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lunes, 15 de mayo de 2017

FIESTA DE CUMPLEAÑOS

FIESTA DE CUMPLEAÑOS


Fania Herrera, Venezuela


Deiliana se sentía muy feliz, ya que ese día cumplía 7 añitos y sus padres le harían una fiesta para festejar la ocasión. Deiliana invitó a todos sus amiguitos para que compartieran con ella todo lo que tenían preparado para aquel lindo día. La torta era hermosa, la piñata grande, ricas golosinas y muchas cosas más.
La bella cumpleañera ya estaba lista esperando que los invitados llegaran, cuando vio a una niña que vivía en la calle de enfrente se veía triste y vestía ropas sucias.
-¿Mami porque esa niña que vive del otro lado de la calle siempre está mal vestida? Ella estudia en mi salón, pero nunca habla con nadie.
-Ella se mudo hace poco con su tía ya que su madre murió, la tía trabaja todo el día y ella se queda con su hermana tal vez por eso esta descuidada, dice la madre.
-Mami la puedo invitar a mi fiesta, dice Delina.
- Claro que si hija puedes invitarla dice muy dulcemente la madre.
Deiliana fue hasta la casa de la niña la cual tenía por nombre Juliana y la invito a su fiesta de cumpleaños, esta se sintió muy feliz, pues nunca nadie le hablaba.
A la hora acordada empezaron a llegar los invitados una de las primeras fue Juliana quien tímidamente se sentó en una silla, los demás niños le decían a Deiliana.
_ ¿Por qué invitaste a esa niña ni siquiera te trajo un regalo?
_ Si mi mamá y yo pasamos horas en el centro comercial eligiendo un regalo para ti, dice otra de las niñas.
Los regalos que llevaron para Deiliana eran numerosos, sobre la mesa había hermosas bolsas y cajas de colores brillantes con grandes lazos todos pidieron que Deiliana abriera los obsequios y así lo hizo dentro había muñecas, juegos de cocinas, ropas y muchas cosas más, pero Deiliana deseaba otro regalo que aun no había recibido. Juliana observaba mientras los obsequios eran destapados y se retiro a su casa, ella no tenia para comprar un costoso regalo, pero cuando llego a su casa vio algo que supo que le agradaría a Deiliana y volvió con el regalo a la fiesta, y le entrego el obsequio a la cumpleañera, Deiliana salto de felicidad ya que era el regalo que tanto había deseado un hermoso cachorrito blanco como la nieve.
_Mi perrita tuvo crías y yo te regalo este por tu cumpleaños espero que te guste.
Los demás niños empezaron a reírse por el regalo que Juliana le había dado a Deiliana pensando que este era inferior a sus costosos obsequios pero Deiliana detuvo la burla.
_ No se rían, sus regalos son hermosos y les agradezco, pero este regalo también es lindo hace tiempo quiero un cachorro y le pedí a Dios que me enviara uno y aquí esta, Juliana ha sido muy buena y me trajo este obsequio de lo que ella tenía y me ha hecho muy feliz.
Los niños entendieron las palabras de Deiliana y compartieron con Juliana y vieron que era una niña con una personalidad muy linda, desde ese día Deiliana y Juliana fueron grandes amigas, la mamá de Deiliana se ofreció a cuidar de Juliana mientras su tía trabajaba.
Deiliana le colocó como nombre al cachorrito copito de nieve y fue la mejor fiesta de cumpleaños que le celebraron.
Fin
Fiesta de cumpleaños. Fania Herrera, escritora venezolana. Cuento sobre la amistad.
Deiliana se sentía muy feliz, ya que ese día cumplía 7 añitos y sus padres le harían una fiesta para festejar la ocasión. Deiliana invito a todos sus amiguitos para que compartieran con ella todo lo que tenían preparado para aquel lindo día. La torta era hermosa, la piñata grande, ricas golosinas y muchas cosas más.  La bella cumpleañera ya estaba lista esperando que los invitados llegaran, cuando vio a una niña que vivía en la calle de enfrente se veía triste y vestía ropas sucias.-¿Mami porque esa niña que vive del otro lado de la calle siempre está mal vestida? Ella estudia en mi salón, pero nunca habla con nadie. -Ella se mudo hace poco con su tía ya que su madre murió, la tía trabaja todo el día y ella se queda con su hermana tal vez por eso esta descuidada, dice la madre.-Mami la puedo invitar a mi fiesta, dice Deiliana.- Claro que si hija puedes invitarla dice muy dulcemente la madre.
Deiliana fue hasta la casa de la niña la cual tenía por nombre Juliana y la invito a su fiesta de cumpleaños, esta se sintió muy feliz, pues nunca nadie le hablaba.   A la hora acordada empezaron a llegar los invitados una de las primeras fue Juliana quien tímidamente se sentó en una silla, los demás niños le decían a Deiliana._ ¿Por qué invitaste a esa niña ni siquiera te trajo un regalo?_ Si mi mamá y yo pasamos horas en el centro comercial eligiendo un regalo para ti, dice otra de las niñas.   Los regalos que llevaron para Deiliana eran numerosos, sobre la mesa había hermosas bolsas y cajas de colores brillantes con grandes lazos todos pidieron que Deiliana abriera los obsequios y así lo hizo dentro había muñecas, juegos de cocinas, ropas y muchas cosas más, pero Deiliana deseaba otro regalo que aun no había recibido. Juliana observaba mientras los obsequios eran destapados y se retiro a su casa, ella no tenia para comprar un costoso regalo, pero cuando llego a su casa vio algo que supo que le agradaría a Deiliana y volvió con el regalo a la fiesta, y le entrego el obsequio a la cumpleañera, Deiliana salto de felicidad ya que era el regalo que tanto había deseado un hermoso cachorrito blanco como la nieve. Mi perrita tuvo crías y yo te regalo este por tu cumpleaños espero que te guste.

Los demás niños empezaron a reírse por el regalo que Juliana le había dado a Deiliana pensando que este era inferior a sus costosos obsequios pero Deiliana detuvo la burla._ No se rían, sus regalos son hermosos y les agradezco, pero este regalo también es lindo hace tiempo quiero un cachorro y le pedí a Dios que me enviara uno y aquí esta, Juliana ha sido muy buena y me trajo este obsequio de lo que ella tenía y me ha hecho muy feliz.   Los niños entendieron las palabras de Deiliana y compartieron con Juliana y vieron que era una niña con una personalidad muy linda, desde ese día Deiliana y Juliana fueron grandes amigas, la mama de Deiliana se ofreció a cuidar de Juliana mientras su tía trabajaba.   Deiliana le coloco como nombre al cachorrito copito de nieve y fue la mejor fiesta de cumpleaños que le celebraron.

martes, 2 de mayo de 2017

EL RECLUTA

EL RECLUTA
Fernando Vanegas moreno



 Solo bastan cinco minutos para decidir y toda una vida para lamentarnos…,

Cada mañana era lo mismo: levantarse a madrazos, hacer la cama, bañarse, aseo; sacarnos el alma en ejercicios sin fin claro o especifico,  pasar al rancho, comer lo que decían que teníamos que comer (mejor, lo que hubiera), y ocupar el resto del día entre mil órdenes, y en extrañar…, se extrañó y mucho.

Éramos un combo de perdidos, tal vez, y sin quererlo, yo el más; las “voladas” del colegio eran frecuentes y aunque (y aquí la modestia personal no funciona), siempre destaqué como muy pilo, me dejé llevar por mi séquito de desadaptados vagabundos. 

Mi promedio académico fue siempre más que sobresaliente y las tareas colegiales eran solo juegos que se despachaban con la mayor rapidez posible; en resumen, un genio con alma de bohemio, como todos los genios.

Nunca me sentí a gusto entre cuatro paredes, con el viejito aquel de cálculo susurrando ecuaciones y cifras, con la modorra pegada al cuerpo y con ese olor a viejo que solo tienen los profesores de matemáticas…, era un aroma mezcla de “piel roja” y mierda, de medias sucias y baúl de orfelinato. Me desesperaba sentirme atrapado en un círculo que era impuesto y que en mi conciencia temprana, no era para mi. Me ahogaba tener que madrugar y ceñirme a güevonadas que no contribuían o enriquecían para nada mis expectativas, y para no aburrirlos, sintetizo: el colegio estaba por debajo de mis expectativas. Los perdidos me ganaron y me llevaron por un camino que solo el tiempo ya lejano me llevó a censurar y entender.

El perfume del paño, de la tiza, el sonar de las bolas al chocar, lo malevo del entorno, obvio, el alcohol, fueron los ganchos fáciles para que me hiciera adicto al billar…, ya no salía de ahí, las salidas clandestinas de las aulas se hicieron más frecuentes, y la algarabía juvenil de mis camaradas, ayudaron en mucho en que yo viera en ese juego, un segundo hogar, una salida excelente para mi tedio claustrofóbico hacia la enseñanza. Me volví bueno, que digo bueno, me convertí en un excelente jugador; al que fuera y con quien fuera le daba partido, casi nunca perdí; deje de lado ahora si definitivamente mi interés por un  cartón colegial sin alma u esencia, y me entregué de lleno al sofisma de distracción perpetuo de carambolear la vida. Estaba a mitad de mi último año académico y decidí de mutuo acuerdo conmigo mismo, abandonar mis estudios, no me arrepentí en ese momento, no tuve temor, ni dolió en lo poquito de ser pensante que quedaba.

Mi dependencia al jueguito acabo una tarde con la mejor psicóloga y la más excelente de las terapias: mamá y el rejo. Estaba pues distraído en el “chico” de turno, cuando se sintió en el ambiente, la escalofriante presencia de la vieja…, no la vi llegar, el silencio se hizo estresante…, lo único que sentí, fue el golpe seco y contundente…, un taco de billar decoraba mi espalda…, santo remedio, mi vieja fue mi mejor terapeuta, con solo un golpe me hacía psicoanálisis, me limpia el aura y abría todos mis chacras, nunca más volví, como jamás volví al colegio.

Mi madre (una santa ella), nunca dijo nada, ni siquiera aquella tarde en que le “comunique oficialmente” mi determinación como desertor de escuela , sé que le rompí el alma, pero permaneció estoica, en silencio, con la mirada perdida en el infinito inconmensurable de sus tristezas…, guardó silencio igual, que cuando tiempo después y preso de un desinterés el hijueputa por la vida, me regalé para prestar el servicio militar..., me miró desdeñosamente y su mutismo solo me gritaba que hiciera lo que quisiera, que ya estaba muy grande, que no había querido estudiar y que yo era el único dueño de mi destino. Yo creo que pensaba que era solo una más de  mis bravatas, un acto irresponsable de los muchos a la que la tenía acostumbrada; pero no, era en serio, y esa madrugada cuando en mi vieja maleta escolar, con mis dos camisetas y mi blujean mas desgastado me despedí, entendió (junto a mi padre), que era real, que me había embarcado en una lancha de aullidos, de humillaciones,  de bajezas. Era el instante en que tenía que madurar, y tal vez, el seguir órdenes, así no fueran las correctas, ayudarían en últimas a convertirme en el hombre que ellos querían, en ese ser, que hasta ese momento, solo canas había generado.

Lloró mamá, lloró papá, berrió mi tía, bramé yo…, nada que hacer, ya estaba adentro. Quizá no fue el orden cerrado; aprender a marchar, adquirir una disciplina, sacar pecho, hablar duro…, nada de eso fue duro para mí, lo realmente mortal en mi existencia era extrañar; la nostalgia…, sentía mi hogar muy lejos…, yo, acostumbrado a comer como náufrago recién rescatado, ahora, rogaba por un  pan y un agua café…., los viejos ya no estaban ahí para soportarme o consolarme; mis abuelos, los más grandes, los más queridos, los más…, ahora solo eran un espejismo lejano en las madrugadas cobijadas por el frío, o en las noches oscuras del alojamiento.

La ausencia dolía a montones, me rompía por dentro como si naciera dentro de mí un alíen carnívoro e inmisericorde…, todo el tiempo me taladraba el alma el no estar con los míos; qué sería de la vida de mi cucha, esa dama a quien tantas amarguras  provoqué, ¿y mis hermanos?, ¿y mi viejo?, ¿y mi abuelo?, que sería de mi anciano, ese que a escondidas me acolitaba mis desmanes…, dolió, dolió todo.

Tomé entonces otro norte, resolví terminar lo poco que me faltaba durante el servicio, y como era de esperar, me gradué con honores. Era mi juramento de bandera y al mismo tiempo, mi reconocimiento como el mejor bachiller; me sentí grande por primera vez, y a la par, un miserable pues no tenía a ninguno de los míos cerca para compartir ese logro…, todos estaban lejos, o no sabían, o, simplemente, no quisieron ir, ya los había decepcionado lo suficiente y tal vez, para ellos, lo mejor era marcar distancia con la oveja negra que se ufanaba de su arrogancia y se revolcaba regodiento en el chiquero de su sobrades…, no los culpé, era lógica su lejanía. Sin embargo, con el corazón arrugado, busqué entre la tribuna alguna cara conocida, pasé mi vista dos o tres veces por esas gradas frías donde reposaban sonrientes los invitados de mi compañía, y no, no veía a nadie.

Una lágrima se asomó de pronto y cuando empezaba a tomar impulso en mi mejilla, un hombre enorme de sombrero llamó mi atención, sí, era él, mi abuelo, el alcahuete, mi celestina privada, ahí estaba, firme como siempre, diciéndome en la distancia: “hijo, aquí estoy, nunca puede estar ausente el que nunca se ha marchado, vivo en su mente como usted vive en mi corazón”

Lloré de alegría, su presencia borraba todo lo que yo pensaba hasta ese momento, su sombrero cubrió de pronto hasta mis penas más pequeñas y entonces fui feliz. Más grande el orgullo al presentarle mi diploma de bachiller y dar parte de mi contingente…, mi corazón explotaba, el suyo no cabía en el pecho, nos abrazamos con el silencio que nos rodeaba y lo gozamos con los ruidos que se desprendían del alma.


Aquel día, el sol ya no fue tan abrazante como siempre, las 22 de pecho fueron un descanso y la mirada melancólica del abuelo; me aseguró de pronto, que todo estaría bien.

lunes, 24 de abril de 2017

LA NIÑA

LA NIÑA



Por: Javier Barrera Lugo

Mi consultorio quedaba al frente de su casa. No era un lugar espectacular; nada de lujos o detalles que llamaran la atención más de lo debido: un escritorio que heredé de la desaparecida ferretería de papá, un afiche descolorido de José Gregorio Hernández, fantasmal médico venezolano cuya santidad erigió el pueblo al que aún cura de la enfermedad mientras duerme, dos sillas de madera con cojinería de hule color café y una cartelera en la que con tiza registraba el valor de los servicios que prestaba. La niña se la pasaba horas frente a una ventana mirando hacia mi local.
       Y no era de extrañar que eso sucediera con cualquier vecino o transeúnte; un letrero que anuncia: Se lee la suerte, ligo el amor y la fortuna sin importar la fase de la luna. A través de la telepatía ubico tesoros, gente perdida y deudores en huida,” es un cascabel para la curiosidad; pero que una pequeña de seis años se plantara desde las ocho de la mañana hasta las siete de la noche a espiarme, a escrutar a mis clientes y las estupideces que hacía por ellos, no dejaba de ser perturbador, y esa sensación no aparecía por mi vida desde que estuve sumido en la indigencia.
       Fui marihuanero por muchos, muchísimos años. Mis padres me dieron todo, buenas universidades en las que me movía como borracho posgraduado y certificado en los bares aledaños, antros llenos de gente estúpida a quien usé y me usaron.  Los viejos invirtieron una tonelada de billetes sólo para que no aprendiera a ser médico, zootecnista, economista o ingeniero civil. Me gradué de vago y papá lo único que pudo hacer fue echarme de esa, su casa, donde me malcriaron y los problemas se resolvían de un plumazo.
       Deambulé con un costal al hombro por varios meses, aguanté miserias, enfermedad, comí mierda de la buena y asumí el fracaso absoluto como vocación hasta que conocí a “la pelirroja,” una pitonisa y vidente llegada de  la costa atlántica con la que después de mucho rogarle, me organicé. También estaba enviciada, pero tenía claro su oficio y cómo hacerlo provechoso. Dayanis, así se llamaba, fue generosa siempre, me enseñó todo lo que debe saber un lector de destinos y un amante sin lecho para salir de pobre.
       Mi mujer de arcilla, la difunta “pelirroja,” me repetía todo el tiempo: “No tenemos poderes, sólo un cerebro sin usar y mucha hambre…” “La gente pide a gritos que le digas lo que quiere escuchar.” “La telepatía es saber hacer la pregunta correcta para que te den la respuesta que necesitan sin darse cuenta… Después es cuestión de organizar las ideas y hacerles creer que esa solución que siempre han tenido frente a sus narices, se las envió a través de ti un demonio o un santo, eso depende del marrano. A la gente le da pereza pensar en serio… ¡Son una partida de maricas!”
       Y así comenzó mi vocación. Los militares, mis mejores clientes, pringados de ego y venéreas, me pedían menjurjes para torcerle el cuello  a la disfunción eréctil y la falta de plata. Yo les colocaba a unos frasquitos plásticos gotas de agua de rosas, leche condensada, creolina, y les decía que se los untaran por todo el cuerpo para quitarse la sal.
       “Este es el remedio que usan los Yariguíes del Carare  para curarse los males del cuerpo y de la suerte. Hágalo con fe “comando,” que es bendito… Verá cómo la plata vuelve a llegarle,” les decía. Y continuaba fingiendo un trance: “Una ojizarca llanera con los huesos llenos de humor demoniaco le pego la “pava,” caballero... Evite meterse con otras “viejas” que no sean su mujer por un tiempito y fijo se le arregla el “aparato…”
      Los que hacían caso volvían agradecidos cargados con mercado, plata, nuevos clientes para mi negocio de adivinación. Era obvio, si no se iban de putas, si estaban pendientes de su casa y descansaban, sus problemas económicos y sexuales se arreglaban. Era el círculo idiotez-remedio-redención-caída.
      Me volví un tipo que a punta de engaños salió de la plaza de los limosneros para hacerse príncipe. La adicción a mentir y ganar plata destruyó los demás vicios. Mis padres trataron de corregirme sin éxito; me los saqué de encima diciéndoles que tuve una visión del futuro cercano en la que los mandaba al carajo. Ofendidos, juraron nunca volver a hablarme. Rompieron su promesa cuando el viejo hizo un mal negocio y la ferretería se fue a pique. Les di unos pesos para que pagaran deudas y me dejaron en paz.
             Todo lo mío iba en línea recta  hasta que tuve conciencia de la existencia de mi pequeña vecina. Al principio sus miradas frías parecieron un acto indiscreto propio de su inocencia; pero ante la reiteración de su comportamiento obsesivo,  la cuestión se me fue volviendo una molesta carga sicológica. Me sentí espiado.
       Antes de su aparición pasaba horas en la puerta atrayendo a incautos para que picaran el anzuelo y me entregaran su dinero a cambio de paz espiritual; después de detectar a mi censora muda, lo que hacía era esconderme como una alimaña. Una niña muda se volvió  la voz de mi conciencia.
        La cúspide de mi delirio llegó una mañana de jueves. Abrí el local e hice un par de consultas sin mayores problemas. Salí a pescar un poco de aire  fresco y la mirada de la niña se me cruzó en el camino por enésima vez. No aguante la irritación que me causaron esos ojitos castaños clavados en los míos. Me quité el penacho que me hacía “El indio Tibasosa, maestro adivinador,” y agitándolo en dirección a ella pretendí pegarle un susto inolvidable para que me dejara en paz. No movió un sólo músculo.
       Herido en mi orgullo de adulto controlador de mentes débiles, crucé la calle y timbré en su casa.  Una atractiva mujer abrió la puerta. Los mismos ojos castaños y penetrantes, el cabello negro lacio a la altura de los hombros, piel blanca con diminutas pecas que traslucía una vena junto al labio inferior, me aclararon lo que pasaba. La madre de Lucía, así se llamaba la espía, me contó que la pequeña era autista y la única forma de mantenerla tranquila era colocarla junto a la ventana para que, a su modo, se distrajera.
       Me sentí como una sabandija. A diferencia de mis habituales clientes, pusilánimes con ganas de que los demás les resolvieran los problemas que ellos mismos generaron, Lucía avanzaba cada día por un bosque lleno de desinterés y silencio que la naturaleza le otorgó.
       Me disculpé con la mujer por el acto precipitado que acababa de cometer en contra de su hija.  Con una sonrisa que nunca desapareció, me dijo que le transmitiría mis excusas a la niña. ”Ella es un solecito, lo perdonará. Igual, usted no sabía nada. A lo mejor una noche de estas le cuenta cosas sobre su mundo, del por qué lo espía. Seguro lo contactará.
       La mujer se despidió y cerró la puerta sin darme espacio para preguntar. Concluí  que la desesperación por la condición de Lucía, le había zafado varios tornillos. ¿Cómo una niña rara me daría su punto de vista sobre lo que le atraía de mi local, de mi oficio de pitoniso? ¿Acaso la pena llevaba a una madre al extremo de imaginar  comportamientos normales en una hija que no lo era? Una catarata de sensaciones amargas me hizo renunciar a seguir trabajando. Decidí terminar mi jornada en la cantina. Cerré la puerta y le hice una seña a Lucía, que como era de suponer, no respondió.
       Las ganas de licor se fueron apagando con cada paso. Bebí un par de sorbos de cerveza y me fui para la casa. Encendí la televisión y automáticamente el sueño me venció. Estaba en duermevela, los movimientos de las manecillas fluorescentes sobre el tablero del reloj eran palpables, las luces de los carros, que invadían por milésimas de segundo el cuarto, me mantenían alerta…
       Sin aviso, Lucía apareció silente junto a la cama. Me miró un instante, buscó la puerta y dijo: “No pida perdón por creerme una persona extraña, sé que soy diferente…” El miedo me paralizó. No pude musitar palabra, el corazón peleaba por salírseme del pecho.
        “Al igual que usted, señor telépata, hablo a través de la mente, pocos pueden escucharme, bueno, usted lo hizo.” Intenté gesticular. Estaba paralizado. Pensé las frases que no le pude gritar y para mi sorpresa las mismas le llegaron por un canal desconocido para mí. Le dije: “Claro que puedo y creo que tú y tu madre son unas farsantes.” No respondió.
       Lucía sonrió. Me miró fijo el centro del alma y dijo antes de desaparecer: “Abra mañana temprano su consultorio. La verdad esta tarde estuve muy aburrida.”
       Llegué temprano y Lucía ya estaba acomodada en la ventana. Imagine palabras y sin éxito trate de transmitirlas con el pensamiento. La niña se mantuvo imperturbable. “Fue una pesadilla, sólo eso,” me dije.
       Las consultas me tuvieron ocupado hasta las ocho de la noche. Me apresuré a cerrar. La niña no estaba en la ventana. Su presencia en mi cuarto, sus palabras; pero por encima de todo, la forma en que se instaló en mi mente, me llenaron la vida de zozobra.
¿Fue un sueño? ¿Estoy pensando lo que su mamá quiso que pensara? ¿Al igual que yo con los desgraciados que me llenaban los bolsillos, la mujer utilizó a su hija para hacerme imaginar y manipularme? ¿Sí tengo capacidades especiales de adivinación, de hablar sin palabras?
       Entre a mi casa con temor. Lo primero que hice fue encender todas las luces y el televisor para darme valor. Una hora después, calmado, convencido que el karma actuaba y era presa de una manipulación, me acosté. Eso sí, encendí la radio para no sentirme solo.
       En la madrugada intuí pasos en el cuarto, un pequeño bulto que cruzó raudo y se instaló justo a mi lado. La niña puso su mano derecha sobre mi frente y comenzó a cantar. De nuevo el terror inundó cada una de mis células y quedé paralizado. Quise gritar. La boca y la laringe no respondieron por segunda vez. Rígida, Lucía comenzó  otra conversación mente-mente:
-Gracias por llegar temprano está mañana. Espero que no lo haya puesto a pensar más de la cuenta  con esto de nuestras charlas poco convencionales. Sé lo que atormenta su cerebro… Y sí, puede hablar a través de pensamientos.

-¿Cómo una niña tan pequeña puede saber tanto, expresarse de esa forma?-Pregunté confundido.

-Es que nací hace mucho, morí y decidí volver a nacer hace seis años.

-Y eso que tiene que ver conmigo.

-Nada es casual. Algo que no comprendo aún me llevó a buscarlo para informarle que dentro de poco morirá, volverá a nacer y será como yo.

-¡No quiero morir!

-Ya le dije, uno no decide morir o vivir, simplemente estas condiciones ocurren. Uno resuelve nacer, eso es todo. Cómo sean las características de esa existencia, es un asunto aleatorio que puede darnos sorpresas…
Piénselo, no sabía que podía hablar con la mente y ahora me cuenta que no quiere dejar de respirar… Uno sólo posee lo que puede decidir…

-¿Y cuándo voy a morir?

-Ya empezó el proceso.

       Todo sucedió muy rápido. Sentí las palpitaciones del corazón deteniéndose. Los sonidos cesaron. No hubo luz… Se hizo la paz.
       El ruido de los carros me despertó. El pánico llameó en mi interior. Intenté moverme;   los músculos no respondieron. Desesperado, quise gritar. No lo logré. Sentí un flujo cálido bajando entre mis muslos.
       La madre de la niña entró y dijo con el pensamiento: Lucía, te he dicho que me avises cuando tengas ganas de orinar. Ahora tengo que limpiar…
       Me llevó al baño y aterrado vi en el espejo que yo, “El indio Tibasosa, maestro adivinador,” era la pequeña Lucía.
       Quise llorar y no pude, mi rostro estaba hecho de piedra.
       La mujer me volvió a colocar frente a la ventana. Mis pensamientos fueron lapidarios: injusticia, castigo, locura.  Estas palabras cruzaron anárquicas por mi mente hasta que un hecho contundente me hizo entender que lo que pasaba era obra de algo desconocido que no comprendía, como dijo la niña tras anunciar mi muerte:

       Al consultorio llegó mi antiguo cuerpo y abrió el local. Antes de entrar se quedó mirándome  y utilizó el poder de la telepatía para decirme: “Nací hace mucho, morí, decidí volver a nacer hace seis años. Anoche volví a morir y decidí nacer en el cuerpo adulto de un hombre experto en decirle a la gente lo que quiere escuchar.”