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miércoles, 13 de septiembre de 2017

EL OLOR DEL AGUA

EL OLOR DEL AGUA



Por: Javier Barrera Lugo

Resonaste en las madrugadas desde siempre, pero ahora eres palpable, un hermoso destello en el cielo que me hace querer vivir con mayor intensidad, con fuerza inusitada. Resucitaste mi alma y ella ahora te pertenece por la eternidad de tu memoria.

Eres la pequeña compañera con quien incendio el temor a los colmillos de Drácula, la fantasía que ata una razón que no se obliga sino a soñar a tu lado, porque contigo nada es compromiso, todo es inspiración, creatividad, aire en los pulmones.

Mi amor hacia ti es infinito, generoso, libre de obligaciones o moldes que otros quieran inventar. No te pido nada, salvo que intentes ser feliz, es tu derecho, luchar, ser una guerrera sin los miedos estúpidos que el mundo y su gente regalan cada segundo para llenarnos de tristeza.


Gatica ensombrerada,  gracias por aparecerte en mi camino cuando las nubes tapaban ese sol del que están hechos nuestros espíritus. Eres el olor del agua, de la vida.  Feliz año uno, mil más llenos de retos y sueños… Tus sueños, obviamente.

lunes, 28 de agosto de 2017

AGUA BAJO EL PUENTE

Ficción real en un punto próximo                                    

Fernando Vanegas Moreno

AGUA BAJO EL PUENTE



“Como me he puesto viejo” pensó, mientras mantenía los pies sumergidos en una combinación de agua y aspirinas. Últimamente le dolían a extremo, al punto casi de no poder levantarse.

Tomo con cuidado el pocillo de café que cada mañana le dejara su vieja sobre la mesa de noche antes de salir presurosa a la misa de las siete de la mañana; acudía sin falta, implorando por la salud de ese viejo, cada vez más gruñón, cada día mas huraño, cada hora más enfermo…,

Miraba con detenimiento su reflejo en el agua, era, pensaba, un espejo turbio de su propio existir, una fotografía enferma de todo su andar.

Ahora recordaba con cariño y añoranza los buenos años…, la niñez en la vieja escuela, a la profesora Luz, mujer templada, excelente formadora y con un  bigote, que podría ser la envidia de cualquier arriero paisa. Que sería de la vida de Rosita, Cecilia, Idalí, Claudia, John, Luis, Guillo y ese sinfín de niños que jugaban cada mañana al soldado libertado, la lleva, el trompo…, después de siete décadas y si aún vive, ¿Rosita guardará aún todos esos recuerdos? ¿Tendrá intacto el “libro gordo de Petete”? Sí, ese que firmáramos todos hace mil veranos.

¿Será posible que alguno de ellos haya profesionalizado la danza?, les gustaba más bailar y las presentaciones que estar sumidos entre quebrados y teorías de conjuntos.

¿Y el colegio? Sabía a ciencia cierta que el rector aquel, rígido, estricto, bravo, pero al tiempo, gran educador, amigo y entrañable, le había ganado la partida de este plano hace ya bastante tiempo.

¿Dónde pelearán ahora los pubertos?…, Las Villas, el parque aquel del pugilato, donde se defendía el titulo por cualquier pendejada, es ahora un conglomerado de torres y edificios. Y las calles de Prado Veraniego ¿tendrán aún espacio entre sus baches para adolescentes enamorados?..., pensó de nuevo en esas vías, suspiró y una sonrisa pícara escapó de su cabeza. Mil veces las recorrió junto a su carnal de entonces, bebiendo, fumando, exaltando sus amores, refundiendo soledades…, a propósito, ¿aquel hermano seguirá siendo el más fuerte ante la vida?..., peleará por algo o seguirá abofeteando al aire por tocarlo.

¿Habrá seguido Andrés con sus locuras?..., seguirá bajándose los pantalones en cada celebración para demostrarnos con su culo marmóreo, que la vida es solo un chiste…, no sé, no creo, a estas alturas un culo viejo, por más blanco, es antiestético.
Y mi ahijado…, la vida nos patió en cierto momento. Hoy su hija debe estar casada, tendrá hijos e imagino, que harán las delicias del abuelo; no es raro, como padre fue inigualable, como viejito consentidor debe ser genial.


Ya cansado de evocar, volvió a la cama, todavía existían muchos rostros en sus quimeras…, Alix, Adriana, Sandra, Liliana, Jaime Arturo, César, Julio, Edison, Paola, William, Alexa, Marisol, Carolina y el miserable aquel, Elkin, un bacán…, la universidad sin ellos no hubiera sido igual. Los etílicos no tendrían la magia de esa juventud ya ausente y Chapigay se hubiera perdido sin la presencia de nuestras locuras.

El trabajo, los amigos de siempre que hoy ya no están…, la vieja a quien conoció joven pero que envejeció (mucho mejor) a su lado…, las canas que duelen, la próstata que no deja dormir, el tinto que  ya no se puede tomar…, el amor que se añejó hace diez minutos y la soledad, la soledad que grita en esa vieja casa…, solo eso, permea su cotidianidad.

Vuelve a dormir y un calidoscopio de imágenes lo golpean de pronto: Amores intensos que siempre lo avivaron, alumnos que aún lo llaman y lo recuerdan con gratitud. Hermanos de toda la existencia que lo acompañan en las tardes tranquilas y despejadas con colaciones y aromáticas…, los muchachos que a veces lo visitan para escuchar sus historias sin sentido, los logros colgados en el viejo estudio, la vieja sonriendo cada vez que deja la “tercera edad” a un lado y sale con cualquier disparate de quinceañero.

Daniel, su antiguo instructor que aún hoy, saca tiempo para intentar sacarlo de esa quietud, todos, absolutamente todos, pasaron en segundos por lo efímero de sus ronquidos, no todo era malo, se había caminado bien, se dejaron buenos recuerdos, la placidez llega de nuevo, ahora duerme más tranquilo, dibujando en sus labios, una sonrisa tenue, apacible y amigable, ya no lo dejará nunca.

Al despertar, siguió siendo viejo, sin embargo…, sus sueños habían rejuvenecido.

sábado, 19 de agosto de 2017

ESCUPO VERDADES EN LA CARA Y ESO NO GUSTA
Entrevista a Morete, filósofo ladrón

Por: Javier Barrera Lugo



Ladislao Morete es un personaje singular. Asegura haber nacido por allá en el 48 en Balvanera, barriada de Buenos Aires, lugar donde transcurrió la vida y obra de la leyenda del tango Enrique Santos Discépolo. Lo afirma con convicción, aunque en las borracheras más amargas, esas en las que recuerda a Lucia, el amor fundamental, escapada con su mejor amigo una madrugada de junio mientras la pandilla de ladrones que lideraba, desocupaba una casa en el exclusivo barrio bogotano de El Chicó, el acento lo traiciona y termina despotricando con un dejo huilense que genera más sombras que certezas sobre su historia.

       Las veces que lo he visto en la cantina pide al viejo Santafé la misma dosis letal: a todo volumen “Sueño de juventud,” vals de Santos Discépolo, en la voz de Virginia Luque, una cajetilla de Mustang azul y la acostumbrada botella de Néctar rojo para recordar lo que fue el amor, el sexo, la sumisión; la falta que le hará siempre y niega en agonía. Canta con la rabia del malandrín atorada en la garganta, con inocencia de amante burlado y la propiedad del filósofo curtido en el juego de la vida:

“Lírico amor primero,
Caricia y tortura,
Castigo y dulzura
De mi amanecer.
Yo acunaré en un canto
Tu inmensa ternura
Buscando en mi cielo
Tu imagen de ayer.

       Ahora que es un hombre viejo hablarle resulta menos peligroso; al menos eso quise creer cuando me atreví a solicitarle una entrevista y él accedió sin problema. Me cuenta el viejito Santafé, que cuando estaba “joven y ganaba dinero a raudales. Después de repartir los botines con sus secuaces, Morete se emborrachaba como una cuba y lanzaba golpes con su cuchillo a diestra y siniestra cimentando su fama de experimentado malevo. Hirió a varios mientras recitaba fragmentos de Cantos de vida y esperanza, poemario del genial Rubén Darío; pero llegar a matar, al menos en el barrio, nunca lo hizo.

       La última tarde de sábado me atreví a develar sus misterios, a ponerlo a hablar. Al principio me tildó de “tombo infiltrado” que quería devolverlo a los patios de La Modelo, la cárcel más jodida de América en los años setenta: “sos gordo, cachetón, moreno, camisa a rayas de manga corta, bluyines y botas bien lustradas, caminás raro, cabeza al rape… ¡Qué querés! Si no sos policía serás un maldito “tira,”  del F2, del DAS. ¡Fijo sos un topo!”  Lo tranquilicé al confesarle que era algo peor: escritor inédito.

       El viejo soltó la carcajada y se relajó de inmediato. “Pobrecitos tus papás, nene,” bufó con acento porteño. “Sabés, mi vieja siempre dijo que para una familia era preferible tener una puta, un ladrón, que un poeta en la familia. Los asociaba con los comunistas. La doña odiaba a Perón. Imaginá.

       Vení “concha de la lora,” sos un caballero, calladito, de buenos modales, me caés bien, hijo… Te voy a contar unas… que ni te imaginás…”

       Hablamos y nos embriagamos durante la  tarde soleada. Morete se comportó durante mi interrogatorio como estrella en todo el sentido de la palabra. Hombre distinguido, culto, traje de paño inglés bastante gastado, digno, corbata tweed, zapatos de amarrar color marrón, cabello teñido para esconder las canas, estampa flaca como la memoria de los amantes ocasionales. Iniciamos la bebeta, él con aguardiente y yo con cerveza; pero nos cambiamos por salud al asqueroso y adictivo John Thomas sin agua, el scotch hecho en Fontibón. Fumó como chimenea averiada y jamás estropeó el estilo porteño, altivo y denso a la hora de expresar.

A continuación relaciono las mejores respuestas que dio un ladrón sabio a unas preguntas bastante cojas que tuve a bien hacerle:

Idiota Inútil (I.I.): ¿Por qué robar y no trabajar? ¿Acaso  por comodidad? ¿Por carencia? ¿Por vicio?
Ladislao Morete (L.M.): Empecé a robar por Lucia, la que fue mi mujer, para tenerla bien, ¿entendés? La idea era que viviera como una reina y ese nivel de gasto no lo aguanta el jornal de un obrero de fábrica.
Vos sos escritor, te gusta lo tuyo, entrevistar, hurgar la vida ajena… Yo sólo sé quitarle a la gente las cosas que les estorban el espíritu, ¿viste? Al final les hice un favor (ríe). Claro que siempre le robé al que tenía mucho, jamás a los vecinos o a un desempleado… Tengo códigos.

(I.I.): ¿Códigos?
(L.M.): ¡Y, siií…! Códigos. No les robo a los pobres, no le quito un juguete a un chico, no daño a los ancianos, no jodo en mi barrio… La gente sin códigos no sirve, es basura. Código es respeto. No cagás donde comés. No perjudicás a los esclavos como vos. El amor también son códigos, acciones positivas…

(I.I.): Defina el amor, Morete.
(L.M.): Es una boludez que se inventaron los poetas estafadores como vos para torcernos la vida a los demás y ganar buena guita. Es una sensación bella que merece todo el respeto del mundo. Cuando fallás, todo se viene abajo… Después de eso el amor es sufrir, por eso los ricos no se joden cuando la mujer se muere o el hijo se va… ¡Se cagan por la plata que pierden los trolos estos! Es hermoso el amor, pero duele, eh…

(I.I.): ¿Cree en la humanidad?
(L.M.): Hay santos que se muelen ayudando a los demás, gente buena, gente regular, gente mala… ¡Y gente que no es gente! Somos hipócritas los seres humanos. ¿Querés conocer de verdad cómo es una persona? Dale poder, hermano.

(I.I.): ¿Cuál es el secreto para ser un buen ladrón?
(L.M.): No mentir. Suena paradójico, pero es así. Cuando estás desocupando una casa, saqueando un banco, acabando con una herencia, la honestidad del proceder está por encima de cualquier cosa. Robás, pero no podés matar a tus víctimas, golpearlas, humillarlas. Sería doble daño, doble karma. Después de eso necesitás personas firmes a tu lado haciendo negocios.  Hasta los malandros debemos tener socios honestos. Las tres veces que trabajé con gente que no conocí mucho, terminé en la cárcel. Una estupidez…

(I.I.): ¿Ha matado a alguien?
(L.M.): ¿Tenés ganas de que te llene la panza de balas, buchón? (Risas). No creo haber matado a nadie. Si fue así, debió pasar en una balacera y no me di cuenta. Don Santafé, acá presente, sabe que lo respeto y en este negocio no le armo quilombo… Igual, si maté a alguien lo siento si no se lo merecía; pero si me van a castigar por eso, que se lleven a los de las EPS, a los dueños de los bancos, a los políticos, a los ricos de este país, que robando matan a miles y los condecoran en el congreso. Esos no son ladrones, son vulgares rateros. Lo que te decía: hasta para delinquir hay que tener códigos. Está en los libros, en la jurisprudencia, en la literatura.

(I.I.): Ahora que menciona la literatura, ¿le gusta leer?
(L.M.): Me gusta más hacer. Los libros son importantes; pero no te muestran ni el diez por ciento de lo que es el mundo real. La literatura, la mensajería y la prostitución se aprenden en la calle, la mejor escuela. Sin calle no sos nada. Te lo pruebo: ¿Acostarte con una mujer es igual a leer o imaginar que te acuestas con esa mujer? La respuesta es obvia.

(I.I.): ¿Qué lo motiva hoy?
(L.M.): Que si existe dios, la justicia divina, volveré a estar con Lucia  en la muerte. Espero que falte poco para verla arder en el infierno conmigo. La traición es el peor crimen; preguntale a Judas, nomás.

(I.I.): ¿Las mujeres?
(L.M.): Son lo mejor, la belleza, la vida, pibe. Son fuertes, astutas, mueven lo que quieren con la cabeza y con el cuerpo. El cuerpo es una herramienta, una hermosa herramienta; pero no es la totalidad de ellas. Es la partecita suculenta con la que te tientan.
Las mujeres, todas ellas, tienen un prodigioso cerebro con el que manipulan las situaciones, a nosotros que pensamos con la verga… Papá me dijo alguna vez: “no creas en lágrimas de mujer ni en cojera de perro.” Un sabio el viejo…


(I.I.): ¿A qué le tiene miedo?
(L.M.): A que se metan en mi casa y se roben lo poco que tengo. Eso quiere decir que le temo al karma. Es justo. También a que Lucia aparezca arrepentida un día y ya estemos demasiado viejos para vernos desnudos y darnos cuenta que la vida se nos pasó rápido y ya no tenemos ganas o posibilidades de chingar. ¡Chingaba como los dioses la Lucia…!
(I.I.): Se puede hacer un libro con su vida… ¿cómo lo titulamos?
(L.M.): “Escupo verdades en la cara y eso no gusta.” ¿Qué te parece el título? Vos lo escribís; si no me das la plata de las regalías entro en tu casa y te dejo sin un alfiler. ¿Trato hecho?