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lunes, 31 de octubre de 2016

JUANITA LA ETERNA

JUANITA LA ETERNA
Fernando Vanegas Moreno




En el viejo anaquel de su cuarto, Kent y Barbie lloran en silencio; los acompañan una gran cantidad de ositos de felpa,  muñecas sin estrenar y el viejo perro de trapo; todos, llevan en la mirada el dolor de su partida. Juanita, la más grande enana, la de los 12 añitos, la de la mirada alegre, la de la sonrisa eterna, había dicho adiós.
No pude soportar lo que antecedió. Soy un  idealista que cree que la vida es un ciclo, que se debe vivir lo suficiente, y morir en el caluroso abrazo de las canas; otra idea tiene Dios, Él nos llama cuando nos requiere, simple, sin más honduras; sin embargo, he de confesar que al no compartir ese pensamiento con el Todopoderoso, me arruga el alma que alguien muy joven, o, como en este caso tan angelical, extienda sus alas inexpertas para tocar las cumbres celestiales. Por eso fui lejano, no por indolencia, al contrario, por dolor…, he recibido varios golpes duros, ¿pero una niña?
En fin, de verdad era un Ángel: a pesar de las circunstancias, nunca se doblegó, nunca sintió miedo, y nunca negó a nadie su alegría, mataba de risa un payaso, y era capaz de levantar la moral de Kobain. Bailaba…, hacía por saltar, soñaba con fiestas enormes y viajes fantásticos, con trajes de princesa y caballos azules, su corazón se dividía entre la devoción a sus padres y el cariño manifiesto a todo el que se le acercara, su inocencia era el escudo transparente que siempre anteponía.
“El patio de mi casa es muy particular, cuando llueve se moja, como los demás”; esa sencilla ronda, ahora se escucha allá arriba, con eco sublime aquí, en la tierra…, para mí, ya nunca sonará igual, la melodía era ella y la armonía debía ser yo. Kent habla de organizar algo en su honor, mientras Barbie y el viejo perro de trapo, lo reprenden y le dicen que respete, que el dolor de la familia esta primero, que luego vendrán las consideraciones, que Juanita no se ha marchado, que solo trascendió, que pronto volverán a verse…, de otro lado, el galán de plástico, recibe apoyo de los osos de felpa y las muñecas sin estrenar; argumentan que Juana la eterna, merece hasta el último homenaje que pueda rendírsele. Están tan polarizados, que hasta han pensado llamar como jueces imparciales a Santos y a Uribe, que tal vez con un plebiscito…, ojalá no.
El heladero, también está triste, la vainilla perdió su sabor desde anoche, el chocolate se derritió, y el limón se tornó más amargo. Hoy, me uno al desconsuelo de unos padres, me duele como hace rato no dolía…, unos componen canciones, yo, bueno, yo solo hago el deber de escribir; y contrariando a Barbie y a Kent y a su séquito inanimado, rindo homenaje a mi Juana enorme.

Es un cliché, pero un verdadero Ángel desde anoche engrosa las filas celestiales, mientras yo, quedo absorto en la ventana de mi casa, fumo un cigarrillo, miro a la bóveda celeste y después de un largo suspiro, veo atento su mirada en las estrellas.

sábado, 15 de octubre de 2016

NUEVOS COLORES

NUEVOS COLORES
Homenaje a Don Héctor y Catalina

Por: Javier Barrera Lugo

“Quizás el sufrimiento y el amor tienen una capacidad de redención
 que los hombres han olvidado o, al menos, descuidado.”
Martin Luther King


La vida siempre encontrará formas para hacernos entender que es ella la que tiene el poder y ninguno de nuestros actos podrá  trastocar sus designios. Bajo su tutela  no pasamos de ser simples criaturas con intenciones superficiales, ambiciones primarias, quimeras que se la pasan alcoholizadas, son buenas y nada esenciales,  conclusiones apresuradas que van como kamikazes japoneses a estrellarse contra los cristales que nos protegen de la lluvia. Caminamos nuestra particularidad con el dedo metido en la boca pensando que poseemos los medios para cambiar el destino; pero una pequeña clave salida del lugar menos esperado, un milagro o una tragedia, nos ponen en sintonía con esa realidad que se desnuda frente a nuestra mirada sin ningún pudor.

      Ella, la vida, es feliz dando bofetadas y llamando la atención de quienes, como yo, creímos tener un poco de control sobre las cosas que pasan cotidianamente. Puede que en algún momento nos otorgue la autoridad de ponerle algo de picante a nuestras acciones, aunque lo esencial parece estar atado a un plan mayor y desconocido que nos va mostrando sus cartas con astucia.

       Hoy labro una tierra que da frutos hermosos, tiernos manjares para los que no me preparé y consideré descartados, confiado en que los oráculos habían borrado mi rostro golpeado de sus archivos. Latidos rápidos y llenos de brío infiltran las tres capas de mi corazón. Sus raíces calan profundo en huesos y mente, retan el buen juicio, me regalan el beneficio del error como condición inapelable para disfrutar de pequeñas grandes recompensas.

     Con cinco años de diferencia la diosa fortuna se atreve a darme un premio, cambia el dolor de la muerte a cuotas por curiosidad y un tipo de amor que no conocía. En octubre, hace un lustro, Yacó se llenó de vientos, de ruina, escapó el ángel con alas de colibrí hasta un lugar donde tengo prohibido caminar la inmensidad del azul, sus ondas que generan tranquilidad. Todo se volvió tenebroso en un espíritu que desde la adolescencia defendió los actos simples  de bondad como factor de verdadera revolución.

       No quiero decir que las nuevas bendiciones hayan logrado hacerme olvidar a mi gente y sus circunstancias, es sólo que la desesperación tiene nueva cara, otra intensidad, el desasosiego le abrió paso a esa sensación anárquica llamada fe. He aprendido a sonreír cuando quiero, no cuando debo; la imposición falaz de la cortesía frente a los sátrapas se convirtió en la primera gran extinción certificada  que he afrontado con alegría.

       Reafirmo lo que me dijo La Filipina durante el encuentro que genera este escrito: no le debo nada a nadie. Hoy puedo manifestar la incomodidad ante quienes pretenden darme órdenes o imponer tradiciones que no estimo significativas. Una pizca de libertad me otorgué ante tantos eventos patéticos que cruzaron mi anterior universo lleno de falsa dependencia. Mudé la piel, los músculos y el cerebro. Soy una salamandra que no necesita mayores recursos para existir salvo a sí misma y su hambre.

       Ahora con mis fantasmas y ángeles sostengo una relación simbiótica. Ellos cruzan puertas metafísicas, me besan, cuidan de mis histerias, me acompañan cuando las cosas malas parecen irremediables, confortan ese espacio de soledad autoimpuesto desde que decidí quitarme de los ojos la venda atada con cinco nudos e imputada por quienes dominan un mundo que se descompone lento, huele mal y está al borde de la destrucción. A cambio les doy mis palabras cada mañana cuando voy embutido en un bus para el trabajo, o los echo de menos en las reuniones con mis hermanos y sobrinos, cuando hablo con Teresa y descubro que ella también se niega a tratarlos como pasado. Estoy vivo y sorprendido de estarlo, y aún más con la aparición de un nuevo personaje en mi historia.

     Lia llegó para enseñarme la redención sin dramatismos, porque la esperanza auténtica se sustenta en el cambio, en el trabajo duro que debe realizarse sin esperar beneficios. La recompensa que me brinda la existencia es el privilegio de afrontar las circunstancias extremas en completo silencio y agradeciendo a quienes realmente merecen la lealtad de un hombre que tiene el corazón lleno de fuego otra vez. El grupo se redujo, pero es incondicional.

       Nuevos colores tiene el rostro de mi amor, el que se construyó en un bosque donde un árbol sustenta el andamiaje de las fantasías. Cada paso que comienzo a dar tiene la contundencia de la resurrección.  Nada de lo que a continuación contaré está exento de realidad, delirio mental o expiación. Así lo asumo y defiendo. Que crea el que quiera, el que no, que se abstenga de decir algo.  Mi mundo no tiene reglas de narración, tampoco oficina de quejas y menos corrector literario. 


 

Aparecen de la nada para hacerme feliz una vez más.


       Esta reflexión la causó la visita de dos personas esenciales que como ya lo expresé, cerraron ciclos en el mismo espacio de una línea temporal en la que, con años de diferencia, nuevas voces me pidieron asumir riesgos,  ser de verdad un adulto, soñar y hacer realidad esos sueños, porque la vida es un instante y somos los individuos responsables de su desarrollo.  Ellos aparecieron para darle a mi espíritu una dosis de magia que me permita  no desfallecer, para quitarle al pasado sus cicatrices... Y lo lograron. 

       Junto a una incubadora en la unidad de cuidado intensivo pediátrico vigilo el sueño de mi hija que dos horas antes nació. Don Héctor y La Filipina traspasaron el ruido producido por la máquina que monitoreaba el corazón de Lia, agitado porque llegar a este país loco no es fácil. Con prevención comenzaron a acercarse y no me percaté de esta maniobra. Fue inevitable que mis pensamientos se centraran en las tragedias y las absurdas coincidencias que viví. Con años de diferencia se repetía el escenario: un amor martirizado por cánulas, bolsas de suero y cables, un par de ojos muy abiertos que me pedían consuelo, acompañamiento, que no los dejara solos nunca, enfermeras genéricas que practicaron el consuelo como procedimiento de trabajo, luces blancas que quemaban los pocos pensamientos racionales, médicos que pensaban, antes que en sus pacientes, en las cuotas atrasadas de sus autos de lujo y las casas que estúpidos preceptos sociales les obligaron a comprar, un sinnúmero papás que en las mismas circunstancias, se limitaron a mirar como vacas hacia un punto neutro de las persianas cerradas para no aumentar su preocupación con la nuestra.

       Aunque me propuse no sentir angustia por la similitud de los hechos y fechas, la experiencia me condujo a un lugar común que me horrorizará siempre: el escenario que comparten el amor, la enfermedad y la muerte. Seis años antes, en una noche cargada de pánico, Don Héctor dejo de ser un bolero cargado de amor y advertencia sobre lo importante que es ser música en un mundo sordo, para convertirse en la estampita vestida de ángel que con gafas, canas y nuevas alas engalanó el árbol de navidad que Diana, mi cuñada, decoró para hacernos menos tortuosa su ausencia ese diciembre.

       Literalmente un año después de la partida de mi viejo, Cata, decidió hacerse compañera del viento que una madrugada de octubre pasó por Yacó para arrancarla del techo de la casa y llevarla hasta el lugar donde los ángeles como ella, alas de colibrí y ojos rasgados, diseccionan los misterios del paraíso. Todo mi mundo se vino a pique, padre, esposa, un par de amigos, se hicieron un agujero en mi pecho que mató lo que alguna vez creí ser. Su silencio fue una cuchilla quitándome pedacitos de carne cada día.  Nada más fuerte o contundente que esta verdad, nada más evidente que su ausencia física y su arraigo en el corazón de un hombre con ínfulas de guerrero que los vio perderse en el cielo. Todo se juntó para hacerme sentir el latigazo de la orfandad.

       Don Héctor  y La Filipina se manifestaron, tocaron mi hombro y nos acompañaron a Lia y a mí en este nuevo reto.  “¿Quién les dijo que están solos?” Mi viejo preguntó con esa delicadeza que le agradeceré siempre, ese era su sello. No fue un interrogatorio, gracias a un cuestionamiento me trasladó a un lugar donde todo fue claro y las respuestas que me negué por desesperación se hicieron evidentes.  Mientras él se esforzaba por darme la luz yo me aferraba al pesimismo:

-Todo se repite, viejo. Cada vez que creo tener algo o amo profundamente a alguien, cosas malas les suceden-. Respondí como si fuera un niño de siete años. Estaba asustado.

-Nada es igual. Hasta que no crea esta verdad estará haciéndose difícil la vida y de paso se la joderá a quienes estén a su lado. Lia no muere, está empezando a vivir, es algo diferente a lo que quiere creer, ¿no le parece? ¿Por qué le cuesta entender eso?

       Don Héctor jugó su carta por un lado que ni siquiera contemplé. Fui un necio. Se acercó a Lia y le acarició la mejilla. “Es igualita a Teresa,” dijo sonriente. Levantó la mano y se despidió. La sala quedo con un leve tufo a cigarrillo que me confortó.

      La Filipina, en silencio, se acercó apenas mi viejo empezó a hacerse invisible. Sentí como la punta de sus alas rozaron mis mejillas con delicadeza. Me habló  a través de sus ojos orientales que terminaron hechizándome una vez más: “Extraño tu presencia en mis pensamientos, en los versos que debiste olvidar porque el mundo no se detiene cuando un colibrí deja atrás el desierto donde fue feliz sin extravagancias o pruebas que debiesen mostrarse a aquellos que no estuvieron involucrados en lo que fuimos. Eres un debilucho que aguanta mucho castigo; como decías siempre: “soy un fajador con cero músculos en el tórax, pero con terquedad en la cabeza.” Y es cierto, no pegas golpes y resistes los que te impactan. Ganas las peleas por desgaste del rival. Lo de Lia es una prueba más, no te preocupes, estará bien. Ella es el premio que ganaste por resignarte a dejar volar a otra gente que amarás a perpetuidad así hayan tenido el descaro de escaparse entre las corrientes de un vendaval. No le debes nada a nadie, lo que pasó fue el desarrollo de un plan en el que tu papel fue accidental. ” No movió los labios, su voz estaba en mi corazón, en el deseo y su sentido egoísta. “Quédate,” quise decirle. Cata, como de costumbre se anticipó:

-Sigue siendo fuerte y ten claro que en mí alma nada cambiará, ni siquiera el amor que nos tenemos. Los secretos seguirán enterrados en el tiempo que ya no compartimos. Vuelo por las venas del cosmos, esa es la tarea que acepté y cumplo. Siempre te escucho y velo por tu tranquilidad.  Ausencia no significa olvido, loquito. Esta Filipina sigue rondando tu naturaleza, te complementa y te ama diferente a cómo te aman las que hoy lo hacen. Deja de llorar, las circunstancias se repiten si lo queremos… y tú no quieres eso. Sé fuerte, poeta varado, lucha por tu hija. Yo estaré bien-. Sus palabras me confortaron; pero las lágrimas poco entienden de corrección, no son lógicas.

       Me miró como solía hacerlo, con respeto, con pasión implícita, sin aspavientos. Entornó los ojos y mecánicamente las azules alas de colibrí salieron de su espalda y comenzaron a batirse con una vehemencia que terminó por hechizarme. Antes de remontar los techos del hospital, los cielos de la noche que se cerraba, gritó  su dulce sentencia: “¡Eres libre, siempre lo has sido, deja de perder el tiempo! ¡Lia necesita sortilegios en su vida y tú eres el indicado para mostrárselos! ¡Te amo por amarme como me amas!  Sus palabras fueron una puñalada de vida en mis entrañas.

       A las nueve de la noche las enfermeras me sacaron de la unidad de cuidados intensivos. Los instintos de mi hija se activaron, comenzó a moverse, a respirar con fluidez, mejoraba. La besé y salí. En la sala de espera comencé a procesar lo que acababa de suceder. La piedra monumental que cinco años atrás me impuse cargar sobre los hombros se desintegró. Estuve  casi una hora descansando y sin pensar en aquellos muebles viejos de cuero, después de tantos años de estar corriendo en círculos.  

       Resurrección. Los creyentes le dicen así al proceso de mudar la piel quemada. Mis tareas, decidí, serán inventar nuevos colores que se basen en el azul de los colibríes y el rojo profundo de los boleros de papá, enseñarle a Lia que los principios que rijan su vida no tolerarán imposiciones o dolores heredados y que el amor es la fuerza capaz de mover este universo que día a día debe reinventarse.


       Sé que La Filipina y Don Héctor están bien, que nos cuidan sin interferir. Verlos me enseñó a creer que nada es definitivo, ni siquiera la muerte. Lo que resta por hacer es llenar de deseos el umbral gris de las agonías que pretendan doblegarnos la ilusión, cumplir lo que me prometo, evitar a toda costa la certeza de replicar las cadenas que los demás quieran imponernos. Es por Lia, por preservarme y hacer de nuestras vidas una maravillosa travesía que debo volverme a enamorar de mis sonrisas.  

lunes, 10 de octubre de 2016

ALAS DE COLIBRÍ


Cinco años ya...,


ALAS DE COLIBRÍ
Por: Javier Barrera Lugo

SEMPER SIMUL, SEMPER CARMINA, CATA DE MI ALMA.
 LA FELICIDAD FUE UN INSTANTE QUE ME ENSEÑASTE A VIVIR. NUNCA TE OLVIDARE, TE AMO.



Cata, la inspiradora eterna de este esfuerzo
Te pusiste de acuerdo con Isabel para subir al techo a contar estrellas. De alguna forma tienen que hechizarse con la esperanza de volver al lugar que siempre ha sido su casa. Sí, lo descubrí tres días después de conocerte. No eres de este planeta y mi hija es una hermosa indígena alucinada con las luces que siempre están cubriendo el Pacandé. Está fresca la temperatura y al pedazo de universo que vemos esta noche no le cabe un color más. Amarillos y rojos enmarcan el espectro de la cruz del sur, verdes y violetas colocan un anzuelo a la díscola Shaula, el aguijón, que titila furiosa cuando percibe que la observan desde aquí. Vaya si son tercas con el cuentito de dejarme solo fumando en la hamaca. Yo también quiero encaramarme en las tejas, ver bólidos fugaces que parecen escribir recuerdos familiares en el cielo mientras caen. Amorosas, no me permiten tamaña intromisión.
Ustedes toleran mis particularidades y hacen lo posible para no cambiarme. Sin palabras me explican que no debo subir, que no es mi momento de empezar una aventura radical. Les agradezco la sutil aclaración. Mis horas de conversación casi inconsciente, los profundos silencios que las desconciertan, son escaso aliciente para dañarles el período de sosiego. Hipnotizadas, señalan el lugar del cosmos a donde su travesía las llevará. Lo entiendo todo, es un compromiso hecho con su libertad el que me hace retirar. Dejan de lado las insinuaciones, entran a la habitación y aprovechas para colocarle a Isabelita el vestido rojo que Don Héctor le regaló para su cumpleaños. Una de las últimas memorias que grabará mi mente es también el inicio de una despedida sin rimbombantes anuncios. Debo aprender a intuir tus pasos, muchachita.
La niña parece estar en trance.Le dices al oído, como si recitaras un estribillo, que esta noche  le saldrán alas en la espalda como las que tú tienes y ella tiene escondidas y siente hormiguear porque quieren salir, que al fin podrán volar a través de los soles propicios de Yacó hasta lazona donde el río grande resguarda los secretos de tu raza celestial. Mientras tanto, la llevas al lugar más alto de la casa para contarle las cosas que viviste cuando tenías su edad, lo que soñaste y lograste, el día que calzaste tu primer par de botas de caucho con el objetivo de salvar a la gente que de verdad te importa, los pormenores de la semana que con Marysol, la “monita”,  tu mejor amiga, escalaste montañas de sal pegadas al mar cuando estaban en la “universidad pública” y se soñaban casadas con algún comunista estudiante de física cuántica.
Dentro de muy poco abandonarán todo, me dejarán, se irán  lejos y cada mañana después de ese día, me darán un beso antes de que despierte para que mis instintos estén seguros de que no soy otro poeta varado que se siente perdido en un mundo que no entiende. Las tendré cosidas a la piel como consuelo ante su ausencia, sus vocecitas chillonas y plácidas acompañarán los tiempos en que nada parezca tener sentido, cuando el silencio sea una cuchilla que corte con milimetría mis tobillos. Pero no voy a estar triste antes de tiempo. Ni lo sueñes, preciosa. Primero, describiré tus ojos rasgados en mi libreta, la sonrisita que le pinta el rostroa Isabel  cuando hace la siesta y por fin estamos tranquilos por ser una familia que gracias a los dioses le huye a la perfección. Juntas hacen la poesía anárquica que derrotó la oscuridad de mi caverna.
Mientras observan el cielo voy a tomarme la tasa de café  que no me gusta con tu tía Anita. Sus cuentos de espanto seducen mi imaginación, pero ella, tan amorosa en sus palabras escasas, no me contará historias de descabezados o lloronas amputadas, prefiere decirme que Isabelita es igualita a ti cuando llegaste una mañana caminando por el sendero de arena con un par de relucientes alas preguntando si en estas tierras los colibríes tenían también azules las plumas. Desde allí las observo y me parecen irreales, me miras y por fin asumo que está completa el alma, audaz el corazón, que soy capaz de hacer cualquier cosa que me dicte ganar la tibieza de la sangre.
La señora Anita se despide, tiene que ir a rezar su acostumbrado rosario por los vivos y sus esperanzas. Camino la senda que separa aquella casa acogedora del lugar donde el tiempo parece haberse detenido. Las encuentro bajando de las alturas llenas de lucecitas pegadas a la ropa. Los cocuyos las hacen levitar.  Isabel finge un berrinche y veo clara por primera vez la mirada de Teresa en los ojos de su nieta, esa fuerza de los espíritus que nunca se rinden. Me das un beso para confortarme. Descubres los omoplatos de la hermosa hija que nos regalaron los delirios y veo que dos pequeñas protuberancias le pelean a la piel y los tirantes del vestido el aire que necesitan. Estás orgullosa, asustada, tu hija también es un ángel. Entras a dormirla y yo me quedo horrorizado intuyendo lo que pasará.
Es imposible negarme el llanto. “Llevo tus marcas en mi piel”. Retumba en mi cerebro la profecía de Fito, el dueño de las mariposas multicolores y eso no tiene mayor relevancia ahora, pero quiero dejarlo patente como sentimiento en esta narración. Lo que experimento no es tristeza sino una horrible hilera de mordiscos que me hielan el estómago. “Nostalgia. Así pica en la panza”, dices con ternura. Y continuas: “Yo siento lo mismo. No es una emoción cómoda. Pero también tengo claro que nos volveremos a ver, ten fe”, concluyes. Te abrazo. Sé que después de esta noche me hablarás a través de espejismos, que me acompañarás y no podré tocarte, que todo para nosotros está decidido.
Trato, pero es imposible conciliar el sueño. No quedará nada, estaré solo, no es justo salir del paraíso de esa forma, pienso egoísta, es lógico, pero creer eso me ruboriza. No dejó de mirarte, de tocarte. Isabel da vueltas en la cama, se acerca sonámbula, descansa su brazo izquierdo sobre mi pecho y empieza a hablar dormida, igual que mis sobrinos, mi viejo, mis hermanos y yo lo hemos hecho desde el nacimiento. Es nuestra marca genética. Empiezan los sonidos del desierto. Un millar de pájaros cantan con tal intensidad que los muros parecen derrumbarse, están felices, tú y la nena tienen su naturaleza, saben que falta poco para que en grupo, remonten la cordillera y llenen a Yacó con innumerables destellos plateados de música.
Te levantas como si hasta ahora iniciaras la parte bonita de la quimera. Besas a Isabel,  ella despierta y se abraza a lo poco que soy en este momento. Un viento tibio, contundente, se mete en la habitación y manda por los aires toda la materia innecesaria. Tomas a mi hija y sales al patio, suben las escaleras, esta vez para siempre, y es por arte de fantasía, que las veo desplegar unas alas pequeñas de colibrí, azul metálico, voraces, tan hermosas que con frases es imposible describirlas.  Me lleno de angustia y de alegría al mismo tiempo. Descansan. Ya todo son senderos que tus labios enuncian y no puedo ubicar. Isabelita abre sus brazos plenos de inocencia, me dice “te amo papá” y sin mirarme, resuelve entregarse a una corriente de vacío que la eleva del tejado. Tú, frenética, me dices que te hice feliz desde que te conocí, enjugas mis lágrimas y me das el beso que recordaré por eternidades repetidas. Desde ahora todos mis espacios serán las seis de la mañana de un sábado injusto que no se agotará.
Alejo y Sulma me recogen del piso. Todo se consuma, por lo menos eso creo. Anita, la tía que conocí tan poco y quiero como a mi mejor amiga, me dice resignada: “Hay que dejarlas ir, mijo. Existen seres que necesitan inundar con su fuego los interminables lugares que la oscuridad deja secos. No se preocupe.Si algo me han enseñado las correrías por el mundo es que angelitos caminando la tierra hay muchos y usted está condenado a encontrárselos y a quererlos con locura”. La gratitud es una palabra insuficiente para explicar lo que siento por aquella mujer.

No volveré a Yacó, lo presiento. Toda esta belleza que termina por doler no la asumo propia si mi hija y Catalina no están. Sé que nos encontraremos otra vez, nos abrazaremos y miraremos las estrellas. Les hice prometer que cuando tenga que cruzar la línea de árboles y las alas me salgan de la espalda, ellas, La Filipina y la hijita indígena que amo, esos dos hermosos colibríes, me dirán al oído que ya pasó  lo peor.