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martes, 15 de noviembre de 2016

MONÓLOGO

MONÓLOGO

Ender Rodríguez Molina, San Cristóbal, Venezuela


Y aquí ando de nuevo muy, pero muy jodido entre ramales. Veo angustias acostumbradas en el polvo de esta calle mía, terca y torpe, golpeando las puntas del pasto verde torturado. No he nacido en las costillas blandas de la montaña que piso. Yo más bien, solía recordar a mi madre, como dulce prodigio, como tierra sepia. En el ocaso, siempre caminábamos juntos hacia el mar, ella y yo hacia el cielo azul. Las gigantes olas de las aguas del origen iban y venían en el vaivén de este mi planeta, mi pequeño y turbio mundo. Ahora, sólo cordilleras tengo a los lados, caminos y riachuelos cortados, casitas como miles de cajas, ladronzuelos y matones, negociantes hijueputas, entre otras alimañas. Así es la vida, como buen acertijo de dioses imprudentes del trópico. ¡Ah, bueno claro! También he vivido al lado del oasis. Ofelia, ha sido mi mujer. Unas hermosas lunas bajo su cuello, la selva de almíbar cerca del ombligo, y atrás un gran sol doble, protegiendo su figura toda. En su centro, el lugar del inicio, donde viven los seres, su vientre de agua pura. De allí salieron niños, mis propios hijos. Unos ya en el cementerio, bajo crisantemos y cruces. Otros, labrando la aurora, sin pasta, ni ropa, tan jodidos, locos y sin modales como su padre. ¡Vaya herencia coño! De todos modos, no me quejo así no más, sé que exista el sitio a donde voy. Sobre el fogón del hogar del patrón, escupí. Pasé noches en el mismo infierno, peleando contra molinos y rapiñas. Las balas iban y venían también con la vida, la cárcel, y un desierto sin migas de pan caliente. Las golondrinas a veces huyen, yo no. La mujer de mi vida apretaba el gatillo en su mente, sola y ausente, quería morir. Triste sufría por la enfermedad de nuestro pequeño. Luego murieron ambos. Signos de interrogación había en el cuerpo de mi niño, un tumor maligno reía tras el costado de un ángel. Debo ahora recordar, las buenas cosas de esta flor de la vida. Con la muerte del pequeño, encontré una vida más, renací pues. Dejé la extraña manía de maldecir a los muy cabrones, que también maldecían sus vidas. Había siempre muchos infelices y pobres, intentando joderse unos a otros como siempre. Ahora los bendigo. El asesino a veces sabe más de amor perdido, que otra cosa. Un tipo abandonado se vuelve quizás un absurdo corazón, sin tiernos deseos. ¿Será huérfano de la belleza? Alejado del afecto y lanzado contra la nada. En mi calle parece haber enemigos pero saben, si pienso bien, no es del todo así. En un huerto, juntos hacíamos algo común, glorioso encuentro de manos. Se juntaban las dudas, los cuentos y todo florecía, la mujer del vecino traía un trozo de algo para comer. Y hasta los pedacitos, se compartían en el edén donde nada había. Parecían familiares hermanos de alguna placenta quienes siempre conspiraban y peleaban. Esos días, no hubo guerras, mezquinos impulsos, ni rabia. A veces, no sabemos enterrar la ira y buscar la aurora entre todos. Para varios de nosotros, podría ser más fácil iluminarnos, la aurora se asoma apenas, ¡Coño, pero casi no la vemos! Debemos aprenderlo ahora. Hay ritos donde somos hermandad, se muestra la hermosura, el amor, pero a veces se esfuma. En mi historia, tengo unos hijos vivos, igual jodidos, igual hermosos. Tengo una casita de latas y pedazos de piedra, cartón, madera. Llueve y entra un río. Nosotros ponemos el calor, la alegría. Nada nos distrae de vivir la vida rodante. Ella no se detiene, sólo avanza a pasos medianos. Vienen tormentas, pleitos, coñazos con el poder, vainas con la injusta bregadera del absurdo, pero ahí vamos, lentos y alegres en la aurora. A pesar de todo, nada nos distrae, nada nos tumba el porvenir de levantarnos recios. Acá a mi lado, sigue Ofelia, el mar de mi madre vive ahora en mí. Su agua me acobija, y mis hijos son miles y miles. Mi clan es mayor, ya no es de sangre, es de espíritu. Cada noche el rancho suena como el mar de mi madre. El oleaje va y viene como destino simple, como belleza y elixir de vida. Ofelia ya no vuela, duerme en la sombra de las alegres casas malhechas, el río casi seco que resiste, y las gentes. No pido más.

domingo, 6 de noviembre de 2016

AMOR PROHIBIDO

AMOR PROHIBIDO
Por: Javier Barrera Lugo
A: Florentino Borrás y la señora Margarita.

Esta noche pasaste por mi camino
y me tembló en el alma no sé qué afán
pero yo estoy consciente de mi destino
que es mirarte de lejos y nada más.
José Ángel Buesa

Tristeza por los sentidos que dejamos acabar. La conveniencia que trae la cotidianidad que nos inventamos y seguimos ciegos, por más revolucionarios que pretendamos ser, se nos mete profunda en las convicciones y las trastoca. El daño tiene diversas motivaciones: para algunos traicionarse y vender a los demás es un acto banal cuando se quiere ganar. La voz de la conciencia le cede el paso al galopante deseo en su expresión más miserable. Para otros ser llevados por la diosa fortuna a lugares incómodos en los que los sacrificios que hacen son sólo la consecuencia de la falta de talante o el dolor ante un golpe implacable del destino que como cretinos creyeron inexistente, les termina afectando la psiquis. Así de terminantes son las cosas.
       Preséntese como quiera  la tristeza ante la renuncia que no quiere asumirse, los sentidos quedan marcados, se extrañan las sensaciones del beso, la piel desnuda que creímos jamás poseer, la eterna taquicardia cada vez que se asiste a la cita de cada tres años en un centro comercial atiborrado de gente que no existe para los involucrados en el encuentro, el no hallar la forma de encender las luces de una habitación de hotel donde cualquier escrúpulo se revierte a favor de la lujuria del amor y los goces del cuerpo se vuelven el sentido real para una vida cuya densidad, en ese momento específico, no está marcada por necesidades sino por instintos.
       A Ismael nada le había movido la existencia con violencia dulce, nada le había enseñado el pecaminoso sabor de las orillas de la  muerte  hasta que conoció a Matilde Amarilla, mujer a quien la intensidad de la luz transfiguraba. Por ella desertó, aguantó la ofensa de ser “sólo su amigo,” y servirle de sicoanalista cuando otros imbéciles no la querían, con ella construyó mundos perfectos que se incendiaron fácil y hasta bajó a los profundos infiernos para comprobar que se parecen mucho a la tierra.
       La autoflagelación aparecía cuando veía a la esposa rumiar su clasismo, hablar de eso con un grupo de brujas tan perversas como ella, ignorarlo, faltar a la promesa de dejarse llevar por la mística de la vida sin pretensiones mayores. “¿Cuándo se fue todo a la mierda?” Sólo se preguntaba eso.
       Rebelde tibio, invocaba a Matilde como el más digno de los remedios. La echaba de menos, decidía buscarla otra vez en esa memoria privilegiada que tienen  los suicidas potenciales; pero un comentario susurrado por la esposa, un “ya está otra vez pensando pendejadas,” lo llevaban a borrarla de las pulsiones porque un hombre viejo no puede darse el lujo  de la esperanza.  “Tristeza de los sentidos que dejó acabar,” repetía hasta que el cansancio lo doblegaba.
       Matilde, ese milagro que apareció para hacerlo trizas llenas de alegría cuando ya todo eran  trizas por costumbre, la amada que un día desapareció y le pidió perdón sólo para otorgarle perdón años después cuando fue él quien sin ánimo de revancha la apuñaló,  la mujer que le ralló con una puntilla al rojo vivo el corazón, aparecía en la negación del sueño para decirle con cada gemido, con cada caricia plagada de viento: “nada es para siempre, ni siquiera la tristeza,” y lo llevaba a sentirse como un viejo ridículo demasiado feliz, mientras ella tenía veinte años y le cantaba sin armonía, una  vez más,  “amor prohibido” de Selena, mientras sus abuelos eternos escuchaban la misa del padre Guillo en Bojacá.
       Ni siquiera las borracheras eternas con poetas tan malos o peores que el “gran Ismael Landázuri,” (invento de un editor que practicaba la avaricia como estimulante) le impidieron faltar a la cita telefónica de cada domingo  de 1.999 a las 8 de la mañana para escucharla desafinar con cada nota que  dejaba salir del centro del estómago. Ese fue el año en que conoció el veneno de la romántica espera y a su gestora.
-Eres la libertad de un esclavo enguayabado- le decía para hacerla entender que era el centro del universo de alguien; ambos sabían que para el novio divorciado y médico eminente, Matilde no lo era.

-Contigo hago cosas que no he hecho con nadie más: cantar, ser una gamina, tomar cerveza, tirar piedra en las manifestaciones del primero de mayo sólo por joder, no tener responsabilidades.

-¿Algún día haremos el amor…? Ni siquiera me besas con la boca abierta…

-Esa es la prueba máxima de intimidad con alguien… Me gustas… pero…

-A uno le gustan centenares de cosas y ama pocas… ¡Te amo!

-Yo a ti no, bueno, te amo poquitas veces, otras te odio, la mayoría del tiempo te quiero como amigo, me caes bien. Lo siento.

-Siéntelo cuando al día siguiente de dormir conmigo no quieras que me vaya de tu cama…Disculpa la sinceridad de mis deseos… ¿Te pusiste roja? ¡Lo logré! Te alcancé a mover el piso.

-Cállate, idiota, sólo seremos amigos, buenos amigos. Ten claro eso… “Amor prohibido nos dice todo el mundo, el dinero  no importa en ti y en mí, ni en el corazoooón…”

      La vida dictó otras órdenes, generó alucinaciones y después las aplastó con la vehemencia de un niño sádico. Amor y odio coexistieron, se hicieron fuertes y agonizaron; pero lo peor que les sucedió fue que se acostumbraron al silencio -El silencio es la muerte- Las despedidas se hicieron lánguidas, comunes.
       Tristeza por los sentidos que dejamos acabar. Siempre es igual, por eso la mayoría de los humanos están amargados, esperan milagros, campos florecidos, mucho verde y amarillo y rojos de locura, aunque jamás pelean por ello. La vida les demuestra que todo se extingue y muta, que somos cenizas humedecidas que se resisten a la corriente.
       Matilde zozobra en un montón de palabras que no quiere escuchar y el considera inútiles en el imperio de la sordera.   Amor prohibido es el que nosotros mismos invalidamos, la colofón parece ser el gimoteo eterno.

      Ismael, en el estudio del que nunca sale por físico tedio, no pierde la esperanza de volver a desnudarla y sentir que por un instante todo volverá a tener sentido y millones de segundos perdidos comenzarán de nuevo. La esperanza parece ser el último seguro que poseemos para no pegarnos un balazo en la cabeza.

lunes, 31 de octubre de 2016

JUANITA LA ETERNA

JUANITA LA ETERNA
Fernando Vanegas Moreno




En el viejo anaquel de su cuarto, Kent y Barbie lloran en silencio; los acompañan una gran cantidad de ositos de felpa,  muñecas sin estrenar y el viejo perro de trapo; todos, llevan en la mirada el dolor de su partida. Juanita, la más grande enana, la de los 12 añitos, la de la mirada alegre, la de la sonrisa eterna, había dicho adiós.
No pude soportar lo que antecedió. Soy un  idealista que cree que la vida es un ciclo, que se debe vivir lo suficiente, y morir en el caluroso abrazo de las canas; otra idea tiene Dios, Él nos llama cuando nos requiere, simple, sin más honduras; sin embargo, he de confesar que al no compartir ese pensamiento con el Todopoderoso, me arruga el alma que alguien muy joven, o, como en este caso tan angelical, extienda sus alas inexpertas para tocar las cumbres celestiales. Por eso fui lejano, no por indolencia, al contrario, por dolor…, he recibido varios golpes duros, ¿pero una niña?
En fin, de verdad era un Ángel: a pesar de las circunstancias, nunca se doblegó, nunca sintió miedo, y nunca negó a nadie su alegría, mataba de risa un payaso, y era capaz de levantar la moral de Kobain. Bailaba…, hacía por saltar, soñaba con fiestas enormes y viajes fantásticos, con trajes de princesa y caballos azules, su corazón se dividía entre la devoción a sus padres y el cariño manifiesto a todo el que se le acercara, su inocencia era el escudo transparente que siempre anteponía.
“El patio de mi casa es muy particular, cuando llueve se moja, como los demás”; esa sencilla ronda, ahora se escucha allá arriba, con eco sublime aquí, en la tierra…, para mí, ya nunca sonará igual, la melodía era ella y la armonía debía ser yo. Kent habla de organizar algo en su honor, mientras Barbie y el viejo perro de trapo, lo reprenden y le dicen que respete, que el dolor de la familia esta primero, que luego vendrán las consideraciones, que Juanita no se ha marchado, que solo trascendió, que pronto volverán a verse…, de otro lado, el galán de plástico, recibe apoyo de los osos de felpa y las muñecas sin estrenar; argumentan que Juana la eterna, merece hasta el último homenaje que pueda rendírsele. Están tan polarizados, que hasta han pensado llamar como jueces imparciales a Santos y a Uribe, que tal vez con un plebiscito…, ojalá no.
El heladero, también está triste, la vainilla perdió su sabor desde anoche, el chocolate se derritió, y el limón se tornó más amargo. Hoy, me uno al desconsuelo de unos padres, me duele como hace rato no dolía…, unos componen canciones, yo, bueno, yo solo hago el deber de escribir; y contrariando a Barbie y a Kent y a su séquito inanimado, rindo homenaje a mi Juana enorme.

Es un cliché, pero un verdadero Ángel desde anoche engrosa las filas celestiales, mientras yo, quedo absorto en la ventana de mi casa, fumo un cigarrillo, miro a la bóveda celeste y después de un largo suspiro, veo atento su mirada en las estrellas.