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lunes, 11 de abril de 2016

NÚMEROS

191
Ella amaba al fantasma porque sus palabras eran dulces y a veces, cuando hablaba de amor, estas se encendían como brasas. Ella le escribía poemas y le confiaba su deseo de que estuviera ahí, en carne y hueso, para que probara su carne. Con frecuencia, ella hablaba de él con sus amigos como si en verdad estuviera a su lado, pero al final del día, cuando desconectaba facebook, ella se iba a dormir. Sola, como siempre.

192
“Pregunta lo que quieras”, dijo el maestro. El discípulo, pregunto entonces sobre la vida y la muerte, sobre la realidad y la no realidad, sobre el amor y el odio, sobre los alcances del bien y del mal; pero a cada pregunta, el maestro respondía con un: “No lo sé”. El discípulo calló por fin. “¿Tienes más preguntas?”, “No, contestó el discípulo. “Entonces lo has captado todo muy bien”

193
La plaza estaba a reventar cuando salió al ruedo con ese garbo y empuje que lo había acompañado toda la vida. Cuando el bicho se le puso al frente, él hizo lo que sabía y enseguida le pareció que el aire se humedecía con una lluvia de aplausos. A la hora de matar, apuntó bien y pincho en las costillas. El bicho dio una voltereta y cayó sobre la arena con el traje desgarrado.




Edgar Allan García, (Ecuador 1959- ), de su libro 333 MICRO-BIOS

lunes, 4 de abril de 2016

¿EL ORIGEN DEL MAL?

¿EL ORIGEN DEL MAL?
Por: Javier Barrera Lugo


A cada uno el demonio nos saluda con amabilidad cada vez que estamos en la mina o en la chacra haciendo lo que el amo y sus secuaces nos ordenan. Pregunta por aquellas familias que se borran de la memoria, el calor de la selva que queda al otro lado del mundo y tenemos tatuada en el iris, por las palabras que dejamos pegadas al amamba, el agua, cuando el hombre que dice ser nuestro propietario nos adornó los tobillos con fríos grilletes de hierro y nos trajo hasta su reino de niebla y sal, para trabajar bajo una lluvia que no deja de llorar.
       No sé si este demonio, una metáfora de alas inmensas que mueve las hojas pardas de nuestros espíritus, sea más despiadado que el hombre que intenta robarnos la transparencia del corazón con oraciones recitadas a un todopoderoso que nunca quiere hablarnos, mientras con el látigo nos deja la espalda en carne viva.
       El demonio no quiere doblegarnos el espíritu, al contrario, invita a cantarles a los dioses bantú (pueblos e ídolos son lenguajes), sus hermanos, para que no se sientan olvidados, que nos abramos el pecho con la punta de un rayo de plata y dejemos que las flores se escapen y lleguen a la montaña sagrada donde nacimos, morimos, volvemos a nacer, a morir, y le aullamos a la luna un universo entero de metáforas porque los ciclos son perpetuos.
       Todas las mañanas el dueño del mundo que caminamos, pequeño como una lágrima, nos dice que el mal se mide en desnudeces, insurrecciones y libertades. Yo no le creo. La naturaleza es sabia, venimos con lo necesario. Si la ropa fuese primordial, naceríamos vestidos; si de callar hablara el acertijo, no tendríamos boca; si fuésemos esclavos, nos quedaríamos encerrados en el útero de la madre.
       El demonio es poesía, hablar duro, pero con respeto; nunca he escuchado un insulto de su parte hacia mí. El origen del mal es el silencio, su apostolado, perpetuarlo o  conformarse con soportarlo. ¡Hoy tengo ganas de cantar y ser magia! Aprovechando que el amo tiene una gripa cerrera, te hablaré bajito de la verdadera cara del diablo, joven Abeeku, de los espíritus errantes que somos todos los que alguna vez implantamos en el corazón la certeza de caminar por la tierra sin que nadie nos indicara una ruta a seguir.
       Los defensores de una fe minúscula, basada en las enseñanzas de un hombre al que crucifican con cada delito que cometen; los defensores del ultraje, que con palabras bellas y actos contrarios dicen preservar la verdad, tienen la misma lógica de los paganos a quienes temen y han perseguido por mil siglos, de los herejes como nosotros, pueblos unidos al atavismo hacia el fuego que honramos porque además de calor brinda luz, un elemento primario que utilizamos los personas para no sentirnos solos.
       Tras descubrir el fuego, la humanidad inventó a sus dioses, a los honestos, a los díscolos, dio vida a los rebeldes amándonos con la misma intensidad con la que nos odia. Los amos y sus amos, sintetizaron el cúmulo de miedos que los atormentaban en sólo dos deidades principales: dios y el diablo, a quien llamaron Luzbel, el portador de la luz.
       Y ese nombre es paradójico. Sus leyendas cuentan que antes de hundirse en la oscuridad del inframundo, este demonio fue el ángel más bello del cielo, pero sus ansias de poder lo llevaron a generar una rebelión contra la supuesta bondad de dios que casi acaba con la lógica del cosmos y terminó por condenarlo al más cruel de los exilios desde donde, supuestamente, tienta y convence a los hombres para cometer fechorías tan atroces como la insurrección, la libertad de conciencia, el sexo o las ganas de conocer.
       Los amos de los amos disfrazaron la naturaleza de su alma, el miedo que se tienen, su propensión al crimen y a atormentar al débil, creando una caricatura que genera histerias con la sola mención de su nombre, con la aparición de unos cuernos, un tridente, alas negras y hasta genitalidades erectas o mezcladas con características femeninas, como si la sexualidad y la fecundidad fuesen faltas contra el orden dado por la naturaleza.
       Demiurgo, Satán, “el patas,” “el putas,” anticristo, Baal, Asmodeo, son los otros apodos con los que se identifica al pobre Luzbel en estas tierras donde se cocina a fuego lento el horror. Lo llaman los señores con tantos apelativos que ya ni nosotros sabemos quién es. Es una dolorosa verdad.
       Los más viejos me contaron que en una tierra que se conoce como Roma, los reyes se sentaban a ver arder las casas de los pobres y sacrificaban, por creer en otro dios que no era el de ellos, a los ancestros de nuestros amos. Hoy, los blancos que poseen el mundo, hacen lo mismo con los que adoramos a la naturaleza, la verdadera luz, la auténtica e irrefutable verdad de la vida.
       Sabes, pequeño Abeeku,  nunca entenderé cómo esta gente que se nos come el alma, el cuerpo y cree que sólo somos cosas, ve con malos ojos  la música, de la que dicen es un atentado a la moral. Detestan nuestros tambores, las flores que salen de la garganta de mamá Nosipho cuando el calor que tienen sus entrañas  se mezcla con el de esta selva infecta a la que llamaremos por siempre hogar. Pecado es abstenerse de disfrutar los dones de la madre, del suelo, del cielo, la tierra roja de esa África ausente que tememos aún bajo las uñas, de los diluvios que duran un suspiro y llenan de vegetación la esencia de las cosas que existen. El diablo son ellos, por eso lo nombran tanto y le temen cuando se ven las caras reflejadas en el agua, cuando sus cuerpos están desnudos, cuando cierran puertas, ventanas y corazones mientras copulan.
      Te prometo una cosa, amigo, desde hoy seré un demonio. Ya estoy cansado de implorarle favores a unas estatuas que siempre están sufriendo y jamás me responden, a una masa de yeso, madera y pintura demasiado triste. Los demonios, los que nos describen los amos,  no agreden, no violan a las esposas de otros, no dicen ser mejores que otros cuando el pánico los doblega y se pegan del color de su cuero pálido para imponerse.
       Soy negro, no idiota. Mi historia es igual que la de muchos, sólo que se ha desarrollado en otros lugares, en otras circunstancias. ¡Sí, seré demonio! Demonio unido a más colegas que queremos cambiar las cosas, los que vemos siempre belleza en el mundo y sus seres, los que no nos limitamos a ser simples monstruos que acumulamos piedras, tierras que son de todos, leche que regalan las vacas. ¡Sí, seré demonio!
       Seré dueño de supuestos pecados y sismas, leeré las intenciones en el viento cuando corra a través de los árboles, sin inocencia malsana o infame cursilería. Escucharé aleteos mínimos en la penumbra, de colores disímiles, míos a perpetuidad. Renuncio a la miseria del corazón, a pensar como mezquino ángel que sea cómplice de las cosas brutales que hagan otros.
       Demonios somos los hombres dispuestos a salvar del hambre espiritual a quienes desesperados, transitan como sombras por las paredes de calicanto que levantaron los amos para encerrar  el alma de otros.

       Escribiré sentencias de vida en las nervaduras de los músculos de los dioses muertos esperanzado en que nadie las lea. Un día toda mi retahíla, la que has escuchado con paciencia, respetado Abeeku, será patente cuando los hombres como tú y como yo, como los amos, no nos limitemos a pensar que el demonio es malo y el resto, la cara linda de un paraíso que anhelan y nunca tendrán para sí.

lunes, 28 de marzo de 2016

EL CANTO DEL CARACOL

EL CANTO DEL CARACOL: PREGUNTITAS A DIOS

Ernesto Reséndiz Oikión


- A ver, toma éste más grande, póntelo en la oreja.
-Sí.
-¿Oyes algo?- preguntó el niño con emoción.
-Sí, un ruidito.
-¿Cuál ruidito?
-La voz del caracol.
-¿Qué dice, Celia?
-Le canta al mar…
El hombre recordaba aquella conversación con su hermana, como si hubiese sido ayer. Fidel nunca supo qué fue lo que le dijo el caracol, pero debió haber sido algo realmente hermoso. Celia siempre fue una chica muy hermosa con unos ojos de obsidiana. Ella con sus ojos negros, se dedicaba a observar todo y un buen día también volteó a ver la miseria en una mirada que decía más que el canto del caracol a la mar embravecida. Celia era rebelde, de causa y de corazón; pronto chocó con la ideología de sus padres conservadores, que habían terminado por tener seco el corazón. La muchacha se fue de casa antes de cumplir dieciocho años, ella tomó con rumbo al sur.
Los años pasaron y Fidel decidió dedicar su labor a la Iglesia. Al joven se le comenzaron a abrir sus ojos y decidió que su vocación serían las misiones. Un buen día, al Seminario donde trabajaba Fidel llegó una convocatoria para apoyar una misión en los Altos de Chiapas. Fidel no lo dudó un instante y así comenzó su aventura…
- ¡Despierta, cabrón, es hora de que te tragues esta mierda!
Fidel despertó de sus pensamientos, era hora de comer aquella porquería que le aventaban todos los días. Abrió los ojos y pudo ver que por la ventana entró una paloma con una ramita. El ave estaba construyendo su casita en la cárcel, igual que Fidel tenía su encierro ahí. La prisión, tristemente, era ahora su jaula, pero su corazón vivía lejos, en ese paraíso llamado Chiapas, y que los españoles junto con su doctrina religiosa fueron moldeando hasta convertirlo en un infierno para sus pobladores, hermanos indígenas. La paloma salió por la ventana y extendió sus alas, Fidel comenzó a volar de regreso al edén.
A esa tierra de contrastes él llegó a trabajar con la ilusión de acabar con la injusticia, sabía que Dios no lo abandonaría en su misión por lo que se sentía lleno de energía. La primera encomienda de Fidel fue ir a curar a varios heridos en la comunidad zapatista de La Garrucha. Cuando llegó la comitiva aquello era un lugar asqueroso en donde el olor a muerte se había impregnado al sabor de la selva. Fidel se acercó al cuerpecito de una niña y le cogió del brazo para tomarle el pulso, pero ya era demasiado tarde, la pequeña había fallecido. Aquello era una carnicería. Se acercó al cuerpo de un zapatista, le tomó el brazo sin esperanzas. En ese momento sintió cómo algo misterioso lo atravesaba por todo su cuerpo, y como si fuese un milagro regresó el pulso de aquel hombre que ocultaba su cara con un pasamontañas negro.
-¡Está vivo!, vengan a ayudarme.
Aquel hombre zapatista fue el único que se salvó. Fidel seguía buscando algún sobreviviente y, de pronto, sintió el brutal golpe de todo el mar en su pecho. Enfrente de él estaba una mujer que tapaba su rostro con un paliacate rojo, aquella joven tenía sus ojos de obsidiana. Fidel le quitó lentamente el paliacate de su cara y después estalló en un grito salvaje:
-¡NO!, Dios, ¡no!, ¿por qué, por qué mi hermana?
Fidel se tumbó sobre el cuerpo inerte de ella, estaba destrozado; Celia había muerto en la interminable lucha por la dignidad y el respeto de los que también eran hijos de Dios. Después de algún tiempo la herida cerró, pero la cicatriz siguió ahí para siempre.
Cuando Fidel despertó, notó que la paloma le tomaba de su cabello con el pico, el hombre acarició al ave. Al recordar la muerte de su hermana pensó que Dios era muy injusto.
-Vuela, palomita, sube al cielo y exígele al Señor y al mundo entero la justicia en Chiapas.
Y el ave comenzó su vuelo perdiéndose en el horizonte…
Fidel fue asignado para trabajar en la comunidad zapatista de Chenalhó, Acteal. Ahí se vivía en la miseria más grande y con la fe más grande. Niños, mujeres y hombres trabajaban sin distinción con la misma energía, para poder sobrevivir en la espesura de la selva. Los hombres, acariciando la tierra con sus arados y cuidando los cochinitos en la loma, y las mujeres y niños, además de cocinar, llevando a cuestas en sus frágiles espaldas un bulto de madera más pesado que su propio cuerpo indígena. Los habitantes de Acteal trabajaban mucho pero vivían con miedo, se rumoraba que el ejército estaba cerrando un cerco. La gente se armaba porque era la única posibilidad de defender lo poco que tenían: sus chozas, sus parcelas, sus animalitos, sus sueños. En ese ambiente Fidel profesaba la religión católica a los feligreses indígenas de Chenalhó.
Fidel miró a través de la ventana buscando a la paloma que hacía varios días había partido, el regreso del ave era la única razón que lo motivaba a seguir vivo en esos momentos. Al octavo día el pájaro regresó con un regalo para él. Había viajado cientos de kilómetros, el obsequio era algo pesado para el ave, pero no importaba. La paloma había soportado día y noche, simplemente para devolverle una alegría de su infancia a aquel hombre, se acercó al preso y soltó de su pico un caracol blanco que había traído desde el Golfo de México. Ese mar que en algunos momentos era tranquilo y hasta sumiso y que en otros se revelaba como el rugir sonoro de un rifle revolucionario que estallaba para defenderse ante el cómplice silencio del abandono…
El hombre tomó entre sus manos el caracol y se lo colocó en su oído. Fidel se sumergió nuevamente en sus recuerdos, era lo único que tenía, y que nadie le podía quitar.
La matanza se dio en Acteal como tantas que se han dado en este mundo de humanos, que resulta inhumano. Todo comenzó con los gritos de las mujeres tzeltales que exigían a los soldados que se fueran de su comunidad. Fidel salió de la ermita y vio como los niños más grandes cargaban a sus hermanitos en sus espaldas y corrían desesperadamente hacia el monte, mientras sus padres tomaban los rifles para defender lo único que tenían: su dignidad. Pronto la balacera fue cobrándose la vida de mujeres, niños y hombres sin distinción. Fidel tomó entre sus brazos a una pequeña y se escondió en la ermita. Al poco rato los líderes de la comunidad fueron acorralados a la entrada de la choza y ahí fueron acribillados con el tiro de gracia de los paramilitares. Fidel fue obligado a salir junto con la niña tzeltal que sostenía entre sus brazos.
-¿Por qué Papá Dios no estuvo para defender a su familia afuera de esta su casita? ¿Por qué cuando rezamos paz al cielo nos llueven balas?- le preguntaba insistentemente llorando la pequeñita, mientras los soldados la separaban de Fidel.
Esa era la historia de Fidel. Ahí estaba encerrado, pensando qué le podía responder a esa niña tzeltal.
Pasaron los días y la paloma puso su primer huevo. El ave y Fidel se habían hecho en cierto modo amigos. Aquella tarde la palomita, después de estar revolviendo el pelo del hombre decidió despedirse con un pío muy agradable. En ese momento, mientras Fidel observaba el vuelo de la palomita, un rugido rompió el silencio, y el preso vio con desesperación como el ave iba cayendo por el impacto de una bala que el mismo diablo había hecho disparar. Fidel se llenó de cólera, ya no podía más.
-¡Maldito Dios!, ¿qué has hecho?; ¡respóndeme, cobarde!, ¿por qué has castigado al pueblo que más te ha querido a ti?, te exijo que me respondas si es que en verdad existes, o ¿acaso eres otra estúpida mentira que hemos inventado por nuestro afán de responder todo?, comienzo a pensar que mi hermana tenía razón, ¡tú no existes, eres tan sólo una absurda ilusión!, ¿por qué no demuestras tu bondad y terminas con este maldito sufrimiento que tus hijos, tu propia sangre, tu carne, tu piel indígena, tu color a tierra tiene que soportar tus caprichos injustos?
Fidel pateó con ira el caracol. En ese momento el cielo se empezó a llenar de nubes y en la noche comenzó a llover, pero aquello no era una lluvia tormentosa sino el llanto de un padre al ver que su hijo le había perdido la fe. Pasaron los días, Fidel también lloraba desconsoladamente, estaba harto de todo, quería morir de una vez, a su parecer su Dios le había engañado, lo había abandonado…
Un rayo de sol atravesó la celda de Fidel. Había dejado de llover. Y en el nidito un milagro estaba ocurriendo, en el más completo abandono terrenal más no divino, un pichoncito de paloma había nacido de un diminuto huevo de paloma. Fidel se dio cuenta de aquello y sin saber porqué: se alivió por dentro, estaba avergonzado. El hombre tomó con cariño el caracol.
El pichón se convirtió en paloma y el ave emprendió su vuelo, perdiéndose en el horizonte llevando en su pico un caracol. Fidel se durmió tenía la respuesta para la niña tzeltal.
En el 2003, después de la muerte de Fidel, surgieron en Chiapas los caracoles de la esperanza zapatista. Las conchas llevan el canto de la selva Lacandona, pero también el llanto de los pueblos indígenas; tienen la canción del mar, la voz de los sin voz, quizá la voz de Dios que nos quiere decir a cada uno lo tanto que nos quiere. Los caracoles le cantan al océano, a los hombres, a la vida. El canto del caracol es seguramente la respuesta a todas esas preguntitas que le hacemos a Dios…


Jacona, Michoacán, México