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jueves, 6 de diciembre de 2012

EL DESIERTO


EL DESIERTO

Yolanda Chávez, Los Ángeles, California



Debía faltar poco para amanecer, hacía mucho frío en aquel desierto que por vergüenza, no aparecía con su nombre en ningún mapa; Elena, tirada boca arriba en la arena helada, miraba hacia el infinito, tratando (casi sin lograrlo), de mover sus dedos entumidos para apartar el cabello que cubría sus ojos…quería poder ver las estrellas que se desvanecían, el cielo completo, quería ver a Dios completo.
“¿Donde estás?”
Pensaba…
No podía hablar, tenía la garganta hinchada por haber llorado sin gritos.
“¿Me vas a dejar morir aquí? … Quiero ver a mis hijos otra vez…
¿Esto es un castigo?”...
El grupo de personas con el que salió de la frontera, se había desbaratado con la persecución de la patrulla. Vio correr a hombres uniformados de rostros similares a los perseguidos, golpeando e insultando a los que lograban alcanzar, ella y otro, habían caído en un agujero tratando de ponerse a salvo.
Ahí estaba, inmóvil, casi sin respirar para no ser vista. Ya habían pasado muchas horas y no escuchaba ni un solo ruido, trató de incorporarse, y al apoyar su mano sobre la arena tocó otra mano fría, inmóvil, tiesa…era la del muchacho de catorce años que había viajado desde el Ecuador para ver a su mamá, él quería llegar hasta Canadá.
Lo reconoció cuando los primeros rayos del sol comenzaron a iluminar aquel desierto que siempre estaba triste…
Elena se arrodilló, y comenzó a hacer una oración por la mamá del muchacho, le arrancó el rosario del cuello, se lo metió en la boca muerta y le cerró los ojos.
“En los primeros catorce años de vida, la palabra que más se pronuncia es: “Mamá” debe ser horrible no estar ahí para escucharla”.
Era parte de aquella oración a Dios que se fue tornando en quejas al cielo abierto....
“¿Cómo se sobrevive con el alma dividida por fronteras?”
Susurraba Elena entre sollozos enojados, cortitos, que le cortaban el pecho como pequeños cuchillos.
“¿Como se sobrevive sin poder mirar todos los días a tus hijos? … ¿Por qué no se puede vivir cuando tus hijos lloran de hambre? ¿Cómo se vive en un país donde nunca se puede encontrar empleo? ¿Cómo demonios se sobrevive en países donde el secuestro, la corrupción, los asesinatos, las violaciones a los derechos humanos son el pan nuestro de cada día?” ¡Contéstame! ...
El desierto conmovido, levantó un poco de polvo para acariciar la cara de Elena, quería consolarla; Cuantas veces había escuchado esas oraciones- reclamos. Cuantos cuerpos de madres, hijos, padres, hermanos…cuantos cristos guardaba en su vientre de arena, ahí se habían deshecho, ahí conoció los anhelos de pretender comer todos los días, ahí enterradas estaban las almas con conciencia que querían no solo sobrevivir ¡ellas querían vivir!, ahí estaban sepultados muchos últimos pensamientos, de vez en cuando, el desierto los dejaba asomarse convertidos en diminutas florecillas blancas debajo de los arbustos enanos.
“Por lo menos dame un poco de agua”
Gritaba Elena a Dios mientras escarbaba en la arena con sus manos para hacerle sepultura a los anhelos sin cuerpo. El desierto se apresuró a dejar que brotara un charquito de agua helada, fue lo bastante para beber y lavarse la cara, para retirar la arena de la nariz y de entre sus dientes, suficiente para ponerse de pie y buscar un punto que le indicara una dirección a seguir.
Un destello llamó su atención a una distancia que calculó, podía llegar antes de que el sol quemara más, dio una última mirada al dolor de una mamá con hijo muerto, y comenzó a caminar…acompañada sin notarlo, por el desierto.
“¿Y aquellos cuentos de que abriste el mar rojo, de que libraste de la esclavitud a un pueblo, de que los alimentaste en el desierto?”
Elena pensaba que Dios era más bueno antes que ahora,
“A Abraham le diste descendencia tanta como las estrellas del cielo, a mi por lo menos déjame ver a mis hijos otra vez… ya sé que dicen que no soy una santa, pero sigo creyendo en ti, lo sabes, ¿verdad?”
De pronto, el desierto la sacó de su particular oración hundiendo uno de sus pies, al tratar de no perder el equilibrio, miró hacia el norte: un tráiler de compañía cervecera se acercaba a gran velocidad, Elena impulsivamente sacó la fuerza que da el coraje y la impotencia, apretó el estómago, y comenzó una loca carrera agitando las manos levantadas al cielo para que el chofer pudiera mirarla, el hombre del tráiler la divisó al pie de la autopista y comenzó a disminuir la velocidad, hasta parar frente a ella.
Una nube de polvo envolvió a la maltrecha Elena, el desierto quiso despedirse, la abrazó en medio de un viento arenoso donde flotaban las almas y los anhelos que se habían quedado a vivir con él.
“¡Gracias, es usted un ángel!”
Pudo decir Elena.
“Y usted es un milagro, pocos sobreviven en este desierto”
Le contestó el ángel blanco, en inglés

jueves, 29 de noviembre de 2012

MIENTRAS ESPERO


 MIENTRAS ESPERO

Gracia Aguilar Bañón
















Aquí sentada mientras espero que llegue el “ayudante” para que le lleve esta comida a mi hijo, no puedo hacer otra cosa que repasar mi vida y contársela a ustedes, aunque no tengo muy claro para qué. Quizá para desahogarme, para frenar un poco esta rabia que no puedo gritar, porque me harían callar.
Llevo ya dos horas y sé que aún me queda un buen rato. Estas cosas van lentas. Cuando viene Nuri, mi hija, la atienden más rápido, tiene suerte, o lo más seguro es que le haya gustado a alguno de estos policías. Yo ya soy demasiado vieja (demasiado parecida a estas otras tantas mujeres que esperan también aquí, a mi lado, enfrente de mí) para recibir un trato especial. Así que ellas y yo nos limitamos a insistir, una y otra vez, hasta que deciden hacernos caso, por cansancio o aburrimiento o, en ocasiones, cuando conseguimos reunirlos, por los “chelitos” que les ponemos disimuladamente en la mano. Hay veces que nos exigen el dinero sin tapujos y si les decimos que no tenemos nada, nos hacen esperar a propósito, tan jodones, nos ignoran, para que aprendamos que al día siguiente no debemos volver con las manos vacías. Como vine yo hoy, sólo con la comida de Domingo y con una camisa limpia para que se cambie. Ya son diez días los que lleva ahí dentro, el pobre, que no hizo nada, que me lo cogieron siendo inocente.
Sí, ya sé que piensan que soy su madre, que qué voy a decir si es mi hijo, que pesa más el corazón que la cabeza. Pero no crean que espero que todos ustedes me comprendan, no, que lo único que quiero es que me escuchen. Ustedes no van a poder hacer nada por cambiar esto, ni yo tampoco lo pretendo, que quede claro. Bien sabe la vida que ya he aprendido a conformarme, a aceptar lo que venga con resignación. Soy pobre, pero no pendeja. Y no rezo cada noche para que mi situación cambie, lo que le pido a Dios es que me de fuerzas para seguir viniendo cada día, para que Domingo no acabe en el olvido como le pasa a la mayoría de los que están igual que él. Que eso es lo triste. Así terminan: en las celdas de esa maldita cárcel, sin posibilidades ya de salir porque nadie se acuerda de ellos, convirtiéndose en uno más, en uno de esos tantos.
...Míralo, ahí viene el “ayudante”, con esa cara de poder, como si no supiera que en realidad es tan desgraciado como yo...
Ya sabía que no me iba a hacer caso, pero tenía que intentarlo. Lo malo es que está anocheciendo y no dejé la cena preparada. Menos mal que Nuri se hará cargo. Que se está portando muy bien esa hija mía del alma a la que no supe encaminar. Ya me la puedo imaginar a ella dentro de diez años en este mismo lugar, sentada aquí donde yo estoy, trayéndole comida a uno de sus ahora pequeños. Porque la vida da vueltas y se repite. No quiero decir con ello que mi madre, que Dios la tenga en su gloria, se encontrara algún día en esta situación (no, eran otros tiempos, entonces no te metían en la cárcel, directamente te hacían desaparecer). Pero que alguien me explique si no cómo es posible que a ella la abandonara mi padre, que a mí me terminara dejando el que nunca llegó a ser legalmente mi marido (porque ya estaba casada con otra) y que el condenado ese que dejó preñada por tres veces a la Nuri desapareciera con la última barriga.
Mi pobre Nuri... No supe evitar que pasara por lo mismo que yo. Me quedé sola cuando los muchachos estaban en la edad más difícil, y entre el trabajo y la casa se me escapó. Por ser la más grande y hembra dejó de estudiar para ayudarme con los pequeños... Sí, qué bien lo veo ahora, de lejos, cómo se repetía la historia, pero entonces no fui consciente. Lo normal era que una chica ayudase a su madre en la casa. Y ahora ya no sabe, no puede hacer otra cosa.
Ni siquiera ha encontrado a un hombre que la trate mejor. En eso yo tuve más suerte. Ya grandes los muchachos apareció Francisco. A la Nuri no le hizo mucha gracia, al fin y al cabo era la que más se acordaba de su padre y de lo que me hizo sufrir. Pero Francisco es bueno. No soy la única, eso lo sé y lo acepto, no estamos ya para poner condiciones, pero me trata bien, trae dinero a casa y se porta con los muchachos, aunque no sean hijos suyos. Y las comadres por fin me dejaron en paz. “Que se te va a pasar el tiempo y la edad no perdona”, “que luego, con arrugas, ya no te va a querer nadie”, “que un macho es necesario en una casa”, “que no puedes quedarte sola”. Qué pesadas se pusieron.
...Bueno, ahí viene otra vez con su misma cara. A ver si ahora tengo más suerte...
Creo que me vuelvo a casa con la comida. Hoy ese desalmado tiene el día torcido, seguro que ha quedado con la novia después del trabajo y le querrá brindar unas cervezas, por eso no da el brazo a torcer. Como que no le hubiera dado yo el dinero si lo tuviera, con tal de que mi Domingo comiera caliente...
Me cuesta entender a estos desdichados. No paro de preguntarme si no tendrán madre, si no sentirán un mínimo de respeto, de compasión, por unas mujeres mayores que lo único que hacen es preocuparse por sus hijos. Qué malo es eso de creerse con autoridad. En realidad ellos no son más que unos pobres desgraciados, pero tienen fuerza ante nosotras, pueden jodernos la vida y lo hacen.
Yo me he esforzado por conseguir que mis hijos sean unos buenos muchachos, y lo he logrado, por eso digo que Domingo no se merece estar ahí dentro. Él nunca ha dado problemas, consiguió su trabajo en la fábrica, incluso participa en alguna actividad de la parroquia. Cierto que se toma su cerveza de vez en cuando, pero ni siquiera toca el ron, y a las dos novias que ha tenido las ha tratado con respeto. Pero tuvo que pasar por el puente en el peor momento. Mira que se lo advertí tantas veces: “Hijo, da el rodeo, aunque sea más largo el camino, evita el puente, que todos sabemos lo que se mueve allí”. Y le pilló la redada. Lo metieron con los demás en la furgoneta y para acá que se lo trajeron. No le encontraron nada, pero tampoco lo sueltan. No me pidan que les explique porqué. Aquí no hay motivo, simplemente las cosas pasan. Y digo aquí, porque me han contado que existen otros lugares en los que no ocurre esto. Yo no hago caso a habladurías, pero la gente sí se lo cree e incluso se va a buscarlo. Así alimentan a los tiburones, porque muchos no llegan, se quedan en el camino, se los traga ese mar traicionero. Como le pasó al hijo de la comadre María. La acompañé a que reconociera el cuerpo, si es que aquello podía llamarse cuerpo. Dios mío, no fui capaz de ver en esa masa de carne al Roque, al pequeño Roque que creció junto a Domingo y se dejó llenar la cabeza de sueños. La comadre sí lo reconoció, o al menos es lo que quiso creer, porque así pudo darle un entierro. Les parecerá tonto, pero consuela tener una tumba a la que visitar y llevar flores.
A mí me cuesta pensar que allí, en la otra orilla, hay algo mejor que esto. Quizá si lo viera con mis propios ojos… Pero no piensen que sería capaz de arriesgar la vida por ello. Mi sueño no es dejar mi país. Al fin y al cabo no se vive tan mal. Si la gente aprendiera a conformarse y a vivir en paz: comer, comemos todos los días, y un techo no nos falta. ¿Para qué más?
...Mira qué bien, se va el mamarracho ese, a ver si tengo más suerte con el que entre...
¿Ven porque no me quejo? Dios acaba sonriéndome siempre: el que ha entrado es ése al que llamamos “pequeño buena persona”.
“No se preocupe mi doña, que yo se lo hago llegar”, me ha dicho al coger la comida y la camisa. Ojalá y hubiera alguno más como él. Ahora ya puedo irme tranquila, andando, a pesar de que es un paseo largo, porque ni dos pesos llevo para la guagua, pero así me da tiempo para ser agradecida. Y a ustedes les dejo en paz. Alégrense por mí y no le den mente a todas las tonterías que dice una vieja cuando el cansancio le amenaza.
...Es más tarde de lo que me creía. Está oscuro. Espero que la vida me siga favoreciendo y me proteja en el camino que me queda por delante...

sábado, 24 de noviembre de 2012

IMPERIO DE HUMO Y PIEDRA


Semper simul, Semper carmina.


IMPERIO DE HUMO Y PIEDRA
Por: Javier Barrera Lugo


Para: Martín Suárez B.

La dignidad parece relativa en una ciudad donde la mayoría de nosotros utiliza el ladrido como táctica de disuasión. La factoría,  el rebusque, la falta de empleo, la calle donde se aprenden la prostitución, la mensajería y la poesía, son maestras despiadadas que nos esquilman el placer de soñar sin consecuencias. Olvidadas, quedaron las realizaciones que existieron sólo en los atrofiados cerebros de los tecnócratas, aquellas promesas que nos vendieron los dueños del caos para hacerse elegir de algo y robar a placer. Ahora ese reclusorio para sordos al que llamamos sociedad, se encarga de oprimir los sentidos de quienes nacimos humanos y nos fuimos haciendo monstruos en silencio, de a poco cada día. “Qué le vamos a hacer”, dicen la mayoría de los habitantes de esta sabana, mientras observan por las ventanas de sus oficinas como se oculta el futuro que parece nunca asomarse completo por este paraíso en llamas.
La tarea es imaginar algo mejor para todos, aunque la fe no sea una cualidad que sobre en esta ciudad de cadenas, lo digo de corazón, sin odio. Caminamos por el vacío y sólo los desprendidos tendrán posibilidades reales de no volverse diosecitos sádicos. Aquellos capaces de darle un gramo de alegría al prójimo sin esperar recompensa por ello, serán bendecidos con la gloria que se demuestra en pequeños actos generosos. Sin ánimo de parecer una plañidera aferrada a las columnas del templo, creo que al mundo le sobra el tufillo de crueldad que desesperanza y le faltan certezas para luchar beneficios generales a la hora de cerrar cuentas.
¿Se preguntan por qué escribo estas líneas en tono mesiánico-jactancioso? (por si acaso,  no vendo la revista ATALAYA; A continuación lo aclaro todo: hace un par de semanas choqué de frente con la realidad. Los prejuicios de la gente me lanzaron un navajazo a la cara que produjo una herida llena de fuego y suciedad, desnudó lo patéticos que podemos ser los hombres como especie dominante del planeta. No soy soberbio, pero juzgo, me unto, no coloco la otra mejilla,  mi intención es quitar una máscara, averiguar sin anestesia cuánto de nuestra alma quedó refundida en la mediocridad que los amos del mundo nos inculcaron; mi propósito, amigo lector, es confirmar que le hacemos caso a las mentiras del mercado a ojo cerrado y nos comportamos como cerdos (come lo que puedas, atragántate y escapa) condenados a sobrevivir a cualquier precio, a comprar la felicidad que se exige como dogma en los anuncios de televisión. Aristas que confrontan una verdad feroz para los seres que rondamos esta comarca en guerra: somos esclavos, no artífices de nuestra realidad.
Seis y treinta de la tarde, viernes 26 de octubre de 2.012. Abordo el bus para retornar a casa después de un día de labor. El trancón absorbe lo poco de energía vital que le queda a la gente que va apiñada en los quince vehículos de transporte público, los treinta y dos carros particulares y un sinnúmero de taxis que atiborran la entrada de Álamos, a esa hora. Metros adelante, un hombre saca desesperado la mano de la chaqueta que la protege del frío, solicita ser llevado y aborda con dificultad el vehículo. Paga el pasaje completo (no es de los que ruega que lo lleven por mil pesos) y empieza a cantarle al mundo, con la peor voz del mundo, que es otro discapacitado vicioso que afea lo mundano, un mocho mundial, el “patuleco” que acaba de emerger del más profundo recoveco del inframundo; que va hasta La Gaitana,  uno de los barrios más “picantes” de Suba, y necesita dinero para comprar jabón, comida y unos caramelos para sus sobrinos de tres y cuatro años, “las únicas personas, después de mi mamita, que no me ven como un incompleto pedazo de mierda”. Concluye su petitorio con una sentencia lapidaria: “Y no me miren mal, aunque huelo a feo yo también pagué completo el pasaje y tengo derecho a sentarme en la silla azul”[1]. Un par de hombres que ocupan estos puestos exclusivos no le hacen caso, observan extasiados a la pareja que en ese momento abandona un motel, detallan las facciones, curvas, pliegues y cabello mojado de la mujer vestida de negro. Imaginan.
El trancón juega contra el discapacitado, contra la tolerancia de todos los que intentamos no centrar los pensamientos en el hedor de aquel hombre que pone a prueba el mecanismo democrático que sustenta una tarifa de transporte. Su reclamo de comodidad piadosa es anulado por el silencio del par de voyeristas a los que la lascivia vedada, les mantiene abierta la boca como asnos. ” ¡Jamás se van a levantar estos malparidos!”, pienso  con rabia. El calor del bus atestado hace peor el tufo de aquella masa quejumbrosa. Habla sólo, berrea, cuenta detalles de su adicción, de los sobrinos a los que quiere obsequiar golosinas en halloween, de su paso por el colegio con excelentes notas, del abandono, de una vida (la suya) que a ningún pasajero interesa. No es momento para misericordias, la fetidez es insoportable.
Una dama sentada en la segunda fila de asientos, al lado derecho del pasillo, saca un frasco de perfume barato y comienza a rociarse la hipotética aura que rodea su figura mofletuda.  Un acto que hace patente el “¡bájese h.p. ñero…!”, aunque sin palabras, hipócrita y pendenciero. No creo que aplique justicia a conciencia, el instinto la ciega, pero su desesperada reacción detona un incidente que evidencia lo muerta que parece estar también la piedad. Miradas van y vienen, se estrellan accidentalmente, evaden responsabilidades individuales. Los reclamos, mentales al principio, se vuelven balbuceos y terminan por ser aullidos de manada horrorizada cuando un hombre (si se puede tildar así a un  parásito que destila odio) descarga a gritos su resentimiento. Bufa quejas como un niño sin carácter, excluye al indigente como si este fuera un saco de basura mal ubicado. Se dirige a la cabina del conductor, quien se ha hecho el de la vista gorda todo el tiempo, y le hace una agresiva petición:

-¡Baje a este tipo ya!-ordena. Acto seguido, sustenta su demanda: - ¡Usted no puede mezclar gente con “desechables”!  Quién quita que este “huevón saque un arma y nos atraque… ¡Que lo baje, hombre… O le hacemos para este “tiesto” y no respondemos!-vuelve a insistir y la mayoría de pasajeros, actuando como cobarde gavilla, inician un vergonzoso motín.
No me indigna solamente el comportamiento de los demás, indigna mi silencio cómplice, mi pusilanimidad. No es justo lo que sucede, lo sé y por el momento no hago nada. Callo por miedo, me excuso en “no meterme en lo que no me importa”, y lo repito autocomplaciente diez veces más. Entiendo lo del olor y las consecuencias que genera, pero si nos basamos en la teoría económica que domina al mundo y acatamos simplistas, el libre mercado (pague su comodidad, quien tiene el capital tiene el poder) y no en conceptos primarios de segregación, el indigente tiene todo el derecho a transportarse en el bus y viajar sentado. Cumplió las reglas, pagó completo, ¡PAGÓ! señores defensores del sistema. La gente decente obvió esta pequeña norma y no contentos con esto, comienzan a pontificar respecto a lo que debe hacer el indigente: “¡que se baje!” dicen muchos, “¡bájelo a la brava!”, ordenan  otros, el resto optamos por callarnos, mirar hacia otro lado y esperar el resultado. No pasa nada de lo antes mencionado.
El indigente, en un acto de lógica dignidad, le insiste al conductor sobre el pago que hizo. Da razones acertadas para que se le cumpla el derecho a ser transportado. Apela a las migajas de buen corazón que le puedan quedar a los pasajeros, pierde los estribos, exige, pero nunca de mala forma. La respuesta que recibe es una amenaza directa del conductor: “se baja o lo bajo, h.p.” dice para recibir los favores de la turba ansiosa, mientras, bamboleaba de lado a lado una gruesa varilla de acero. No aguanto más, es inaceptable lo que ocurre. Le digo al conductor que no proceda de esa manera, que sigua la ruta y se deje de pendejadas. El hombre mira con arrogancia al vacío, no se digna verme a los ojos, me insulta: “Entonces bájese usted y ayúdele a su “novio” a subirse a otro bus, sapo” Me quedo sin palabras… Igual hubiesen sido un desperdicio. La gente se suma a la ofensa y me dicen una docena de cosas del mismo o mayor calibre. “Todo está consumado”, pensé.
El conductor, en un acto desesperado, al ver la dignidad a toda prueba  del indigente, toma un galón con agua y se la empieza a lanzar en pequeños espasmos, como si de un endemoniado se tratara. Los pasajeros comienzan a gritar extasiados, (turba estúpida) para que el bus retome la marcha. Se rindieron. El conductor vocifera: “¡entonces jódanse y aguántense el olor!”. Acto seguido, cierra su cabina y acelera furioso. Deja abierta la puerta del bus y comienza a mecer el vehículo de lado a lado de la vía, parábolas imaginarias manchan el asfalto, la gente protesta. El mal está hecho. Quiere que la física y su actitud pedante lancen por los aires a aquel desafortunado maloliente que despedaza los sueños de grandeza de los enfurecidos habitantes de un imperio de humo y piedra que agoniza bajo el fuego de su propia insensatez.
Me bajo y las miradas de odio acompañan la escapada. El indigente guarda silencio, la gente ya no protesta, mastica la rabia como si de dulce veneno se tratara. Mis sentidos experimentan alivio, el alma parece estar herida de muerte. ¿Por qué demonios una sociedad sodomizada por sus majaderos dirigentes es capaz de fragmentar aún más la dignidad de los menos afortunados? Eso es lo que se consigue con un  linchamiento, negar al otro, su esencia. Rebajando la índole de la víctima crece la autoestima del agresor. Nuestra sumisión consciente es menos escabrosa si la contrastamos con el patetismo que les atribuimos a otros. De eso se trata el juego hoy en día: patearle las costillas al que esté en el piso atolondrado, al que no puede defenderse. Sinfonía de cobardes. Reglas sucias rigen estos tiempos de gente dócil por convicción.
Días después, estallan otro tipo de verdades en mi entorno. Compruebo que no todo está perdido, que el anhelo todavía abre ventanas, cimenta  actos nobles, apadrina milagros cotidianos y sublimes. David y Liliana, con ojos nublados por lágrimas alegres y miles de esperanzas, nos enseñan a un grupo de conocidos, las imágenes en tercera dimensión del hijo que esperan. Un hecho cargado de belleza me quita el mal sabor de boca que dejó lo sucedido unas noches antes. Fe, decencia, humildad, ganas de cambiar el mundo. Una nueva vida tiene el poder de cambiarnos el espectro oscuro que quiere aplastarnos de golpe. Viendo a aquel niño preparándose para invadir el mundo, entiendo lo que tantas veces leí y no dimensioné en su momento: No podemos rendirnos. Merecemos algo mejor de lo que tenemos. Los sueños no se negocian.

¡Gracias, Martín!


[1] En el transporte público de Bogotá las sillas azules están destinadas para ser utilizadas por personas en situación de discapacidad, mujeres embarazadas y personas de la tercera edad.