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lunes, 7 de septiembre de 2015

TESTAMENTO DE UNA MENDIGA

TESTAMENTO DE UNA MENDIGA


Domingo Valdez Quiroz, Chepén, Perú

Como era ya una costumbre, la anciana EUSTAQUIA se recostó sobre sus mugrosos harapos y sucios cartones; su cuerpo despedía un olor a sobaco de puerco, sus uñas lucían largas y llenas de suciedad, sus cabellos parece que nunca habían conocido peine alguno en tanto, sus pies descansaban sobre un par de rotosas sandalias.
La vieja Eustaquia, se había apoderado del portón de la capilla de CATILLUC allí; solía estirar la mano pidiendo limosna a las gentes que entraban y salían de la casa de Dios.
Muchas veces, hasta se había perdido la cuenta, el padre NICASIO ARESTEGUI, solía compartir sus alimentos con la pobre mendiga … además, nunca faltaba alguien que se le ablandaba el corazón y le depositaba en su aceitoso pocillo alguna migaja o porción de comida.
La anciana, no podía mantenerse de pie ni siquiera un segundo; pues, una terrible enfermedad le había atacado a sus debiluchos huesos, por lo que solo vivía arrastrándose por el suelo como culebra… algunos lugareños, recuerdan que cuando EUSTAQUIA recién pisó este pueblo, todavía podía caminar aunque con mucha dificultad.
Las noches para la pobre anciana, eran inclementes y hasta peligrosas, porque aparte de soportar la intemperie y la terrible friolera, tenía que defender a punta de bastonazos su escasa ración de comida, para que no lo devoren los perros callejeros que solían deambular agrupados en cuadrillas.
Nadie tenía o daba referencias de la vida de la mugrosa anciana y cuando algunas gentes pasaban por su lado, se referían de ella a voz baja.
Del viento será su hija esta pobre vieja o quizás será hija del sol o quizás de la luna… el curita, había insistido tantas veces en preguntarle.
¿De qué lugar has venido hija del Señor?
¿Tienes algún familiar hermana mía?
¿Quiénes te han traído a este pueblo? ¿Por qué no contestas nada?
Ante estas preguntas, solamente se descolgaban algunas lágrimas de los ojos de la anciana… por eso, al franciscano no le quedó otra cosa que renunciar a su persistente interrogatorio.
Una helada mañana del mes de marzo, un gran alboroto se cernió en todo el poblado de CATILLUC, era “Domingo de Ramos” y cuando los creyentes fueron llegando a la capilla para escuchar el sermón de semana santa, se dieron con la sorpresa de que el cuerpo haraposo de la mendiga EUSTAQUIA estaba gélido e inmóvil, su cara lucía pálida, abierta estaba su boca y su piojosa cabellera descansaba sobre el codo de su brazo derecho y el tic – tac de su corazón, se había paralizado para siempre.
Sus pies estaban tiesos y helados, como los chungos del río LANCHI en eso…. el sonido de las centenarias bisagras del portón, anunciaron la presencia del curita del pueblo.
¡Buenos días hermanos! ¿Por qué tanto alboroto… Eh?
Diosito lindo ha recogido padrecito a esta pobre anciana respondieron en coro…. el religioso, apuró sus pasos y tocó el cuerpo mugriento de la anciana… luego de un breve silencio, elevó sus plegarias al cielo a fin que esta alma bendita sea recibida con agrado por el TAYTA CRISTO… seguidamente el religioso despojándose de su Rosario y se la colocó al cuello de la fallecida.
CONSTANZA QUISPE, era una ricachona muy caritativa del lugar… ella, se encargó de amortajar el cadáver de la pobre difunta, con algunos vestidos que ya no las utilizaba… en esas circunstancias, sus manos se toparon con unos papeles sucios y amarillentos en los harapos de la fallecida y la medida que sus ojos iban desnudando el secreto de sus escritos, sus incredulidad y su perplejidad iban aumentando como la espuma de leche.
Se trataba de un testamento de herencia que la mendiga EUSTAQUIA, dejaba a favor de la capilla de CATILLUC y su deseo era que el padre NICASIO construya una casa asilo para albergar a los niños, discapacitados y ancianos desprotegidos de todos estos lugares.
Al enterarse de todos estos acontecimientos, el religioso convocó a todas las gentes importantes de las comarcas aledañas, para ponerles al tanto de toditos los deseos de la mendiga.
A la hora del entierro, una gran multitud de lugareños acompaño al féretro de la anciana; asistieron chicos y grandes pobres y ricachones… hasta el mismito cielo lloró ese día por EUSTAQUIA, las faldas del apu “COSHPOY” se cubrieron de neblina en señal de duelo, la quebrada de LIRCAY enmudeció sus bramidos y los larguirucho eucaliptos y los frondosos capulies se mostraron reverentes ante el ataud de la difunta a su paso rumbo al cementerio.
Una de esas nubladas mañanas, las mano tosca de un desconocido toco la puerta del sacerdote.
Tun Tun Tun Tun… ¿Usted es el padre Nicasio?
- ¡Si hermano!... ¿Qué cosas te traen por aquí?
- Hace unos días, me enterado que la mendiga que diariamente estaba en la puerta de la capilla ya es fallecida.
- ¡Así es hermano de Dios!... dime, ¿Tú lo has conocido a esa pobre anciana?
- ¡Si padrecito! Ella es la que me crió desde que yo era muy wambra; sucede que cuando me comprometí con mi esposa, esta empezó a humillarla y despreciarla en todo momento… cierto día tomé la decisión de traerlo a este pueblo en donde lo abandoné a su desdichada suerte.
- ¿Me estás diciendo que esa anciana abandonada, es que te ha criao desde muy niño?
- ¡Si señor curita!... mi desalmada esposa ha sido la culpable de que yo la abandonará… pero el cielo ya me ha castigao lo suficiente padrecito; pues sus latigazos han sido muy fuertes y justicieros señor curita. Hace ya un año, mi mujer se ha marchao dicen que un ricachón de una comarca vecina; pero antes de viajar ha vendido todos nuestros terrenos y pertenencias… incluso, hasta nuestros guishas (ovejas) ahora ya tienen nuevo dueño, felizmente, todavía mis fuerzas no son ingratas conmigo; pero, que será de mí, cuando estas me abandonen y yo no tenga a nadies a quien acudir.
Tendrás que hacer mucha penitencia hombre desalmado, si quieres que el cielo te perdone, de lo contrario; serás achicharrado en el infierno por el patriarca del pecado junto a las demás almas condenadas.
Ante estas advertencias, el forastero dio media vuelta y con la mirada fijada al suelo, lentamente se fue perdiendo por la callecita angosta y empedrada del poblado, acusado por la voz del religioso y por la reprimenda constante de su conciencia.
De la muerte de EUSTAQUIA, han pasado ya varios años, hasta el curita NICASIO también ya es difunto… los deseos humanitarios de la mendiga, se han cumplido al pie de la letra… hoy en día, los ancianos y las personas desprotegidas ya tienen una vieja casona donde podrán pasar sin apuros, sus últimos años de vida, protegidos por la bendición omnipresente de la anciana EUSTAQUIA.
En esta casona, la solidaridad y el amor al prójimo es permanente y todos los que habitan en este lugar, siempre tienen algo que llevar a la boca y en los terrenos de este asilo las cosechas son una bendición… el desgrane de maíz, el secado de chuño (papa secada a baja temperatura) y los montones de mashuas y ollucos cada año, van en aumento.
A unas cuantas cuadras de la capilla, está ubicado el pequeño campo santo… allí existe, una sepultura en donde el prendido de velas, los ramos de flores y las oraciones y responsos son constantes… se acercan a nosotros un grupo de lugareños y nos dicen que esta es la tumba de la mendiga EUSTAQUIA y cuando preguntamos el porqué las gentes acuden diariamente a esta tumba, las respuestas surgen de inmediato.
La EUSTAQUITA, es muy milagrosa afirma una mujer de apariencia humilde… yo le rogué para que mis animalitos no sigan muriendo con la peste roja (carbunco), desde entonces; dejaron de morirse. Y en la actualidad mis corrales están abarrotaditos de guishas (ovejas) y hasta melliceras me han salió algunas de ellas.
A su turno, un hombre cincuentón, poniéndose de pie nos manifiesta: Mis tierras casi ya no producían nada; a veces, la cosecha no alcanzaba, ni para comer, hasta que un día  hice una misa a nuestra mamacha EUSTAQUIA desde entonces, mis graneros y payancas (tinajas) están llenitas de maíz y cebada y las moras y plenachos de mis linderos lucen tapaditos de chiuches y por-poros (fruta agridulce de las punas).
Seguidamente, una mujer que dice llamarse Rosalía nos confiesa:
Mi Wambrita Shulca (último hijo) siempre paraba enfermándose, parecía que taitita San Pedro ya me lo iba a quitar; pero, lo pasé una vela por todo su cuerpecito luego, vine a prenderlo a esta tumba de la EUSTAQUITA y los dolores de mi wambrita desaparecieron por completo.
Y así, casi todos los lugareños de CATILLUC, le deben algún milagrito a la mendiga EUSTAQUIA, por eso, es que ya le han pedio mediante un memorial al señor obispo, para que autorice que la fotografía de esta mendiga sea venerada en los altares de la capilla.
A paso lento, me voy alejando del camposanto y cada vez que dirijo la mirada hacia atrás, diviso que continúan llegando los lugareños con sus velas y cirios en las manos, esta veneración popular, se ha ido incrementando paulatinamente dado que su fama de milagrosa se va extendiendo por todas las comarcas y poblados de la zona.
Mientras los chalacos tiene a su Sarita Colonia, los huarasinos a su María Josepha y los Chinchanos a su beata Melchorita, los habitantes de CATILLUC tienen a su mendiga EUSTAQUIA como su santa protectora; incluso, están dispuestos a tocar las puertas si es posible hasta del mismo Papa, con el fin que esta anciana milagrosa sea velada en todas capillas de todos los poblados.
De Osias Lingán, (hijastro de EUSTAQUIA) sabemos que tuvo un triste y macabro final… quienes la conocieron de cerca nos han contado, que cuando las fuerzas lo abandonaron y la vejez le cayó encima terminó compartiendo los desperdicios con los cerdos en unos basurales de la zona… cierto día, unos lugareños que pasaban por allí fueron alertados por los olores malolientes que provenían de estos basurales; sigilosamente fueron acercándose y sus ojos se toparon con una bandada de buitres y shingos (gallinazos), justo en el momento en que se disputaban las últimas carroñas del pestilente cuerpo de OSIAS, con una jauría de perros vagabundos y salvajes.
Así, terminó la vida de este desalmado hombre, que cometió una acción tremendamente inhumana y malévola en contra de la pobre anciana EUSTAQUIA, al abandonarla a su suerte en un poblado desconocido.

Por eso, los tribunales divinos sentenciaron a OSIAS LINGAN, de una manera cruel, frutal, implacable, horrorosa e inarrenable… es que, los magistrados celestiales, jamás otorgan amnistía o impunidad alguna a las gentes perversas y malvadas, que suelen desafiar y desatacar intrusamente al decálogo salvítico de Taita Cristito.

lunes, 31 de agosto de 2015

CUENTOMETRAJE

 CUENTOMETRAJE

Alejandro Arciniegas Alzate, Bogotá.


La escena ocurre conforme a un desarreglo en la conciencia del sujeto que la encarna. Los analistas emplean el término psicosis para designar los movimientos alterados que ejecuta una mente fuera de la realidad. El personaje va caminando por una calle a las cinco de la tarde. La cámara lo sigue por detrás en un primer plano cerrado sobre los hombros, el cuello y la cabeza. La cámara debe repetir el ‘tumbadito’ del hombre; el movimiento desacordado que producen los pasos cuando uno va caminando. El personaje voltea la esquina de la casa en la que vive con su novia. He conocido sicóticos y muchos tienen obsesión por la línea recta. Los he visto dibujar cuando están ansiosos. El pentagrama y la cuadrícula son sus favoritos. Imagine que la inteligencia haya trazado una retícula en el cerebro sobre la cual aparece el mundo percibido. Cuando el trastorno hace presa en el sujeto y la agitación sicomotora va en aumento, ese conjunto de las apariencias sensuales amenaza desbordar los límites dispuestos por la mente. Ej: el colorete de una mujer se corre desfigurándole la cara. La recta significa un deseo manifiesto de ordenar. Es el regreso de todo lo inconexo a una estructura definida y regular.
Por eso, cuando el personaje voltee sobre sus pies para alcanzar la cuadra en la que vive con su novia, la cámara se detiene un instante sobre el paisaje que deja la ausencia del sujeto en la pantalla y -acto seguido- ejecuta un giro más o menos rápido, más o menos brusco, cerrando un ángulo de 90°. El personaje vuelve a la pantalla. A partir de entonces ha de mantenerse estático el encuadre. Empuja la puerta; arrastra con el pie una caja de herramientas que está en el corredor; le pone un pie sobre la tapa mientras saca una pipa del canguro que tiene en la cintura; prende un fósforo y le mete dos pitazos bien calados expulsando afuera todo el humo. El personaje se agacha, abre la caja, toma un destornillador y empieza a desprenderle una por una las bisagras a la puerta; la coge con las manos y la tira en el jardín. Arranca unas begonias, las siembra en unos tenis y los pone con cuidado en una mesa. Atraviesa el corredor; sube las escaleras que están a mano izquierda; la cámara lo sigue, entra al baño y enfocando la tina aparece una mujer, anémica, llevada, perdida. El personaje le arroja un Alka-Seltzer que trae en el bolsillo y luego otro; le arroja todos los que encuentra hasta llenar la tina de Alka-Seltzer y le dice: “borracha”. La escena se apresura. El personaje sale de la casa y echa a andar por la avenida, anochece, dobla la esquina y escucha carcajadas que provienen de alguna alcantarilla, se asusta y de acuerdo al cuadro clínico, también se desorienta. Y corre.
Prefiere un taxi, lo llama con el dedo, el taxi para y lo conduce hasta la casa de su madre, entra, le pide plata, ella protesta, se para de la cama en una bata vuelta nada y con el pelo hecho un desorden busca la alcancía (marrano de barro que sirve para ahorrar monedas), la levanta con esfuerzo mientras su hijo encuentra coca cola en la hielera; se sienta con el cerdo entre las piernas y lo rompe a martillazos; agarra suficiente en un puñado y se lo mete a su muchacho en los bolsillos; él da un paso aparte, llega hasta la calle, va... y le alega al taxi “ estos hijueputas se ganan la vida fácil”.

lunes, 24 de agosto de 2015

LATIDOS (CONTINUACIÓN)

LATIDOS
(Continuación)
Por: Javier Barrera Lugo
(Adaptación de “El Corazón Delator” de Edgar Allan Poe)

II
       Trató de incorporarse. En ese momento observé aterrado como el feto encarcelado en el ojo enfermo liberó uno de sus tentáculos e intentó tomarme por el cuello. Lo juro, no estoy loco, ni soy un enfermo mental… La criatura que habitaba la cuenca hundida luchaba por escapar y en el intento contaminó con maldad el organismo que lo acogía. El viejo personificaba lo peor que tiene el género humano… Me salvé por poco.
       Lo agarré por los hombros y clavé sus huesos contra el colchón, puse la mano derecha sobre su pecho y con la izquierda tomé una almohada que le coloqué en la cara. Con todas mis fuerzas la apreté. El viejo luchó, realizó una docena de intentos por liberarse, sus manos asidas a mis brazos, un gorjeo asfixiado como último reclamo de una vida que se extinguía… Después de unos segundos, treinta a lo sumo, sus extremidades y cabeza se descolgaron. Todo terminó para nosotros. Cesaron los latidos, la voz de Ozzy se evaporó. Por fin logramos la paz anhelada. 
       Contemplé aquella masa inerte unos segundos. Sus parpados cubrieron la ternura de su maliciosa ancianidad. Le canté una ronda infantil mientras grababa cada una de sus células en mi memoria. ¿Loco? El hombre más cuerdo que ha pisado esta ciudad es lo que soy, un tipo responsable que se encarga de sus engendros para que estos no se vuelvan una plaga que azote al resto de la humanidad.
       La lucidez me alcanzó para idear la forma de deshacerme del cuerpo con la mayor discreción. No podía salir a mitad de la noche cargando un paquete voluminoso sin que los vigilantes del cementerio se percataran de aquel acto sospechoso en una casa cuyos habitantes escasamente nos asomábamos a las ventanas. El reloj marcó la media noche. Una imagen, un chispazo afortunado que me llegó como mensaje divino en un momento de tensión, fue la tabla de salvación a la que me aferré. “Además de cuerdo y venturoso, soy un genio”, me dije.
       No pensé que descuartizar un cuerpo fuera tan difícil. Con dos cuchillos y un hacha completé mi tarea en dos horas. Reduje aquel bulto arrugado a seis partes de un rompecabezas tétrico. El problema que siguió fue dónde dejar los restos. Repito, no podía salir a esparcirlos en varios puntos de la ciudad sin generar sospechas, quemarlos supondría un problema por los fuertes olores y cenizas que esparciría la chimenea. Tampoco los enterraría en el jardín, los vecinos nos temían, pero estaban pendientes de lo que hacíamos; más de una vez los sorprendí espiándonos.
       La única opción que tuve, y me llegó también por inspiración, fue levantar algunos tablones del piso de la sala y depositar allí las piezas. La madera, aunque carcomida resistió bien, se generaron pocos escombros al retirarla y encajó perfectamente cuando la volví a colocar. Limpié los rastros de sangre, barrí el aserrín, tendí la cama del viejo, apagué las luces y cerré las puertas. Todo estaba listo.
       No soy un loco… ¿Aún piensan lo contrario? Hice lo que hice buscando la tranquilidad de la comunidad. Lo maté por eso, no por el dinero que tenía escondido en el armario y está intacto, o en venganza por los actos aberrantes que confesó a cuentagotas en los almuerzos que compartimos: extorsiones, secuestros, robos, explotación de mujeres, miles de acciones viles que quedaron impunes. No, el motivo fue honesto, generoso de mi parte.
       Cuatro campanadas del reloj de la sala me devolvieron a la realidad. La penumbra era intensa, hacía frío, estaba cansado; pero el sueño brilló por su ausencia. La libertad que sentí fue gigantesca, ya no había alusiones a canciones sobre desconfianza y recelos patológicos, a la locura vulgar; Ozzy se fue, acabaron los latidos atronadores de un corazón corrupto. Reinó el silencio en una morada donde el vicio fue cortado de raíz.
       Subía la escalera para irme a descansar, cuando escuché el timbre. Bajé despacio, tranquilo. Obvio, me pareció raro que alguien se atreviera a perturbar la tranquilidad de un “hogar” decente a esas horas. Respiré profundo, descorrí el seguro y abrí la puerta fingiendo somnolencia. Las miradas con las que me encontré no disimularon el fastidio que les producía cumplir su deber en un turno nocturno demasiado largo.
       Tres policías a punto de sucumbir a la hipotermia, me comentaron que un vecino preocupado llamó a la estación informando que escuchó unos lamentos que procedían de la casa. El comandante del puesto, al recibir el reporte, los comisionó para cerciorarse de que nada extraño sucediera.
       Sin muecas delatoras o temblores inapropiados, les conté que los alaridos lo proferí yo, gracias a una pesadilla, que me encontraba solo y estaba alterado ya que el viejo con el que vivía estaba visitando a sus hijos en otra ciudad. “Es la primera vez en varios años que nos separamos,” les dije, haciendo cara de buen niño.
       Pedí que revisaran cada rincón de la casa, los cuartos, la buhardilla, el patio de ropas, el jardín, hasta el depósito de los trastos inservibles. Comprobaron que las cosas del viejo estaban en orden y completas, la cama organizada, las cortinas cerradas por seguridad. “Puede haber un intruso y no queremos sorpresas desagradables,” explicó uno de ellos. Eficientes, inspeccionaron cada espacio y me tranquilizaron asegurándome de manera jocosa que no habían  murciélagos escondidos esperando morderme los pies.
       Les caí en gracia, lo evidenciaron al disculparse una docena de veces por la hora en que realizaron el operativo. “Es mejor descartar situaciones anormales,” expresaron en coro. Se notó que era una frase de uso común en su profesión. Como parte de mi estrategia para evitar sospechas les ofrecí café; ellos aceptaron. Los conduje a la sala y les pedí que tomaran asiento.
       Eran jóvenes, recién salidos de la escuela de cadetes, asumí. Uno de ellos, extrovertido, terminó confesándome que aunque le gustaba Black Sabbath, sentía verdadera admiración por Sex Pistols. “Su cuarto es un santuario del rock inglés… El afiche de Ozzy me pareció genial… Una buena época del rock, ¿no le parece?” Contesté que sí, con alegría sincera. No me culpen,  lo único que de verdad me apasiona es la música británica de los setentas. Se estarán preguntando si me costó dejarlos entrar a mi cuarto para la inspección: sí, mucho. Ese sacrificio lo impusieron las circunstancias. De eso dependía mi libertad.
       En un acto inconsciente generado por la pasión que invadió mis instintos, ubiqué mi silla sobre las tablas del piso que separaban el mundo de los vivos de los restos despedazados del viejo. La placentera charla entre amantes del rock me hizo cometer tamaña imprudencia. Alusiones a grupos y gustos musicales se multiplicaron, los cadetes se animaron con el tema. Quise creer que en ese momento mi plan se completaba a la perfección; para mi sorpresa algunas “puntillas” quedaron sueltas y las cosas empezaron a complicarse.
       La confianza que me acompañó desde que cometí el asesinato se volvió malestar en un segundo. Náuseas, sudor frío, cansancio extremo, dominaron mi cuerpo. Ellos no se percataron de mi incomodidad, al contrario, siguieron enumerando el prontuario de sus bandas favoritas y los excesos de sus integrantes. Un zumbido tomó las brumas de mi cabeza, me empezó a azotar, primero con suavidad, luego con crueldad… De nuevo el palpitar sin freno del corazón  que creí acabado, retumbó por la casa.
       Los policías hablaban sin parar y mis pensamientos se centraban en los latidos que reptaban por las paredes como si fueran serpientes, se encaramaban en los techos, rascaban mis vísceras, me abandonaban para colarse bajo las tablas que soportaban mi peso, el de la silla y mi coartada. Paranoid resurgió con timidez de sus cenizas; el ritmo estridente del corazón fue superior a la melodía feroz que seré para siempre.
       Me ignoraban a propósito, cuchicheaban entre ellos, bebían lo que les quedaba de café con sorbos cortos, fingieron no oír lo que a mí me destrozaba los tímpanos porque su intención era hacerme pasar por desquiciado, enviarme al manicomio en ambulancia para robar el dinero del viejo y mi colección de discos. Sabían lo que hacían, lo que había hecho, y me torturaban fingiendo lo contrario… ¡Ratas! Me arrastraron hasta el abismo y caí en su trampa.
       Todo lo que podía suceder ocurrió. Ozzy, el gran Ozzy Osbourne, apareció en el pasillo y ellos no lo vieron. El intérprete de Birmingham, recostado contra la puerta, abrigo de cuero color índigo, cabello largo y desordenado, espejuelos violeta colocados casi en la punta de la nariz, se burló de mi desgracia, me mostró agresivo su dedo corazón y lo pasó por su cuello simulando que era un cuchillo… Asustado, cerré  los ojos, cuando los volví a abrir, mi ídolo ya no estaba… Hasta quienes consideré aliados ayudaron a pulverizarme.
       Latidos… Más latidos… No los soporté. Mi coherencia se hizo trizas y los ineptos a mi alrededor bromeaban como si nada hubiese pasado. La vivienda se balanceó, iba a caerse… Me levanté de un salto, halé mis cabellos… Me derrumbé… La desesperación me llevó a confesarles sin asco mi secreto:
-          ¡No finjan ignorarlo, imbéciles! ¿Acaso no escuchan?-dije con todas las fuerzas que me quedaban en el pecho-. ¡Confieso que lo maté…! ¡Maté al viejo sinvergüenza! ¡Sus pedazos están guardados bajo estas tablas! ¡Sáquenle el corazón, no aguanto esos latidos que se meten en mi interior y lo derriten!

       El policía seguidor de Sex Pistols me miró asustado. Paranoid… Paranoid volvió a martillarme en la cabeza… Los latidos se extinguieron…Ya no perdería la razón, hice algo contundente para salvarla y no me arrepiento de nada.  ¿Loco?  ¿De verdad creen que estoy loco? Tal vez el problema es de ustedes que juzgan sin conocer los detalles.