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domingo, 14 de octubre de 2018

SIETE





SIETE





Evocar un viaje y las ausencias que trajo consigo, el olor de la piel quemada en octubre del año en que desencarné; fuego hecho trozos puntiagudos y grises que un niño buscó en la desazón de su noche infernal para sentir miedo de morirse por primera vez.

       Dejó desnudos los huesos e inutilizada el alma ciega, cero bendiciones, nulos ofrecimientos fáciles de cumplir: “No sufrir es una demanda absurda, hacerlo sólo, un asunto cuya planificación jamás existió, pero igual se hizo. Nadie lo entenderá, a nadie le interesó, a nadie le importó… Es jodido y alucinante ser libre.

       Hace tanto sucedió aquel lunes de mierda en el que las certezas se volvieron el mal chiste que se llevó un rosado viento, y aún te busco entre las hojas que caen de los almendros, tu esencia es vegetal, pura, curativa.

       Eres viento que recoge ilusiones y las encripta en los corazones de quienes se atreven a soñar. Todo de ti en mi cabeza acostumbrada a extrañarte; sólo de mí el amor que te susurra versos mientras observas el mundo desde las venas del bosque donde aprendiste a volar.

       Proclamo la belleza de tu existencia que no se agotará nunca. Lates, militas en las palabras, llenas mis pulmones con la índole del luchador y eso no te lo dejaré de agradecer. Me diste todo con una generosidad que nadie ha replicado nunca; ¿Imaginas cuánto de agradecimiento para ti hay en mi alma que hoy nadie conoce?

      Vuelve a visitarme de madrugada y ayúdame a no despertar, hace rato no veo tu sonrisa. La luna apuñala mi esencia de lobo. Siete años después los sentires no dejan de crecer (los buenos y los malos).

       Te amo y eso no lo cambiará nadie jamás, Catalina de mi alma, angelito mío, la única con derecho a juzgarme; lo que vivimos nos hizo inseparables y cumplimos nuestra promesa.

lunes, 1 de octubre de 2018

IDEAS SOBRE EL CICLO DE LA POBREZA


IDEAS SOBRE EL CICLO DE LA POBREZA
Por: Javier Barrera Lugo


La pobreza es un acto mental que se crea, impone y acata. Cada uno de los pasos citados es sazonado por la miseria intelectual y sentimental que una mayoría afronta ciega, beneficiando a una élite  mezquina que se llena los bolsillos con esta. ¿Argumento comunistoide? ¿Bala de plata disparada por el sistema “capitalistasalvaje” al corazón de la humanidad como concepto? ¿Situación de conveniencia? No, es la realidad que simple, estalla en la cara de cualquier ciudadano con dos dedos de frente.
       Si algo queda claro para cualquier mente con algo de claridad, es que el mejor negocio es la pobreza perpetuada; obviamente no para el que la padece,  sino para el que de ella saca  tajada, el que corrompe en su nombre, el que roba o especula con la necesidad del otro, sale limpio y ante los ojos de los demás es un mártir que lucha por causas nobles.
       Este héroe marchito hará todo lo posible por mantenerla eterna: a la gallina de los huevos de oro no se le puede torcer el pescuezo. Pero es sólo un engranaje girando dentro de un sistema perverso hecho con manos tacañas lanzando maíz y aves sin lustre peleándose por los granos que caen.
       El ciclo de la pobreza es simple:
·         Gente que detecta una necesidad.
·         Gente necesitada.
·         Gente que  aprovecha la necesidad ajena.
·         Gente que se enriquece implementando soluciones sin fuerza real de cambio.
·         Gente que se beneficia con migajas de las soluciones.
·          Necesidades que se mitigan con paños de agua tibia y se reciclan.
·         Gente que detecta una necesidad…
       Aseguro que  pobre es el falto de escrúpulos (delincuente), quien no genera ideas, (ignorante), aquel que mama la teta  avara del amo (servil), al que nada le importa (indolente). El hombre está hecho para cazar, recolectar, no para sentarse a llorar y esperar que a través de interpuesto papá, el “benefactor,” le esquilmen un hueso, una teja, o la contaminada limosna como pago a un truco que le mandan realizar.
       Pero esa parece ser la mentalidad que se basa en la pobreza para reproducirse. La ley del menor esfuerzo condena a las mayorías, para quienes es más fácil la satisfacción de urgencias que la obtención del bienestar como recompensa al esfuerzo.
       Del otro lado, los “salvadores,” lobos disfrazados de ángeles, crían una colonia de marginales para servirse de ellos, chuparles el tuétano y desecharlos como  subproducto vergonzante cuando sus apetitos menos presentables quedan saciados. Son líderes que guían hacia el matadero, la inconsciencia del rebaño olvidado por su pastor.
       Una simbiosis macabra hace infinita la línea  productora de horrores. Parecen necesitarse los opuestos: pide rejo la piel y la piel dolor para disfrutar de la brisa que llega desde un mar de fuego tras el castigo. La pobreza es un tributo de sumisión a las pulsiones atávicas de la mente humana,  juego de roles que parece ganar la iniciativa egoísta y no el bienestar común.
       Estamos condenados al fracaso como especie porque se nos empieza olvidar la lucha. Imitamos a obesos anclados a la cama, y no nos sirve sólo comer, debemos atiborrarnos de vanidad, de miedo y conformismo suicida para que el cerebro nos brinde chorros de dopamina.
       La pobreza no es falta de insumos materiales, es pusilanimidad de un alma que olvidó escuchar su propia música. Si Dios existe, que nos salve de nuestros salvadores.

lunes, 17 de septiembre de 2018


LA MALDICIÓN DEL BURRO

Por: Javier Barrera Lugo

No pidas que sea un caballero si me pones
a comer mierda por mero gusto.
Atte.: La base.


Hasta para ser un tirano apenas respetable se necesita estilo. Este no se compra, ni tiene valor de cambio porque es condición inherente a la templanza del espíritu. El personaje con estilo es quien cierra la boca y analiza  las causas de un problema mientras una turba grita; deja que la gleba actúe cegada por sus pasiones menos nobles y saca rédito cuando la tragedia es consumada.  Y es irrelevante si reviste maldad o bondad el propósito que lo impulsa. Lo valioso es que la razón tenga, al menos, un ápice de repercusión positiva para quienes terminen siendo beneficiarios o víctimas de ella.

       La vulgaridad, la persona vulgar, en cambio, estima su impertinencia como virtud suprema ya que es la majadería del ego quien le aconseja. Nada es gris, siempre defiende hacer lo correcto cuando es lo que le conviene a sus proyectos. Pasa los días imitando a Narciso frente a un espejo empotrado en su imaginario, aún sin tener belleza o al menos una pizca de inteligencia que sustente su apreciación.

       Al no tener criterio propio, imita actitudes de sus amos (a quienes aspira cortar la cabeza y reemplazar en algún momento), cree a sus iguales jerárquicos, seguidores nacidos para “mamársele” la idiotez y aguantar los puntapiés en el estómago que les da cuando tienen la desgracia de caer malheridos por alguna trampa que fraguó… Pobres personas, pobres propósitos, pobres ideas las de la gente sin cualidades... Hasta para ser tirano se necesita estilo, algo de inteligencia, hilar un par de ideas, así parezcan descabelladas o huérfanas de propósito.
  
       Creyó que tratar con insufrible zalamería a quienes besaba el culo como ritual de sumisión, maquillar la ansiedad de conseguir sus intereses bobalicones a través de nosotros, sus iguales en la jerarquía, la harían dominante en la selva burocrática donde nunca pasamos de ser prisioneros sin rostro o sombra.

       Estaba convencida que humillar a quienes habitábamos la base de la pirámide le daba poder, que nuestro aguante era sumisión y no conspiración  (venganza es un plato que se come frío), que éramos idiotas útiles centrados en ganar el pan y no tipos heridos en su honor que anhelábamos una oportunidad para machacarla a golpes… Lo único infinito, además del universo, es la estupidez humana; no hay duda de esto.

       Un día, sus protectores, sus dueños, se hicieron estatuas de sal que le dieron la espalda. Ella lloró sus ojos frente a nosotros, la base que despreciaba. Nos insultó, pataleó como posesa, nos dijo hasta misa. Entendiendo su propio ridículo, que estaba sola en medio de una jauría con sed de sangre traidora, intentó convencernos de hacer  “borrón y cuenta nueva,” de ayudarla “ante una situación injusta que no merecía alguien que sólo siguió ordenes…”  Lo único infinito…

       Cuando la voz de la verdad le ganó el pulso a la arrogancia en aquella mente cerrada, cuando leyó desdén en las miradas, la tipa se desplomó cuan pesada era. Acudió a la súplica como último recurso del cobarde. Nosotros, silentes por naturaleza, conspiradores de oportunidad, la miramos con asco mientras cavábamos la fosa donde sus antiguos dueños ordenaron enterrarla.

       ¿La vida enseña? ¿Castiga? Eso no es relevante para la historia. Juicios éticos de ese calibre son entendidos por mentes brillantes y ese no fue el caso de la protagonista de este relato, ni de nosotros, “la masa” que se preparó para actuar.

       La echamos al hueco de un empellón. No hubo remordimientos. Con las fuerzas que sobrevivieron a la sorpresa de ya no ser la mascota de sus amos, trató de escapar. Uno de la cuadrilla,  matarife inescrupuloso que la odiaba más que el resto, clavó la punta de su bota en aquel estómago adiposo. Sin aire en el tórax fue más fácil disponer del cuerpo.
       La última palada de tierra trajo consigo una sentencia que alguno recitó como plegaria: “La maldición del burro: con la vara que mides serás medido.”

       Nadie dijo nada. Alguno de nosotros sería el próximo en la lista…  ¡Era seguro!