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domingo, 17 de mayo de 2015

HUID DE LA PRIMERA MIRADA

HUID DE LA PRIMERA MIRADA


LUIS MIGUEL RIVAS (1969). Nació en Cartago, Valle. Comunicador social de la Universidad Pontificia Bolivariana. Guionista publicitario, director de programas para Teleantioquia. Ha publicado textos y cuentos en diversas revistas culturales.


Escuchad hombres y mujeres ingenuos de todo el mundo. Vengo a advertiros de cosas que a lo mejor ya habéis vivido sin percataros. Vengo a preveniros, vengo a ayudaros: ¡huid de la primera mirada! Estad atentos, sed perspicaces cuando un hombre o una mujer os mire, aprended a reconocer en el fulgor de unos ojos que se encuentran con los vuestros las sutiles partículas que pueden perderos definitivamente. En esas imperceptibles partículas está sintetizado el germen explosivo del amor. Si lo reconocéis podéis huir a tiempo. Si llegáis a ser conscientes de ello podréis escoger, definir el rumbo de vuestra historia. Si no lo hacéis, si sucumbís, no os quedará más camino que renunciar a las riendas de vuestra propia vida. Entonces ateneos: sufrid y gozad al caprichoso vaivén de los sentimientos ingobernables. Si no lo hacéis probablemente os ocurra algo parecido a lo que os voy a contar.
Soy Benjamín Correa, vecino del Barrio Mesa, ubicado en la llamada ciudad señorial, Envigado. Nací y crecí en una casa de bahareque, techos altísimos, alerones sobre la acera y ventanas de madera. Una casa hecha para que vivieran personas. No tuve padre y no es del caso contar esa parte de mi vida pero quiero deciros que mis padres fueron los libros: anaqueles llenos de ediciones antiguas empastadas en cuero. De niño, adolescente y mayor conversé con don Alonso Quijano, con Robinson Crusoe, con los piratas de Sir Robert Louis Stevenson, con los expedicionarios de Jenofonte, con los aventureros de don Julio Verne, con los angustiados hijos de Fedor Dostoievsky, con los fantasmas de Edgar Allan Poe y con otros contertulios amables, sabios e incondicionales que me enseñaron a hablar, a caminar, a vivir. Nunca salí de mi casa a otra cosa que no fuera dirigirme a la biblioteca pública José Félix de Restrepo. Y así hubieran transcurrido plácidamente mis días, hasta la fecha ineludible que el destino tiene tachada en un almanaque que desconozco, si no fuera por una mirada que no supe reconocer a tiempo.
Fue una tarde de hace dos años. Había tomado de los anaqueles de la biblioteca pública un ejemplar de la colección Jackson. ¿La recuerdan?, esa que tiene como introducción algo así como “Un gran librepensador inglés dijo: la verdadera universidad hoy en día son los libros”. Se trataba del tomo de las conversaciones entre Goethe y Eckerman. Me senté a la mesa, abrí el libro y al cabo de unos segundos empecé a sentir un leve calor en el hombro. Levanté los ojos del texto y nada distinto a dos muchachas haciendo malamente sus tareas vi en la mesa del lado. Volví a iniciar el párrafo y cuando iba por el sexto o séptimo renglón, una sombra oscureció la página. Detuve de nuevo la lectura y giré el rostro a todos lados: al fondo había una madre haciendo la tarea de un párvulo que construía un castillo con libros; en el cubículo de la bibliotecaria estaba la empleada haciendo croché y en la mesa de al lado las dos jóvenes. No observé nada extraño a excepción del gesto abrupto con que una de las muchachas giró la cabeza cuando la miré. Volví a Eckerman y Goethe pero no pude concentrarme. Algo inusitado ocurría. Pasé mi mano por la cabeza, levanté el mentón, moví el cuello a un lado como tratando de relajarme y en ese movimiento me detuve como petrificado. Ahí estaba la mirada.
La joven que hace unos segundos había volteado el rostro tenía sus ojos puestos en mí. Fue sólo un instante, duró poco más de lo que dura un parpadeo. Pero todos sabemos que basta con entrever al 22 basilisco durante una milésima de segundo para morir. En un intento torpe por describir lo que sentí puedo decir que el calor inicial volvió a calentar esta vez no sólo el hombro sino la totalidad de mi cuerpo y que de súbito se apropió de mí la sensación de no estar solo en el mundo. En ese momento todavía hubiera podido salvarme, hubiera podido huir si mi corta inteligencia y mi precaria experiencia me lo hubieran advertido. Si alguien me lo hubiera dicho, si alguien lo hubiera escrito. Pero no lo sabía. Por eso hoy refiero mi historia para que sirva de testimonio aleccionador para las presentes y futuras generaciones. Esa tarde me olvidé definitivamente de Eckerman y Goethe. Fingía leer y levantaba la cabeza cada dos minutos. Y cada dos minutos estaban los ojos de ella esperándome. Cada dos minutos, con mi voluntad de mirarla, decidía yo insuflar más aire a ese globo de goma que me maravillaba ver crecer. Cada dos minutos (voy a utilizar metáforas gastadas pero precisas) decidía impulsar el descenso de esa bola de nieve que me divertía ver rodar, cada vez decidía echar trozos de leña en la fogata para disfrutar de su crepitar.
Si, a pesar de la conmoción de la primera mirada, hubiera hecho un leve esfuerzo para volver a Goethe y hubiera valorado el acontecimiento en su real dimensión, como una  “circunstancia bella y fugaz”, de esas que nos ocurren a diario, mi vida sería hoy otra. Por el contrario, la periodicidad y la duración de las miradas se aumentaron sin pudor alguno. Al final de la tarde las muchachas terminaron su consulta y salieron. Antes de cruzar la puerta de salida Ella se detuvo, hizo como si acomodara su cabello a la altura de la nuca y me miró. A pesar de que el gesto era directo y podría parecer provocador, los ojos hablaban de timidez, de humildad, de necesidad de protección y… ¡ay Dios!... de amor. Volví a la biblioteca al día siguiente y Ella fue sola. A pesar de mi timidez de ostra decidí hablarle y ella respondió de modo natural, amable, familiar. ¿Qué fue lo primero que le dije? No lo sé, no lo recuerdo. Quizá le pregunté la hora o pedí permiso para tomar un libro de su mesa. En las primeras horas de la noche estábamos hablando en una de las bancas del parque de Envigado. A partir de ese día mis salidas de casa tuvieron como destino cada vez menos la biblioteca y cada vez más las calles, tiendas y lugares de Ella. Fue mi Dulcinea, mi Beatriz, mi Eurídice, mi Remedios la Bella, mi Sonia. Le escribí sonetos al mejor estilo de Petrarca, cartas que hubiera envidiado el mismo caballero de La Mancha, acrósticos, décimas, coplas, poemas en verso libre y alguno que otro cuento en el que ella era la heroína.
Mi dama los leía y los disfrutaba más con el placer de quien recibe un elogio desacostumbrado que con la fruición de quien valora o por lo menos entiende una pieza literaria. “Tan lindo”, me decía después de acabar la lectura y doblaba el papel. El proceso fue así: de las miradas pasamos a las palabras, de las palabras a las caricias, de las caricias a los besos, de los besos a los encuentros cotidianos, de los encuentros cotidianos a la pasión, de la pasión a la necesidad mutua, de la necesidad mutua a los compromisos tácitos y luego al compromiso declarado: nos hicimos novios. Yo gozaba de su universo de bailes familiares, chismes de barrio y preocupaciones cotidianas. Un universo que había estado a unas cuadras de mi casa toda la vida pero al que nunca me había acercado porque permanecía absorto en mis deliciosas y largas conversaciones con los hombres de los libros. Ella a su vez se entretenía con mis palabras, le parecía distinto y original (a pesar de lo anacrónico) mi modo de hablar y de ver las cosas. Decía que yo no tenía los pies en la tierra, pero que así me quería. Me mostró lo que era la vida real. Me enseñó que un hombre no puede pasarse toda la vida huyéndole a la realidad en un mundo de ensueños y me hizo caer en cuenta de mi ignorancia en cuestiones prácticas.  
Ante su deslumbrante racionalidad me sentí culpable, comprendí y traté de aprender. Bajé de mi nebulosa para estar al nivel de ella, para merecerla. Un día me dijo que un hombre no se podía pasar soltero toda la existencia, que debía asumir la realidad, enfrentar el mundo, formar un hogar y luchar por la vida. Concluí que tenía la razón y decidí que nos casáramos. Repito que una de las cosas que más me admiraba de mi doncella era su prodigioso talento para resolver los asuntos prácticos. Esa maravillosa lucidez la hizo caer en cuenta, por ejemplo, de que la casa donde nací y que había pasado a ser de mi propiedad luego de la muerte del abuelo, era un desperdicio. Dijo que los dos quedaríamos excesivamente amplios allí. Propuso negociar el caserón con un urbanizador que planeaba construir un edificio y que a cambio nos ofrecía uno de los apartamentos y una cantidad de dinero con la que, según ella, nos podríamos hacer a nuestro automóvil. Como ya dije Ella era brillante. Su sentido común y su lógica, que parecía aprendida directamente del propio Bertrand Russell me parecieron precisos para consolidar mi proceso de aprendizaje de la vida real. En el nuevo apartamento no cabían todos mis libros, pero Ella dio con una solución genial: encontró un comerciante que compró una gran cantidad de los ejemplares empastados en cuero a un precio poco razonable para mi antiguo criterio lírico pero excelente si teníamos en cuenta la crisis económica que sufría nuestro país, en el que además, a excepción de este comprador, nadie daba nada por un libro. Pero no fue por esa razón por la que abandoné a mis viejos amigos de la infancia, la adolescencia y la adultez. Los dejé porque ya no tenía tiempo para ellos: conseguí trabajo y nunca más pude volver a leer. Aunque me hacían falta las palabras de mis viejos compañeros, acepté alejarme de ellos porque sabía que era el precio requerido para empezar a pensar como un marido de verdad. Yo sabía que ésa era una de las razones fundamentales para mi proceso de aprendizaje de la vida real. Por otro lado, mi Dulcinea había salido una tarde en nuestro automóvil y había tenido un accidente, en el que afortunadamente no sufrió ninguna herida, pero en el que había destrozado por completo el vehículo y ocasionado daños a otros dos carros que debíamos pagar. Por esta razón mi salario era indispensable para la economía familiar y mi trabajo una circunstancia insoslayable. Y así creo que me estaba acercando a la felicidad —nunca la sentí pero sabía que iba a llegar cuando realmente aprendiera a vivir como un hombre aterrizado—, hasta ese fatídico día en que Ella no regresó del trabajo.
La esperé toda la noche sin poder cerrar los ojos. Al día siguiente incumplí mis obligaciones laborales y fui a su oficina. Me dijeron que había renunciado la mañana anterior y que se había llevado las cosas de su escritorio. Cuando volví al apartamento, descorazonado, unos hombres estaban sacando los muebles de nuestra sala y los montaban en un camión. Corrí, presa de la ira de Hércules, y me enfrenté a los maleantes. Uno de ellos, muy aplomado, sacó del bolsillo la identificación que lo acreditaba como empleado de una gran empresa de bienes raíces y un documento con la firma de Ella en el que se comprobaba que el apartamento había sido vendido, incluido todo el amoblado, dos días antes con pago en efectivo. Miré la firma de Ella durante un rato. Era su letra, inconfundible. Me quedé como clavado sobre el pavimento, sintiendo cómo el globo de goma estallaba en mi cara, cómo la bola de nieve monumental me aplastaba, cómo la hoguera atosigada de leña me calcinaba. Los hombres sacaron de nuestro apartamento una caja en la que alcancé a ver el lomo de cuero de una edición de las obras completas de Thomas Mann, la pasta de un ejemplar de la Divina comedia y algunas hojas sueltas con las ilustraciones del Quijote hechas por Gustavo Doré. Vi pasar los libros, observé cómo montaban mi universo de ensueños en el camión de trasteos y entonces, como un rayo lanzado por Zeus, una frase retumbó en mi cabeza: “Ésta es la vida real”. Los habitantes del Barrio Mesa, por cuyas calles deambulo días y noches luciendo el mismo traje raído que tenía puesto aquel día, dicen que estoy loco. Pero se equivocan. Alguna vez quisiera explicarles que no hablo solo: repito en voz baja fragmentos de libros irrecuperables. Me consuelo con el recuerdo de algunas frases que quedaron en mi memoria. Y cuando me paro en alguna esquina y a voz en cuello arengo a las gentes que pasan no digo incoherencias. Entrego un mensaje que podría salvar a más de uno: “Escuchad hombres y mujeres ingenuos de todo el mundo. Vengo a advertiros de cosas que a lo mejor ya habéis vivido sin percataros. Vengo a preveniros, vengo a ayudaros: ¡huid de la primera mirada!”.


De Los amigos míos se viven muriendo. Fondo Editorial Universidad Eafit, Colección Letra x Letra, 2007.

domingo, 10 de mayo de 2015

SIN EGOÍSMO

SIN EGOÍSMO
Por: Javier Barrera Lugo
Lo amo viejo. Nunca lo voy a olvidar.


No eran un cúmulo de dogmas rígidos. Aquellas reuniones de amigos al alba fueron sólo un ritual de parámetros flexibles que mi viejo instituyó como escape creativo a las preocupaciones que le generaban una vida de trabajo dedicada a sacar adelante, junto a doña Teresa, a cuatro hijos pasados de revoluciones. Todo parecía ubicado estratégicamente en aquel tinglado cimentado en la evasión necesaria que deben tener los seres humanos para no enloquecer: par amigos igual de fastidiados y con el espíritu lleno de emoción,  unas cervezas en el estanco de Víctor, donde funcionaban además el despacho de busetas y una polvorería mítica que en julio y diciembre, inundaba de fuego las calles del barrio y que mantuvo por décadas el ominoso récord de explosiones sin muertos más grande de la ciudad. (Don Héctor sobrevivió a uno de estos eventos un día de velitas del 84). Daba cierre a la gaseosa planeación estratégica de la bohemia, alguna pelea entre obreros ebrios hasta el copete  que lograban el dudoso milagro de hacer que los policías abandonaran el imperio de ronquidos que era la estación del “City” y sellaran la cantina donde, con o sin uniforme puesto, eran clientes puntuales.
De aquel templo de la tertulia y tragos bien entendidos salía cada quién para su casa, pero un latido vital delataba que las cervezas no fueron las suficientes, que la vida transitaba furiosa y pese a que había que madrugar, los sentidos estaban plenos, que el tocadiscos Hitachi recién comprado y los acetatos de Orlando Contreras, Antonio Aguilar, Lucho Bowen, Helenita Vargas, Javier Solís, Osquítar Agudelo, María Dolores Pradera, Cuco Sánchez, Daniel Santos y Olimpo Cárdenas, hacían “coquitos” para ladrar  historias de desamor, de vagos que se metieron a soldados para tocar la corneta y terminaron aprendiendo que la milicia no es sino un refugio para quienes no saben hacer nada salvo obedecer. Esa fiebre de ociosidad los llamaba como si de ambrosía otorgada por el dios Baco se tratara. Don Héctor, líder por naturaleza, brindaba la sala de su casa y asumía las consecuencias de enfrentar a mi mamá.
Los relojes no eran un problema para nosotros. Los niños no piensan en el tiempo, les sobra; únicamente la perorata en voz baja entre mi viejo y su adorada Teresa, nos hacía prender las alarmas respecto a los sucesos por llegar. Ella le reclamaba por hacer “recochitas” a la una y media de la madrugada con un “grupete de pelafustanes y justo al lado del cuarto de los “chinos”. Un exabrupto que no estaba dispuesta a tolerar. “Son muy pequeños y no quiero que aprendan mañas, ni palabrotas de borracho”, decía, ignorando que Andrés, el “terremoto” de la casa, “la porcelana”, no sólo las decía con una habilidad de carretero enguayabado, sino además, las escribía con grumos de tiza en los tejados de la casa vecina donde se encaramaba para asustar a las mojigatas novias de los payasos de Animalandia, que en aquel tiempo eran la sensación en un país donde la caja idiota y sus bufones empezaba a volverse una secta con millones de adeptos.
Una vez capoteado el temporal, con la venia de mamá, que a regañadientes aceptaba las peticiones de su amado, las voces se acentuaban, el escarceo de las luces de la sala dominaba los dinteles de las puertas, las melodías fluían y un Alejo de siete años, Andrés y yo, comenzábamos nuestra educación sentimental sin entender mucho de lo que se decía en aquel recinto. Todas las canciones hablaban de desamor, de errores, de amantes y queridos a quienes las penas se les escapaban con el sudor, describían las lágrimas de unas madres que vivían en pueblos lejanos de la provincia y se la pasaban rezando por la suerte de sus hijos encandilados con promesas que la ciudad se negaba a cumplirles, triángulos apasionados, corazones a quienes un mal proceder terminó por quebrar, un trago, mil tragos para paliar gigantescos dolores. En silencio escuchábamos, reteníamos, nos burlábamos del viejo, de García, su compadre, del tío Félix, del señor Moreno (igualito al papá de la serie ALF, lo juro),de don Libardo Vera, crédito de Espinal, Tolima, un tirano con su familia y un alma de dios con el resto de la humanidad… Instantes que no se borraron, cientos de vigilias que se nos metieron anárquicas en la sangre y el cerebro.
Las veladas eran sanas, generosas en remembranzas, críticas frente a las actuaciones del presidente de turno y su partido. En primera plana como un mandamiento, el análisis vehemente sobre el desempeño mediocre de Santa Fe y Millonarios en el torneo local de fútbol, los sucesos de los amigos, negocios y proyecciones, la bendita vida diaria que parecía burlarse de la disposición cruzada de los sueños. La música ablandaba cualquier atisbo de pesimismo, latía; los viejos, en ese momento hombres que rozaban los cuarenta años, se dejaban tentar por la poesía de lo cantado, por sus elaboradas letras y lo esencial de cada instrumento. Y no es que sus mujeres fuesen traidoras agazapadas y por eso padecieran, al contrario, fueron y son leales compañeras de ruta, señoras intachables que criaron a una generación que de a poco empezó a olvidar su índole, que compró un boleto para la prosperidad cosmética con sabor a babas. En aquellas canciones mi padre y sus amigos encontraron el sentido lírico de las vivencias ajenas, las palabras hilvanadas por portentos de la composición para quienes era claro que la lúdica inconforme, el juego de las letras, era hermano gemelo de la desesperanza, dama caprichosa que educa restregándonos los errores en la cara.
El quilombo terminaba casi al alba con dos canciones que eran himnos de una liturgia forjada por camaradas honestos: “En el juego de la vida” del gran Daniel Santos, con la cual el grupo, literalmente, tumbaba las paredes con sus gritos ebrios y llenos de alegría:“En el juego de laaaa viiiiddddaaaa…Juega el grande y juega el chico, juega el blanco y juega el negro, juega el pobre y juega el rico… Juega con tus cartas limpias…Vive y deja que otros viiivaaannnn…”. La segunda, un portento de canción interpretada por Orlando Contreras, “La voz romántica de Cuba”, metálica, deliciosa, atarbana y rasposa,  Sin Egoísmo: “Pooorrr esooo te deje, con gran dolor te abandoné, porqueeé sin egoísmo vivo yoooo… Para queeé tenerte así, sin niinguuna comprensión, si yo sé, que tu amoorrr, fue una ilusioooonnnn… Poorr eso te dejeé, con gran dolor te abandoné, porqueee sin egoísmo vivo yoooo… ¡Y sooy feeliiizzzz!”.
Las luces se apagaban. Alejo dormía al igual que Lili, en ese momento una nena graciosa, rubia e histérica. Papá y mamá cerraban las puertas, se sumergían en los secretos de su cuarto hasta la salida del sol. Cada espacio de nuestra casa era llenado por el silencio tóxico de lo habitual. Junto con Andrés, a escondidas, subíamos a la terraza y escuchábamos cómo la señora Consuelo, esposa de Don Libardo, denunciaba a grito entero el precario estado de conciencia con el que llegaba a perturbarle el sueño a toda su familia. Las palabras ceceadas  del hombre sólo dejaban intuir un “¡negra, estaba donde Barrera! Deje de joder y hablamos mañana. Ve, por eso es que me da “jartera” venir a dormir la “jartera”. Remataba el comentario con una carcajada de sibarita. Minutos después todo era cobijado por el mutismo. Mi hermano y yo nos tapábamos la boca para que nuestras risas no se escucharan. En puntas de pies volvíamos al cuarto para seguir siendo los mocosos que llegarían trasnochados a la escuela y que hoy tienen la edad de ese grupo de bohemios adorados y buscan negarlo a toda costa.
La vida está llena de chispazos, de momentos que hacen soportable la cotidianidad, esas explosiones de magia que los científicos llaman asimetrías, las que soportan y reafirman una variable constante. Esta pandilla de almas rebeldes en la medida de sus posibilidades, sin quererlo, nos enseñó la dignidad patente en los comportamientos extremos que sólo tienen consecuencias para el corazón dispuesto a enamorar o morir en el intento. Las “tomatas” fenecieron, los amigos se fueron a escribir otras historias, se cansaron de celebrar, tal vez la edad les regaló el placer de la mesura. Pero el daño quedó hecho. Los hermanos Barrera descubrimos con la temeridad de lo fortuito que la capacidad de perdón de las mujeres es selectiva, que siempre dejan una colilla del pecado perdonado a la mano para cuando sea necesario abrir una herida que se infecta. Nos enseñaron el bigotón Daniel Santos y Orlandito Contreras, Don Héctor, el tío Félix, que los hombres lloran si se enamoran, cuando no los quieren, cuando no utilizan, cuando utilizan y no aman lo suficiente o se convierten en máquinas hastiadas de sí, cuando de verdad duele el alma. Comprendimos que el amor es puro, duro, deforma y conforta como la linfa de una mandrágora. Lección aprendida y comprobada muchas veces…Hicimos bien la tarea.
Siempre viene una reminiscencia bonita, un latigazo de electricidad en el pecho cuando de casualidad  los de mi generación y origen escuchamos una de las canciones emblemáticas de aquella cofradía, un raro placer que parece destinado a los escasos antros donde se reúnen cada vez menos pensionados o conocedores del tema a rumiar tiempos mejores. La nostalgia está mandada a recoger, dicen los dueños del mundo, las directrices del mercado se aplican hasta en los lugarcitos en los que se reúne el lumpen de una metrópoli plagada de  espejismos. Hoy en las cantinas el sonsonete que impera es el de la hostigante música popular y sus frases inconexas, los Jhonnys y los Pipes, que de buenos sólo tienen el apellido porque con su arte dudoso hacen honor a una máxima de la vida:“vulgaridad es la virtud del mediocre”. Son espacios destinados al fetichismo de la intrascendencia, a la ordinariez de la mente, las conversaciones tienen otro calibre, el único objetivo es el ensimismamiento sin reparos, la estúpida sobrevivencia amputada de anhelos, el mero hecho de la ebriedad.
La poesía es veneno que provoca, sus adoradores, una suerte de suicidas aferrados a la existencia que por instantes se sumergen en las violentas aguas de la melancolía para testificar su ingenuidad. Usted que lee esta reflexión tiene un nombre particular para esa persona que le enseñó a percibir lo que se siente sin querer o queriéndolo mucho, un tío, su padre, su mamá, un vecino bonachón, un sabio borrachín que remontaba las calles de su parroquia tarareando melodías del ecuatoriano Julio Jaramillo, “el ruiseñor de América”,  los temas milimétricamente tristes de Don Alcibíades “Alci” Acosta, o Renunciación, de Javier Solís, “Rey del bolero ranchero”, (No quiero verte llorar, no quiero ver que las penas se metan en tu alma buena por culpa de mi querer…No quiero verte sufrir, no soy capaz de ofenderte si sabes que hasta la muerte juré ser sólo de ti…).
La belleza es una noción subjetiva, el tono colorido que hace falta para subvertir las pesadillas. Tantos rostros, tantos momentos que nos indican que el tiempo pasó, que nos vamos haciendo viejos, que los hombres no mueren, que sus corazones estarán junto a nosotros mientras no carguemos la enfermedad del olvido. Alcemos las copas, volvámonos a enamorar, todo existe si así lo queremos.


Recomiendo escuchar:

Renunciación                      (Javier Solís)
Temeridad                          (Olimpo Cárdenas)
Si Dios me quita la vida      (Javier Solís)
Fallaste corazón                 (María Dolores Pradera)
Tres corazones                   (Cuco Sánchez)
Pasaste a la historia            (Helenita Vargas)
Sin egoísmo                        (Orlando Contreras)
En el juego de la vida          (Daniel Santos)
Cataclismo                           (Javier Solís)

Me recordarás                      (Javier Solís)

domingo, 3 de mayo de 2015

ESO SI

ESO SI

Pedro Alberto Zubizarreta, Buenos Aires, Argentina





El Cholito se muere. El Cholito se va. La enfermedad lo atraviesa de lado a lado. Cinco años tiene. Cinco escasos años y la vida ya lo quiere dejar. Ahora no sufre. Ahora no. 

Está medio dormido, eso sí. Es por la medicación que le dan los doctores para sacarle el dolor. Junto a la cama del Cholito están los padres derramando lágrimas que se abrazan y corren juntas. El Cholito tiene la panza hinchada y le cuesta respirar. Cuando el Cholito empezó con el dolor en la pierna les dijeron que no era nada. Varios médicos lo miraron. Lo miraron un poco por encima, eso sí. Pero qué puede uno hacer, si los hospitales están sin recursos y el papá del Cholito perdió la seguridad social cuando se quedó sin trabajo. Lo llevaron a un médico privado, que sólo lo atendió cuando reunieron el dinero para pagar la consulta por adelantado. El médico privado tampoco lo examinó demasiado. Diagnosticó “dolores del crecimiento”, eso sí. Todo crecimiento va acompañado de dolor, todos menos justamente el que aludía el facultativo. El crecimiento de los huesos no duele. Pero qué puede saber un padre que apenas completó tres años de la enseñanza primaria. Qué le puede exigir a un médico que pasó por una universidad y salió de ella más miope y egoísta que cuando entró. Nada, sólo agacha la cabeza y acepta. Aunque el Cholo se haya seguido quejando, sin poder dormir a la noche, eso sí. El tiempo fue pasando y el dolor en aumento, acompañado por hinchazón en la rodilla. Artritis, les dijeron. El “güesero” del pueblo le quiso acomodar la rodilla, pero se le fracturó el fémur en el intento. Entonces llegó el momento de viajar a la gran ciudad. El Cholito en un grito con cada cimbronazo del autobús. El viaje largo. La llegada a Buenos Aires, con su multitud anónima hirviendo en la Terminal de Ómnibus. Finalmente llevaron al Cholo al Hospital grande. Los médicos estaban serios, mirando placas radiográficas de la rodilla y del tórax. Le practicaron una biopsia. Después vino un médico a hablarles de la enfermedad, que era maligna y se había desparramado por los pulmones. No respondió al tratamiento de quimioterapia y el Cholo empeoró. La pierna se hinchó como un zapallo.


Cholo, Cholito, no te morís solamente de cáncer, también te morís de analfabetismo, de miseria, de desnutrición, de marginalidad. Te morís de injusticia. Te morís de deuda externa. Te morís de anonimato. Te morís de tan pequeño. Te morís aplastado en las vías del desarrollo. Te morís de intereses ajenos. Te morís de extremo sur. Te morís, eso sí.