos de fútbol, de razas de caballos y hasta de Petro y su revolución social incompetente. Así es el buen poeta, un excéntrico bendecido por las musas del lenguaje encabezadas por Polimnia, un tipo para el que cada tema termina convertido en lo más importante de la vida. El segundo whisky lo ingerí de un empujón; la expectativa me estaba rompiendo los testículos.
-Bueno, hermano. Me va a contar o comienzo a hablarle de literatura japonesa y lo dejo borracho de conocimiento-dije con ansiedad. Una mueca de satisfacción fue el preámbulo al cuento que salvó un sábado demasiado aburrido.
-No se preocupe, ya desembucho. Lo que voy a narrar cambió el curso de mi vida. El bardo afiebrado con las ideas de Marx, Engels, Lenin y hasta del cobarde de Stalin, el tipo apasionado por las damas maniáticas, dio paso al hombre que se enamora por primera vez de la misma mujer que no lo amó.  Pero cuidado, lo vago no me lo quitan ni el estrellato ni la corrección de los sentidos. Quedemos claros en eso.
-Vago siempre será, eso no lo dudo-manifesté. Y continué-: lo conozco desde los nueve años y sé que la autodisciplina es una virtud que no abrazará jamás. ¡Cuente hombre! Ya me está desesperando, no joda, la paciencia tampoco es una de mis fortalezas.
Sonrió como los niños que no miden consecuencias cuando se salen con la suya. Sirvió el tercero de la cuenta, planchó las arrugas de su chaqueta y comenzó su retahíla llena de verdades y fantasías verdaderas, “las que le dan color a la historia”, dice siempre que descubro sus exageraciones cromáticas. El meollo del asunto no tenía las dimensiones de evento triunfal, fueron los alcances imaginativos de Camilo los que elevaron la temperatura de la historia. Se encontró días antes con Maribel C, a quien no veía hacía lustros, en un centro comercial cercano al City. Sus memorias se removieron y hasta la olfativa, la menos desarrollada de sus latencias, le trajo de nuevo el olor del vinilo con el que Maribel C, pintó los girasoles naranja que decoraron su casa los tres años que de mala manera pudo soportar estar al lado de un fauno obsesionado con la escritura de sueños.

-Estaba tal cual la dejé ese noviembre, Barrera. Profunda placidez, sonrisa apenas perceptible, el pelo negro recogido con una hebilla roja, los mismos pies pequeñitos que mordí obsesivo cuando viví con ella… Las niñas bonitas siempre deben andar descalzas por la casa, ese es mi único mandamiento. Ella me confesó que ahora no deja sus pantuflas por nada del mundo… Buen tema para un poema, ¿no le parece?
-¿Está seguro? Hace tantos años que no la ve, Etna. Tal vez está confundido, siempre he pensado que usted jamás la va a poder sacar de su sistema, hermano. Además lo veo feliz en medio de una  tristeza atroz que su mirada no disimula… Bueno, no tanto tristeza como decepción, no sé si me equivoco.
-Obvio, estoy feliz, triste, como dice usted, también confundido, decepcionado, narcotizado, horrorizado. Están los recuerdos con ella, lo hecho y no hecho cuando estuvimos juntos, viejo, pero hay cosas que se notan, los hijos le han marcado el cuerpo y el rostro. Son dos, me comentó, niños igualitos a ella, tiernos, igualiticos a al papá también, según Maribel C. No creo que sea posible, los “chinos” no son calvos y feos, ni están trastornados, no tienen cara de mala gente. Me mostró una foto y son los clones de ella, gracias a los ángeles de la maternidad. Todos estos actores, su presencia, influyen en lo que es ahora. Las líneas en la frente y las incipientes bolsitas bajo los párpados delatan que ha crecido, ya no es la misma, me miró diferente y eso no deja de escandalizarme-una mueca de resignación humanizó su rostro.
-Pensé que me iba a decir que lo había dejado impactado, enamorado nuevamente.
-La vi con gratitud, eso es jodido para un tipo como yo, una falta de respeto con ella. Siempre estuve seguro de desearla hasta que fuéramos ancianos, me traicionó el cálculo optimista. Maribel C ya tiene una vida con tareas específicas, yo no tengo con qué pagar el arriendo de este mes. Creo que mi sentido de construcción de futuros se quedó sin musa, mi querido Javi.
-(Silencio).
-Me volví a quedar sin ella, esta vez porque la vida lo quiso así, ninguno de los dos tuvo nada que ver… Y le voy a hacer caso al destino por primera vez. Me liberé, por eso estoy feliz.  ¿Otro “whiscacho”?
A las once pasadas el “viejo Santafé” cobró la cuenta y nos sacó a empellones del local. Caminamos hasta el Bulevar y encontramos abierto Canterbury, “desparchadero” de bohemios y oficinistas con algo de espíritu. Pedimos más whisky y dispuse mi cabeza para analizar los poemas que a Camilo se le empezarían a ocurrir. La suerte estaba echada, me iba a aburrir como una ostra. Me sorprendió. Sacó una libreta de su morral y escribió con tinta azul un verso. Me pasó un esfero de tinta negra y me dijo que escribiera la siguiente línea. Aquel juego de adolescentes ebrios, hacer un poema a cuatro manos y regalárselo a la bonita de la noche, resucitó en ese bar lleno de gente demasiado joven para estar tan aburrida. Las letras y los tragos, combinación perfecta y perversa, empezaron a hacernos mella. Etna se descompuso, miró por los cristales y desató la cascada de frustración que le comía el espíritu.
-Soy un mal elemento… Girasoles naranja en una casa que no tenía muebles. Girasoles naranja en una casa vacía. Girasoles naranja en una casa que se quiere llenar. Eso era todo, dolor, echada de culpas, el amor vivo. Inspiración en un fracaso, en la médula del imposible final feliz. ¿Dónde encuentra más elementos melodramáticos? Lo que me dolió al ver a Maribel C fue que todo eso lo evaporó el tiempo que pasó, Barrera. Uno no extraña lo que le sobra, lo que tiene a la mano. Ese material que nos da bríos para escribir son los recuerdos cuando están patentes y asumimos que todo ocurrió hace horas. La vi y de inmediato sentí su progreso. De aquella niña con la que enloquecí sólo quedan melancolías que se agotaron, un número determinado de fábulas que se desgastan cada vez que las traigo a colación. Ahora, Maribel C es una señora atractiva y madura, una vida de proyecciones, dos hijos sangrones y bellos que piden de todo a todas horas, un esposo insufrible. Me vi en un espejo mentiroso, juré que estoy igual, que veinte años no me pasaron por encima. Un error imperdonable. Me acabo con rapidez y mi único acerbo son los remembranzas. Vaya si es fregado comprobar cómo pasa de rápido este cuento que llamamos crecer-se limpió la boca y siguió escribiendo su parte del verso.
El hombre me dejó frío. Un mago de la palabra, un manipulador con muchos escrúpulos, me hizo ver lo que no quise hasta esa noche: aparecieron en mis espacios mentales Ceci, la amiga de Vanegas, Carolina, Adriana viviendo en Miami,  Claudia A, Sandrita P, Aura, Marcela, Sulma, Lili, Diana, Gloria, Nidia, Lucía, las nenas del Instituto, todas las niñas bonitas que ya no andan descalzas porque son más cómodas las pantuflas. Ya ellas no pintan girasoles naranja en su primer apartamento de solteras y con novio, quienes utilizan ahora los pinceles son sus hijos, adolescentes como alguna vez lo fuimos Camilo Etna, Fercho, Mico, Carlos Eduardo, Los Barrera, José, Lucho, Giovanni, los manes del Seminario Espíritu Santo. Dolido, me lancé al vacío defendiendo a toda una generación:

-Claro que no las queremos igual, Etna. Ellas ya tienen quien las quiera y quieren a quien las quiere o no las quiere tanto. Nosotros somos niebla, añoranza, un espacio pulcro en medio de una cotidianidad que golpea cruel. Lo entiendo hermano. Al igual que la democracia, el amor es un concepto ideal que no aplica en la vida moderna. Es duro asumir certezas, los escritores combatimos esa enfermedad llamada verdad sin mucho éxito, lo real evidencia su poder llenándonos de grietas la piel de la cara, loco. Aceptar nos libera, ser libre es jodido, lo bueno es que uno se acostumbra.
-Igual uno siempre encontrará niñas que se quiten las pantuflas y llenen los muros de la casa con florecitas de colores. Por eso estoy feliz, Barrera.
-Esas niñas descalzas siempre están buscándonos y las encontramos así no conozcamos sus caras. Andan por ahí con pendejos que las entretienen traicionándolas mientras llegamos, hermano. Un último trago. Brindemos por las inmortales jovencitas lindas de nuestra historia, ¿o de nuestra histeria?
-Radical lo que dice, cierto hasta el tuétano. Se lo acepto por borracho y honesto. El trago es el suero de la sinceridad  ¿Acabó el poema a cuatro manos? No he visto a cuál muchachita se lo vamos a entregar.
-Quememos esta vaina en el cenicero, no tentemos a la suerte-ordené. Y añadí-: La inocencia nunca muere y estas mujeres de las que hemos hablado desde las cuatro la tienen toda, hoy se merecen la fosforescencia exclusiva de nuestras palabras. Buen título para un aborto poético-etílico.
-Bueno. Estoy feliz y triste y confundido y la amo y la detesto por envejecer y la vuelvo a amar y me quedo sin frases. Me volvió a joder de felicidad Maribel C. Lo sucedido debe contarlo en un cuento, Javi. Va a ser bien cursi y bien del alma.
-Del alma sale todo lo que hacemos ciertos fantasmas cuando nos da por salvar el mundo y sus princesas vampiras, como dice Calamaro.
-Por cursis no nos ganaremos el Nobel. Lo profetizo en este bar.
-Por cursis nuestra gente, los amigos, las niñas de las pantuflas, las niñas descalzas y hasta el “viejito Santafé”, van a sonreír un ratico y agradecidos se sentirán, así no nos vuelvan a hablar. Ante eso el Nobel es una huevonada.
-¡Salud por eso, hermano!

-¡Saludcita, poeta!