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miércoles, 11 de mayo de 2016

LIMPIEZA

LIMPIEZA
Por: Javier Barrera Lugo

Rituales de vida que desmitifican la muerte a cinco años de una quimera perfecta.
El fuego purifica las almas de los soñadores.

En el Japón antiguo los hombres se discriminaban entre quienes eran capaces de hacer cualquier cosa por honor, sus seguidores honestos y aquellos que bajaban la mirada mostrándose dóciles ante los primeros, sólo para traicionarlos al final y dominar con mano de hierro a los segundos. Una sociedad con milenios de tradición premió la valentía y condenó con vehemencia el apocamiento de quienes pisaron aquella tierra emparentada con el sol. Héroes que trascendieron el  tiempo, escorias olvidadas apenas dejaron de respirar, gregarios en el medio; ese fue el contexto en que una sociedad tasó la fortaleza de las voluntades.
      Dentro de las actitudes loables que terminaban premiadas con la admiración de los semejantes (en rango o nivel social), el decoro tenía un peso considerable. No se limitaba a ser una forma de refinamiento, era la vida sin arandelas, existir como individuos honestos o morir si el ideal de excelencia no se lograba. La pusilanimidad era opción para las almas que dejaban de sentir la decencia como el más trascendental de los dones otorgados a la humanidad. Mente, cuerpo, voluntad y miedos, todo era susceptible de ser higienizado, mejorado para gloria del nombre que una comunidad honraría por siglos.
       La limpieza como acción servía para exorcizar llantos infantiles en quienes tentaban las armas por primera vez, era el artificio que dopaba pieles desollada por el horror patente en el rostro duro y el alma blindada del enemigo. En esos tiempos de señores feudales y clanes que se dividían las extensiones de las islas, Hokkaido, Honshu, Shikoku, Kiusho y la lejana Okinawa, tierras a las que los campesinos se les sacaban los frutos con las uñas curtidas, los ritos de purificación lograban amalgamar sensaciones elementales con altos grados de conciencia.
       El lavado del cuerpo, un rito de asepsia que la solemnidad sintoísta avalaba como preparación para la inevitable extinción de los cuerpos-Japón ha sido tradicionalmente un país de guerra- ayudaba a cuadrar las cuentas a las posibles víctimas de la carnicería institucionalizada. Antes de las batallas, samuráis y señores  compartían las aguas termales donde hermosas maiko, aprendices de geisha, los atendían con delicados modales, servían el té, tocaban el shamisen, instrumento de cuerda, bailaban y charlaban con sus estimables invitados.
      Cuando el licor y la risa aligeraban el ambiente, los guías espirituales del feudo contaban a los ilustres líderes de la tropa historias que relataban hazañas de dioses y sus virtuosos lacayos, de demonios y sus fechorías, de  bondadosos engendros sobrenaturales que se la pasaban haciéndole travesuras a los habitantes de los pueblos más remotos  y hasta  de las venganzas que los espíritus del bosque aplicaban sobre la gente deshonesta.
       La borrachera soporífera de amos y guerreros era cortada de plano por relatos sobre los kodama, entidades sin sustancia definida que ocupaban el interior de los árboles ya que guardaban la integridad de sus gigantescos benefactores. Si algún irresponsable  osaba desgarrar las cortezas sólo por hacer el daño, si talaba inoficiosamente alguno, estos seres verdes de baja estatura se vengaban de manera implacable. Era normal encontrar cuerpos llenos de quemaduras que aparecían lejos de las cabezas arrancadas que alguna vez los guiaron, o toparse con extremidades que decoraban los sotos en primavera como advertencia a posibles agresores.
       Miyamoto Musashi,  legendario guerrero del Japón feudal, sentía aversión por estas criaturas. Alegaba tenerles más miedo a los kodama que a Gonnosuke Katsuyoshi, su diestro rival, tal vez porque a un ser vivo en este plano sabía  cómo enfrentarlo, sus espadas de madera que nunca necesitaron filo ya que eran letales con sólo empuñarlas, le bastaban en una faena contra monigotes de carne y hueso, pero aquellos espectros asociados con los secretos de la naturaleza atacaban de improviso, se dejaban ver cuando querían, decapitaban por capricho.
       Turbación, goce, expiación, gloria; eran esas las emociones principales en las cuales cientos de generaciones se desenvolvieron antes de afrontar las batallas que le dieron forma al Japón actual. Limpiarse era empezar a mejorar, curarse, prepararse para lo ineludible. Siendo niños que apenas balbuceaban, millones de hombres y mujeres fueron educados para creer en la inmortalidad de sus almas a través de la transmutación, en la moralidad de las guerras y la infalibilidad de sus cabecillas. Mientras en el continente que Colón se jactó de descubrir unas catervas de rufianes destruían las bases de civilizaciones antiquísimas por física codicia, en la tierra donde todo nace por primera vez y no es viejo, la desaparición física era un elemento de construcción, no individual sino del sentido nacional.
       A horas de la confrontación, tras la limpieza y sus liturgias, venían otros ritos igual de nobles para los valerosos militares: vestir la armadura, liar las espadas al dorso, la purificación del campo de batalla con puñados de sal, la comunión entre compañeros, carga sobre el clan enemigo, lucha fiera, respetuosa y sin escrúpulos, matar y morir como hilos conductores de la energía primaria que gobierna el mundo… Y luego el silencio.
      En un tiempo complejo plagado de pugnas, ambiciones y hasta contrasentidos, los hombres de palabra dominaban el escenario; pero algunos que no actuaron de la misma forma también tuvieron oportunidades de hacerse con el poder eliminando a los jefes que odiaron en silencio mientras les juraron lealtad de viva voz. Oda Nobunaga, quien se autodenominó “rey demonio del sexto cielo,” aludiendo que era la reencarnación de un dios de la teología budista (kami),  destacado daimyō (señor feudal) quien desde la muerte de su padre luchó por el control de la tierra y hasta asesino a uno de sus hermanos por quererlo traicionar, fue el gran unificador de las bandas anárquicas que se destrozaban por falta de claridad en el mando. Era implacable, pero justo, según cuentan las crónicas de esas épocas.
       Después de cientos de campañas destinadas a unificar el archipiélago para arraigar de manera definitiva el poder del emperador y el suyo por añadidura, la codicia se apoderó de su hombre de confianza. El samurái y general de sus ejércitos, Akechi Mitsuhide, ejecutó un golpe de estado mientras el amo se encontraba descansando en un poblado llamado Honnō-ji,  y todos los daimyō y la tropa leal esparcidos por el país en tareas de conquista.
       El renegado argumentó razones de honor para cometer su fechoría; según él,  al no respetar Nobunaga un acuerdo de paz con el clan  Hatano, por venganza, los forajidos asesinaron a su madre. Los narradores en cambio, aseguraron que se alió con la corte imperial para atajar las ambiciones del “rey demonio del sexto cielo.” Como premio a su perfidia el “soberano celestial” lo nombró testaferro y amo de lo que poseyó el noble Oda.
       Tras capturar a su jefe, lo obligó a cometer seppuku (suicidio ritual) y se apropió de todo. Leyendas recuerdan que tras purificarse con agua tibia y hojas de menta traídas desde China, Nobunaga prometió que los espíritus del bosque, de los cuales creía ser uno, resarcirían su honor y estatus. Y así pasó: mientras el samurái traidor se encontraba de expedición en el bosque, su garganta fue perforada por una lanza de bambú que un aldeano lanzó cuando confundió a Mitsuhide con una presa. La guardia intentó atrapar al cazador, “que dotado de velocidad impresionante,” según los persecutores, se metió dentro de un tronco y no se volvió a saber nada de él.

       Mitos, rituales, expresiones  en las que la limpieza otorga equilibrio a las fuerzas que rigen la existencia. Esencia, organismo, pulsiones biológicas, utopía. Todo tan fuerte en apariencia, pero con una contextura gaseosa que parece no limitarse al extremo banal de la carnalidad. Los ímpetus deben reposarse para lograr tocar la creación y sus rudas ceremonias. Muerte y vida son equilibrio, sanar es el remedio para disfrutar ese impulso eléctrico del cosmos al que comúnmente conocemos como existencia. Vale la pena  exorcizar el fulgor que sólo el miedo es capaz de clavarnos en el pecho. Ritualizar la limpieza es darle descanso a la simple superstición.

lunes, 2 de mayo de 2016

EL PRECIO DE LA FELICIDAD

Histeria de Kauil
Semper Simul Semper Carmina, Cata


EL PRECIO DE LA FELICIDAD

Por: Javier Barrera Lugo


Lo encontré tirado sobre una banca del parque del barrio Pío Xll. Estaba lleno de escaras, ojos melancólicos, siempre lo fueron, el color de su rostro, detenido en algún estadio del infierno, se mezclaba con la inmunda tonalidad de la ropa que parecía tener puesta desde hacía décadas. Su apatía parecía consciente. No pude ser ajeno a los sentimientos de repugnancia de la gente que lo miraba sin hacerlo, sin compasión o emociones, como si de un mal augurio ubicado en el paraíso se tratara. Lo vi y lo irrespeté, sentí pena sincera por aquel guiñapo que alguna vez consideré mi amigo y en ese momento cargaba la espantosa enfermedad terminal del abandono. No lo quise molestar, me alejé.
Doce años antes, Henry, era el ejemplo perfecto de cómo la perseverancia y la falta de escrúpulos llevados con inteligencia son capaces de generar dioses mentirosos. En la empresa donde trabajábamos se destacó por sus arriesgadas maniobras comerciales, por el carisma que embrujaba hasta los funcionarios más déspotas de la aduana nacional, por la temeridad con que sustraía mercancías importadas sin ruborizarse, de frente, sin falaces atisbos de moral. “Pinta pa’ millonario”, dijo alguna vez el dueño de la compañía mientras el intrépido muchacho entregaba escrupuloso el resultado de un saqueo organizado por él. Al final de la tarde todos en la oficina lucíamos lentes de diseñador, corbatas de seda Hermès, botas militares robadas de algún menaje de la embajada americana, navajas suizas y hasta utensilios de cocina que hipócritas disfrutábamos como si fueran nuestros; en el fondo pensábamos que culpable era quien ejecutaba, no quienes nos lucrábamos del botín.
Como casta ejemplar de adolescentes lanzados al mundo con expectativas de triunfo siempre estábamos bebiendo, trabajando como mulas adiestradas, inventando faenas sexuales que involucraban mujeres inalcanzables, retirando dinero del banco donde la agencia tenía cuenta para sobornar a honestos hombres a nombre de otros hombres honestos que eran nuestros referentes, celebrando una vida que apenas comenzábamos. Lo que fue marginal al principio se hizo ley y nadie tuvo los pantalones o las ganas para detenernos. Henry, se volvió una especie de capo dispuesto a no desamparar a los cachorros de su generación. Los viejos funcionarios de la oficina lo odiaban, acusaban por la espalda, rasgaban sus vestiduras olvidando que ellos también fueron “rateritos” que se pulieron con los años y en ese momento despotricaban de sus jóvenes contrincantes escudados en prósperos negocios legales e hijos estudiantes de medicina que les lavaban la vergüenza de la cara.

Pero a Henry, eso lo tenía sin cuidado. Se echó al bolsillo a las piezas claves en la aduana, la empresa y las oficinas de los clientes, lo que le garantizó además de dinero, control absoluto sobre la agencia donde éramos, según la documentación legal, “simples” tramitadores de aduana ganado el salario mínimo. El dueño estaba feliz, las cosas fluían, se multiplicaban los negocios, la vida era buena. Un grupete de muchachitos le estaba generando más dinero que la “parranda de veteranos cicateros” que pedían mucha más tajada por hacer menos. Las ganancias ya no se le quedaban a mitad del camino. A los viejos les lanzaba huesos para que gruñeran pero no mordieran. Ellos aceptaron sin chistar: la experiencia les dictaba lo que terminaría por suceder.
Los saqueos de mercancía y comisiones cobradas a los transportistas se volvieron ganancias de segundo orden con la nueva dinámica impuesta por Henry. Los sobornos coparon el espectro e hicieron palpable la bonanza. Cada cliente requería más y más cosas que debían pasar a través de la franja gris otorgada por la legislación aduanera del país y sus corruptos guardianes. Insaciables, pagaban por pecar y los integrantes de cada nivel de la cadena no nos hacíamos rogar. A un grupo de “rapaces”, se les concedió el poder sin contarles que éste es como una boa constrictora: hechiza, acaricia, se cierra y termina por romper el espinazo de su víctima.
Las palabras del padre Camilo sobre la honestidad, repetidas por seis años de bachillerato, escaldaron mi culpa. Mis viejos no se rompieron el lomo para que fuera un simple rufián ignorante. Decidí irme de aquel lugar, dejar de figurar como elemento en una ecuación de la que nunca me sentí parte. De aquel grupo hambriento de pelafustanes sólo estimaba a Henry y a Juan Carlos, “el pollo”. De los otros siete compañeros jamás me fié y el tiempo le dio la razón a mis instintos. Henry, confiaba en mí, daba razones, me contaba sus asuntos, jamás suavizó puntos de vista y eso se lo agradezco todavía. Tomaba en cuenta mis razonamientos aunque al final decidiera hacer lo contrario. La noche en que celebramos mi despedida de la empresa nos separamos de la muchedumbre y dijo con voz de verdadera tristeza, que me cuidara, que no los olvidara, que mantuviéramos contacto. Incumplí cada una de estas promesas. La cautela y esa maldita propensión a juzgar estando manchado, jugaron en contra de unos principios débiles, o por lo menos a prueba, de un muchacho asustadizo.
-¿Por qué seguir haciendo esta mierda,  Henry?-dije más como imposición maniquea que como pregunta. Con una sonrisa sació mi curiosidad.
-Vea poeta marica, soy un tipo que se rompe por sus sueños y mi sueño es ver feliz a mi mamá, a mi “chinito” (3 años en aquel entonces) y a Kelvy, la noviecita. No estudié, no respeto lo ajeno ni valoro el esfuerzo y sus recompensas.  Mire cómo andan los que lo han hecho así, llenos de deudas, saltando “matones”, no son nadie la mayoría. Sin padrinos esta pendejada no funciona. Estoy aprovechando mi cuarto de hora. En unos añitos me retiro con plata y todos contentos. El plan es seguro…  ¡Camine nos emborrachamos y deje de joder, hermano. Hoy es su último día aquí!
Si hay algo seguro es que nada lo es. Entender eso costó lágrimas. Comencé a vivir otras cosas, me enamoré, perdí, volví a enamorarme, pagué por ello, encontré rostros hermosos en la selva,  las ilusiones ya no fueron amantes sino compañeras, no busqué más trabajo y le aposté a escribir. Pasaron varios años, las noticias sobre Henry y su grupo me llegaban a cuentagotas y por terceros: que empezaron a consumir coca, que los sobornos se intensificaron,  que formaron una banda y robaron tractomulas que llevaban mercancías de los clientes, que se transportaban en camionetas 4x4, que Henry ya no era Henry sino un criminal con demasiadas ínfulas, que andaba armado y lleno de fantasmas que lo obligaban a hacer estupideces, que le dieron un tiro en el pecho, que los amigos lo delataron y terminó “comiéndose” cinco años en La Modelo, que ellos quedaron tranquilos en sus casas, que Kelvy, lo mandó al carajo y se casó con otro tipo, que al hijo se lo llevó la  ex esposa para Cali, hastiada de aguantar privaciones, que a Henry, lo volvieron a encarcelar en Francia por robarse una chaqueta en Charles de Gaulle,   que traficaba drogas en Corea del Sur, que era un perdedor llevado por el vicio, que… Que… Que…
Tantas cosas se dijeron, tantas se comprobaron y otras tantas entraron a ser parte de la visceralidad de su leyenda. Lo más triste es que los beneficiarios de sus escaramuzas de bandido se cansaron de aguantarlo y se fueron no bien la fortuna cambio de acera. Alguna vez me encontré por casualidad al “pollo” y me contó cosas que matizaron mi irrelevante punto de vista respecto a la historia que estoy narrando:
-Todo lo que le comentaron es cierto, poeta. Del muchacho buena gente no quedó nada. Siempre estaba en unas “turcas” increíbles, metiendo como loco y jodiendo con esa puta pistola que disparaba cada vez que le ganaba el vicio. Cuando le entraba la depresiva se ponía a mirar al infinito y se acordaba de una vaina que le dijo a usted,  algo sobre los sueños.
Mi cara apesadumbrada debió activar algún mecanismo de recuerdos, porque acto seguido, dejó el vaso de cerveza sobre la mesa y comenzó a hablar con sincera congoja.
-No le miento. El hombre se ponía “mamón” cuando estaba borracho, pero tenía sus razones y ninguno era capaz de preguntárselas, le teníamos miedo. Me contó por ejemplo que la ex mujer no lo dejaba ver al niño si no llevaba equis cantidad de plata, la mamá le quitó unos ahorros y se los dio a una iglesia cristiana a la que asistía-su rostro se tornó sombrío-imagínelo, poeta, el man reventado y la señora regalando lo único que tenían…Qué estupidez… Y la de Kelvy, fue peor: Henry, le mandó arreglar las tetas y la muy bandida se fue con un vecino porque el hombre no le estaba dando plata. Mucha rata, poeta… Le pagó carrera en la universidad, le puso carro, apartamento, le mantenía el hogar al suegro y el h.p. del paseo fue él… ¡Qué descaro!



-¿Y qué dijo él cuando pasó todo eso?-pregunté.
-No dijo nada, no se quejó. Un varón de verdad, poeta. Siguió rebuscando, pero ya nadie le tenía confianza. Nuestro jefe el Doctor XXXX que tanta plata ganó con los torcidos que hicimos, lo “vendió” con las demás agencias, nadie le daba trabajo, por eso se puso a robar carga de los antiguos clientes… Ese viejo es un hipócrita y hasta para el senado se postuló diciendo que iba a luchar contra la corrupción… Pobre marica.
Insistí con la pregunta, quería saber que había dicho respecto a lo de sus sueños, de lo que hablamos la noche de mi despedida de la agencia. El “pollo”, hizo un esfuerzo, bebió un trago largo y me dijo:
-Estábamos en Galerías, en un “rumbeadero”  a donde  fueron varias veces, según recordó. Me contó que usted le preguntó las razones por las que hacía lo que hacía y que él le contestó que por sus sueños, o algo así. La vaina fue, y nunca se me va a olvidar, poeta, porque los ojos se le llenaron de lágrimas, que me dijo que se le había olvidado decirle algo más ese día: que prefería vivir diez años llenos de alegría y pagar lo que tocara, así fuera la muerte, a vivir toda la vida esperando el momento indicado para sentirse feliz y que este nunca llegara. Eso fue lo que me dijo. Todo de ahí para adelante ya lo sabe.-concluyó.
Lo paradójico del asunto es que los beneficiarios jamás seremos culpables a los ojos del mundo, hasta de víctimas se disfrazaron algunos. Los viejos de la oficina retomaron sus negocios una vez desapareció el postulante a príncipe de los ladrones. Sus hijos se graduaron de médicos y los recogen, siendo hoy respetables abuelos, los sábados para almorzar en sus lujosos almacenes de muebles, en sus fábricas de tubos o en las agencias que compraron. Los doctores y dueños se atornillan aún al poder y ya prepararon a la siguiente generación de cafres ansiosos por acabar con todo. Kelvy, debe ser una respetable matrona sin pasado, obsesiva, traidora.  Los delatores, los siete nefastos cómplices, estarán rumiando su pusilanimidad en oficinas donde son tímidos puntos grises dispuestos a vender a cualquiera por treinta monedas de plata. Todos tan culpables como inocentes, porque el paso del tiempo nos limpia todo menos el remordimiento, esa vocecita incómoda que se esfuerza por no dejarnos dormir tan rápido cada noche.

El precio de la felicidad. Cuánto estamos dispuestos a arriesgar, cuánta paciencia tenemos… No es un asunto de ética sino de compulsión, tomarlo todo, atragantarnos, escapar, repetir hasta hacernos daño o menospreciar el tiempo, aguantar, pujar, esperar. Es un asunto personal, creo que hasta intuitivo. Sólo dejo una historia por si la quieren leer, no voy a juzgar a nadie, no tengo esa potestad.

lunes, 25 de abril de 2016

PREDICANDO UN SUEÑO

PREDICANDO UN SUEÑO
Varmis Terrero Cuevas

Él tenía hermosas barbas coloradas y un cuerpo montaraz. Había nacido en el vientre del bosque y criado entre la soledad de la naturaleza y los animales salvajes, sin fe, sin religión, aunque en su vida se registró una noche clara el curioso hecho de haber derrotado con suma dicción teológica los argumentos de cinco predicadores de la civilización. Por la primavera se echaba a andar bajo la luna, y frente al río su voz trinaba junta a las de los insectos cantores y los blancuzcos peces. Se alimentaba de culebras prehistóricas que atrapaba bajo las estupendas piedras. Era bastante alto y muy fuerte. En su cuerpo robusto ardía una infinidad de razas: los blancos de la Península Ibérica, los negros del África, los indios de la Madre América, etc. Sus cuerdas bucales sonaban como las piedras al caer, su cara era una enorme roca. Sus dos brazos eran largos y gordos y tenían una enorme fuerza. Su nombre simbolizaba la vastedad de la naturaleza y sus disímiles formas. A ese tal --a Augusto Sanz Villamercedes-- vine a conocerlo aquella fresca noche de junio del 2004, bajo la luna rosada.
La búsqueda de una nueva ruta en nuestro firme itinerario de Misioneros de la Luz nos había llevado un día hasta el mundo de los seres imaginarios y felices. Estimábamos que los hombres de nuestras tierras tenían claro el mensaje de Jesús y por eso un día nos fuimos a predicar sobre la vasta selva: sobre la extensa arboleda, los extraordinarios ríos, los monstruosos animales, los valerosos hombres. Éramos cinco: yo y mis cuatro mejores camaradas de toda la vida: Yimi, Eri, José Luís y el hombre de las cinco vocales: Aurelino.
Una noche nos recluimos a leer La Palabra alrededor de la llamarada ardiente, y, entre el susurro de los infinitos insectos y el ras de las hojas de los árboles al recibir el contacto de la brisa, sentimos las pisadas de unos pasos gigantescos. Cerramos rápidamente las Biblias y volamos ágilmente los arbustos cercanos y caímos dentro de una vivienda desarrapada que habíamos descubierto aquella misma tarde. Desde allí volvimos a sentir las pisadas del monstruo que se avecinaba y el desbarajuste demoníaco de los árboles ante su llegada triunfal. Un golpe duro deshizo la puerta de la pequeña y desde el infierno de la obscuridad rugió la estridente voz de lo que había allá afuera. Nos dijo:
-Abandonen, amigos, el escondite innecesario. Les prometo que les cuidaré de los demonios que por aquí rondan. También les prometo paz. Vamos, salgan.
Aurelino, el jefe indiscutible de la misión, imploró con voz nerviosa desde la esquinita en donde estábamos por la vida de todos. Una sombra muy negra nos invitaba a salir y nos garantizaba el pellejo. Salimos y nos colocamos bajo las numerosas estrellas y nos recibía una sombra cuya cabeza se perdía en lo alto. Nos dijo:
-Buenas noches, amigos, soy Augusto Sanz Villamercedes, el Hombre de la Selva, el Hombre de esta América. Veo que son bastante jóvenes y que están inmersos en un inmenso peligro. (Las fieras los asechan para comerlos vivos.) Sólo los valerosos y bienaventurados salen con el precioso don de la vida al salir de esta hermosa parte del Universo. Pueda que ustedes mueran esta noche. ¿Qué buscan sino la muerte? ¿Algún secreto? Pueda que ustedes mueran esta noche. ¿Buscan algún secreto? Quisiera saber.
-Anunciamos el Amor –cantó la todavía nerviosa voz de Aurelino.
-Buscamos a quien dar el anuncio del Evangelio –agregó Yimi.
-Aquí se necesita a Dios y se lo traemos –dijo José Luís.
Eri y yo, los más tímidos y débiles de todos, optamos por la caridad del silencio. Ya comenzábamos a tener algo de confianza en el extraño, quizás por la arrogancia de sus enormes brazos robustos. El Hombre de la Selva continuó:
-¿Quieren romper con nuestro presente? ¿Están arriesgando sus vidas a favor de la Utopía que les sonríe bajo los brazos? Aquí está también la muerte. Han encontrado lo primero porque quien les apareció fue un hombre que tal vez sueña como ustedes, y no una serpiente o un tigre feroz o un león. Pero hablemos. Mis padres vinieron alguna vez aquí desde la civilización, y decidieron no regresar jamás. Aquí nací, aquí he de morir. Me respetan las fieras salvajes y los árboles, no me pican las sierpes venenosas, la naturaleza me ha estado grande con migo. ¿En qué puedo servirles?
-Queremos que soñemos juntos –dijo, por fin, Eri.
El hombre le tendió su mano de acero. Luego se volteó hacia mí y me dirigió su cara repleta de misterios. Yo comencé a morir de miedo, los muchachos a reír. Acicateado por mi timidez y nerviosismo, el Hombre de la Selva emitió un sonido brusco al través de sus bembas. Me preguntó:
-¿Tu nombre?
-Gerson –le contesté, tal vez con la ayuda de los demás. Y, todavía nervioso, agregué--: Queremos que a esta parte de la Patria Grande llegue Jesús. Él tiene la respuesta.
Tomó mis manitas, más pequeña que cualquiera de sus rugosos dedos, y apretándolas no demasiado duro, dijo:
-Has descubierto el Universo. Eso me obliga ahora a intercambiar en esta fresca noche con ustedes algunas palabras.
-Escuchemos –dijo Aurelino, con su dedo índice acostado sobre todo el largo de la nariz.
-Soy –inició mirando las estrellas el Hombre de la Selva-- un ser humano que nació y crió en medio de los animales salvajes y feroces, las aves silvestres y cantoras y los árboles milenarios y verdes. De ellos aprendí el valor de la armonía y la convivencia y aprendí que la brisa es música. Desde niño observaba vivir a los animales que respetaban más su condición de animales que el hombre su condición de hombre. Los seres vivos relacionados formaban sobre la tierra el ecosistema; los organismos animales y vegetales, el bosque; mis padres y mis hermanos, la humanidad. Desconocían quizás el Dios que ustedes esta noche anuncian, pero le obedecían cuando convivían y proclamaban el amor. Conocer al Señor es hacer lo que él mando, aunque varíen las formas y las culturas. No les he dado muerte porque he aprendido en medio de este vasto mundo que la convivencia entre los seres humanos sólo la sostiene eternamente la caridad del amor al prójimo.
-Seamos uno, y proclamemos la civilización del amor –le interrumpe Aurelino--. La selva la necesita.
-¡Es que ya lo tenemos! –rugió Augusto Sanz--. El Evangelio es compartir, nosotros compartimos. El Evangelio es comunión, nosotros partimos en comunidad el pan. Nuestro principal mandamiento es: Amar al Prójimo Más que a Sí Mismo.
-Pues no necesitan más nada –me adelanté a decir, superados ya mi timidez y nerviosismo.
-Es todo lo contrario –continuó Augusto Sanz Villamercedes--. La selva necesita pelear para que todo aquello perdure. Los pueblos de esta América quieren darnos lo que todavía ellos no han experimentado y que nosotros tenemos de sobra. En sus tierras aún no ha sonreído la Justicia de Dios. Sus hombres, sus políticos han negado lo que ustedes hoy predican. ¿Es posible que se predique sin el ejemplo? En esta Patria Inmensa, el Evangelio no sólo debe proclamarse en los altares de las Iglesias. Debe caminar las calles, hacerse sentir sobre la gente, cantar entre las multitudes, reinar desde los Palacios de Gobierno. Hagan que sus hombres vivan ese mensaje y luego tráiganlo a la selva para que evaluemos los puntos de coincidencia. Con serenidad y sencillez, llévenlo a todos los barrios de sus pueblos y háganlo una sola voz: la voz de los que quieren vivir. Dios llama a todos a hacer realidad su reino en medio del hambre y las continuas violaciones a los derechos humanos. ¡Hagan la revolución e instauren el Gobierno del Señor!
-Los hombres se resisten a recibir a Cristo –me adelanté a decir--, por eso elegimos la selva.
-Eso no es excusa –Augusto Sanz lanza otra vez sobre mí su cara enorme--. En sus tierras trabajen hasta el final y díganles a los hombres que dirigen, que Jesús ha llegado para ocupar sus lugares en los Palacios de Gobierno, que los humildes necesitan vivir, que es hora de la utopía de la liberación, que soplan nuevos vientos y que la fe ha terminado por asumir su verdadero rol. Eso es predicar el Evangelio. Punto.
El sueño nos atrapó en medio de su brillantísima exposición que parecía haber venido desde la nada para indicarnos el verdadero camino de la felicidad. Al otro día, cuando despertamos, nos dijo no haber dormido durante toda la noche. Lanzó luego su potente brazo sobre la Biblia de José Luís, la ojeó con decidida paciencia y comentó:
-Me parece bien esta utopía.

Decidió acompañarnos hasta la línea perdida que divide a la barbarie de la civilización. Allí nos confió que estábamos ya fuera del peligro. Le soltamos desde el otro lado un adiós y él una sonrisa. Nos restaba un camino largo.