Páginas

domingo, 23 de noviembre de 2014

NO SIEMPRE GANA DISTANCIA...

NO SIEMPRE GANA DISTANCIA…

Fernando Vanegas Moreno



“Ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve, ojalá por lo menos que me lleve la muerte…”. Serian las dos de la mañana y este estribillo se ahogaba en las gargantas de cuatro andariegos malpensantes. Era la muy difícil época de la adolescencia, del colegio, de los primeros amores, de las génesis del dolor. En un rincón, Ernesto y Oscar exaltaban un nombre: Monika. Así, con K, aquella por la cual se paralizaba el universo barrial de uno de ellos, en el extremo opuesto, Vladimir y yo, llorábamos a una ausencia de ojos verdes; lo había dejado, y tras ella se fueron las ilusiones de ese ser que hasta hace poco era el más fuerte de ese combo de perdidos. No sabíamos nada, pero la vida se encargaría de mostrarnos que lo peor vendría después.
En una habitación cercana, Doña Carmen, la mamá consagrada de Rincón, oía el llanto de su hijo y amparada en su carácter fuerte, pero acompañada a la vez de esa ternura que es propiedad exclusiva de las madres, nos gritaba (sin mucha convicción), que apagáramos la bulla, que esas no eran horas de molestar y despotricaba, a “esos”, los amigos de su hijo.., pero de nada servía, entre más nos gritara, más se  acrecentaba el llanto y el dolor: “para que se quiere tanto, para que, si el amor es falsedad es ilusión, que nos hace llorar y padecer, que nos enferma muy ligero el corazón”, eso y solo eso era lo que le escuchábamos a Julio Jaramillo, mientras el licor, cada vez más escaso en la botella pero muy abundante en nuestras almas, oxigenaban ese ambiente de malquerencia y de emoción.
Vladimir, mi amigo, mi hermano, el que muchas veces fungiera como mi roca de salvación, en ese momento no era sino un pedazo de mierda, arropado por la cobija siempre conveniente de la conmiseración, pero no importaba, ahí estábamos nosotros, dispuestos a lo que fuera por aplacar (así fuera solo un poco), ese tsunami de pena que lo arrasaba todo en su interior. “Sábado al fin, termine de estudiar te propongo un hermoso plan”, continuaban las canciones, que como viles masoquistas hacíamos sonar en esa vieja casa, de un viejo barrio, de una, aún más antigua ciudad.
Esa madrugada y por dejar de fastidiar, decidimos, grabadora en mano, echarnos a la calle a culminar nuestra historia etílica, a dar fin al tiempo del dolor, a matar de una vez por todas esos sentimientos de rencor y de pasión; de nada sirvió el regaño de una mamá furiosa, menos, la voz precavida de Oscar, quizá el más maduro de los cuatro, había llovido y el frio se colaba hasta en los bolsillos, pero qué más daba…, su niña de ojos color esperanza se había marchado y era momento de perder. Y volvía a comenzar: “El tiempo pasó y mi temor aumentaba, en dicha medida aumentaba mi amor, el miedo a perderte me mortificaba, vivir para amarte era mi obsesión”  . No sé cuánto tiempo pasó, lo cierto es que de pronto me vi rodeado por tres almas perdidas: Vlas, quien lloraba por aquella a quien tuvo y  no supo conservar; el otro, en ese momento caminaba en su mente de la mano de una mujer que hasta ese instante solo era un sueño inalcanzable, el tercero se hundía en el juego maligno de la duda: su amor de siempre o alguien nuevo que lo había parido a un mundo desconocido de sentimientos; ah y por supuesto yo…, yo fumaba y bebía, no tenía más que hacer, fumar, beber y escuchar. Ni siquiera imaginaba que el destino un año después, me ubicara en un lugar más profundo que en el que Vlas se encontraba esa mañana.
Cuando se agotaron las lágrimas, cuando el licor desapareció y cuando las baterías de la grabadora se fundieron, llegó el momento de retornar a casa. Ernesto tomó un taxi, Oscar y yo, cada uno tomándolo de un brazo, dejamos a Rincón en su casa (obvio, luego del regaño justo de una progenitora llevada de la ira) y juntos, decidimos que nuestro tiempo de caminar apenas había empezado…., andamos mucho…, hablamos más: de la noche, del amor, del dolor…, de la esperanza. Éramos muy jóvenes, pero algo nos decía que la vida es un mar de mierda que hay que cruzar con la boca abierta, y que por eso mismo era fundamental aprender a nadar con la boca cerrada, que la esperanza y el mañana surgen de cómo se actúe hoy, que todo pasa en un continuo devenir…, que en ese momento solo él, yo, el amanecer y las calles desiertas existíamos, y que tal vez algún día, en algún momento, ese amanecer y esas calles volverían a reunirnos, no solo a los dos, sino a todos y todas las protagonistas de esta historia que hoy, 22 años después me atrevo a contar.

Desde entonces no los he vuelto a ver, Sé que Oscar y Ernesto, como pocos, conquistaron y aún viven con las inspiradoras de sus sueños, Vladimir, bueno, Vladimir con el tiempo volvió a ser esa fortaleza que siempre conocí; son felices, o eso deseo, y yo, pues marica yo, sigo esperando que aquellos amaneceres y aquellas calles vuelvan a reunirnos, y que como telón de fondo, como música incidental suene esa frasecita icónica y Cabralesca con la que me despidiera una mañana hace dos décadas, un bacán que amparaba la nostalgia en el confín de sus locuras: “No siempre gana distancia el hombre que más camina, a veces por ignorancia, andar se vuelve rutina, no por gastar los zapatos se sabe más de la vida, ni poco ni demasiado todo es cuestión de medida”

domingo, 16 de noviembre de 2014

REENCARNACIÓN

REENCARNACIÓN


Por: SanLiSan
Sandra Liliana Sandoval


Recién empieza un nuevo día y aquí sigo yo, queriendo contarte 
todo lo que pasa por mí cabeza. Siento el aire frío recorrer mi espalda..., con vos tendría más calor entre mis sábanas, menos nostalgias en mi alma. La distancia nos acerca más. Estoy segura de que pasará, una mezcla de sabores será nuestra unión de besos de partir la boca con sabor a rocío del Mediterráneo,
de yerbas de Cantabria y de flores colombianas. Sabrás que dentro de mí crecen frescas hierbas, perfume de jazmines, sabores de oriente. Que sé comer con las manos el mundo que me pertenece, que las maravillas de las que tanto hablan, en mi piel son verdaderas. Que me ilusiono fácilmente, que odio pelearme con la gente que quiero, y que quisiera nunca más mentirme diciéndome que no siento nada, o que lo que siento no es tan importante como para no desquebrajarme un día cualquiera, mientras bebo una copa de vino que me sabe a gloria si cierro los ojos y apareces tú. Sabrás de mí todos los secretos que te imaginas, las caricias que deseas y esos, mis besos que son capaces de llevarte más allá del cielo en un segundo.
Hacerte morir cada vez que me toques, revivir todas tus sonrisas y a mi lado encontrar la felicidad que lleva mi nombre. Viajarás por lugares que te harán volver a creer en esos sueños de pequeño, desearás saber tanto de mí, que dejarás de vivir cualquier otra sensación diferente a la de saber para qué has venido.
Darás rienda suelta a tu amor dormido, te sentirás tan vivo que volverán a vos las fuerzas para recorrer mi mundo entero. Compartirás mis recuerdos que renombraras con tus besos que me llenaran de vida, de aire puro, de rocío después de la lluvia, del agua después del amor. Te amaré de punta a punta, cada una de tus vidas de antes y después. Cada uno de tus miedos, los cambiaré por deseos nuevos.
Pasan los minutos y mi cuello siente aún el peso de este otoño que aún no termina. Las estrellas aparecen, brilla el cielo y siento un pequeño escalofrío. Te siento y ya no puedo más. Quiero darte mi alma quiero darte mis recuerdos.
Los primeros amores, las primeras sensaciones, los nervios de ese instante antes de ver la luz, de los miedos, las lágrimas y el olor de la mañana.
Quiero darte todo, nacer de nuevo en vos, ser tu mundo, construir los sueños que haremos de viejos, las palabras, los primeros amores, la emoción, el placer, la ilusión. Quiero que seas el primero y el último, el amor de adolescente.  Quiero que tu nombre sea la razón por la que quiero salir a comerme el mundo,
Quiero que seas dueño de todo lo que conocí, el señor de mis espasmos, quiero tu pecho cálido en las noches en que no pueda dormir. Quiero todos tus besos, del primero al último. Quiero que tu boca sea todas las bocas que me han besado, Todos los amantes de mis guerras dentro de tu cuerpo. Quiero que todas las llamadas sean para ti, las despedidas, los reencuentros, las noches en vela, los besos que no di, el placer que no sentí, la oscuridad, los juegos a escondidas las manos bajo la ropa, la humedad, el sudor, el cansancio y..., empezar otra vez.




Productora de cine, una colombiana en Buenos Aires…, desde Argentina, Sandra Liliana Sandoval (SanLiSan), nos da razones para renacer día a día.

domingo, 9 de noviembre de 2014

VIENTOS HURACANADOS Y FINALES FELICES

VIENTOS HURACANADOS Y FINALES FELICES
Por: Javier Barrera Lugo


Voy pensando en cosas que  no tienen relevancia para el resto de habitantes del mundo. La tormenta arrecia; vientos huracanados y lluvia forman una tela blanca que ciega a la conductora y lo único que impide que la camioneta se estrelle contra el vehículo de adelante son las luces de parqueo, que precavido, el patrón de la tractomula rojo fuego accionó para evitar una calamidad en plena Interestatal 95.
El martes menos típico de mi existencia está marcado por la duda, la desazón y las ganas inmensas de seguir callado en este rincón. Simulo una caricia a las siluetas que las líneas de agua marcan en la ventanilla y que parecen gesticular una sentencia que lo profundo de mi ser quiere escuchar para hacer más cómicos los presentimientos que muerden mi nuca con el apetito de una manada de lobos.
Mis compañeros de travesía duermen profundamente. La semana que acabamos de pasar destrozó la resistencia de los cuerpos y las mentes.Tanto sol, montañas rusas y personajes de películas famosas encarnados por hombres y mujeres que ganan U$12.85 la hora, les hicieron trizas la capacidad de disfrutar de un evento cercano a la muerte poco probable para unos excursionistas infectados de optimismo.
Todo parece licuarse en explosiones de fosforescencia y oscuridad dentro de una atmósfera pesada donde la velocidad y el pavimento mojado son elementos relevantes en la intención de volverse loco, mientras se trata de mantener alerta los sentidos como acto de solidaridad con la conductora que nos guía a través del peligro. Es un juego de dar y recibir sin decir nada, simple observación de lealtades sugeridas.
Ella sale del sueño y aprieta mi mano diciéndome con este gesto: “aún estoy aquí”; que el vendaval es un regalo de la naturaleza; pero mis obsesiones están acostumbradas a navegar en los extremos deliciosos de la química cerebral. Los pensamientos trágicos son la sal de mi felicidad. Igual, agradezco a mi vecina de puesto el acto de ternura con una caricia en su mejilla izquierda que dura hasta que el cansancio la vuelve a vencer.
La conductora se atreve a hablar cuando de repente, como comenzó, la tormenta se vuelve una delicada proyección de gotas sobre el vidrio panorámico. El sol se estrella contra las bocas abiertas de los que duermen, formando cientos de arcoíris sobre los labios húmedos. Ella, Jonás, la tía, la monita, Joaco,  despiertan para darle las gracias por haberlos salvado de la tragedia que sólo existió en mi mente. 

En una tienda junto a la carretera la conductora bebe café, fuma compulsiva uno de mis cigarrillos y en silencio evalúa la hazaña que acaba de realizar. Salvar de los delirios obsesivos al pasajero de la última silla es el menor de sus logros. Me acerco, le doy las gracias con el corazón abierto y el sentido de supervivencia activado a su máxima potencia. Me mira y dispara una conclusión disfrazada de consulta:
-Fuiste el único que se mantuvo despierto todo el trayecto. A ninguno le importó lo fuerte de la lluvia, la poca visibilidad, la velocidad a la que íbamos en la carretera, ni como el viento le pegaba a la camioneta y la hacía desplazarse hacia un lado como si fuera un juguete de cartón. Acto de fe en el otro; eso me regalaronlos durmientes. ¿Acaso tu confianza en mis habilidades es tan escasa?
Mi mirada queda fija en sus ojos. La pregunta es una acusación directa, tácita, no hay espacio para teorías. Aquella odontóloga de profesión y conductora por azar, parece querer aplastar mi fobia con el movimiento rápido de su lengua hecha un puño que golpea. Pienso la respuesta, la auténtica, no la que quiere escuchar. Enciendo el último cigarro que me queda y me voy lanza en ristre buscando defender mi lógica peculiar:
-Confío en ti. Me gustan los desenlaces felices, las sonrisas, hasta las lágrimas agradecidas antes de la aparición del cartelito en letras blancas que dice FIN. Cuando se enciende la luz del teatro vuelvo a ser el mismo cínico. Las situaciones límite me suben la adrenalina. El pesimismo es un deporte de alto riesgo-. Concluyo mi respuesta con una mueca que no parece convencerla.
La conductora anuncia que debemos volver a la ruta; la idea es llegar a la ciudad dorada antes de las cinco de la tarde. Mientras nuestros compañeros suben a la camioneta, dos hombres grandes, blancos, mirada agresiva y una incipiente borrachera, entran a la tienda y van directo a la caja. Sin decir nada, diciéndolo todo con una inclinación de la ceja, me ordena subir rápido.
Un par de minutos después, los hombres salen de la tienda con dos cajas de cerveza y desaparecen del estacionamiento. Los pasajeros se quedan dormidos y sólo la voz chillona de un locutor, que la radio vomita estridente, es el sonido que acompaña el trayecto final del viaje. Una tarde de postal se abre a lado y lado del cielo: la promesa muda que apacigua mis miedos y a ella le permite respirar con tranquilidad.
En el horizonte, los edificios se pueden aplastar con los dedos. Uno a uno, los camaradas comienzan a despertar. El tráfico se hace denso, las caras familiares, el hedor del apiñamiento vehicular, palpable. La conductora programa el GPS e informa que en media hora llegaremos al hotel. Siento sus ojos mirarme el alma a través del espejo. Me concentro en la trivialidad de la calle, ya habrá tiempo para desenmascararnos.
Todos se lanzan a la recepción para escoger habitación y los compañeros de celda que mejor se acomoden a sus manías. La conductora deja el maletero abierto, besa a su esposo y se queda frente a la puerta buscando encararme. No desprecio el duelo, la curiosidad hace trizas los órganos que me tapizan el tórax. Me acerco y testifico cómo la suya, es una confesión llena de arandelas:
-También pensaste que los tipos esos iban a atracar la tienda como en las películas, ¿verdad? El olor a marihuana era fuerte... No niegues que sentiste miedo. ¿Acaso tu temor aplica sólo para las tormentas?- Espera una respuesta satisfactoria de mi parte, un faro en mitad de la penumbra... La miro y sonrío. Mantengo la boca cerrada.
-Respiré tranquila cuando los vi salir. Ni sirenas, ni forcejeos, o cajeros que salen disparando una escopeta a diestra y siniestra… Por un momento me sentí tonta al imaginar algo así. ¿Una balacera en una tienda de carretera? Vaya si me puse loca por un instante… Eso se queda para los “mamertos” como tú, (risas). No, en serio, pensé que la cosa se iba a poner difícil… Gracias a Dios…

“Volverse adicto a los finales felices no es algo fácil de asumir”, quise responderle. Es cierto; pero cuando iba a pronunciar la sentencia máxima contra aquella conductora que me cae bien, pese a las evidencias; el tarado de Ney, mi espíritu opuesto en la galaxia, aulló una orden que me hizo reír e irritar al mismo tiempo: “¡Ricitos, ayude a cargar las maletas…!” Vaya si son difíciles los grupos y sus reencarnaciones en masa.