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domingo, 2 de agosto de 2015

DUDAR

DUDAR


Por: Javier Barrera Lugo

“… tal vez lo único que podríamos decir Fernanda y yo es que hay despertares sumamente inesperados y que, incluso, a veces, en nuestro afán de no causarle daño alguno a terceros, terminamos convertidos nosotros en esos terceros. Y bien dañaditos, la verdad.”
Alfredo Bryce Echenique-La amigdalitis de Tarzán-.

Todo comienza con un Alfa Romeo verde que espera el cambio de luces en un semáforo parisino para continuar su ruta. Allí, transcurridos unos segundos, sin intención tácita, la existencia de varias personas cambia. Dudar es lo único que se necesita para dejar de ser feliz, libre al menos; el veredicto se materializa con una campanada. Dudar, plantar en el pecho la sensación malsana que obliga a creer que las oportunidades sobran, que se merecen sin esfuerzo días soleados si el deseo lo decreta, que los amores épicos y plagados de perfección aislarán de la lluvia a las coyunturas hechas pelotas de urea, que no importa cuántos instantes precisos terminen desperdiciados; “la vida da segundas oportunidades”, repite como plegaria la mente embaucada. Ese es el error, creerse digno beneficiario de la buena estrella. Cuando la realidad enseña sus colmillos en tono de ataque y se cae como un saco de papas sobre el pavimento, se logra entender que la única certeza posible de manejar es que nada, NADA, puede etiquetarse como seguro mientras pisemos el polvo en el cual se cimentan las percepciones.

El Alfa Romeo verde parte raudo y su conductora, Fernanda María de la Trinidad del Monte Montes, una pelirroja encantadora, salvadoreña, educada, flaca, pecosa, nariz prominente que le da un toque de imperfección a un rostro angelical, frenética, inocente, bajita de estatura, un original sueño de mujer, escribe en los músculos anestesiados de Juan Manuel Carpio, cantautor peruano, que las oportunidades de seguir con ella se acabaron, que la luz roja que interpuso el destino para que corriera y salvara la parte lúdica de su cotidianidad, duró lo necesario y no acudió a su encuentro; que desde ese momento y por el resto de la eternidad estarán condenados a encontrarse instantes apenas que incluirán contemplación, plazos con fecha de caducidad, raudales de amor egoísta, amor intenso y tóxico y por lo mismo idílico, pero con cero realizaciones demostrables. “Duda, Juan Manuel; una vacilación malsana te hizo perder el desarrollo normal que mereció tu esencia”, pensamos quienes descuartizamos el relato en este punto.

La Amigdalitis de Tarzán, novela epistolar de Alfredo Bryce Echenique (en mi concepto uno de los grandes escritores de América, el mejor de su país), deja en evidencia cómo pesa en el corazón lo que se deja de hacer para uno mismo, para la alegría, denuncia sin rubores que abstenerse es la peor herida con la que marcamos el futuro. Los errores tienen la potestad de ser corregidos, eso hace valiosas las decisiones; lo que no se hizo o se dijo, lo que simplemente se elaboró en la mente, coloca amarras invisibles en las muñecas, y atadas a ellas, diez toneladas de fierros que debemos cargar cuando cruzamos un lago que apenas se congeló. Pero la historia, si se mira con generosidad, no es triste; refiere también la lucha de sus protagonistas por sacarle jugo a  los recuerdos que se esmeran por construir, a sus reencuentros, pocos y llenos de una temeridad que rebasa  las convenciones impuestas por quienes se creen dueños de la verdad y cuya pócima sulfúrica, la mayoría compramos en oferta. Una ficción intensa que deja pensando y activa la ineludible capacidad de evocar hechos anteriores con criminal optimismo.

La amigdalitis es eso, zarandearle al pasado la tibieza de esos lugares en los que se fue feliz y hubo emancipación, quedarse clavado en la añoranza de una ruta donde lo único que importaba era contar con buena compañía, algo de licor, y la destreza congénita que posibilita sentirse vivo con recursos mínimos cargados de fantasía. Juan Manuel, el protagonista, pasados los años y las ganas de perder la razón, se brinda el placer de dejar fluir el llanto en la habitación de un hotel clavado en alguna sucia urbe latinoamericana. Su amada pelirroja aparece entre vapores de embrujo para decirle que titubear mientras las bombillas de un semáforo están a punto de cambiar de color es darle demasiada ventaja a las ganas de no ser feliz. Esa, creen muchos,  es la maldición para los hombres comunes desde el inicio de los tiempos: “unirse con quien toca, no con quien se quiere”, decía Germán Solano, mi profesor de filosofía en quinto de bachillerato. A fe que el loco, aunque me cueste admitirlo, no estaba tan errado.

Y todos los esfuerzos se encaminan hacia ese punto. Los admiradores del masoquismo celebran tamaña imposición sacando las manos por entre los barrotes de sus celdas, avivan las llamas de su mediocridad. La resignación aparece; por suerte los instintos salen de sus madrigueras a defender aquello que las dudas hicieron ley. Cinco palmos delante de su renuncia, una mujer especial, la hembra que se negó torpe en el cruce de dos calles como si se tratara de una mala canción, lo espera diez años después, en un bar que apuñala las entrañas de un viejo centro comercial. Ella, una de las miles Fernanda Mía del mundo, pese a ser noche de vienes con lluvia, aguarda silente la llegada del cantautor.

Juan Manuel vivencia las mismas palpitaciones del corazón que le inundan la carne cada vez que la ve, los nervios, el escalofrío que le eriza, uno a uno, los vellos de la espalda. Juntos otra vez, todo se les va en parir la esencia del recuerdo, el paseo a pie por un sendero lleno de árboles junto a la avenida, la charla acompañada de un whisky y numerosos cocteles azules hechos para paladares poco acostumbrados al licor, los besos que no se niegan porque de antemano saben que representan un amor que se vive  cada par de años y por una semana, por diez días a lo sumo, donde las emociones se revuelcan en un estanque de dulce paz interior y la desnudez es su hogar. Reviven el abrazo fundamental mientras caminan, la despedida en el mostrador de una aerolínea que viaja todos los domingos hacia Estados Unidos, la invitación de ella para que terminen lo que nunca empezó en el mismo cuarto de un Embassy Suites donde se conocieron el cuerpo y las intenciones, en penumbras otra vez, porque a la bendita luz siempre se le embolata el camino, las promesas sin fundamento y por lo tanto valiosas, el existir, la hijita que tuvo nombre y color, pero no materia; esas sensaciones que se pegan a las células como pájaros que energúmenos, vuelan en círculos por la eternidad de sus espíritus.

La novela es urgente, hecha para quienes aman con ferocidad sin importar las circunstancias. La conclusión de la misma es brutal, densa, hermosa: el amor ardiente muta, tras muchos descalabros, en amistad sincera, no exenta como es lógico, de deseo, lealtad, de buena fe. El cantautor y Mía terminan por entender que sus circunstancias los hacen un imposible en esta reencarnación: ella tiene niños, él, continúa siendo en un ermitaño cuyas melodías hablan de ella así no aparezca su nombre, que la pasión es ella,  sus imperecederas pecas, ella, su rostro de “muchachita bien”, su nariz rara, sus cuentos ilustrados para mocosos impertinentes; ella,  sus avatares con esposos que se la encuentran en el camino y a quienes les vende ideas que quieren escuchar. Dudar, la maldita impronta de quienes no se sienten merecedores del infortunio. Dudar, la única circunstancia, además de la muerte y el sexo, que nos hermana como especie.


Al Alfa Romeo se lo tragó el óxido de un planeta que no se detiene por nada o por nadie. Ya Mía tiene una organizada sucesión de eventos, críos, mil trabajos, y Juan Manuel es sólo una de esas memorias que se amalgaman con la tranquilidad de su alma. El amor es cosa rara, cínica, el sentimiento máximo llevado por los cabellos si no hay nada más importante por hacer mientras se levita. Dudar es darse el chance de sentirse incompleto y no acomplejarse por ello. La amigdalitis de Tarzán, es un recordatorio sublime de que las cosas no ocurren como quisiéramos, que las evocaciones, las pijamas amarillas de la abuela, dormir en un sofá cama verde que hace minúscula una minúscula buhardilla, entender que los angelitos no dan regalos cuando queremos tener una hija a cualquier costo, y experimentar que la respiración se vuelve eterna si dejamos de tener cuidado, hacen parte de una maravillosa confusión que se asemeja a la travesía de un ciego que desorientado, encuentra a tientas el lugar donde se siente la tibieza del sol.

lunes, 20 de julio de 2015

LAS AVENTURAS DE LA SEÑORA MATILDE

LA AVENTURA DE LA SEÑORA MATILDE
Por: Javier Barrera Lugo.

Dedicado a: La señora Teresa y sus amigas.

Imagino que los fines de semana de la señora Matilde, mi vecina, son un período de tedio que asume de la forma más digna. Mucho silencio, la aberrante falta de sonido escondida tras las puertas para recordarle que las viejas como ella, las mujeres que pasan de cierta edad y son el sostén de la familia, no una prioridad, merecen ser tenidas en cuenta de lunes a viernes, y en el mejor de los casos, los sábados  si a sus hijos, (los padres de los nietos que cuidan) las obligaciones o el placer, les cortan el tiempo de compensarle a los críos, la soledad que la economía de mercado impone a las familias de nuestro tiempo como maldición por poseer lujos innecesarios, computadoras, televisión por cable, estatus social y toda la suerte de maricadas que conocemos.
Se levanta temprano, “la cama me pica”, dice hilarante. “Y por más que sea día de descanso, los oficios no dan espera.” Una ducha corta precede el rezo del rosario por los suyos, por las almas perdidas del mundo, por los enfermos que se consumen en las salas de emergencia de los hospitales sin atención, por los “mocosos” que deambulan calle arriba, calle abajo, vendiendo baratijas y denunciando con su presencia que no a todos los habitantes del país les toca la tajada del bienestar que el gobierno vende como un logro, cuando es su obligación. El sábado es tóxico, los domingos, al menos, puede ir a misa sin parecer una fanática que desfoga la falta de compañía, dentro de los muros de un templo donde hablarle a un pedazo de yeso es la mejor terapia para su alma.
Lo que me llama la atención de los días libres de la enérgica mujer, no son sus despertares al alba haciendo escándalo con ollas que se caen de donde las dejó puestas y hacen un ruido del demonio, o el canto frenético de los canarios y pericos australianos que no dejan dormir a nadie en el edificio. No son los hijos que no saludan y se empeñan en lanzarle el carro a los despistados vecinos que salimos en chancletas a comprar el pan del desayuno; ni siquiera se hace interesante por el amor manifiesto por esos nietecitos  rubicundos y malcriados que con sus legos y triciclos de plástico, descascaran la pintura que una cuota extraordinaria de administración nos hizo pagar. Lo que realmente me llena de curiosidad es verla humana, desinteresada, tan abnegada con las personas que no conoce. Es extraña tanta generosidad en una ciudad atrapada por el frío de las almas.
Sé que el “malparido” del esposo, la dejó hace diez años por una mujer mucho menor. Ese detalle y la palabrita desobligante, las profirió el chismoso señor  Gutiérrez, administrador eterno del edificio: “Lo que no sepa yo, de pronto el diablo sí lo adivine”, dice cínico cada vez que me aborda en el parqueadero para darme detalles sucios de la vida de cada uno de mis ochenta y tres vecinos:
“La del 407 es puta, sale a las 6 de la tarde con un gabán, la espera el mismo taxi todos los días y vuelve como a las 5 de la mañana… Misma placa, mismo conductor… Está buena la condenada. Yo sé, lo comprobé el día de las velitas, se besó con Aicardo, el del 302, cerca al cuarto de basuras mientras estábamos dándoles los premios a los niños del coro. El tipo le pasó un billete de diez mil pesos… Qué cagada, como que la esposa del huevón se dio cuenta… Y Eduardo, el tipo del 202… ¿No se acuerda de él? El gordito ese del carro verde… Sí, sí, el de la camioneta Ford… Sí, sí… Ese man debe ser “traqueto,” se la pasa todo el día metido en la tienda del frente bebiendo cerveza con unos pendejos armados hasta los dientes…” Así es todo el tiempo, cuando llego, cuando salgo, cuando estoy fumando en el parqueadero. Creo que Gutiérrez es de esos seres que ve en los demás el reflejo de sus malas acciones.
Pero lo que les quiero contar no son los chismes absurdos de ese pequeño infierno llamado vecindad. Relataré la más reciente hazaña de la señora Matilde, la propietaria del apartamento del frente al que alquilo.
Me la encontré temprano esta mañana. Las ganas de un cigarrillo me hicieron levantar de la cama antes de las 7. Pese al guayabo, me puse gorra, pantaloneta de fútbol,  camiseta vieja y los lentes oscuros con los que un vampiro como yo, combate los efectos de la luz solar. La necesidad de nicotina prevaleció sobre el deseo de hacer pereza este día festivo.
El edificio estaba en calma, la mayoría dormía, hasta el vigilante estaba en esos menesteres. La vi salir de la torre. Sudadera rosada, una gorra con visera gigantesca, una carterita de lana y la cara embadurnada de bloqueador solar. “Voy a dar una vuelta, joven,” dijo sin que le preguntara nada. La saludé con afecto, ese es mi problema con ciertos extraños generosos, los asumo como parte de mi vida sin pedirles permiso.
La señora Matilde siguió caminando. Sonriente, dio cuatro, cinco pasos a lo sumo, se detuvo y regresó. Sacó un trozo de papel de la cartera y me lo entregó. “Oración al arcángel San Miguel”, decía la pequeña estampa cuya imagen presenta al protector del cielo pisándole la cabeza a un engendro con alas de murciélago, que por lo que veo, no alcanzó la entrada al infierno y recibió una paliza monumental del afeminado jefe del ejército divino.

-¿Y eso, mi señora?-Pregunté con sentida curiosidad.


-Es para que siempre esté amparado por si alguien o algo le quieren hacer daño. Usted me cae bien, es un muchacho serio y discreto. Cuando el viejo Gutiérrez lo pare para decirle algo, apriétela duro y verá cómo se le quita del lado sin chistar. Ese viejo es muy malo, lenguaraz… Una mala persona, de verdad.
Le agradecí el detalle. Asumí la estampa como el obsequio de una mujer afable hacia un vecino vago que tenía en cuenta su presencia en el mundo. La vi con ganas de seguir hablando. Agradecido, omití el malestar de la resaca e inicié la conversación.

-Pero si el viejo Gutiérrez es inofensivo… Un poco indiscreto, eso sí; pero nunca se ha metido conmigo.


-¿Inofensivo? El no respeta a nadie. De usted anda diciendo que es un comunista que tiene embarazada, y no le quiere responder, a la flaquita que lo visita todos los fines de semana. A todas estas, ¿sumercé que es lo que hace?


-Soy escritor, Doña Matilde… Y la flaquita… ¡La flaquita es mi hermana, no joda! ¡Gordo hijuep…!- Las ganas de reír y matar al viejo entrometido, se me juntaron en el pecho.


-Ese tipo es una vergüenza, muchacho. Por eso le digo, cargue el DETENTE en el bolsillo, San Miguel nunca lo desamparará. Míreme a mí, ayer no más, me sacó de un peligro terrible…
Su rostro alegre se volvió adusto en un santiamén. Los ojos se le llenaron de lágrimas. La preocupación me coloreó el rostro. Ella se dio cuenta de mi desazón y pidió disculpas. La invité a tomarse un café para que me  contara lo sucedido y se desahogara. Aceptó.
Mi apartamento era un desastre, libros regados, pegotes de jugo en la mesa del comedor, tufo a cigarrillo en cada rincón. Miró de reojo y se sentó en la única silla que no tenía ropa sucia colgada. Revisó la taza, bebió despacio. Respiró profundo y me contó lo sucedido.
 El día anterior, domingo, decidió ir a escuchar la eucaristía en la iglesia del 20 de julio, de cuyo niño mágico es devota. Su amiga Marina, la viuda de Contreras, dueña del apartamento 103, prometió acompañarla; pero una invitación a almorzar de sus hijos, le impidió cumplir con el compromiso. La señora Matilde no se alteró, caminó hasta el Portal de Transmilenio y tomó el bus que la llevó a su destino. “Viaje tranquilo, muchos niños, padres, lleno como siempre y nadie que le dé a uno una silla azul… Qué tragedia,” comentó. Estuvo en misa de diez, dejó la ofrenda de chocolate y pan tajado y salió a desayunar en uno de los tenderetes que componen el desorden sucio de ese lugar repleto de peregrinos. Café tibio, un tamal y pedazo de pan viejo, fueron los componentes del singular brunch.
No bien acabó de pagar, un par de “indios,” según los clasificó, gordos, mal vestidos, “malencarados,” le raparon el monedero donde guardaba las vueltas del desayuno. Uno de los tipos, el que tenía el botín, resbaló  y terminó cayendo como una plasta. Su cómplice se detuvo y amenazó a Doña Matilde con un cuchillo de carnicero. “La “tontarrona” de los desayunos se amangualó con ellos, también estaba implicada, joven, los envalentonaba para que me atacaran.” Sus palabras tenían el gusto de la ofuscación.

-¿Y usted que hizo?-Pregunté indignado.

-Cuando vi al tipo del cuchillo devolverse con ganas de agredirme, metí la mano en la cartera, saqué la pistola y le pegué un tiro. Al otro también le disparé en la pierna… La china de la caseta salió a correr como alma que lleva el diablo…

-¿Cómo que les disparó? ¿Cómo así que anda armada…? ¡Qué cosa tan loca, señora Matilde- dije entre carcajadas nerviosas.

-Lo único bueno que me dejó mi marido antes de irse, fue la “negra y la veneración a San Miguel Arcángel.” Él era policía, me enseñó a utilizarla. Nunca salgo sin ellas… La estampita y la pistolita… Las tengo cerquita siempre. ¿No ha visto los noticieros de la mañana? Esta es una ciudad de locos.

-¿Y qué le dijo la policía? ¿La llevaron a la estación? ¿Cómo la dejaron libre?

-Se formó una furrusca ni la verraca. Eso estaba lleno de gente que comenzó a gritar, a patalear, a berrear… Guardé de nuevo la “negra,” caminé hasta el portal, que es bien cerquita de la iglesia, subí al bus y llegué aquí a la casa. Nadie me preguntó, nadie me paró, nadie chistó nada. Por eso le digo, guarde la estampita, los santos y los angelitos lo cuidan a uno… Y duerma la borrachera, mijito; ya le interrumpí demasiado el sueño. Chao, hablamos después…

Aún no se me pasa el asombro. Mi adorable vecina, la ancianita que imaginé débil, apocada, resultó ser una justiciera implacable que puso en cintura a dos pillos que se ganaron un “premio” equivalente a la atrocidad que cometieron. La señora Matilde me hizo ver lo obtusos que somos quienes nos consideramos jóvenes y los que lo son, desagradecidos y olvidadizos seres que perdemos el tiempo buscando obtener cachivaches inservibles, fabricamos problemas y olvidamos que los niños, los abuelos, todos necesitamos ser escuchados. Me dieron ganas de llamar y mi vieja y consolarle los “mil tormentos” que tiene para contarme.
Salgo a fumar el cigarro de la victoria, el de antes de dormir. Veo al viejo Gutiérrez, acercarse a contarme el chisme del día. Ya no lo puedo evadir, lo tengo a menos de veinte metros… Instintivamente llevo mi mano derecha al bolsillo de la camisa. Aprieto la estampa con fuerza. “Si me dice algo lo mando al carajo,” decido… Para mi sorpresa, el “comunicativo” administrador se encuentra de frente con la rubia del 407, la “puta,” que enfundada en un gabán gris, se dirige hacia el taxi que la espera en la puerta del edificio.

Gutiérrez, abraza a la dama, le dice algo al oído. Ella no disimula una carcajada y comienza a hablar con ese hombre detestable. Asumo que el chisme es jugoso, la nena no para de reír.  Paso por su lado y no reparan en mi existencia… “El Arcángel Miguel sí quita los demonios del camino…”, concluyo, mientras expulso de los pulmones la primera bocanada de humo.

domingo, 12 de julio de 2015

LA EPS

LA EPS

Fernando Vanegas Moreno




La EPS no podía garantizar sus cuidados. Día tras día, el deterioro del paciente era más notorio, quizá en otro país las condiciones fueran distintas,  pero en Colombia, no. Sus más cercanos, hicieron todo lo posible por romper las barreras burocráticas de un sistema de salud injusto y cuasi inexistente: cartas a las directivas de la entidad, a la Supersalud, al Ministerio correspondiente, derechos de petición, tutela…, nada, absolutamente nada fue posible. Lo más básico le fue administrado, pero él necesitaba cuidados de alta complejidad, había sido herido muchas veces dada su mal sana costumbre de intentar el bien para todos, sin egoísmos ni malquerencias, y eso, en un país como el nuestro, es, sin lugar a dudas, sentencia anticipada. En fin, sus buenas intenciones fueron retribuidas con sangre y el estado en el que hoy se encontraba, era solo el resultado de las mezquindades de una sociedad enferma que no permitía el bienestar y la confraternidad común.

Así transcurría el tiempo. En los pasillos de la clínica “La Nación”, se volvió costumbre macabra, apostar sobre el momento exacto en que la partida irremediable se diera. Nadie se lamentaba, nadie lloraba, nadie se condolía…, nadie hizo nada. Las enfermeras le suministraban líquidos cada 45 minutos, y los médicos pasaban a su cuarto cada 12 horas, muy mecánico, muy insensible, muy hijueputa. Pareciera que el juramento Hipocrático, lo hubieran hecho frente a sepulcros blanqueados, como si las facultades de medicina, y obvio, los actuales y futuros médicos, olvidaran que atienden seres humanos, que deben afrontar no solo el dolor de su paciente, también el de los familiares, como si aquello de: “Juro por Apolo médico, por Esculapio, Hygia y Panacea, juro por todos los dioses y todas las diosas….,En cualquier casa que entre, lo haré para bien de los enfermos, apartándome de toda injusticia voluntaria y de toda corrupción…”, lo hubieron encontrado en cualquier paquete de papas fritas.

Fue triste verlo llorar. Cada mañana pedía que le leyeran el periódico, y se dolía  como ninguno con cada injusticia redactada. De verdad quiso cambiar las cosas, lo había logrado en otras partes; infortunadamente, aquí fue imposible, fue el único lugar del mundo donde encontró que ser “bueno”, mata; que juzga de idiota y güevon al que se esmera por los demás, que vive de la ley del más vivo. Se repetía como para convencerse, que era un país hermoso, lleno de gente buena, que la gran mayoría lo respetó y lo acogió, que el problema era de arriba, del establecimiento, de sus dirigentes y sus secuaces…, para él siempre fue claro que el de a pie, el de ruana, el que no tenía nada (que eran la mayoría), eran los seres de luz más grandes del planeta, pero como había tocado fibras sensibles de las altas esferas, pues nada, su destino había sido marcado. Ya no importaba nada, ya había perdido. El sistema que había cuestionado, estaba colaborando a su partida, y la verdad, ya estaba cansado.


En la sala cinco de la funeraria Gaviria, reposa el féretro solitario. Nadie lo acompaña, nadie lo visita; en Colombia hace rato lo olvidamos, la cafetera sigue llena, el librito marica aquel donde firman aquellos que quieren “alivianar su conciencia y sus protagonismos al haber hecho una obra de caridad”, no tiene una sola firma. Hoy yace solo, tranquilo y relajado. Asistimos a una escena ensayada desde siempre, solo un cartel acompaña este entuerto: “EL AMOR FRATERNO…, DESCANSÓ EN LA PAZ DEL SEÑOR”.