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lunes, 5 de febrero de 2018

CUANDO EMPIEZAS A SER UN "DON"


CUANDO EMPIEZAS A SER UN “DON”

Por Fernando Vanegas












“La experiencia es como la peinilla que le regalan al calvo; siempre nos llega tarde”.
La balada de María Abdala. Juan Gossaín.




Cuando era pequeño, los únicos “dones” que conocía aparte de los del Espíritu Santo, eran a “don” José, mi padre, “don” Jesús, el de la tienda que le fiaba a “don” José; a “don” Arturo, el hermano de “don” Jesús, que autorizaba el valor que podían dar como crédito a “don” José, y por supuesto, “Don” Velazco, el mayor de todos…, no tenía nada que ver, pero entre todos estos “Dones”, se pegaban “doñas” peas.

Entonces todo era más fácil, existía un principio de autoridad tácito pero implícito, desde niños nos educaban para eso, sabíamos por práctica-error, que transgredir el código invisible del respeto, podía, sin temor a equivocarnos; acarrearnos una visita no muy amena con los psicólogos de la época: la correa, el palo, el zapato, la manguera…, lo que encontraran.

Eran los “DONES”, y eso daba un estatus barrial de grandeza y heroísmo. En algunos de nuestros juegos inocentes, nos divertíamos imitándolos:

-“Don Jesús (impostábamos la voz), ¿es tan amable y me da un paquete de cigarrillos?, mañana se los pago”.
-“Con mucho gusto don José, ¿de  cuáles?...,

Queríamos en nuestro interior de enanos, ser grandes…,

Más adelante en mi línea de tiempo, con mis veinte encima y en plena etapa de universitario, los “dones” que remplazaron a esos prohombres de antaño, eran  sin duda, profesores que me inspiraban respeto y admiración, “don” Pedro Luis Chamucero, “don” Mariano, el de gramática, “don” Placido (que me hiciera sentir por fin, algún gusto por las matemáticas), y obvio, “don” Gonzalo Ortiz Charry, de periodismo político por allá en noveno semestre…, eran “dones” felices, que nos embriagaron de conocimiento (así, literal, aprendimos más en donde la “gorda” y en los estancos, que en las aulas).
“se tejen guantes de lana virgen para señora”, “Rosita la empanadita”, “un hombre sin cachos es como un jardín sin flores” y la máxima de todas, la de Charry: “a la política y al poder solo se accede de tres formas, por asesinato previo, por maquinaria o por herencia…, claro que la historia dicta que también se llega ahí por un culo”…, cuanta sapiencia, cuanta sabiduría, cuanta erudición.

Nunca se los confié, pero hubo compañeros a quienes en silencio y por no pasar de lame botas, también les di la categoría de “dones”: “don” Elkin, “don” Jaime, “don” Julio (no, no el del Ley), “don” William y “don” Edison…, compañeros, guías, cómplices. En resumen, unos bacanes.

Luego el trabajo (y por subordinación), me pusieron en frente a otros “dones”, ya no tan importantes, ya no tan significativos, no cercanos a mi afecto…, en el cofre de esmeraldas, aunque todas parezcan iguales, siempre vamos a querer a unas más que a otras.

“el alma es antípoda del cuerpo, así, amanece para ella, mientras oscurece para él”. Ahora YO soy un “DON”, y esa etiqueta me pesa y queda grande…, una gran mayoría de la muchachada del conjunto donde resido, algunos alumnos, primitos que aparecen y que no tenía ni idea que existían, los infantes en los parques aledaños, todos, vienen con el “remoquetico” ese que me espanta y me sorprende. “Don” Fernando, me presta…, “Don” Fernando, me ayuda con, “Don” Fernando me puede explicar…, este pobre con “Don” (el chiste es viejo), de un momento a otro, sin querer y según la apreciación de mi estimado público, de repente arregla relaciones, orienta clases, sugiere procederes, da consejos, presta plata, invita cerveza, le invitan trago, regresa y liga al ser amado, repara la olla express, tiene el caucho para la licuadora, virutea, encera, lustra, da brillo…, no lo pedí, no sé por qué se dio, no sé a qué hora llegó, pero llegó. Trato de llevarlo con dignidad, dejando que las canas que empiezan a aparecer me orienten y me otorguen las respuestas, el respeto se ganó a punta de años y es difícil, es jodido ser el modelo a seguir de algunos, cuando vos ni siquiera tienes modelo…,es como la peinilla que le regalaron al calvo…,

Nada que hacer, llegué a la adultez, estoy en mi sazón, pienso como grande, me comporto como tal…, nos vemos, la Mona me grita que recoja mis Transformes.

viernes, 12 de enero de 2018

NUEVOS ESCRITORES EN IDIOTA INÚTIL



La literatura, la buena literatura, debe mover y conmover, hacerse palpable no para juzgar, sino para servir al propósito vital de la redención que escritor y lector buscan.

       Jeyson Neil Linares es un novel creador que hace sus primeros rasguños al mundo de las letras para leer. Aceptó la invitación de Idiota Inútil para dejarnos conocer algo de su trabajo… Y  a fe que nos sorprendió.

       El relato que nos presenta se llama “Vidas sin propósito,” y Claudia es el nombre de su protagonista. Protagonismo que comparte con el narrador, un hombre que lucha por lograr la redención (que al inicio de esta nota reseñamos y que tan jodida es de alcanzar) y lo único que pretende es mostrarnos la inmortalidad como el resultado obtenido tras lustrar contra el pavimento las buenas acciones, la limpieza de pensamiento, la lucha contra nuestros demonios.

¡Bienvenido a las letras formales, J! Este oficio es arduo, hermoso, sensual y frío como el cuchillo que nos clava una amante esquizoide después del sexo. La labor de escribir es la gran adicción de los dioses.

       Entrego una reflexión final a esta introducción, dedicada al autor, y proporcionada por Miguel Matamoros, el gran músico y letrista cubano, a través de su bolero Lágrimas Negras. La siento como un llamado para esa voz del alma femenina que el autor nos describe en su texto:

Aunque tú
me has echado en el abandono
Aunque tú
has muerto todas mis ilusiones

En vez de maldecirte
con justo encono
en mis sueños te colmo
en mis sueños te colmo
de bendiciones.



 

VIDAS SIN PROPÓSITO

Por: Jeyson Neil Linares

Son las cinco de la tarde y termino mi día en la empresa donde trabajo, aunque desde las dos no tengo nada que hacer, sólo revisar mi celular (que por cierto ya es hora de cambiar la pantalla rota dañada en mi última borrachera).  Lo reviso para encontrarme con algún mensaje o llamada perdida que no escuché mientras mi pensamiento solo divaga en otro lugar.

       Definitivamente hay una persona en la que no puedo dejar de pensar. Trato de entender por qué la vida se ha empeñado en atarle más tristezas que alegrías, sin darle espacio para disfrutar la nobleza de su soledad.

       No tengo plata para el transporte y sin que exista una segunda opción, tengo que caminar hasta mi casa,  poco más de doce kilómetros llenos de polvo y ruido de camiones pesados, por alguna calle 13 de esta ciudad capital. Este es el escenario perfecto para distraer mi mente con la misma persona que he venido observando desde hace días.

       Como decía, tengo un marchito celular que está a punto de agotar las últimas fuerzas de batería y eso permitirá perder por completo los pies de este mundo, pues asi no tendré que contestar la llamada de mi pareja para recordarme que aunque sea viernes y mis amigos estén cerca del aeropuerto con una cerveza fría sobre la mesa, ella también me espera para tomar un chocolate y unos panes con mantequilla. También me salvo de contestarle a don Jorge, el señor del arriendo con quien no quisiera hablar aun teniendo toda la batería de mi teléfono.

       Comienzo a caminar y una pequeña gota cae sobre mi rostro, lo que acelera mi paso porque aunque todo me importe una mierda, tampoco me voy a pegar una lavada pensando en esa mujer. Ella es linda, de ojos claros, con pocas cejas, pelo teñido y nariz aguileña marcada por los desgastes. A pesar de ser joven, treinta y tantos años que no quiero precisar, sólo tuvo la oportunidad de hacer hasta segundo de primaria, pero eso no fue impedimento para que su inteligencia adoptara una postura rígida para saber tomar decisiones, algo necesario hoy en día cuando los pecados y las tentaciones están a la vuelta de la esquina. Incluso es más necesario que ser un profesional metido en un mundo de apariencias buscando aparentar ser el modelo perfecto de la familia.

       Muy joven quedo embarazada en dos  ocasiones, un niño y una niña, obra de algún obrero de la finca que administraba su padre, un viejo del cincuenta que trabajaba muy duro para gastarse el jornal en la cancha de tejo de Marina; el mismo que corrió a balazos a aquel obrero por haberse metido con la más bella de sus cuatro hijas. Eso sí, aunque quedaba debiendo en la tienda siempre llenaba de alimento los estantes de su casa, “todo podrá ser mi papá, pero nunca pasamos hambre en la casa,” dice Claudia, que es el nombre de quien no dejo de pensar. Su tercera y última hija es fruto de una relación que comenzó mucho después de todas las vivencias que tuvo que pasar; última porque durante su parto aprovechó para cerrar por siempre la visita de la cigüeña.

       Con el padre de esta pequeña de tres años es con quien vive y pasa la vida en una rutina diaria a la que no encuentro explicación y por la que no paro de preguntarme el propósito de esta mujer en el mundo.

       Su esposo en ocasiones pierde el hilo causándole tristezas, ayudado por el licor. Pareciera que esta adicción quisiera atormentarle la vida hasta el último día de su existencia Ella, por medio de todos los seres que ama profundamente y de los que más espera una retribución, termina sufriendo. Tengo que aceptar que en sus cabales, el mancito intenta remediar los males que ha hecho  porque sabe que a pesar de la diferencia de edad de ella sobre él, nunca podrá encontrar un ser tan noble, generoso y necesario en su vida.

       Y cómo no admirar a una persona que todos los días desprende sus ojos del sueño para muy temprano cumplir con su trabajo en una pequeña panadería de Fontibón donde, si no fuera por sus limpias manos, nada funcionaria a la perfección. Las pocas veces que estado allí me doy cuenta que es Claudia el eje principal de este negocio, sabe muy bien de cocina porque aparte de ayudar a su papá en el cafetal, nunca ha parado de madrugar a cocinar. Antes lo hacía para los obreros, hoy lo hace para su familia, su hogar.

       ¿Cómo es posible que una mujer que tiene que madrugar a trabajar tenga que levantarse antes para dejar listo el desayuno y el almuerzo de su casa? Seguramente habrá otras hermosas mujeres que están en este mundo con el propósito de servir y servir a otras personas.

       A Claudia no le gusta el queso porque estuvo trabajando durante 4 años en una quesera ubicada en una vereda del municipio de San Francisco Cundinamarca, escuchando vallenatos viejos para consolar a su cuñado porque una de sus hermanas estaba a punto de olvidarlo. Mientras trabajó allí, su anterior marido aprovechaba para deleitar a las jovencitas del pueblo en la misma cama donde dormían, en la misma en la que muchas veces se burló de ella por ser una humilde campesina.

       A parte de vivir situaciones que no correspondían a su edad, tuvo que aguantar las envidias de su propia sangre, cuando en una ocasión su padre recibió por herencia ciertas tierras y dinero que fue manchado por brujerías al haber sido el elegido para recibir esta ayuda, que se suponía los sacaría de la pobreza y los terminó hundiendo en maleficios que hicieron daño en el seno de su hogar y que otros fueran quienes recibieran dicha herencia.

       Pero, ¿por qué ella? ¿No fue suficiente que su ex marido fuera un mujeriego que se burlaba de su humildad? No, es la respuesta. Parece que nuevamente había algo en esta dimensión que quería ensañarse contra ella, tanto así que hasta el día de hoy sufre las secuelas de esa magia negra que abunda en los corazones malos e insatisfechos.

       Así podría recitar y contar muchas historias sobre esta mujer y en todas el factor común siempre será ¿por qué ella? ¿Por qué una persona que tiene tantas cosas buenas para dar termina siendo la pagana de errores de otros? ¿Por qué una persona que deposita su confianza y toda su fe en una iglesia que pertenece a muchos, pero es de Dios, es el cero a la izquierda de esta ecuación?

       Tuvo que haber sido muy mala en su vida pasada para soportar tanto. Ya estoy atravesando el último semáforo de mi caminata y me cruzo con un viejo amigo de la infancia, ese que siempre supo hacer reír a todo el salón burlando a la profesora de filosofía. Sin perder su gracia me hace quitar del rostro el odio que se carga en mi pensamiento, me cuenta un par de cosas de su vida y se despide rápidamente diciendo: ¡Papi, todos tenemos un propósito en la vida!

       Y lamentablemente sí, concluyo. Termino los últimos pasos y me doy cuenta que estoy rodeado de personas diferentes, cada uno con una misión particular, algunos para hacer reír, otros para llorar, otros se encargan de soportar, de cumplir y hacer más fácil la vida del otro, de amargar, de liderar...

       Sólo quiero entrar a mi casa, comer el chocolate que me está esperando, que sin duda no es más delicioso que aquella cerveza que desprecie, pero por algo estoy aquí. Quiero escribir el libreto de mi vida, encontrar mi propósito para hacer mi papel como debe ser y poder hacer diferente la vida de mi esposa Claudia.


*Todos los derechos reservados Jeyson Neil Linares 2018


lunes, 18 de diciembre de 2017

LO MEJOR DE 2017

El Grupo editorial Idiota Inútil, desea a todos sus seguidores y colaboradores, una feliz navidad y un próspero año nuevo














LO MEJOR DE 2017

LUZ Y OSCURIDAD
Autor: Daiana Daguerre




Me siento sola, ¿no hay nadie más aquí?

- si yo. La Oscuridad... vente conmigo, ¿te despreciaron? no importa yo no lo haré, ¿se burlaron de ti? ven conmigo y nos burlaremos de ellos, ¿te lastimaron? dale vamos nadie más lo va a hacer ahora-.La oscuridad vestía un vestido negro de seda, frío como la muerte. Malvado, Perverso.

-No lo haré- respondió la chica- Eres mala, fría despiadada. No me convertiré en lo que tú eres -A lo que la oscuridad respondió- ja ja. Niña, te puedo dar todo. Puedo hacer que sufran y paguen cada una de las que te hicieron. ¿No ves que no ganas nada con defenderlos? Ellos se burlaron de ti, es hora de que ellos sientan lo que tú sentiste-.
-No y no- volvió a repetir esta con lágrimas en los ojos- sé que me dañaron, sé lo que me hirieron y me sentí fatal, pero hacerles lo mismo, sólo me convierte en uno de ellos-.
- no niña no te equivoques, no te conviertes en uno de ellos, te conviertes en ti misma-.

La chica al sentir estas palabras quedó helada y se repetía para sí: “¿en mi misma? ¿Acaso el mal soy yo?, ¿será mi destino?”.
Mientras tanto, la Oscuridad, que podía leer sus pensamientos agregó: - Es tu destino. Tu destino es ser mi sucesora. ¿No disfrutas el sufrimiento en sus ojos? ¿No disfrutas el sentimiento de temor que les inculcas?-
Esta al escucharse a sí misma se sonrió, pues dio el trabajo por terminado, ya nada tenía que hacer allí.
La muchacha la miró seria, enjugándose las lágrimas de los ojos y respondió: - Y a todo esto… ¿Dónde está la luz, lo bueno, lo que sea?-.
La Oscuridad largó chispas de sus ojos y agregó – no seas tonta. Ella no existe, es solo lo que ustedes quieren creer. Es ese sentimiento que los vacía poco a poco a todos y cada uno de ustedes, por eso vengo a librarte de ese tonto sentimiento sin esperanza-. Y se acercó para llevarla.
.Espera- respondió la chica ahora con autoridad y potencia- ya se lo que quieres. ¿La luz soy yo verdad? Cualquiera te hubiese aceptado, se hubiera perdido en su propia cordura. ¿No ves que es inútil? Mientras que yo, y todos los que existamos no nos rindamos daremos paso a la luz. La luz somos todos los que creemos, somos todos los que tenemos ese sentimiento de esperanza y de que todo puede ser mejor. Al cabo, si no existiera la luz nadie se te opondría. ¿Pero vez? Fallaste, es mejor que te vayas. Aquí nada tienes que hacer-.
La Oscuridad llena de odio, se alejó al rincón más oscuro de la habitación y se fue así como lo hizo la sombra al ser perseguida por un rayo de sol.



LA VENTANA
Por Fernando Vanegas Moreno

Oscar era un rogado…, cada vez que había fiesta donde Ramírez, nos sumergía en sus cavilaciones, nostalgias y desvelos, nos involucraba por dos horas o más, en su bohemia infinita, para al final, sacarnos el cuerpo y decir, no, yo no voy…, hombre, no joda, porque no dijo desde el comienzo, explotaba Vlas…, los demás, seguíamos el juego y nos apartábamos en paz; luego, la noche continuaba y lo que ocurriera o dejara de ocurrir, siempre llegaba a la ventana.
“Los Ritos” (Rito y Rita), era como cariñosamente conocíamos a los padres de la familia Páez Pinilla, gente divinamente, arraigada en Ciudad Jardín norte, uno de los muchos barrios de la capital colombiana. Tenían más por tradición que como medio de sustento, una pequeña miscelánea, que para nosotros, impúberes currinches, se convirtió en el punto de encuentro y de “cónclave” adolescente; en la ventana de ese comercio, se ennobleció el dulce trasegar de estos polluelos.
Jorge, Chepe, Nano y Adriana, son los hermanos mayores de esta historia, entonces eran nuestros héroes; ya eran “grandes”; profesionales o en camino a serlo, tenían relaciones adultas, hablaban con madurez…, nosotros todavía, nos emocionábamos con “profesión peligro y los magníficos”, series televisivas de la época, y que bueno, hablan bien de nuestra seriedad infantil.
Como decía, esa ventana era punto de encuentro, de salida, de llegada, de anécdotas, carcajadas, chistes, bromas, y muchas veces, testigo mudo de dolor y lágrimas, la ventana era un parcero más en ese parche.
Fue también celestina y alcahueta: muchos nos reunimos ahí con nuestras  tiernas amantes de jardinera gris y saco verde, las siempre presentes niñas del Instituto Ciudad Jardín del Norte. -¿Lalita nos vemos a la salida del cole?, claro, ¿Dónde?, -ya sabes, en la ventana, ahí te espero-. Y no fui el único, todos geo referenciamos el lugar, como punto romántico de amores inocentes, primeros besos, chocolatinas, esquelas, credenciales, solitarios, poemarios, peluches…, despedidas, llanto, promesas vanas. Alix, Adriana, Diana, Viky, y por supuesto, Monika (así, con K), fueron nombres recurrentes en el viejo dintel.
Casi todas las tardes, Andrés “el cabezón”, “Chucho”, Ernesto, Vladimir, el señor Oscar, en algunas ocasiones Italo Javier, y obvio, este servidor, y previo a nuestro “voluntariado”, como alfabetizadores nocturnos, nos reuníamos allí para corregir exámenes, sacar notas, preparar clase, hacer demagogia…, carreta…, solo hablábamos mierda, (fumábamos algunos), arreglábamos el colegio, programábamos salidas, futbol, baloncesto; nos hacíamos matoneo y nos sacábamos los trapos al sol, lo normal a esa edad. Madreábamos a los de décimo, y trazábamos tácticas y estrategias para las contiendas, fuimos malos de novela, los perversos de los pitufos, los malandros de mi pequeño pony.
También en aquel entrañable vitral, planificamos sin éxito, grupos de estudio pre ICFES, pre universitarios, pre…, presuntuosos, era lo que éramos…, tales grupos siempre fueron una disculpa para el desorden y la juerga.
“Que es lo que pasa camaleón, calma la envidia que me tienes, que aunque tu cambies de color, yo sé muy bien por dónde vienes”…, Nano trato de mil formas, de adentrarme en el son, la salsa, el guaguancó, la charanga y todos estos ritmos caribeños…, no lo logró, yo iba por otro lado, sin embargo, lo entendió, y entonces, apoyado en la calma inquietante de nuestra ventana, me hablaba de sus experiencias en el ejército, me regalaba consejos y palmadas en la espalda, me obsequio en una hoja cualquiera, la letra de “pedro navajas”, esa canción de calle, de putas y borrachos, el tema aquel que nos trae sorpresas, todo, porque mi adorada niña, necesitaba ese poema urbano para algún deber escolar, así era Nano, un bacán, desprendido, generoso, grande, inmenso…,
El arrabal sigue ahí, estoico, nuestra ventana por el contrario, ya no está, al igual que varios de los protagonistas de esta historia…, sin embargo, cada vez que retorno  a aquel suburbio, visito el sitio, vuelvo a atrás en mi memoria, rebobino el casete, y siento que el tiempo se detuvo, entonces, recuerdo al viejo Nano de nuevo, su sonrisa despidiéndome con esa voz eterna que me susurra al oído:
Ay ya tú ves
como el que no sabe,
conoce más
que aquel que cree que sabe.
Y aunque pagué
por mis viejos errores,
aún guardo en mí,
Amargos sinsabores.

“El pasado no perdona”
Del álbum: el que la hace la paga, Ruben Blades, 1983.




EL PUEBLO SIN NOMBRE
Jeackson Antonio Vargas Benítez, El salvador.


El resplandor del sol iluminaba el día. En el cielo se observaban pocas nubes. Una brisa cálida y suave atravesaba las hojas de aquel pequeño árbol de jocote que media poco menos de dos metros.
La mano de don Víctor lanzaba puñadas de maicillo, que recogía de un pequeño guacal de morro que tenía sujeto con sus piernas. Las palomas armaban un alboroto para poder agarrar un poco.
Ya acabado el grano, en un pequeño guacal de plástico color rojo, don Víctor colocaba agua fresca para las pequeñas avecilla, para que introdujeran sus diminutos y delicados picos, con los cuales absorbían casi gota a gota aquel limpio líquido, obedeciendo a su instinto natural acudían en pequeños grupos.
Don Víctor acostumbraba luego de esta rutina, a tomar una taza de café. Le pedía a su esposa aquel pequeño antojo. Ella le observaba el rostro fijamente, con una inmensa ternura, con aquellos ojos grisáceos, que parecían brotes de agua zarca. Con una sonrisa en su boca, aquella bella mujer de tez morena se dirigía a la cocina por la taza de café. Sabía que a su esposo le gustaba el café hecho en hornilla de barro, para beberlo recién sacado del fuego. El rico aroma se expandía por cada rincón de la casa.
Cayó la tarde, las aves anunciaban la noche. Don Víctor y su esposa sentados en la mesa, uno frente al otro. Ella dijo: “Gracias señor por este alimento, bendícelo y te pedimos que se convierta en alimento para nuestros cuerpos”. Amén – terminaron los dos-, comenzaron a comer. Don Víctor le sonrió a su esposa y le dijo con vos tierna y suave “Te amo, muchas gracias por la cena”. Ella sonrió y lo miro lleno de ternura.
Terminaron la cena. Ambos se levantaron. Don Víctor se dirigió a la sala, y observaba fijamente la foto que estaba colocada en la pared blanca. Era de uno de sus hijos, fallecido en la guerra. Una pequeña lágrima atravesó su mejilla. Pensó en ese instante, “Señor estoy seguro que lo tenés gozando de tu gloria, vos sabes que el dio la vida porque sus hermanos tuvieran un lugar mejor donde vivir y también los Quería proteger”.
Luego de eso se fueron a acostar. Antes de dormir don Víctor comentaba lo bueno que había sido su hijo, los sueños que tenia, las grandes ilusiones. No quería que sus hermanos vivieran en un lugar lleno de odio, soñaba con un lugar más justo. Ahora está en un lugar mejor- dijo su esposa-. Aquí fue su primer paso, allá es el segundo, en el cielo le está pidiendo a Dios por ese lugar más justo y mejor para nosotros. Luego de esta conversación se durmieron.
Don Víctor comenzó a soñar. Iba caminando por unas montañas. Se oían ruidos de helicópteros, de un lado hacia otro. Él se asustó pues también se escuchaban disparos, muy cerca de él. Comenzó a sudar, a desesperarse. El corazón le latía cada vez más fuerte. Un escalofrío le recorría todo el cuerpo, y corrió muy rápido. De repente a lo lejos vio sentado a un grupo de niños muy tranquilamente. En el centro estaba un joven de tez morena, cara pequeña, cabello negro y brilloso, muy liso. Su nariz era muy escasa, pero muy fina. Don Víctor lo reconoció de inmediato, era su hijo, sentado al centro.
Junto a él, estaba otra persona que lo miraba atentamente y se sonreía. Como se notaba el cariño que aquel hombre le tenía a su hijo. Un hombre barbado, moreno – igual que su hijo-, de mediana estatura, que denotaba paz y serenidad.
Don Víctor se acercó más, para escuchar mejor lo que su hijo decía. Cuando se acercó pudo escucharle contando una pequeña historia:
Crecí en un pueblo que lleva un nombre muy peculiar, y contradictorio a su realidad. Hace alusión a un bosque que no existe, a un río, hoy contaminado, su nombre es río boscoso. Alejada de la modernidad, la gente de mi pueblo se levanta muy temprano. A veces salen antes que el sol. Nos gusta ver las estrellas, y soñar cosas bonitas cuando las vemos. No podemos pasar por alto tan bella creación. Imaginen un mundo donde nadie las vea, que extraño sería, pero eso no pasa en mi pueblo. Nos bañamos con agua muy helada de nuestras pilas, a guacaladas como comúnmente decimos por aquí.
Después del baño, ponemos un poco de café al fuego, para tomarlo luego bien calientito y así opacar el frío y pegamos la corrida al cuarto, porque en la madrugada uno sí que se caga del frío. El humo del café se mezcla con la neblina de la madrugada, es rico beberlo en un pequeño guacalito de morro y acompañarlo de un pedacito de pan dulce. Entre soplo y trago se va acabando. Llega la hora de irse a trabajar, para nosotros esto no es molestia, el trabajo es bien remunerado y con lo que se gana alcanza para cubrir los gastos necesarios. A mi gente no le da miedo salir de sus casas, pues no hay peligro alguno – aun siendo de madrugada y bien oscuro-. Antes de salir nos despedimos de los que quedan en el hogar y le damos las gracias a Dios por un nuevo día regalado. Caminamos un poco para tomar los autobuses que nos llevan hasta la capital, donde está el medio de trabajo más grande de la región. Se puede observar mucha gente en la calle que van también a sus trabajos. La brisa helada de la madrugada nos cubre todo el rostro.
Salta el primer rayo del sol por encima de las copas de los árboles, esta suave luz ilumina volcanes, sueños, ilusiones, esperanzas, nubes, las cuales se ponen amarillitas como yemas de huevos. Esto solo dura unos instantes por que luego se pone bien clarito. Los pájaros salen cantando de entre las hojas verdes y frescas de los árboles, empapadas del rocío de la madrugada. Gota a gota cae el rocío en el verde pasto, donde solo se ven filas de hormigas trabajando.
Al llegar al trabajo, todos somos bien recibidos por sus compañeros y hasta por el jefe del lugar, mi gente no conoce de injusticias, las personas con cargos importantes no se aprovechan de sus cargos pues ellos saben que es por nosotros que ellos están ahí, trabajan muy bien, no se aumentan los salarios injustificadamente, pues ellos siente que esto es incorrecto, y un grave irrespeto para mi pueblo y ellos respetan eso, aunque aumentarse el salario no es malo cuando uno se lo merece, mi pueblo así los premia pagándoles y aumentándoles cuando es necesario, hay un equilibrio en mi sociedad. Aquí se nos respeta nuestra dignidad, no se burlan de nosotros, no nos engañan. Si una de estas personas comete algo malo o no está haciendo bien su trabajo, no se siente digno de estar más ahí, delega su puesto a otro que lo desempeñará mejor, están conscientes de eso.
Volvemos a nuestros hogares, satisfechos de un día de labor más. Llegamos a descansar para el día siguiente.
El joven pone punto y final a la historia. Una sonrisa aparece en su rostro. Don Víctor se pregunta, ¿De qué lugar estará hablando mi hijo? El joven dice a los niños. “voy a confesarles. Que en esta historia solo hay dos verdades. La primera, el lugar si lleva el nombre de un bosque que no existe y de un río que está contaminado. La segunda, mi gente aun en su mala situación, en sus miserias, injusticias, inseguridades da gracias a Dios por la vida, guardan la esperanza de un futuro mejor. Un niño se pone de pie rápidamente. Don Víctor se impresiona al ver al muchachito preguntarle a su hijo, si en la historia hay solo dos verdades y las demás no, ¿qué nos querías decir? Don Víctor ve como su hijo se sonroja, lo que quería enseñar es que tratar de ocultar las verdades no es bueno, dejar pasar de largo o esconder las injusticias, la realidad y no luchar por un lugar mejor, también quería enseñarles lo bueno que es soñar con lugares tan bellos como este, es un regalo de Dios. Para que nosotros trabajemos por este lugar. Don Víctor salto de inmediato muy asustado y se dio cuenta que estaba soñado, rápidamente se dirigió hacia la sala. Se sentó en un sofá azul muy cómodo, a ver la foto de marco ocre que colgaba en aquella pared blanca. Absorto en la cara de su hijo.



LA REALIDAD DE UN SUEÑO
Juan Hasty González, Cuba

Una mañana de mayo, cuando muchos árboles se llenan de flores y el sol resplandece en el alba, un niño llamado Chefi, despierta y se da cuenta que no está con sus padres, ni con su familia - ¿Dónde está papá y mamá?- se preguntó. Se sentía tan solo y fue entonces cuando se decidió a caminar por aquel hermoso lugar y descubrir todo a su paso, todo lo que ve es ajeno a su vista, pero agradable. Extrañado se pregunta -¿Por qué estoy aquí?- y al instante una voz de tono dulce embargó su corazón y le dijo:
- Chefi, ¿Quieres saber qué anhela realmente tu corazón?
Sorprendido se pregunta - ¿Por qué estoy aquí? ¡No sé quién me habla! ¡Muéstrate! ¿Dónde estoy?
Sigue caminando y al rato se encuentra con el mar, deseoso de sentir el fresco aire del mar y ver su color verde y azul, abre sus brazos, respira profundo, sopla la brisa suave en su piel, detenidamente observa las aguas; agua de siempre, agua con vida, aguas extendidas, aguas dormidas.
El niño Chefi sigue sin entender y una vez más la voz le dice:
- Ahora no es necesario que entiendas nada, sino que comprendas que debes de crecer y seguir adelante, caminando sin mirar atrás
Siendo obediente a la voz, se desplaza por toda la orilla del mar, las olas bañan sus pies una y otra vez, de pronto comienza a correr largo tramo de la playa, se detiene y se da cuenta que se encuentra en el mismo lugar donde dormía, de pronto despierta y comprende que estaba profundamente dormido y todo era un gran sueño.
Chefi se había quedado acostado en un parquecito de la escuela. Camino a su casa, las flores que se desprenden de los árboles le caen a cada paso que da como si fuera nieve del cielo, flores hermosas, rosadas y blancas.
Muy contento con el sueño que había tenido exclama:
¡Voy para mi casa que está en mi pueblo, que está en mi tiempo!
¡Voy para mi casa que ya he aprendido a mirar el cielo!



POETAS NUEVOS


ANDRES DAVID CORREA BUSTAMANTE



CAT-DOG


¡A ver!... ¿Quién dijo que después
de una caricia en la cabeza,
no iban a sentirse complacidos
el can acostado en mi pierna
si por la esquina de su ojo, ve con recelo
la postura del noble felino
acomodado sobre mi otra pierna
y reclinado en espera del momento
para descansar, ambos al abrigo
de la joya solar en la medianía de los cielos
que por el techo prendado de luz
sus lanudas pieles calor embeben,
al son de las notas prodigias de Mozart,
¡a ver!... quién dijo que ambos
no pueden convivir con el instinto
de herirse el uno al otro
con la pericia acostumbrada
de siempre estar a la defensiva
cuando en perpleja armonía
y mutua resignación
pueden hasta concebir el sueño juntos?
¡A ver, quién dijo que no!...


 MORALEJA EN TERRAZA PASTEUR


Alas del viento
rompen la intemperie,
en jauría perennal
hacen del suelo
gotas de sobra.

Siento su ágil estela
como tenues ráfagas
en la cumbre de mi cabeza,
en el lomo de mi hombro,
en la penumbra de mi oído...

¡Ah, claro! van hambrientas
tras las boronas de vida
que un vagabundo
con lento afán
al final de la calle les da.



UMBRAL DEL ENSUEÑO


¡Dónde estás corazón!
de tu vacía celda pectoral te has ido,
ya en anhelada quietud no puedo respirar;
has dejado allí la forma de tu ausencia...
(por no decir que muero lento sin ti)

¡Dónde estás amor femíneo!
te busco tras la muralla inhóspita de la distancia
cuyo largo lomo se unen cielo y tierra;
perturbador calvario que te separa de mí,
más no detiene la ardua esperanza de encontraré...
(por no decir que no puedo estar sin ti)

¡Dónde estás amor mío!
es inolvidable tu grata presencia
en el centro abundante de mi recuerdo;
infinito umbral en la brecha del ensueño...
(por no decir que siempre pienso en ti)

¡Dónde estás corazón!
carne de mi enlutado espíritu,
necesito tu rojo palpito en las venas
de cada borde de mi agónico cuerpo,
así no caeré en la indolente desdicha de la soledad...
(por no decir que vivo por ti)

ANDRES DAVID CORREA BUSTAMANTE, Nació en Bogotá en 1991, participó en los talleres de creación literaria de IDARTES de 2015. Miembro perteneciente del Taller de escritores Gabriel García Márquez desde hace 5 años, donde ha participado en la última publicación “Desde el patio de las leyendas” de la serie de libros Otra palabra. Un eco familiar y en cotidiano trasegar en el trabajo, hacen que su sensibilidad vislumbre un camino de expresión manifiesto aquí, en sus primeros esbozos poéticos.





Histeria de Kauil
Semper Simul Semper Carmina, Cata


EL PRECIO DE LA FELICIDAD

Por: Javier Barrera Lugo

Lo encontré tirado sobre una banca del parque del barrio Pío Xll. Estaba lleno de escaras, ojos melancólicos, siempre lo fueron, el color de su rostro, detenido en algún estadio del infierno, se mezclaba con la inmunda tonalidad de la ropa que parecía tener puesta desde hacía décadas. Su apatía parecía consciente. No pude ser ajeno a los sentimientos de repugnancia de la gente que lo miraba sin hacerlo, sin compasión o emociones, como si de un mal augurio ubicado en el paraíso se tratara. Lo vi y lo irrespeté, sentí pena sincera por aquel guiñapo que alguna vez consideré mi amigo y en ese momento cargaba la espantosa enfermedad terminal del abandono. No lo quise molestar, me alejé.
Doce años antes, Henry, era el ejemplo perfecto de cómo la perseverancia y la falta de escrúpulos llevados con inteligencia son capaces de generar dioses mentirosos. En la empresa donde trabajábamos se destacó por sus arriesgadas maniobras comerciales, por el carisma que embrujaba hasta los funcionarios más déspotas de la aduana nacional, por la temeridad con que sustraía mercancías importadas sin ruborizarse, de frente, sin falaces atisbos de moral. “Pinta pa’ millonario”, dijo alguna vez el dueño de la compañía mientras el intrépido muchacho entregaba escrupuloso el resultado de un saqueo organizado por él. Al final de la tarde todos en la oficina lucíamos lentes de diseñador, corbatas de seda Hermès, botas militares robadas de algún menaje de la embajada americana, navajas suizas y hasta utensilios de cocina que hipócritas disfrutábamos como si fueran nuestros; en el fondo pensábamos que culpable era quien ejecutaba, no quienes nos lucrábamos del botín.
Como casta ejemplar de adolescentes lanzados al mundo con expectativas de triunfo siempre estábamos bebiendo, trabajando como mulas adiestradas, inventando faenas sexuales que involucraban mujeres inalcanzables, retirando dinero del banco donde la agencia tenía cuenta para sobornar a honestos hombres a nombre de otros hombres honestos que eran nuestros referentes, celebrando una vida que apenas comenzábamos. Lo que fue marginal al principio se hizo ley y nadie tuvo los pantalones o las ganas para detenernos. Henry, se volvió una especie de capo dispuesto a no desamparar a los cachorros de su generación. Los viejos funcionarios de la oficina lo odiaban, acusaban por la espalda, rasgaban sus vestiduras olvidando que ellos también fueron “rateritos” que se pulieron con los años y en ese momento despotricaban de sus jóvenes contrincantes escudados en prósperos negocios legales e hijos estudiantes de medicina que les lavaban la vergüenza de la cara.

Pero a Henry, eso lo tenía sin cuidado. Se echó al bolsillo a las piezas claves en la aduana, la empresa y las oficinas de los clientes, lo que le garantizó además de dinero, control absoluto sobre la agencia donde éramos, según la documentación legal, “simples” tramitadores de aduana ganado el salario mínimo. El dueño estaba feliz, las cosas fluían, se multiplicaban los negocios, la vida era buena. Un grupete de muchachitos le estaba generando más dinero que la “parranda de veteranos cicateros” que pedían mucha más tajada por hacer menos. Las ganancias ya no se le quedaban a mitad del camino. A los viejos les lanzaba huesos para que gruñeran pero no mordieran. Ellos aceptaron sin chistar: la experiencia les dictaba lo que terminaría por suceder.
Los saqueos de mercancía y comisiones cobradas a los transportistas se volvieron ganancias de segundo orden con la nueva dinámica impuesta por Henry. Los sobornos coparon el espectro e hicieron palpable la bonanza. Cada cliente requería más y más cosas que debían pasar a través de la franja gris otorgada por la legislación aduanera del país y sus corruptos guardianes. Insaciables, pagaban por pecar y los integrantes de cada nivel de la cadena no nos hacíamos rogar. A un grupo de “rapaces”, se les concedió el poder sin contarles que éste es como una boa constrictora: hechiza, acaricia, se cierra y termina por romper el espinazo de su víctima.
Las palabras del padre Camilo sobre la honestidad, repetidas por seis años de bachillerato, escaldaron mi culpa. Mis viejos no se rompieron el lomo para que fuera un simple rufián ignorante. Decidí irme de aquel lugar, dejar de figurar como elemento en una ecuación de la que nunca me sentí parte. De aquel grupo hambriento de pelafustanes sólo estimaba a Henry y a Juan Carlos, “el pollo”. De los otros siete compañeros jamás me fié y el tiempo le dio la razón a mis instintos. Henry, confiaba en mí, daba razones, me contaba sus asuntos, jamás suavizó puntos de vista y eso se lo agradezco todavía. Tomaba en cuenta mis razonamientos aunque al final decidiera hacer lo contrario. La noche en que celebramos mi despedida de la empresa nos separamos de la muchedumbre y dijo con voz de verdadera tristeza, que me cuidara, que no los olvidara, que mantuviéramos contacto. Incumplí cada una de estas promesas. La cautela y esa maldita propensión a juzgar estando manchado, jugaron en contra de unos principios débiles, o por lo menos a prueba, de un muchacho asustadizo.
-¿Por qué seguir haciendo esta mierda,  Henry?-dije más como imposición maniquea que como pregunta. Con una sonrisa sació mi curiosidad.
-Vea poeta marica, soy un tipo que se rompe por sus sueños y mi sueño es ver feliz a mi mamá, a mi “chinito” (3 años en aquel entonces) y a Kelvy, la noviecita. No estudié, no respeto lo ajeno ni valoro el esfuerzo y sus recompensas.  Mire cómo andan los que lo han hecho así, llenos de deudas, saltando “matones”, no son nadie la mayoría. Sin padrinos esta pendejada no funciona. Estoy aprovechando mi cuarto de hora. En unos añitos me retiro con plata y todos contentos. El plan es seguro…  ¡Camine nos emborrachamos y deje de joder, hermano. Hoy es su último día aquí!
Si hay algo seguro es que nada lo es. Entender eso costó lágrimas. Comencé a vivir otras cosas, me enamoré, perdí, volví a enamorarme, pagué por ello, encontré rostros hermosos en la selva,  las ilusiones ya no fueron amantes sino compañeras, no busqué más trabajo y le aposté a escribir. Pasaron varios años, las noticias sobre Henry y su grupo me llegaban a cuentagotas y por terceros: que empezaron a consumir coca, que los sobornos se intensificaron,  que formaron una banda y robaron tractomulas que llevaban mercancías de los clientes, que se transportaban en camionetas 4x4, que Henry ya no era Henry sino un criminal con demasiadas ínfulas, que andaba armado y lleno de fantasmas que lo obligaban a hacer estupideces, que le dieron un tiro en el pecho, que los amigos lo delataron y terminó “comiéndose” cinco años en La Modelo, que ellos quedaron tranquilos en sus casas, que Kelvy, lo mandó al carajo y se casó con otro tipo, que al hijo se lo llevó la  ex esposa para Cali, hastiada de aguantar privaciones, que a Henry, lo volvieron a encarcelar en Francia por robarse una chaqueta en Charles de Gaulle,   que traficaba drogas en Corea del Sur, que era un perdedor llevado por el vicio, que… Que… Que…
Tantas cosas se dijeron, tantas se comprobaron y otras tantas entraron a ser parte de la visceralidad de su leyenda. Lo más triste es que los beneficiarios de sus escaramuzas de bandido se cansaron de aguantarlo y se fueron no bien la fortuna cambio de acera. Alguna vez me encontré por casualidad al “pollo” y me contó cosas que matizaron mi irrelevante punto de vista respecto a la historia que estoy narrando:
-Todo lo que le comentaron es cierto, poeta. Del muchacho buena gente no quedó nada. Siempre estaba en unas “turcas” increíbles, metiendo como loco y jodiendo con esa puta pistola que disparaba cada vez que le ganaba el vicio. Cuando le entraba la depresiva se ponía a mirar al infinito y se acordaba de una vaina que le dijo a usted,  algo sobre los sueños.
Mi cara apesadumbrada debió activar algún mecanismo de recuerdos, porque acto seguido, dejó el vaso de cerveza sobre la mesa y comenzó a hablar con sincera congoja.
-No le miento. El hombre se ponía “mamón” cuando estaba borracho, pero tenía sus razones y ninguno era capaz de preguntárselas, le teníamos miedo. Me contó por ejemplo que la ex mujer no lo dejaba ver al niño si no llevaba equis cantidad de plata, la mamá le quitó unos ahorros y se los dio a una iglesia cristiana a la que asistía-su rostro se tornó sombrío-imagínelo, poeta, el man reventado y la señora regalando lo único que tenían…Qué estupidez… Y la de Kelvy, fue peor: Henry, le mandó arreglar las tetas y la muy bandida se fue con un vecino porque el hombre no le estaba dando plata. Mucha rata, poeta… Le pagó carrera en la universidad, le puso carro, apartamento, le mantenía el hogar al suegro y el h.p. del paseo fue él… ¡Qué descaro!



-¿Y qué dijo él cuando pasó todo eso?-pregunté.
-No dijo nada, no se quejó. Un varón de verdad, poeta. Siguió rebuscando, pero ya nadie le tenía confianza. Nuestro jefe el Doctor XXXX que tanta plata ganó con los torcidos que hicimos, lo “vendió” con las demás agencias, nadie le daba trabajo, por eso se puso a robar carga de los antiguos clientes… Ese viejo es un hipócrita y hasta para el senado se postuló diciendo que iba a luchar contra la corrupción… Pobre marica.
Insistí con la pregunta, quería saber que había dicho respecto a lo de sus sueños, de lo que hablamos la noche de mi despedida de la agencia. El “pollo”, hizo un esfuerzo, bebió un trago largo y me dijo:
-Estábamos en Galerías, en un “rumbeadero”  a donde  fueron varias veces, según recordó. Me contó que usted le preguntó las razones por las que hacía lo que hacía y que él le contestó que por sus sueños, o algo así. La vaina fue, y nunca se me va a olvidar, poeta, porque los ojos se le llenaron de lágrimas, que me dijo que se le había olvidado decirle algo más ese día: que prefería vivir diez años llenos de alegría y pagar lo que tocara, así fuera la muerte, a vivir toda la vida esperando el momento indicado para sentirse feliz y que este nunca llegara. Eso fue lo que me dijo. Todo de ahí para adelante ya lo sabe.-concluyó.
Lo paradójico del asunto es que los beneficiarios jamás seremos culpables a los ojos del mundo, hasta de víctimas se disfrazaron algunos. Los viejos de la oficina retomaron sus negocios una vez desapareció el postulante a príncipe de los ladrones. Sus hijos se graduaron de médicos y los recogen, siendo hoy respetables abuelos, los sábados para almorzar en sus lujosos almacenes de muebles, en sus fábricas de tubos o en las agencias que compraron. Los doctores y dueños se atornillan aún al poder y ya prepararon a la siguiente generación de cafres ansiosos por acabar con todo. Kelvy, debe ser una respetable matrona sin pasado, obsesiva, traidora.  Los delatores, los siete nefastos cómplices, estarán rumiando su pusilanimidad en oficinas donde son tímidos puntos grises dispuestos a vender a cualquiera por treinta monedas de plata. Todos tan culpables como inocentes, porque el paso del tiempo nos limpia todo menos el remordimiento, esa vocecita incómoda que se esfuerza por no dejarnos dormir tan rápido cada noche.
El precio de la felicidad. Cuánto estamos dispuestos a arriesgar, cuánta paciencia tenemos… No es un asunto de ética sino de compulsión, tomarlo todo, atragantarnos, escapar, repetir hasta hacernos daño o menospreciar el tiempo, aguantar, pujar, esperar. Es un asunto personal, creo que hasta intuitivo. Sólo dejo una historia por si la quieren leer, no voy a juzgar a nadie, no tengo esa potestad.



LOS MALANDROS DEL BARRIO
Por: Javier Barrera Lugo

“Mantente alejado de los bordes. No te dejes sorprender por la espalda. Debes estar alerta. El trabajo del diablo nunca se revela por completo hasta después de medianoche” -Reflexiones espeluznantes sobre la nafta, la locura y la música”,  Hunter S. Thompson-

El entorno etílico de mi barrio estaba marcado por tres elementos que lograban una perfecta simbiosis: masculinidad, que debía demostrarse a cualquier precio -no era tierra para débiles-, un obstinado instinto de supervivencia- lo mío, los míos, no se tocan-, y el chisme como arte depurado. El vulgar cuento llevado al límite ponía a prueba no sólo al interlocutor sino a las fuentes, a los testigos presenciales y de oídas que casi nunca se equivocaban, así el 90 por ciento de lo que contaran fuera parte de su calenturienta imaginación.
       Las cantinas del Citi (Ciudad Jardín Norte), el barrio donde me crie, o malcrié, más bien; llenas hasta el gorro de maestros de las diferentes ramas de la construcción y la decoración, choferes de bus, intelectuales de izquierda que siempre estaban a la espera del puesto soñado en alguna entidad del estado y bachilleres recién egresados, eran la principal agencia de noticias de la pequeña comunidad encerrada en sus problemas, una especie de Associated Press tercermundista.
       Desde allí partía la confirmación oficial de cualquier evento, por ejemplo, las infidelidades de alguna fulana, “la mujer” de un conductor de bus amarillo que se revolcaba -mientras este se partía el lomo haciendo la ruta Ciudad Jardín Nte - Marco Fidel Suárez, por toda la avenida Caracas, de cuatro de la madrugada a once de la noche-, con un ruso desempleado que como único atributo varonil presentaba seis niños de tres madres diferentes a las que molía a golpes para marcar territorio.
       El lema del grupo de tertuliantes era el mismo: “esto no puede salir de aquí,” lo que significaba que el cornudo se enteraría tres días después de todo, ¡y de último! Ese era  el premio a su inocente forma de amar. El tema se cerraba con un lavatorio del honor: golpiza invalidante a la casquivana, un machete o cruceta incrustado en la cabecita del ofensor y el pendejo del bus dos meses encerrado en La Modelo por intento de homicidio, cargo del que lo exoneraba algún juez tras el pago de una coima… Y después, la paz.
       En esas cantinas de barrio eran los hombres quienes repetían como loros la información que recogían desde las fuentes primarias sus compañeras sentimentales durante el día. Ellas, celosamente vigilaban los movimientos de los vecinos: a qué hora llegó tal, qué se compraron los Barrera, esos petardos que se creían diez estratos más que todos, o cuáles “chinas” entregaron su virginidad al vago del noviecito y arreglaron las consecuencias de este acto generoso, una madrugada practicándose abortos en la droguería de Hermes, ese tegua que se jactaba de ser un médico de prestigio y sólo recetaba tabletas de asawin y colmen, medicamentos que volvían aún más violenta a mi loca abuela Ana Rosa.
       El chisme tenía una connotación de bando real. Cada residente cuidaba sus actuaciones para no caer en los infundios de Alicia de Talero, matrona apodada  por los mamagallistas “El Espacio” (periódico popular de la época donde eran los pobres, el lumpen, sus tragedias,  protagonistas de los titulares). También se evitaba caer en las garras de la señora Nativa, denominada “El Bogotano,” (competencia del primer diario reseñado y cuya esencia, descrita con toda la visceralidad por el filósofo y educador Germán Solano, era su sello de calidad: “Ese pasquín se dobla y la sangre salpica por todo lado.”)
       Completaba el ideario del cuarto poder colombiano insertado en nuestra comunidad la señora Rosa de Valderrama, “El Tiempo,” llamada así porque al igual que el otrora diario de la familia Santos  -y bien diabólicos todos-, hoy propiedad de “Sarniento Anculo,” era una chismosa de marca mayor, ventajosa y casi centenaria. Decían los vecinos que la entrometida anciana “le daba teta a la puerta de su casa,” porque se la pasaba entre gallos y medianoche recostada contra el dintel esperando material para alimentar su morboso placer. “En la noche la gente sí es como es, el hijueputa es hijueputa y los angelitos se empelotan,” le gritó una tarde a una mujer acusada por ella de infiel, cuando le hizo reclamo.
     De esta trinidad de la patraña se desprendía una tropa de matronas que como leales miembros de la Gestapo, recogían información de todos los rincones y de quien diera “papaya,” para entregársela calientita a las viejas generalas de la calumnia. Un protocolo no escrito ordenaba que fueran ellas y sólo ellas, las encargadas de inundar con veneno los ansiosos oídos del barrio.
              El chisme era la espina dorsal de una comunidad engordada en la candidez, donde los problemas apretaban, pero carecían de la crueldad que el mundo de ahora brinda como mazamorra. La gente en esos años no se tomaba tan en serio el amor o la carencia, ni el logro o los lujos innecesarios como lo hacemos nosotros. El himno de batalla era existir sin mayores pretensiones filosóficas o complejos arribistas; ser no parecer.
       El chisme era la forma de vencer el tedio, ponerle color a la vida que todavía no tenía los grilletes del chat, netflix, o la basura que nos enreda el existir. Desafortunadamente, a raíz de varios eventos cargados de atrocidad, ese  entorno bucólico y el alma colectiva  cambiaron. Sin darnos cuenta se hicieron diferentes las relaciones, entramos de lleno a una realidad que por estos días es ya una inatajable condena para toda la nación.


       Los malandros del barrio hicieron su aparición. Salieron del cascaron y se mimetizaron tras el argumento de la pobreza para justificar y llevar a cabo fechorías. De los grupos de muchachos que coronaron la adolescencia fumando marihuana y enamorando colegialas, gracias a la irrupción del bazuco en la calle, se pasó al empoderamiento de pequeñas pandillas que comenzaron a cometer asaltos a los comercios, atracos a punta de cuchillo (si los tarados conseguían un revólver lo vendían para consumir. Un cuchillo no vale nada) y robos a las casas de sus vecinos.  El Citi se volvió una “olla” donde los niños ricos de los barrios aledaños llegaban en sus carros a comprar el vicio que les destrozaba la vida, con el dinero que sus padres (los mismos que les destrozaron la vida desde antes de nacer) les daban. Los niños pobres recolectaban chatarra, robaban las pocas cosas que tenían sus ranchos para complicarse aún más la existencia. La maldita droga comenzaba a volver zombis a una generación de bogotanos.
       Los Zarabanda, los Coloreto, el parche del cabezón Valderrama (una copia paupérrima de Ramón Valdez,  pero sin gracia, hijo de doña Rosa, la chismosa conocida como El Tiempo), los hermanos Barón, entre otros, comenzaron a patrullar el barrio como hienas. Nada se podía dejar olvidado, las puertas, abiertas de par en par por 30 años, se cerraban con pasador. El estado de zozobra fue patente.
       Los borrachos andaban en manada para evitar ser atracados, los niños de la escuela éramos víctimas del famoso: “deme una moneda o lo chuzo,” que casi siempre terminaba con el robo de la maleta y de los maltrechos zapatos. Todo, absolutamente todo, era objeto de hurto por parte de estos personajes nefastos; hasta las escasas señales de tráfico de la avenida principal eran robadas para vender el metal del que estaban hechas.
       Lo que por décadas fue chisme institucionalizado y hasta inocentón, en los tempranos años ochenta se volvió reporte judicial: que le dieron una puñalada a fulano anoche como a las 11 cuando llegaba de la universidad, que de la tienda de zutano se llevaron un poco de mercancía, que a perencejo lo amenazaron de muerte por denunciar un atropello en la estación de policía.
      El caos dominaba, pero nadie en sus cabales padece sentado tanto atropello. En las cantinas los hombres, mis vecinos, los amigos de mi familia y de las familias de todos, recios personajes curtidos en los vejámenes de la violencia partidista que los afectó en sus pueblos, los que en el cuartel hicieron frente a los secuaces de Tirofijo y Guadalupe Salcedo, los policías retirados que se amangualaron con Efraín González para matar masones liberales y persiguieron sin titubeos a Sangrenegra, tomaron decisiones.
       Como paso inicial en su estrategia de guerra contra el delito, utilizaron la mejor herramienta de comunicación con la que contaban, el chisme, para enviarles mensajes a los malandros del barrio: “La muerte les pisa los talones.” “Tres huevones no van a dañar la tranquilidad del vecindario.” “Si matar a veinte vagos es salvar a doscientos niños del vicio, le cortaremos la cabeza a sesenta para dejar bien limpias las cuadras.” “Vale la pena el sacrificio si el bien vuelve a las calles.”
       Desde las cantinas se diseminaban las advertencias, pero con una característica de honor: el autor o autores de las amenazas no tenían rostro, el miedo a represalias estaba también incrustado en el bando de los justicieros. Y la consigna se respetó,  la causa gozaba de la simpatía popular. La gente defendió a sus defensores.
       Los malandros pusieron cara a sus nuevos adversarios. Comenzaron a usar a sus madres, usuarias y víctimas del chisme, para enviar recados de vuelta: Que ellos no se metían con nadie, sólo “metían…” Que no eran cobardes y se enfrentarían al que fuera, que no se dejarían matar como marranos... Que por eso eran adictos, por la falta de amor y comprensión de la sociedad… Unos maricas completos, siempre lo he creído, y pido excusas por la licencia que me tomo al dar esta opinión.
       Los vengadores no se precipitaron, no contestaron; le permitieron bajar la guardia al enemigo. Dos meses después del intercambio de mensajes el primero de los malandros cayó víctima de tres plomos que le destrozaron el pecho. Los “bazuqueros” estaban en uno de los parques cercanos a la iglesia consumiendo tranquilamente cuando dos grupos apostados en las entradas comenzaron el ritual de purificación. Nadie vio quién disparo, no se distinguieron voces, los gritos fueron ruido que se perdió en medio del traqueteo, pero hubo gratitud en las miradas, en los silencios cómplices.
       Así empezaron a morirse miembros de cada una de las pandillas hasta que según palabras de mis vecinos, el barrio se limpió. Los Zarabanda, hijos de unos viejos que se dedicaban a arreglar estufas de gasolina en un rancho a punto de desplomarse, terminaron sus días en un potrero aledaño con sendos tiros de gracia en la nuca. Dos hombres y una niña bonita a los que la droga volvió engendros famélicos llenos de costras y arrugas, acabaron aferrados a pipas de bazuco que los policías apagaron para vendérselas después a otros seres que nunca llegaron a importarle a nadie. Al otro día del crimen los padres de los Zarabanda abrieron el local como si nada. Creo que descansaron.
       De a poco, los miembros de las pandillas se fueron perdiendo del panorama, migraron para las invasiones de Suba,  para el sur, para la mierda, si se me pregunta. El barrio volvió a su letargo, pero algo se perdió. Ya en las cantinas la pelea leal se cambió por caras hostiles, tipos armados que demostraban su poder disparándole a los pendejos que todavía creían en el honor de un combate parejo.
       La guerra del país se metió en nuestro paraíso feo. Muchos de los delincuentes se transformaron en militantes y milicianos de movimientos armados de izquierda por mera necesidad comercial. Las banderas del M-19 y el ELN ondeaban en los sitios públicos. Los malandros nuevos fueron protegidos por los guerrilleros ya que se volvieron sus mecenas gracias a las cuotas que pagaban para que los dejaran distribuir el vicio. Los insurgentes les enseñaron el arte de hacer la guerra como contraprestación a su aporte.
     Los viejos defensores de la moral y la salud de los niños esta vez no se metieron. Estaban cansados, viejos, esas batallas ya no eran de ellos y además los malos, los drogadictos sin padrinos se volvieron paisaje, cotidianidad. Problemas más grandes empezaban a crecer en nuestras casas: la estafa del UPAC, la falta de trabajo, la apertura de Gaviria que destrozó a la clase media, los sueños que se hicieron imposibles de cumplir, el horror de la masificación, el dolor de la comunicación que se volvió pegarle con un dedo a un aparato sin alma.
       Las chismosas y el chisme mutaron, empezaron a morir. Las cantinas, con su olor a orina y amistad,  le dieron paso a los Bogotá beer Company, a los bares con temática y sin sustancia, a la trivialidad de la conquista porque toca fornicar con alguien, a facebook, donde el chisme es joda tonta.  Todo pasa y todo queda, esa es la ley de la vida.

       La nostalgia me llevó a la tienda del viejo Santafé hace unas semanas. De allí salió el tema para este relato. Quería escuchar a Julio Jaramillo y  Alci Acosta, tomarme un whiscacho sir Edward, hablarles a mi viejo y sus amigos también fallecidos. Rodaba mis pensamientos cuando se me acercó un señor mayor: “¿Barrera?”¿Usted es el hijo de Barrera el pintor, cierto? Vea, me contó mi hija que usted trabaja en un periódico...” Quise explicarle que alimento un blog que nadie lee, pero me di cuenta que sería estéril hacerle entender algo que para mí también es una ecuación algebraica. Le respondí que sí. El señor se animó, me invitó un trago y me dijo:
-¿Se acuerda lo de la matanza de los viciosos aquí en el citi por allá en el 84? Yo fui uno de los que “quemó” a varios de esos hijueputas. Se lo merecían. Si no es por nosotros este barrio sería un antro.
        La confesión me heló la sangre, me agarró fuera de base, con pocos tragos en la cabeza para resistir el golpe. Además, me perturbó concluir que lo que el señor esperaba de mí era agradecimiento por un acto macabro que según él, se realizó en nombre de las buenas intenciones Quería mi venia y mis plausos  sin siquiera darme a conocer al menos un detalle mínimo de sus motivaciones.
       El viejo Santafé, que todo lo escucha, que todo lo sabe, y lo que es peor aún, todo lo comunica, ni se mosqueó con lo que el otro anciano me relataba. A las 8 de la noche, cuando el “cuchito” me pidió ayudarle a cerrar el local, me dijo: “Esos manes eran unos verracos.” Se refería al anciano y su grupo de vengadores. “No les tembló el culo con esos pendejos que se estaban tirando el barrio. Si no fuera por ellos, muchos de ustedes, “chinos” en esa época, se hubieran ido por el mal camino. Les debemos mucho, no crea… Es que esos marihuaneros dañaron “harta juventu” por acá y la policía no hacía ni mierda; allá, echados en la estación sacando panza… ¡Malparidos!” Calló para ver qué comentaba.
       Quise decirle que lo que esta patrulla vengadora cometió fue un abuso igual o mayor al de los malandros, ejecuciones sumarias, nada menos; pero recordé cómo las autoridades a quienes la constitución y las leyes honraron con la tarea de servir al pueblo, se arrodillaban ante el dios dinero y los dejaban libres, o ni siquiera se tomaban el trabajo de ficharlos sino que cobraban el soborno frente a la mirada aterrada del vecindario.
       Los que hablan de derechos humanos parecen no ponerse en los zapatos de las víctimas, igualan comportamientos delictivos con dignidad personal y al final la gente que se porta bien termina debiéndole al criminal que nunca pensó en la sociedad cuando por calmar una adicción o su codicia, terminó dañando a gente inocente.
       Puede que suene a fascismo lo que acabo de escribir, pero es una realidad de a puño. Una democracia sin justicia es simplemente un accesorio inútil, un título con el que un grupo de personas adecenta un país que siempre ha estado hecho trizas.
       Caminé hasta el Bulevar Niza para tomar el bus hacia mi casa. Ahora que Emilia está presente en mi vida la idea de proteger es casi frenética. No dulcifiqué lo que aquellos hombres hicieron, simplemente entendí lo que logró el desespero en unos padres y vecinos que en aquellos años pasaban ya las cuatro décadas de vida, como yo ahora, y  que como yo, velaban por niños que en esa época tenían la edad de mis sobrinos hoy. Los pensamientos quebraron mi cabeza, la conversación con el viejo fluía como un torrente, volvía… Su voz, firme, detallaba lo sucedido:
-Cuando esos huevones empezaron con su marihuana y sus escándalos, algunos dijimos que había que pegarles un “sustico” para que dejaran la joda. La mayoría decidió que los dejáramos quietos, que esas vainas se les pasaban cuando dejaran embarazada a alguna “tontarrona…” Es más, varios maestros de construcción, hombres decentes, se los llevaron a trabajar a las obras y a la semana nos contaban “emberracados”  que se les habían perdido las herramientas, la plata, o que a los maricas en quienes quisieron confiar hicieron perder la “coloca” a toda la cuadrilla porque los ingenieros encontraron a los viciosos fumándose  un “bareto” en horas laborales.

-Cuando dice, “la  mayoría decidió”, ¿a quienes se refiere? Pregunté.

-Pues a los que colaborábamos en el barrio, los primeros que llegamos a construir aquí: unos policías pensionados que fueron chulavitas* y otros tipos que fueron cachiporros** bravos en los llanos, algunos de la junta de acción comunal, dueños de negocios, padres preocupados, los mismos vecinos de los basuqueros que todos los días los padecían con su fumadera y atracos a sus hijos cuando llegaban de estudiar, y por la noche los escándalos, la venta de drogas.  A los civiles les tembló la mano y no nos dejaron darles una buena “muenda” a esos pendejos. Cuando la cosa se puso color de hormiga, fueron ellos quienes nos pidieron de rodillas sanear el barrio.       

       El cerebro me burbujeaba. Aquel anciano de casi 80 años contaba las cosas como quien relata su día de compras en el supermercado. Su cara golpeada por los años no le hacía honor a la mirada llena de fuego que envidiaría el propio Lucifer. Seguí con mis preguntas:
-Pero ¿por qué no les advirtieron, sólo los asustaban y dejaban que se fueran?

-Pues claro que lo hicimos. Las mujeres de nosotros les contaban a las chismosas del barrio lo que estaba por suceder, que habían escuchado por ahí lo de las amenazas. Mijo sabe que un chisme empieza así y llega hasta donde tiene que llegar. La mayoría de las mamás de los marihuaneros supieron; pero decían que era injusto, que sus “chinitos” eran unos angelitos… ¡Viejas alcahuetas! Los malparidos metían vicio en la terraza o frente a sus casas todo el día, apuñalaban a la gente que madrugaba a trabajar honradamente… ¿y disque angelitos? ¡Alcahuetas!

También hicimos lo mismo en las cantinas. La mayoría de los hombres sí sabían quiénes éramos y que queríamos hacer. Regaban el cuento, pero nos cubrían la espalda, no sé si por gusto a la causa, por cariño o miedo… A lo mejor más miedo que otra cosa, ¿cierto, “chino”?- Su carcajada apagada me heló la sangre por segunda vez.
       “El mundo no es justo y menos lógico,” pensé. El viejo me invitó otro Sir Edwards. Debí darle una señal equívoca de simpatía por su causa -trate de no revelar ninguna emoción, pero fallé-,  porque me apretó la mano y dijo: “no tiene que agradecer nada, por nuestro esfuerzo, usted tiene que escribir en su periódico esto que le cuento (¿?). Y nosotros tener nuestros últimos años en paz… Cumplimos con nuestro deber, así vale la pena morirse…”
       Los monstruos viven mucho, su aparente superioridad pide elogios; son impertinentes, megalómanos, estúpidos funcionales. Los farcos, los elenos, los paras, los del M, todos argumentaron pelear y asesinar a nombre de nosotros, el pueblo, todos pidieron ser reparados por su “patriotismo” y lo lograron. Hasta un viejo que creyó estar hablando con un chiquillo de siete años me restregó su testosterona a la hora de jugarse el pellejo a mi nombre, aunque sin mi tácita autorización.
       “¿Va a escribir sobre lo que le conté, periodista?” dijo mientras con una seña le pedía la cuenta a don Santafé. Intente hacer lo que regularmente hago, decirle a la gente lo que quiere escuchar y después desechar la promesa: “Claro, jefe. La otra semana lo coloco en “mi periódico...” Una fuerza, el ímpetu de ser un individuo y no un hipotético “chino huevón” que se iba a volver bazuquero a los 8 años, me llevaron a contestarle lo que de corazón pensaba:
-Yo no escribo lo que un delincuente me confiesa y quiere que publique.  Váyase para un juzgado y cuente su cuento  allá. A lo mejor lo declaran héroe, protector de la juventud… No me interesa… Y además ya le dije: ¡no soy periodista! ¡No trabajo para nadie! ¡Soy un borracho con ínfulas de novelista, así que no me joda!
       El viejo ni se mosqueó, el sí, sin pudor, escuchó lo que quiso escuchar. “Chao, Barrerita, gracias por su comprensión, mijito.” Sacó unos billetes arrugados, los dejó sobre el mostrador y se fue. Desde la puerta me dijo: “Ustedes los periodistas no son sino chismosos que ganan plata con eso. Seguro todo lo que le conté se sabrá…. ¡No me los conociera…!
       Le dije a don Santafé, que así lo hubiera hecho ya el anciano matón, yo pagaba los whiskys que me tomé, que ningún asesino me subsidiaría jamás algo que consumiera. El viejo Félix, sabio y curtido en el arte de escuchar y no juzgar, me aconsejó: “No se llene de odio, amigo. Si supiera lo que he visto y oído en este local… Mejor dicho es que ni vuelve.” Su risa llenó la cantina.
       Caminar es la mejor forma de activar la mente, a mí me funciona, así que rebasé el Bulevar Niza y mis pasos me llevaron hasta la calle 100 con avenida Suba, donde finalmente tomé el bus. Cavilé mucho, seguí enfadado, dándome golpes de pecho por haber caído en la tentación de creer en lo pragmático de las acciones que nos da miedo, pereza o pudor, ejecutar.
       No es malo tener ideas preconcebidas, lo difícil es creer que son inamovibles. Siempre me consideré un ciudadano correcto, un defensor de la legalidad, un dechado de virtudes democráticas… La conversación con el anciano vengador, me hizo entender que no lo soy. En un país donde la ley se compra y las autoridades vuelven grisácea la frontera entre el bien y el mal,  la concepción de justicia como valor no pasa de ser un mero accesorio para decorar y  adecentar la consciencia. “Todo colombiano lleva un “paraquito” ***adentro,” dijo algún filósofo popular. Desgraciadamente no se equivocó. En Colombia el amor, los amados, se defienden a muerte o son ellos los que dejan de existir.
       Chismes, malandros y muerte… En el Citi se encontraron una vez para no separarse nunca. Las chismosas fallecieron, las calles se quedaron solas, ladronzuelos venidos del infierno roban a granel. Todo es tan artificial en estos días que asquea. Ojalá el viejo Santafé dure mucho, no resistiría tomar licor barato en un chuzo pretencioso de la 93 donde los malandros, esos sí de verdad, políticos y sus ejércitos de gorilas, narcos y modelos con tarifa, son el ejemplo de éxito para una generación ciega.

    
EL ÁNGEL QUE SE VOLVIÓ PÁJARO DE AGUA
Feliz cumpleaños ángel prematuro...,


Por: Javier Barrera Lugo


Aquella noche decidimos salir de la casa, llevar dos sillas de plástico blancas, una docena de cervezas calientes y ponernos a observar el cielo. Le confesé que nunca había visto la limpieza del firmamento, la claridad de la vía láctea llena de lugares silentes y  lejanos. Lo mío siempre fue la ciudad, neones empotrados en paredes sucias de sudor petrificado que le daban a una cara hermosa de mujer, el matiz vampirezco que fascinaba la precaria idea de sensualidad preconcebida por un tipo como yo, inexperto en las artes de amar la esencia. A ella le interesó poco mi revelación.
       Su rostro transmitía la tranquilidad que mis palabras le quitaban al momento.  Evitó mirarme. Comprendí que era el silencio el estado que imperaría en nuestra jornada de curiosidad astral. Nada de disertación o comparaciones, cualquier intento por reseñar historias de borrachera o juegos con los ingratos amigos estaba prohibido; aquella noche previa a las fiestas en Neiva la dedicaríamos a curiosear el lugar del cual provenía; eran el cielo y sus secretos vedados para los hombres comunes lo único que le interesaba procesar.
       Yacó fue el primer lugar del mundo donde existí, lo comprendo ahora, mientras rememoro este momento. Sin obligaciones o afanes cacareando como esquirlas de metal, lo que quedaba por hacer  era adentrarse en el bosque que ella llevaba pegado a la mirada. El olor a limón y calor se metía en cada célula haciendo imposible la idea de la muerte. La quebrada, de día henchida por rumores de agua y piedras cincelando su sutil destrucción, en la noche hizo un pacto con la mujer más hermosa de mi vida y cerró la boca jugando con la oscuridad. El único sonido posible fue el del universo detenido para que lo miráramos hasta cansarnos.
       Las estrellas titilaron. En el horizonte los cerros eran la panza de un círculo perfecto en el cual nuestros ojos inventariaron los variados secretos de la creación: cómo los embriones y el cosmos tienen la misma morfología,  cómo un chorro de semen cósmico sigue una ruta directa para encontrar los recipientes donde la vida late furiosa, cómo las estrellas fugaces son la representación vívida de la pasión que intoxica fulgurante y muere cuando la gravedad de un cuerpo gigante la atrae a su centro, o cómo la desnudez es el estado natural de todos los elementos de un sistema organizado a la perfección.
-Algún día, próximo, creo, estaré de vuelta en esa casa que ahora vemos… No me preguntes cómo lo sé, pero lo sé. Mis alas están secas bajo la piel de mis omoplatos, mi lanza la dejé guardada en un arcón junto a los recuerdos de cientos de viajes que hice a través del tiempo. Ya pronto tengo que volver y nada, ni nadie, pueden revocar ese llamado que hace mi naturaleza libre… Las puntas de acero de mis extremidades azules rasgarán la carne de mi espalda, estarán fuertes, fulgurarán. Soy un ángel disfrazado de aire que revolotea por el desierto, un pájaro de agua que se enamoró de este mundo y huyó con la condición de seguir siendo, tras un tiempo, el acompañante de quienes sufren.

-Soy uno de los que sufrirá cuando te vayas… Si buscas alguien a quien cuidar, cuídame-dije presa de la angustia.
       Ella no respondió. Me miró con esa ternura despojada de cualquier manipulación, tomó un sorbo de cerveza y continuó su observación. Para mí, el cielo y su belleza perdieron intensidad. Me concentré en mirarla de refilón, evitando perderme el espectáculo hermoso que comenzaba a gestarse: en su rostro empezaron a concentrarse cientos de puntos de colores que rotaron entre sus facciones.
       Al principio los movimientos fueron aleatoriedad pura, haces partiendo de un milímetro de su rostro y terminando con nuevas tonalidades en el flanco opuesto, filamentos que impactaban contra otra centena de hilos luminiscentes y después desaparecían siguiendo la música de un improbable flautista de Hamelin empotrado en el envés de su piel. Pero como todo con aquel angelito siempre terminaba impregnado de simetría, tras un breve lapso en que las luces cesaron, aparecieron miles de puntos cromáticos que formaron un centro compacto y cientos de brazos fluyendo y rotando hacia la izquierda. El giro de una galaxia coloreada se reprodujo sobre su mejilla derecha con total precisión.
       Pareció no reparar en un hecho que era totalmente natural para un ángel que poseía también la virtud de ser un pájaro de agua. Lo que no pudo obviar fue mi bocota abierta de la cual salía una generosa cantidad de baba. Carcajadas y un certero comentario acudieron a apalearme cuando la sorpresa me hizo colapsar:
-¿Por qué tienes esa expresión de susto? ¿Viste acaso un fantasma? ¿Tengo monitos en la cara? ¿Qué pasa? Me dijiste cuando te conocí que no le temías a nada, pero tu rostro dice otra cosa…

-Nada de normal tienen mil luces que aparecen en los cacheticos de la mujer que uno quiere. Además, que las mismas chispas de colores empiecen a rotar y se vuelvan una perfecta espiral… ¡Déjate de joder…! Esto no tiene nada de cotidiano…

-Soy un ángel, me lo has dicho desde que nos conocimos. A los ángeles y a los hombres nos delata lo que el rostro muestra. A mí, en este momento, me mueve la energía que el cosmos transmite. Estoy obsesionada con el movimiento perpetuo del universo. Tú y yo siempre seremos eso…

-Tú siempre serás poesía-le dije. Y complementé-: los versos son eternos caminos, los poseedores de ellos el hogar. El hogar de un ángel está donde se producen los versos que inspira.

-No me vas a convencer para que me quede, esa decisión no es mía.

-El cielo tampoco. El cielo somos nosotros.

-Nosotros somos el amor; y los sentimientos, por más miedo que nos dé, deben volar… ¡Y yo volaré! Soy un pájaro de agua.


       Esperamos el amanecer. Me dijo que en su rostro se dibujada una almohada e iba a dormirse un rato. La acompañé hasta la puerta del cuarto y me quedé bebiendo las últimas dos cervezas en el solar. No sé cuál fuerza me impulsó a verme el rostro en el espejo que estaba colgado en el marco de la puerta trasera de la casa, tal vez fue el miedo. Del otro lado del vidrio un rostro arruinado por el trasnocho  aparecía congestionado por densas nubes en cuyo interior un ángel transformado en pájaro de agua remontaba el suelo buscando una galaxia espiralada llena de colores.


LA NIÑA
Por: Javier Barrera Lugo

Mi consultorio quedaba al frente de su casa. No era un lugar espectacular; nada de lujos o detalles que llamaran la atención más de lo debido: un escritorio que heredé de la desaparecida ferretería de papá, un afiche descolorido de José Gregorio Hernández, fantasmal médico venezolano cuya santidad erigió el pueblo al que aún cura de la enfermedad mientras duerme, dos sillas de madera con cojinería de hule color café y una cartelera en la que con tiza registraba el valor de los servicios que prestaba. La niña se la pasaba horas frente a una ventana mirando hacia mi local.
       Y no era de extrañar que eso sucediera con cualquier vecino o transeúnte; un letrero que anuncia: Se lee la suerte, ligo el amor y la fortuna sin importar la fase de la luna. A través de la telepatía ubico tesoros, gente perdida y deudores en huida,” es un cascabel para la curiosidad; pero que una pequeña de seis años se plantara desde las ocho de la mañana hasta las siete de la noche a espiarme, a escrutar a mis clientes y las estupideces que hacía por ellos, no dejaba de ser perturbador, y esa sensación no aparecía por mi vida desde que estuve sumido en la indigencia.
       Fui marihuanero por muchos, muchísimos años. Mis padres me dieron todo, buenas universidades en las que me movía como borracho posgraduado y certificado en los bares aledaños, antros llenos de gente estúpida a quien usé y me usaron.  Los viejos invirtieron una tonelada de billetes sólo para que no aprendiera a ser médico, zootecnista, economista o ingeniero civil. Me gradué de vago y papá lo único que pudo hacer fue echarme de esa, su casa, donde me malcriaron y los problemas se resolvían de un plumazo.
       Deambulé con un costal al hombro por varios meses, aguanté miserias, enfermedad, comí mierda de la buena y asumí el fracaso absoluto como vocación hasta que conocí a “la pelirroja,” una pitonisa y vidente llegada de  la costa atlántica con la que después de mucho rogarle, me organicé. También estaba enviciada, pero tenía claro su oficio y cómo hacerlo provechoso. Dayanis, así se llamaba, fue generosa siempre, me enseñó todo lo que debe saber un lector de destinos y un amante sin lecho para salir de pobre.
       Mi mujer de arcilla, la difunta “pelirroja,” me repetía todo el tiempo: “No tenemos poderes, sólo un cerebro sin usar y mucha hambre…” “La gente pide a gritos que le digas lo que quiere escuchar.” “La telepatía es saber hacer la pregunta correcta para que te den la respuesta que necesitan sin darse cuenta… Después es cuestión de organizar las ideas y hacerles creer que esa solución que siempre han tenido frente a sus narices, se las envió a través de ti un demonio o un santo, eso depende del marrano. A la gente le da pereza pensar en serio… ¡Son una partida de maricas!”
       Y así comenzó mi vocación. Los militares, mis mejores clientes, pringados de ego y venéreas, me pedían menjurjes para torcerle el cuello  a la disfunción eréctil y la falta de plata. Yo les colocaba a unos frasquitos plásticos gotas de agua de rosas, leche condensada, creolina, y les decía que se los untaran por todo el cuerpo para quitarse la sal.
       “Este es el remedio que usan los Yariguíes del Carare  para curarse los males del cuerpo y de la suerte. Hágalo con fe “comando,” que es bendito… Verá cómo la plata vuelve a llegarle,” les decía. Y continuaba fingiendo un trance: “Una ojizarca llanera con los huesos llenos de humor demoniaco le pego la “pava,” caballero... Evite meterse con otras “viejas” que no sean su mujer por un tiempito y fijo se le arregla el “aparato…”
      Los que hacían caso volvían agradecidos cargados con mercado, plata, nuevos clientes para mi negocio de adivinación. Era obvio, si no se iban de putas, si estaban pendientes de su casa y descansaban, sus problemas económicos y sexuales se arreglaban. Era el círculo idiotez-remedio-redención-caída.
      Me volví un tipo que a punta de engaños salió de la plaza de los limosneros para hacerse príncipe. La adicción a mentir y ganar plata destruyó los demás vicios. Mis padres trataron de corregirme sin éxito; me los saqué de encima diciéndoles que tuve una visión del futuro cercano en la que los mandaba al carajo. Ofendidos, juraron nunca volver a hablarme. Rompieron su promesa cuando el viejo hizo un mal negocio y la ferretería se fue a pique. Les di unos pesos para que pagaran deudas y me dejaron en paz.
             Todo lo mío iba en línea recta  hasta que tuve conciencia de la existencia de mi pequeña vecina. Al principio sus miradas frías parecieron un acto indiscreto propio de su inocencia; pero ante la reiteración de su comportamiento obsesivo,  la cuestión se me fue volviendo una molesta carga sicológica. Me sentí espiado.
       Antes de su aparición pasaba horas en la puerta atrayendo a incautos para que picaran el anzuelo y me entregaran su dinero a cambio de paz espiritual; después de detectar a mi censora muda, lo que hacía era esconderme como una alimaña. Una niña muda se volvió  la voz de mi conciencia.
        La cúspide de mi delirio llegó una mañana de jueves. Abrí el local e hice un par de consultas sin mayores problemas. Salí a pescar un poco de aire  fresco y la mirada de la niña se me cruzó en el camino por enésima vez. No aguante la irritación que me causaron esos ojitos castaños clavados en los míos. Me quité el penacho que me hacía “El indio Tibasosa, maestro adivinador,” y agitándolo en dirección a ella pretendí pegarle un susto inolvidable para que me dejara en paz. No movió un sólo músculo.
       Herido en mi orgullo de adulto controlador de mentes débiles, crucé la calle y timbré en su casa.  Una atractiva mujer abrió la puerta. Los mismos ojos castaños y penetrantes, el cabello negro lacio a la altura de los hombros, piel blanca con diminutas pecas que traslucía una vena junto al labio inferior, me aclararon lo que pasaba. La madre de Lucía, así se llamaba la espía, me contó que la pequeña era autista y la única forma de mantenerla tranquila era colocarla junto a la ventana para que, a su modo, se distrajera.
       Me sentí como una sabandija. A diferencia de mis habituales clientes, pusilánimes con ganas de que los demás les resolvieran los problemas que ellos mismos generaron, Lucía avanzaba cada día por un bosque lleno de desinterés y silencio que la naturaleza le otorgó.
       Me disculpé con la mujer por el acto precipitado que acababa de cometer en contra de su hija.  Con una sonrisa que nunca desapareció, me dijo que le transmitiría mis excusas a la niña. ”Ella es un solecito, lo perdonará. Igual, usted no sabía nada. A lo mejor una noche de estas le cuenta cosas sobre su mundo, del por qué lo espía. Seguro lo contactará.
       La mujer se despidió y cerró la puerta sin darme espacio para preguntar. Concluí  que la desesperación por la condición de Lucía, le había zafado varios tornillos. ¿Cómo una niña rara me daría su punto de vista sobre lo que le atraía de mi local, de mi oficio de pitoniso? ¿Acaso la pena llevaba a una madre al extremo de imaginar  comportamientos normales en una hija que no lo era? Una catarata de sensaciones amargas me hizo renunciar a seguir trabajando. Decidí terminar mi jornada en la cantina. Cerré la puerta y le hice una seña a Lucía, que como era de suponer, no respondió.
       Las ganas de licor se fueron apagando con cada paso. Bebí un par de sorbos de cerveza y me fui para la casa. Encendí la televisión y automáticamente el sueño me venció. Estaba en duermevela, los movimientos de las manecillas fluorescentes sobre el tablero del reloj eran palpables, las luces de los carros, que invadían por milésimas de segundo el cuarto, me mantenían alerta…
       Sin aviso, Lucía apareció silente junto a la cama. Me miró un instante, buscó la puerta y dijo: “No pida perdón por creerme una persona extraña, sé que soy diferente…” El miedo me paralizó. No pude musitar palabra, el corazón peleaba por salírseme del pecho.
        “Al igual que usted, señor telépata, hablo a través de la mente, pocos pueden escucharme, bueno, usted lo hizo.” Intenté gesticular. Estaba paralizado. Pensé las frases que no le pude gritar y para mi sorpresa las mismas le llegaron por un canal desconocido para mí. Le dije: “Claro que puedo y creo que tú y tu madre son unas farsantes.” No respondió.
       Lucía sonrió. Me miró fijo el centro del alma y dijo antes de desaparecer: “Abra mañana temprano su consultorio. La verdad esta tarde estuve muy aburrida.”
       Llegué temprano y Lucía ya estaba acomodada en la ventana. Imagine palabras y sin éxito trate de transmitirlas con el pensamiento. La niña se mantuvo imperturbable. “Fue una pesadilla, sólo eso,” me dije.
       Las consultas me tuvieron ocupado hasta las ocho de la noche. Me apresuré a cerrar. La niña no estaba en la ventana. Su presencia en mi cuarto, sus palabras; pero por encima de todo, la forma en que se instaló en mi mente, me llenaron la vida de zozobra.
¿Fue un sueño? ¿Estoy pensando lo que su mamá quiso que pensara? ¿Al igual que yo con los desgraciados que me llenaban los bolsillos, la mujer utilizó a su hija para hacerme imaginar y manipularme? ¿Sí tengo capacidades especiales de adivinación, de hablar sin palabras?
       Entre a mi casa con temor. Lo primero que hice fue encender todas las luces y el televisor para darme valor. Una hora después, calmado, convencido que el karma actuaba y era presa de una manipulación, me acosté. Eso sí, encendí la radio para no sentirme solo.
       En la madrugada intuí pasos en el cuarto, un pequeño bulto que cruzó raudo y se instaló justo a mi lado. La niña puso su mano derecha sobre mi frente y comenzó a cantar. De nuevo el terror inundó cada una de mis células y quedé paralizado. Quise gritar. La boca y la laringe no respondieron por segunda vez. Rígida, Lucía comenzó  otra conversación mente-mente:
-Gracias por llegar temprano está mañana. Espero que no lo haya puesto a pensar más de la cuenta  con esto de nuestras charlas poco convencionales. Sé lo que atormenta su cerebro… Y sí, puede hablar a través de pensamientos.

-¿Cómo una niña tan pequeña puede saber tanto, expresarse de esa forma?-Pregunté confundido.

-Es que nací hace mucho, morí y decidí volver a nacer hace seis años.

-Y eso que tiene que ver conmigo.

-Nada es casual. Algo que no comprendo aún me llevó a buscarlo para informarle que dentro de poco morirá, volverá a nacer y será como yo.

-¡No quiero morir!

-Ya le dije, uno no decide morir o vivir, simplemente estas condiciones ocurren. Uno resuelve nacer, eso es todo. Cómo sean las características de esa existencia, es un asunto aleatorio que puede darnos sorpresas…
Piénselo, no sabía que podía hablar con la mente y ahora me cuenta que no quiere dejar de respirar… Uno sólo posee lo que puede decidir…

-¿Y cuándo voy a morir?

-Ya empezó el proceso.

       Todo sucedió muy rápido. Sentí las palpitaciones del corazón deteniéndose. Los sonidos cesaron. No hubo luz… Se hizo la paz.
       El ruido de los carros me despertó. El pánico llameó en mi interior. Intenté moverme;   los músculos no respondieron. Desesperado, quise gritar. No lo logré. Sentí un flujo cálido bajando entre mis muslos.
       La madre de la niña entró y dijo con el pensamiento: Lucía, te he dicho que me avises cuando tengas ganas de orinar. Ahora tengo que limpiar…
       Me llevó al baño y aterrado vi en el espejo que yo, “El indio Tibasosa, maestro adivinador,” era la pequeña Lucía.
       Quise llorar y no pude, mi rostro estaba hecho de piedra.
       La mujer me volvió a colocar frente a la ventana. Mis pensamientos fueron lapidarios: injusticia, castigo, locura.  Estas palabras cruzaron anárquicas por mi mente hasta que un hecho contundente me hizo entender que lo que pasaba era obra de algo desconocido que no comprendía, como dijo la niña tras anunciar mi muerte:
       Al consultorio llegó mi antiguo cuerpo y abrió el local. Antes de entrar se quedó mirándome  y utilizó el poder de la telepatía para decirme: “Nací hace mucho, morí, decidí volver a nacer hace seis años. Anoche volví a morir y decidí nacer en el cuerpo adulto de un hombre experto en decirle a la gente lo que quiere escuchar.” 



EL RECLUTA
Fernando Vanegas moreno




Solo bastan cinco minutos para decidir y toda una vida para lamentarnos…,

Cada mañana era lo mismo: levantarse a madrazos, hacer la cama, bañarse, aseo; sacarnos el alma en ejercicios sin fin claro o especifico,  pasar al rancho, comer lo que decían que teníamos que comer (mejor, lo que hubiera), y ocupar el resto del día entre mil órdenes, y en extrañar…, se extrañó y mucho.
Éramos un combo de perdidos, tal vez, y sin quererlo, yo el más; las “voladas” del colegio eran frecuentes y aunque (y aquí la modestia personal no funciona), siempre destaqué como muy pilo, me dejé llevar por mi séquito de desadaptados vagabundos. Mi promedio académico fue siempre más que sobresaliente y las tareas colegiales eran solo juegos que se despachaban con la mayor rapidez posible; en resumen, un genio con alma de bohemio, como todos los genios.
Nunca me sentí a gusto entre cuatro paredes, con el viejito aquel de cálculo susurrando ecuaciones y cifras, con la modorra pegada al cuerpo y con ese olor a viejo que solo tienen los profesores de matemáticas…, era un aroma mezcla de “piel roja” y mierda, de medias sucias y baúl de orfelinato. Me desesperaba sentirme atrapado en un círculo que era impuesto y que en mi conciencia temprana, no era para mí, me ahogaba tener que madrugar y ceñirme a güevonadas que no contribuían o enriquecían para nada mis expectativas, y para no aburrirlos, sintetizo: el colegio estaba por debajo de mis expectativas. Los perdidos me ganaron y me llevaron por un camino que solo el tiempo ya lejano me llevó a censurar y entender.
El perfume del paño, de la tiza, el sonar de las bolas al chocar, lo malevo del entorno, obvio, el alcohol, fueron los ganchos fáciles para que me hiciera adicto al billar…, ya no salía de ahí, las salidas clandestinas de las aulas se hicieron más frecuentes, y la algarabía juvenil de mis camaradas, ayudaron en mucho en que yo viera en ese juego, un segundo hogar, una salida excelente para mi tedio claustrofóbico hacia la enseñanza. Me volví bueno, que digo bueno, me convertí en un excelente jugador; al que fuera y con quien fuera le daba partido, casi nunca perdí; deje de lado ahora si definitivamente mi interés por un  cartón colegial sin alma u esencia, y me entregue de lleno al sofisma de distracción perpetuo de carambolear la vida. Estaba a mitad de mi último año académico y decidí de mutuo acuerdo conmigo mismo, abandonar mis estudios, no me arrepentí en ese momento, no tuve temor, ni dolió en lo poquito de ser pensante que quedaba.
Mi dependencia al jueguito acabo una tarde con la mejor psicóloga y la más excelente de las terapias: mamá y el rejo. Estaba pues distraído en el “chico” de turno, cuando se sintió en el ambiente, la escalofriante presencia de la vieja…, no la vi llegar, el silencio se hizo estresante…, lo único que sentí, fue el golpe seco y contundente…, un taco de billar decoraba mi espalda…, santo remedio, mi vieja fue mi mejor terapeuta, con solo un golpe me hacia psicoanálisis, me limpia el aura y abría todos mis chacras, nunca más volví, como jamás volví al colegio.
Mi madre (una santa ella), nunca dijo nada, ni siquiera aquella tarde en que le “comunique oficialmente” mi determinación como desertor de escuela , sé que le rompí el alma, pero permaneció estoica, en silencio, con la mirada perdida en el infinito inconmensurable de sus tristezas…, guardó silencio igual, que cuando tiempo después y preso de un desinterés el hijueputa por la vida, me regalé para prestar el servicio militar, me miró desdeñosamente y su mutismo solo me gritaba que hiciera lo que quisiera, que ya estaba muy grande, que no había querido estudiar y que yo era el único dueño de mi destino. Yo creo que pensaba que era solo una más de  mis bravatas, un acto irresponsable de los muchos a la que la tenía acostumbrada; pero no, era en serio, y esa madrugada cuando en mi vieja maleta escolar, con mis dos camisetas y mi blujean mas desgastado me despedí, entendió (junto a mi padre), que era real, que me había embarcado en una lancha de aullidos, de humillaciones,  de bajezas. Era el instante en que tenía que madurar, y tal vez, el seguir ordenes, así no fueran las correctas, ayudarían en ultimas a convertirme en el hombre que ellos querían, en ese ser, que hasta ese momento, solo canas había generado.
Lloró mamá, lloró papá, berrió mi tía, bramé yo…, nada que hacer, ya estaba adentro. Quizá no fue el orden cerrado; aprender a marchar, adquirir una disciplina, sacar pecho, hablar duro…, nada de eso fue duro para mí, lo realmente mortal en mi existencia era extrañar; la nostalgia…, sentía mi hogar muy lejos…, yo, acostumbrado a comer como náufrago recién rescatado, ahora, rogaba por un  pan y un agua café…., los viejos ya no estaban ahí para soportarme o consolarme; mis abuelos, los más grandes, los más queridos, los más…, ahora solo eran un espejismo lejano en las madrugadas cobijadas por el frio, o en las noches oscuras del alojamiento.
La ausencia dolía a montones, me rompía por dentro como si naciera dentro de mí un alíen carnívoro e inmisericorde…, todo el tiempo me taladraba el alma el no estar con los míos; que sería de la vida de mi cucha, esa dama a quien tantas amarguras  provoqué, ¿y mis hermanos?, ¿y mi viejo?, ¿y mi abuelo?, que sería de mi anciano, ese que a escondidas me acolitaba mis desmanes…, dolió, dolió todo.
Tomé entonces otro norte, resolví terminar lo poco que me faltaba durante el servicio, y como era de esperar, me gradué con honores. Era mi juramento de bandera y al mismo tiempo, mi reconocimiento como el mejor bachiller; me sentí grande por primera vez, y a la par, un miserable pues no tenía a ninguno de los míos cerca para compartir ese logro…, todos estaban lejos, o no sabían, o, simplemente, no quisieron ir, ya los había decepcionado lo suficiente y tal vez, para ellos, lo mejor era marcar distancia con la oveja negra que se ufanaba de su arrogancia y se revolcaba regodiento en el chiquero de su sobrades…, no los culpé, era lógica su lejanía. Sin embargo, con el corazón arrugado, busqué entre la tribuna alguna cara conocida, paseé mi vista dos o tres veces por esas gradas frías donde reposaban sonrientes los invitados de mi compañía, y no, no veía a nadie. Una lágrima se asomó de pronto y cuando empezaba a tomar impulso en mi mejilla, un hombre enorme de sombrero llamó mi atención, sí, era él, mi abuelo, el alcahuete, mi celestina privada, ahí estaba, firme como siempre, diciéndome en la distancia: “hijo, aquí estoy, nunca puede estar ausente el que nunca se ha marchado, vivo en su mente como usted vive en mi corazón”
Lloré de alegría, su presencia borraba todo lo que yo pensaba hasta ese momento, su sombrero cubrió de pronto hasta mis penas más pequeñas y entonces fui feliz. Más grande el orgullo al presentarle mi diploma de bachiller y dar parte de mi contingente…, mi corazón explotaba, el suyo no cabía en el pecho, nos abrazamos con el silencio que nos rodeaba y lo gozamos con los ruidos que se desprendían del alma.
Aquel día, el sol ya no fue tan abrazante como siempre, las 22 de pecho fueron un descanso y la mirada melancólica del abuelo; me aseguró de pronto, que todo estaría bien.




DONDE ESTÁS

Por: Javier Barrera Lugo

Nunca serás pena, jamás, mi adorada Cata. Siempre alegría para mi alma, el bálsamo que alguna vez en la existencia curó las quemaduras que el día a día, la cotidianidad, me proporcionaron.

       Por la eternidad esa hada mágica que se cruzó por mi vida para enseñar la grandeza de la palabra humildad. Tú, tan inteligente y activa. Tú, tan clara a la hora de sentir lo que otros padecen. Tú, ese farito que nos salva la vida a tantos náufragos. Nunca podré pagarte lo que generosa me brindas, Filipina.

      Donde estás el amor y la felicidad deben ser mayores porque los acompañas con tu ternura. Debe haber miles de niños, tierras áridas como Yacó, pero llenas de ese embrujo especial que las hace únicas.

       Tu partida es una cicatriz que me acompañará hasta el día de mi muerte, también una razón para entender que ese Dios especial en el que creemos siempre compensa el sufrimiento si lo asumimos con entereza.

      Estás en cada palabra que escribo a diario, en mi cotidianidad con los angelitos que me pusiste en el camino para que no me sintiera solo mientras corres por el universo con tus boticas de caucho horribles y ese deseo inmenso de conocer el lado oscuro de la luna.

       Hoy te saludo diciéndote sin ataduras que eres uno de los amorcitos de mi vida, lo serás por lo que soy en este juego de eternidades. Te veo en sueños cada tanto y siento tu presencia a diario. No te olvidaré porque uno no puede olvidarse del amor.

Te amo loca, haces mucha falta.

Semper simul, Semper Carmina, Cata de mi alma.

Te dejo un versito que canta Yuri Buenaventura y refleja lo que pienso de ti, de lo que serás por siempre, una sonrisita que se brinda generosa:


“Sé que cabalgaras sobre un valle de rosas
Buscando el cielo en el que has creído
 En el viento buscando la risa perdida
Siguiendo la luz de las estrellas

Sé que de esta pena sin medida
Saldrás cantando y no llorando
Secando lágrimas de alegría
Secando lágrimas de alegría

Con una explosión de amor eterno
Con una flor en vez de heridas
Cuando escuchen tu canto allá en el cielo
Saldrá la mentira de su guarida.”

Canto de Yuri Buenaventura



MIENTRAS DUERMES
Fernando Vanegas Moreno

Un, dos, tres por ti y por todos tus anhelos

¿Con qué sueñas?..., ¿tal vez con mamá?, la Santa aquella que ya hace un rato despedimos, aquella que dio todo por dibujar en tu rostro una sonrisa, sin pedir nada, sin egoísmos…, o quizá (no puedo ni imaginar), con la eterna filipina de la Nacho, la incondicional que el cielo quiso prestarnos poco tiempo. Sé que las extrañas, me duele no poder dar respuesta a esas ausencias, pero aquí estoy, presente para ti cuando tu así lo decidas. O tu descanso y anhelos dibujan cada noche la casa esa que tanto añoras…, la de un jardín enorme y mil perros a las afueras de la ciudad, la de la vaca que sé, estoy seguro, no sabes cuidar, y por el contrario, te espantaría cada vez que se acercara con sus mugidos y sus pestañas enormes…, no sé nada, ¿con qué sueñas?

O Morfeo te premia cada noche con imágenes multicolores de ese viaje que nunca hemos hecho…, ese tour suramericano que siempre empieza en Bogotá pero que solo alcanza hasta Choachi…, de seguro ya vendrá, no te afanes, todo tiene un tiempo y una historia. Acaso esa misma pantalla refulgente de tu mente, te retornará a tu infancia: a la calle y la despreocupación total; al yermis, el rejo quemado, las escondidas y mil travesuras que ya los años, (por ser pocos), han ido sepultando en la memoria. Te verás en cualquier calle con Sandra, la de hoy, la de siempre…, la que a conciencia permitía que robaras sus juguetes para hacer con ellos cenas de gala y etiqueta, con osos de felpa y avioncitos destartalados como invitados principales.

Seguirá pues, una secuela de pinturas del colegio, de mil amores, de diez mil desordenes, de cien mil besos…, de ningún corazón. Esa primera vez nada agradable, esas otras tantas, ya más satisfactorias, esas historias húmedas que solo te has atrevido a contarme a mí, y que en el fondo, son muy parecidas a las de todos…, Y entonces, tal vez, aparecerán de pronto, las minitecas, las salidas pedagógicas, las noches inconclusas y los días interminables, el espiral profundo del ayer.

De repente, una plaza enorme, una biblioteca central, un edificio de enfermería, Guillermo, la filipina, el Freud, el olor a marihuana y los festejos con vino barato en Lourdes…, la academia, tu carrera, el trasnocho, la tesis…, tu grado…, la oportunidad (única por cierto), que la vida y Santa Carmela, dieron por ofrecerte en bandeja, para surgir, para basar un futuro…, y bien que lo lograste…, muchos desprecian lo que tú, le arrancaste al existencia. Quizá, no lo aseguro, dormirás profundo recordando estas escenas.

¿Y si solo nos ves juntos?, si solo aprecias dos manos entrelazadas, ya ajadas, muy cansadas, pero unidas…, si llegamos a noventa y gritamos juntos: “lo logramos”…, y si un par de arrugas aún se besan; y si solamente recuerdas el principio de los tiempos, debajo de ese peatonal de SAO, o las tardecitas en Centro suba y un helado. Ya no nos podremos comer ese manjar, pero el puente tal vez siga existiendo. Y si en esas quimeras recuerdas nuestro ayer, viéndolo desde un futuro ya más relajado…, creo que sería en blanco y negro…, así sueñan los pensantes, así añoran  los que han amado tanto.

¿Con qué sueñas?..., no creo adivinarlo. Lo que sí puedo asegurar, es que mientras duermes, yo…, seguiré vigilante de tus sueños.