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lunes, 14 de octubre de 2019

8 AÑOS




8 AÑOS YA

Cata, siempre alegría, una lágrima permanente, pero no de dolor sino de nostalgia.


Por: Javier Barrera Lugo

Todos los cambios, el dolor, las exigencias y obligaciones de la vida que llevan la

belleza al desplome

ocurren en octubre, el mes feo,  lluvias de ácido degradando lo poco

de color que pudimos acopiar mientras crecíamos.

Octubre,  la diástole en que lo amado, lo único que creemos seguro,

 se esfuma. 


          ¡Soledad que amputa las piernas!




        El mes hermoso es mayo.


 Las mismas lluvias con dulce propósito... Tibias en su intención, riegan las

 baldosas del calabozo donde nos encerramos necios. 

Las novias encuentran el alba y reclaman su pedazo de magia,

limpian sus alas azules, persisten; desnudas, llenan de fe un planeta   que 

muchas veces se queda vacío 

y transforman sus sueños en comunes obsesiones, vientre, saliva, el sabor del 

mar que la lengua ansiosa entre la carne amada comparte en un beso...



8 octubres transcurren desgarrando lo verde,

    brindando tristeza y su muerte implícita;

pero 8 mayos también le han tatuado mística a la noche,

me  llevaron a escribirte, a poseer las aguas escasas

del paraíso que nunca saldrá de mi alma,

tan tuya en el fragor de la música y el amor perseverante.


Semper simul, semper carmina, Cata de mi alma...
















domingo, 1 de septiembre de 2019

EXFOLIACIÓN


EXFOLIACIÓN
Javier Barrera Lugo


19/03/2036   -  08:00 p.m.
Calurosa noche que se perpetua en las venas de estos tiempos anárquicos y en nuestros corazones de niños descarriados. En la soledad de esta oficina donde testifico un pavoroso espectáculo de tinieblas, evoco cada palabra y acorde de la canción We Didn't Start the Fire, que Billy Joel canta aletargado dentro de una casa suburbana hecha de cartón que fue levantada en un estudio de California, y asumo, debió ser tragada por el tiempo y el miedo a hundirse con sus recuerdos de estrellas cinematográficas y promesas fugaces de la actuación, en un mar de silencios.  La única conclusión que llega a mi cabeza cansada de tanto ver y callar por comodidad es que, sin quererlo, fuimos los hombres, no los dioses o sus demonios asociados, quienes propiciamos el apocalipsis, quienes iniciamos el fuego.
       Púrpuras nubes cubren el transcurrir de una especie bípeda que duerme tristezas metiéndose entre el flujo de veloces carriles llenos de información absurda que les avejenta el rostro. Cielos que, gracias a fosfatos y gases, a combustibles fósiles y metano proveniente de las heces de millones de vacas, se muestran llenos de fuego y donde la lluvia, que desde el inicio de los tiempos multiplicó la vida, ahora cae como un ungüento exfoliante para los suelos ya estériles por los sulfuros que la colman.
       La tierra, hasta hace veinte años productora generosa de alimentos, el fondo marino donde la existencia parecía ser eterna, se volvieron eriales en los cuales las huellas de la muerte dejaron de ser amenazas para transformarse en realidades. El hambre, la más dura de las consecuencias del cambio ambiental, golpeó las puertas de hogares en cada continente, país y vecindario. El pedazo de pan que antes se desechaba es ahora valiosa posesión defendida con la vida.
       La avaricia de unos pocos, la falta de carácter de la mayoría, que nos dejamos imponer demenciales políticas de explotación de recursos sin siquiera chistar, nos tienen donde estamos. Cambiamos el aprovechamiento racional de lo que los suelos nos dieron por el placer de disfrutar de juguetes que nos ataron a sus caprichos: teléfonos que resultaron más “inteligentes” y contaminantes que nuestros escrúpulos, autos que triplicaron el número de hombres que habitamos el planeta, toneladas de alimentos procesados para saciar ansiedades y no hambre, vestidos desechables que encubrieron pobres autoestimas, implantes mamarios estallados entre cuerpos sin mente, fábricas y chimeneas que infestan los países del tercer mundo elaborando basura que hoy no podemos comer… ¡Maldita necedad!
       Sea como sea, no es tiempo de lágrimas. Hoy 19 de marzo de 2036, la humanidad cruzó la delgada línea que puede determinar el renacimiento casi heroico de una especie o su extinción. Esa es la decisión que se nos planteó como grupo y como individuos. Hoy 19 de marzo de 2036, el sistema vital gritó "basta," y aceleró su proceso de muerte. La biósfera se reveló contra el abuso sacudiéndose unos parásitos y sus desenfrenos con crueldad, temblando, cauterizando, ahogando, negándose a producir bienestar. Ese fue el premio para la sorda humanidad.
       Las calles plagadas de tragedia se llenan de dolor y desgobierno; la ley del más fuerte fue cambiada de facto por las reglas del desalmado, del antisocial, del sicópata… Los hombres conscientes piensan soluciones, los malos actúan, los omisos callan y su silencio no es sino renuncia disfrazada.  
      Me niego a caer en apatía. He decidido luchar por preservar mi alma, por proteger a la mayor cantidad de gente que juré defender cuando fui nombrado su soldado. Me confieso defensor acérrimo de la negación del azar como camino y propongo a quien quiera sumarse a apostar por la construcción de nuestro propio destino así este no tenga mayores posibilidades. Llegamos hasta esta noche de cielos rojos y caos por dudar, por dejar que otros decidieran… Soy soldado para iniciar una ruta, para guiar, no para recaer en un error que nos condene al extravío que nos hundirá como especie. Tengo que luchar, no hay opción…





19/03/2036   -  04:00 a.m.
        Con o sin razón, fuimos siempre criticados por muchas personas durante siglos; asesinos a sueldo nos llamaron de manera despectiva a los combatientes desde que tengo memoria. En esta madrugada, cuando el estado dejó de serlo, somos los soldados quienes guiamos a los que vuelven a honrarnos con su confianza.   Tras los acontecimientos que afloraron anoche fuimos nosotros, no aquellos que se adueñaron del mundo, financistas, políticos, criminales y omisos, los que le pusimos el pecho a la brisa, 
       Después de la lógica zozobra, nos unimos para coordinar acciones urgentes, dividimos responsabilidades y reiteramos que lo que imperaría en esta misión de resultado incierto, sería el liderazgo, no el caudillismo inútil. Militares y policías evitarían a toda costa saqueos, la especulación de agua y alimento, delitos paridos en las escaseces. Los funcionarios del sector salud honrarían sus juramentos, los encargados de la sanidad enterrarían a los muertos, despejarían calles para que la logística de esta emergencia pudiera fluir.
       Todos y cada uno tenemos una misión, el propósito de salvar vidas de personas como nosotros, seres con sueños simples y comunes. La lucha es válida….



22/04/2041   -  11:00 a.m.
       Hace cinco años los ciudadanos de esta ciudad, de este país, de este planeta ya no tan azul, decidimos tomar medidas en contra de la muerte. Muchos no sobrevivieron, pero quienes logramos negar la extinción lo hicimos gracias al despertar de la consciencia, a la valentía de renunciar a los apegos propios en defensa del bien común. Yo como soldado público sin nombre estuve ahí, peleándole vidas al conformismo, honrando mi compromiso, curando almas, viendo la tierra germinar una vez más. Fue una utopía creciendo a rabiar, engalanando el concepto de comunidad, de bien común, de propósitos comunes, de humanidad.
       Los dueños del mundo se escondieron en cavernas porque no era viable para su sentido ególatra asumir responsabilidades tras el holocausto. Pero no fue por mucho tiempo. Una vez las cosas que logramos como tribu se hicieron fuertes, estos personajes salieron de las sombras y engatusaron nuevamente a ese pueblo ávido por comprar sus burdas mentiras. Disfrazando su avaricia, abrieron de nuevo fábricas, inventaron artefactos para distraer ojos curiosos y vigilantes, se tomaron los medios, la vida de la gente asegurándoles que el placer de los sentidos era lo que necesitaban para olvidar la tragedia más grande de la historia…. Lo paradójico fue que la mayoría volvió a caer en la trampa. Los hombres somos los únicos animales que nos golpeamos dos veces contra la misma piedra…
       Mi espíritu está intacto, lleno de cicatrices secas. Cada recuerdo es la confirmación de lo hermosos y patéticos que podemos ser los hombres cuando nos lo proponemos. Ahora que soy viejo, después de ver, padecer y disfrutar todo lo que pasó, me siento orgulloso de haber sido un soldado, no un sirviente; de haber servido, y no servirme de nada o de nadie… Unos cielos púrpuras plagados de muerte me recordaron lo vivo que siempre he estado.

miércoles, 26 de junio de 2019

11 DE SEPTIEMBRE: UNA FIESTA MACABRA


11 DE SEPTIEMBRE: UNA FIESTA MACABRA



Por: Javier Barrera Lugo

“… pero el hombre de la paz era tan sólo un pueblo
y tenía en sus manos un fusil y un mandato
y eran necesarios más tanques más rencores
más bombas más aviones más oprobios
porque el hombre de la paz era una fortaleza”.
ALLENDE-Mario Benedetti-

Estruendos repetidos como cuervos en una pesadilla llenaron de histeria los pasillos de La Moneda, casa de los gobernantes de Chile. Cargas de metralla, tiros a diestra y siniestra, gritos de muerte y amenaza se colaron por los rincones  haciendo del sencillo ejercicio de pensar una tarea digna de titanes. Allende, el Presidente Salvador Allende Gossens, resolvió dejar por un momento su AK-47 sobre el escritorio de madera. Sacó del bolsillo izquierdo de su pantalón uno de los pañuelos que Hortensia le regaló para su cumpleaños. Como abnegado escolar limpió los lentes  de carey que siempre acompañaron sus cuitas más profundas y se abstrajo un momento de los hechos que lo tenían como protagonista obligado de una fiesta macabra. La decisión que debía tomar era la más importante de su mandato, la más jodida de su vida, necesitaba observar detalles mínimos para sustentar el desenlace. Sus hombres de confianza, miembros del GAP (Grupo de Amigos Personales, su escolta), una docena de carabineros leales y algunos colaboradores de la casa, mantuvieron a  raya a los tres centenares de elementos del ejército, que enviados por Pinochet y sus secuaces,  cumplían la orden de destrozar la opinión del pueblo desde sus cimientos. El 11 de septiembre de 1.973, la glorificación de la subversión democrática, la fiesta de los esclavos, llegaba a su fin.

    El no, dado por el Presidente Constitucional fue radical. Sus planes jamás incluyeron claudicar ante una junta militar conformada por los más grandes Judas en la historia del continente, tipos que mordieron no sólo la mano del hombre que los alimentó sino la dignidad de todo un pueblo seducido por la visión de justicia. Infames, juraron lealtad al líder horas antes de perpetrar una masacre que le quitó la voz y las manos al futuro.  El pueblo le entregó a Salvador Guillermo, a través de las urnas, la custodia de las leyes para hacerlas cumplir. El sentir y quimeras comunes eran un mandato imposible de negociar, menos con una camarilla de rufianes. De inmediato, los conspiradores decidieron enviar aviones de combate Hawker Hunters para bombardear La Moneda. La explosión del primer cohete sura dejó aturdidos a quienes defendían la democracia.  Marcelo, Víctor, Máximo y Alfredo, recogieron del piso a Allende y lo trasladaron hasta su despacho. “¡Todo bien! ¡Todo bien! El hombre tiene rasguños. Nada importante”, le informaron al resto de la guardia pretoriana del imperio de los trabajadores. El viejo Presidente tomó el Kaláshnikov y lo terció sobre su hombro derecho.

    Cerraron la puerta de  la oficina contigua y de inmediato se tomaron decisiones. Freire consiguió comunicación con Radio Magallanes, la única emisora  que no había sido usurpada o destruida por los militares golpistas. A las 10:15 de la mañana Allende, el médico que quiso extirparle a Chile la enfermedad de la desigualdad, se dirigió por última vez al pueblo. Le recordó a cada uno de los ciudadanos que su lucha era por los derechos, por la igualdad de las personas, que se venían días duros, que resistieran, pero no se hicieran matar en vano, los mártires no reconstruyen las sociedades.

     Lágrimas cubrieron los rostros de cada uno de los camaradas de sitio. Allende, al sentir el gemido de las balas sobre su cabeza, decidió cubrirse en el envés de una columna. No era un hombre de guerra tácita, la suya fue una confrontación de ideas desde que era niño. Ahí, resguardado tras una mole de piedra se acordó de lo que le dijo el Che, Ernestito Guevara, la primera vez que hablaron cuando coincidieron en un encuentro de izquierdistas en Uruguay, uno como héroe universal de la rebeldía, el otro, como insigne Senador de una patria inconforme. Aquellas palabras en ese instante brumoso de agonía le dolieron por ciertas:

"No confíes en los militares jamás. Puede ser General el que te prometa lealtad, pero ellos están acostumbrados a recibir órdenes, a acatar y ya. Tú, más que nadie, sabes a quién le hacen caso. Eres una exquisita rareza que nunca entenderán. Cuídate o ármate, amigo mío, las revoluciones no se mantienen con clavelitos y puños cerrados solamente."

-Si tú también eres militar, Ernestito. Cómo me vas a decir eso-respondió sonriente Salvador.

-No soy militar, Senador. Soy médico e insurrecto. Militar nunca.

    Los hombres que detenían la contraofensiva enemiga empezaron a caer como moscas. El humo generado por el incendio que desató el bombardeo nubló los pensamientos del grupo. Allende decidió quitarle el seguro al fusil y defender lo poco que quedaba de institucionalidad. Reinaldo y París se apostaron en las ventanas y no dejaron de disparar, Mauricio, Carlos y Miguel contaron las granadas que quedaron y las distribuyeron entre los miembros del GAP. Julio y Mauricio no se despegaron del Presidente. “Tenemos un atisbo de moral. El pueblo no abandona a sus líderes. El pueblo reconoce al enemigo. Estamos con usted Allende”, dijo en tono heroico París, quien tenía una herida superficial en el antebrazo izquierdo. Esas frases fueron el impulso vital  que los hizo retomar la lucha con ahínco.

    A las 14:20, los  insurrectos entraron a La Moneda. Allende tomó el casco verde oliva que se puso desde el inicio del motín y salió de la oficina dispuesto a todo. Las balas llenaron los corredores, todo eran chillidos y desesperación de lado y lado. Los miembros del GAP cayeron uno a uno, con honor, protegiendo al alfa como lo juraron. Salvador, “el pije”, “pollo fino”, el hombre que el pueblo eligió para garantizarse respeto, prefirió la honradez de la muerte al abyecto tratamiento de prisionero que le querían endilgar sus antagonistas, la figura ejemplarizante para  una sociedad sometida por las armas. Se suicidó en uno de los zaguanes de una casa que empezaban a llenar las sombras. Silencio total.  La Unidad Popular, el Chile de carne y hueso, partido conformado por todas las facciones de izquierda, perdía al hombre que por primera vez en la historia del hemisferio occidental ganaba unas elecciones representando al socialismo sin otra denominación, a las fantasías de los oprimidos, a quienes por centavos se quemaban los pulmones en los socavones de las minas de cobre y las salitreras, a los hambrientos de los tugurios que exigían un futuro distinto para sus hijos.

   “Misión cumplida. Moneda tomada. Presidente muerto”, fue el parte de victoria de las bestias. Víctor Jara, el hombre al que Vicentico y los  fabulosos Cadillacs le piden que resista en la  canción “Matador”, también cayó un par de días después, víctima del ímpetu vehemente asumido por la tropa. Millares de chilenos fueron torturados, desaparecidos o tuvieron que exiliarse. El Estadio Nacional de Santiago se volvió por semanas, el campo de detención y exterminio a cielo abierto más grande en la historia de América. La desdicha se perpetuó, los abusos se hicieron norma. Sombras, siempre sombras en un lugar donde los pájaros azules alguna vez llenaron los desiertos con su vuelo enloquecido.

    Desde Atacama, Antofagasta, Maule, Biobío, La Araucana, desde cada punto brioso del país, a través de las células vegetales de una nación apuñalada por una recua de hijos cegados por la codicia, la memoria de los seres se detuvo. Dragones inundaron con fuego  las venas de una tierra anegada por la sangre inocente. Bailaron alrededor de las hogueras espectros amordazados y sin lengua, también las almas de quienes esperanzados supieron que las tragedias jamás son para siempre. De a poco la historia se encargó de limpiarle la cara a la vida. Cientos de purgas se llevaron a cabo, pero el bacilo de la emancipación se mantuvo incólume en los cerebros libres de niebla. Primavera tras primavera, las voces decidieron hacerse fuertes, las calles se llenaron de arengas, se le mostró al dictador que los brazos estaban sanos para  pelear.

    Los traidores recibieron su merecido. Pinochet, lunático y mediocre, terminó pidiendo clemencia desde su silla de ruedas, todos los pusilánimes hacen lo mismo al final del camino, están acostumbrados a arrodillarse. Chile floreció otra vez, la melodía se impuso de nuevo al silencio, las fotos de Allende, escondidas tras las puertas, volvieron a ocupar lugares de privilegio en las casas de los que nunca olvidaron al gestor de una revolución parida en las urnas, nunca en las trincheras. La verdad salió a flote, los culpables siguen pagando, escondiéndose, nada bajo el sol puede estar oculto. Por las calles retumban manadas de espíritus caminando dispuestos a defender lo que ganaron con pundonor. Los pájaros, benditos pájaros azules, enfatizan colores de una tierra bendecida y maldecida por la riqueza, un suelo, un entorno que ni siquiera los bárbaros pudieron agotar.