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lunes, 15 de septiembre de 2014

EL GENIO QUE MURIÓ EN SILENCIO

                                                                                                                                    HISTERIA DE KAUIL
                                                                              SEMPER  SIMUL  SEMPER CARMINA, CATA

EL GENIO QUE MURIÓ EN SILENCIO
POR: JAVIER BARRERA LUGO


La honestidad personal es la energía que mueve las entrañas de un fantasma hastiado de vivir en tinieblas. En un sencillo cuarto de hotel en Nueva York, resguardado por la oscuridad a la que le ganó importantes batallas, aunque no la guerra, muere Nikola Tesla; un hombre delgado, elegante, mejillas hundidas, cabello peinado hacia atrás, bigote; uno de los científicos más grandes que han habitado el planeta en toda su historia. Tras de sí el silencio, la persecución de los poderosos, (Thomas Alva Edison, J.P. Morgan, el banquero, Marconi) una centena de inventos que le dieron a la cotidianidad la cara que nos muestra por estos días. Sin los descubrimientos de Tesla no tendríamos servicio de electricidad en nuestras casas, ni existiría el vergonzante chat en los celulares, no podríamos calentar el almuerzo en el microondas o tener una radiografía cuando nos “quebramos un piecito.”
El hombre nació en la ciudad Smiljan, Imperio Austrohúngaro, hoy perteneciente a Croacia, el 10 de junio de 1.856. Su padre fue un respetado sacerdote de la iglesia ortodoxa de Serbia con habilidades para construir objetos y una memoria prodigiosa con la que entretenía a sus feligreses recitando interminables poemas épicos serbios que aprendió de oído, ya que fue analfabeto. El pequeño Nikola vio desde siempre cómo aquel hombre de sotana sencilla y barba frondosa, tomaba recursos que para otros eran basura prodigada por la naturaleza y los convertía en elementos útiles para la comunidad. Aprendió también de aquel hombre estricto, que la última respuesta en cualquier cuestión no pasa de ser el anuncio de incontables preguntas por resolver.
Inició estudios de ingeniería eléctrica en la universidad de Graz; sólo permaneció dos años allí. Consideró que los claustros obligan a seguir reglas que sustentan sistemas de pensamiento que limitan a los creativos. Sin ceguera no hay aceptación, parece ser la consigna, un mandamiento contundente certificado con la obtención de un bonito pedazo de cartón que se cuelga en la pared y da la potestad de ser lo que se quiere. Para Tesla la autenticidad, la ciencia y sus secretos, estaban en los lugares abiertos, en los laboratorios sin presupuesto donde el conocimiento humano tiene impulso real: el hambre. Su memoria era fotográfica, así que literalmente, retenía con sólo mirar, cientos de artículos científicos y teorías de los físicos de todos los tiempos que luego analizaba y comprobaba con sus propias manos. Cada imagen que procesaba su cerebro, cada sensación al pensar, se convertían en haces de luz que desgarraban su campo visual. Esa fue su verdadera escuela; la facultad no pasó de ser un corral para mediocres del que escapó para bien de la humanidad. Años después se supo que era sinestésico, una condición neuronal que amarra los procesos sensoriales y los mezcla creando un torrente de impulsos, visiones, olores y hasta sabores cuando alguno de los sentidos cumple su tarea.
Se trasladó a París en 1.882 y trabajó durante dos años para la Continental Edison Company, como ingeniero de mejoras de los motores que llegaban desde Estados Unidos. En 1.894 llegó a Nueva York y con una carta de recomendación de su amigo y antiguo empleador, Charles Batchelor, solicitó trabajo a Thomas Edison en la Edison Machine Works. El texto de la misiva no pudo ser más elocuente y premonitorio: “conozco a dos grandes hombres, usted es uno de ellos; el otro es este joven.” El reputado inventor de la bombilla, el fonógrafo y mil patentes más, vio en Tesla una oportunidad única por sólo 18 dólares la hora. Su compañía era un reputado monstruo industrial que distribuía electricidad y motores a un país que se preparaba para ser el imperio más grande de la historia y necesitaba gente con espíritu visionario para mantener su posición.
Tras ganarse un lugar en la compañía, Edison le ofreció 50.000 dólares de premio a Tesla si lograba optimizar los ineficientes generadores que se fabricaban en la empresa. No sólo  mejoró su diseño; hizo más económica su producción. Ilusionado, Nikola reclamó el premio; Edison, esgrimiendo uno de sus acostumbrados actos canallas, le respondió: “Tesla, usted no entiende nuestro humor estadounidense.” Sin ningún atisbo de moralidad rompió su palabra. No le entregó ni un centavo por su trabajo. La ira del genio sobrepasó las necesidades que lo asfixiaban. Renunció. Quedó plantada la ofensa que daría inicio a la pelea de dos mentes superiores.
Las tripas se le pegaban al espinazo, estaba en quiebra. La dignidad le concedió una tregua y fue así como terminó cavando zanjas para la compañía de su nuevo enemigo, el señor “bombilla eléctrica.” Ironías de la pobreza. Necesitaba alimentarse para tener fuerzas, el cerebro activo, el ingenio al tope para seguir desarrollando una idea que revolucionaría la forma como se entendía la electricidad, su distribución a escala industrial y con costos racionales: el sistema polifásico de corriente alterna.
En una tregua de la tormenta creó su propia empresa, la Tesla Electric Light & Manufacturing, pero sus socios lo expulsaron,  meses después, aduciendo que su idea de desarrollar un motor de corriente alterna era inviable y peligrosa. Volvió a las calles con los bolsillos vacíos y el espíritu intacto; la revancha fue una fuerza en el corazón que no le permitió resignarse. En 1.887 desarrollo el primer motor de inducción cuyo principio de acción no estaba sujeto a la mecánica sino al electromagnetismo. George Westinghouse, un año después, al verlo presentar el prototipo de la bobina que llevaba su apellido, Tesla, lo invitó a trabajar en su empresa. Era el comienzo del desquite contra Edison. Demostró que la corriente alterna era el futuro de la generación de energía eléctrica y su nuevo patrono lo apoyó viendo las posibilidades económicas que esto traería para la industria que nacía. Edison tenía el monopolio de la distribución de este servicio a través de corriente continua, método que se apoyaba en una infraestructura robusta que aumentaba los costos transmisión. Al enterarse de los avances en la investigación de Nikola, se dedicó a generar mala publicidad hacia la corriente alterna diciendo que era peligrosa, cara, una excentricidad y hasta que era un producto de los delirios maniacos del físico europeo. No estaba dispuesto a perder con un “aparecido de la nada”, el dinero que su monopolio obtenía.
Fue tanto el resentimiento de Edison hacia su nuevo competidor, que  hizo electrocutar animales para demonizar el descubrimiento de Tesla. El más famoso de estos fue el elefante Topsy, a quien una cuadrilla pagada por el magnate, trasladó hasta Coney Island para achicharrarlo frente a una turba de angustiados testigos. Al armazón de metal donde fue encadenado el paquidermo, se le aplicaron 100.000 voltios de corriente alterna que, sin exagerar, lo derritieron. La campaña de difamación continuó con la invención de la silla eléctrica a cargo de Harold P. Brown, empleado de la Edison Machine Works, que “casualmente” también utilizaba el sistema de alimentación eléctrica patentada por Nikola.
Tesla no se quedó quieto. Comenzó a hacer demostraciones circenses del poder generado por la corriente  alterna y denunciaba la utilidad limitada del producto ofrecido por el iracundo Thomas. Se encerraba en una jaula de metal, activaba una bobina y de la nada aparecían majestuosos rayos de energía que el científico manipulaba con destreza sin sufrir daños en su integridad. El futuro del sector se decidía con actos extremos, la supervivencia comercial se alimentaba en la metáfora. “La guerra de las corrientes”, como fue conocida esta competencia, estaba en su apogeo. El hombre que se enfrentó a la naturaleza le ganaba la batalla a las tinieblas, las propiciadas por el ambiente y la codicia humana. Por desgracia, la dicha duraría poco.
Años después, cuando las ventajas de su creación eran inocultables y la guerra con Edison era ya cuestión saldada, desarrollo un sistema que permitía la emisión de ondas electromagnéticas a través de largas distancias. Dos años después de este descubrimiento que quedó registrado a su nombre, y copiando casi que al carbón esta patente, Guglielmo Marconi, anunció con bombos y platillos su reciente “invención”: la radio. Tras una batalla legal que duró casi cuatro décadas, los tribunales reconocieron a Tesla como inventor del sistema que el italiano proclamaba como suyo. Desafortunadamente en los libros de historia hasta ahora aparece la corrección a este error, que tiene el  trasfondo oscuro con el cual Nikola tuvo que luchar toda su vida. “No te metas con los poderosos. Segundo anuncio”, dijeron los sátrapas.
Con esta base teórico-práctica, el movimiento de las ondas a través de la atmósfera, Tesla descubrió que la energía eléctrica se podría trasmitir de la misma forma; ya no se necesitarían cables, postes, centrales de distribución. Con la ayuda de la ionósfera terrestre y unas cuantas torres intermedias, era posible llevar este preciado insumo a cualquier parte del planeta. Interesado por el proyecto J.P. Morgan, el banquero más importante del mundo en esa época, financió el proyecto Wardenclyffe. Se construyó una torre de investigación, se invirtieron cuantiosos recursos en desarrollo y Nikola se sumergió en el plan bandera de su vida, pero meses después la subvención fue retirada y el emprendimiento se detuvo. Cuando Tesla le preguntó a Morgan la razón de la decisión que tomó, este le respondió tajante: “no voy a sufragar un proyecto que brinde energía sin pago”. Y era lógico, las inversiones en minas de cobre, elemento fundamental del cableado eléctrico e infraestructura que tenía el banquero, se verían afectadas. Tesla descubrió como hacer gratuita la energía para todos, pero como no era conveniente para los dueños del mundo, para su avaricia, la idea se desechó. La oscuridad volvió a ser la constante. El interés de unos pocos aún nos perjudica a todos, al ambiente, a la honestidad de la civilización.
Los años pasaron, Tesla siguió desplegando su trabajo, pero una herida profunda ya había infectado la fuerza de su alma. Los académicos formales, las universidades donde desarrollaban su poder, su sacerdocio infernal, los financiadores de estas, la industria y la banca, continuaron la campaña de desprestigio contra el inventor. Lo tildaron de loco, criticaron sin piedad sus logros y no contentos con el ridículo al que lo sometieron, lo sancionaron con el olvido. Nubes de humo se comieron su recuerdo en vida. Nadie pelea con el dinero, nadie desnuda su falta de escrúpulos, nadie, por más brillante que sea, ataca al poderoso dólar, el estiércol del diablo, y sale limpio.
Horas después de su muerte el FBI irrumpió en su despacho y confiscó todo el material que encontraron. Los “perros” pagados por el estado sabían de la potencialidad de los estudios de Nikola y no iban a desaprovechar la oportunidad de sacar ventaja a los conocimientos de un hombre inteligente y por lo tanto peligroso. A Tesla se le reconoce la invención de la radio, del motor de corriente alterna, la bobina que lleva su apellido,  los principios teóricos de la televisión, las microondas, los rayos x, el radar, el control remoto, el rayo de la muerte que mutó hacia el proyecto HAARP (emprendimiento táctico de las fuerzas armadas de los Estados Unidos que consiste en un cadena de transmisores de radio y antenas que se utilizan para calentar la ionosfera y modificar el clima de una región para generar desastres a gran escala) y otras decenas de creaciones.
Colmillos de oscuridad cegaron las antorchas de un hombre que tuvo la capacidad de escuchar lo que los elementos de la naturaleza nos muestran en clave todos los días. No es el capital, el poder, la venganza o el honor lo que mueve el mundo; las mentes claras, su generosidad, son el verdadero corazón que sustenta la vida en un planeta diminuto cuyos gritos se escuchan claros en el universo. Nikola Tesla, el genio que murió en silencio, entendió que los dioses tienen formas particulares de contarnos que su grandeza está en las fuerzas que no podemos ver.


**Si esta columna le genera alguna inquietud puede escribirme al correo: baluja74@hotmail.com o dejarme un comentario en nuestro blog idiota Inútil.

lunes, 1 de septiembre de 2014

MIENTRAS ESPERO

 MIENTRAS ESPERO

Gracia Aguilar Bañón


Aquí sentada mientras espero que llegue el “ayudante” para que le lleve esta comida a mi hijo, no puedo hacer otra cosa que repasar mi vida y contársela a ustedes, aunque no tengo muy claro para qué. Quizá para desahogarme, para frenar un poco esta rabia que no puedo gritar, porque me harían callar.
Llevo ya dos horas y sé que aún me queda un buen rato. Estas cosas van lentas. Cuando viene Nuri, mi hija, la atienden más rápido, tiene suerte, o lo más seguro es que le haya gustado a alguno de estos policías. Yo ya soy demasiado vieja (demasiado parecida a estas otras tantas mujeres que esperan también aquí, a mi lado, enfrente de mí) para recibir un trato especial. Así que ellas y yo nos limitamos a insistir, una y otra vez, hasta que deciden hacernos caso, por cansancio o aburrimiento o, en ocasiones, cuando conseguimos reunirlos, por los “chelitos” que les ponemos disimuladamente en la mano. Hay veces que nos exigen el dinero sin tapujos y si les decimos que no tenemos nada, nos hacen esperar a propósito, tan jodones, nos ignoran, para que aprendamos que al día siguiente no debemos volver con las manos vacías. Como vine yo hoy, sólo con la comida de Domingo y con una camisa limpia para que se cambie. Ya son diez días los que lleva ahí dentro, el pobre, que no hizo nada, que me lo cogieron siendo inocente.
Sí, ya sé que piensan que soy su madre, que qué voy a decir si es mi hijo, que pesa más el corazón que la cabeza. Pero no crean que espero que todos ustedes me comprendan, no, que lo único que quiero es que me escuchen. Ustedes no van a poder hacer nada por cambiar esto, ni yo tampoco lo pretendo, que quede claro. Bien sabe la vida que ya he aprendido a conformarme, a aceptar lo que venga con resignación. Soy pobre, pero no pendeja. Y no rezo cada noche para que mi situación cambie, lo que le pido a Dios es que me de fuerzas para seguir viniendo cada día, para que Domingo no acabe en el olvido como le pasa a la mayoría de los que están igual que él. Que eso es lo triste. Así terminan: en las celdas de esa maldita cárcel, sin posibilidades ya de salir porque nadie se acuerda de ellos, convirtiéndose en uno más, en uno de esos tantos.
...Míralo, ahí viene el “ayudante”, con esa cara de poder, como si no supiera que en realidad es tan desgraciado como yo...  

Ya sabía que no me iba a hacer caso, pero tenía que intentarlo. Lo malo es que está anocheciendo y no dejé la cena preparada. Menos mal que Nuri se hará cargo. Que se está portando muy bien esa hija mía del alma a la que no supe encaminar. Ya me la puedo imaginar a ella dentro de diez años en este mismo lugar, sentada aquí donde yo estoy, trayéndole comida a uno de sus ahora pequeños. Porque la vida da vueltas y se repite. No quiero decir con ello que mi madre, que Dios la tenga en su gloria, se encontrara algún día en esta situación (no, eran otros tiempos, entonces no te metían en la cárcel, directamente te hacían desaparecer). Pero que alguien me explique si no cómo es posible que a ella la abandonara mi padre, que a mí me terminara dejando el que nunca llegó a ser legalmente mi marido (porque ya estaba casada con otra) y que el condenado ese que dejó preñada por tres veces a la Nuri desapareciera con la última barriga.
Mi pobre Nuri... No supe evitar que pasara por lo mismo que yo. Me quedé sola cuando los muchachos estaban en la edad más difícil, y entre el trabajo y la casa se me escapó. Por ser la más grande y hembra dejó de estudiar para ayudarme con los pequeños... Sí, qué bien lo veo ahora, de lejos, cómo se repetía la historia, pero entonces no fui consciente. Lo normal era que una chica ayudase a su madre en la casa. Y ahora ya no sabe, no puede hacer otra cosa.
Ni siquiera ha encontrado a un hombre que la trate mejor. En eso yo tuve más suerte. Ya grandes los muchachos apareció Francisco. A la Nuri no le hizo mucha gracia, al fin y al cabo era la que más se acordaba de su padre y de lo que me hizo sufrir. Pero Francisco es bueno. No soy la única, eso lo sé y lo acepto, no estamos ya para poner condiciones, pero me trata bien, trae dinero a casa y se porta con los muchachos, aunque no sean hijos suyos. Y las comadres por fin me dejaron en paz. “Que se te va a pasar el tiempo y la edad no perdona”, “que luego, con arrugas, ya no te va a querer nadie”, “que un macho es necesario en una casa”, “que no puedes quedarte sola”. Qué pesadas se pusieron.
...Bueno, ahí viene otra vez con su misma cara. A ver si ahora tengo más suerte...
Creo que me vuelvo a casa con la comida. Hoy ese desalmado tiene el día torcido, seguro que ha quedado con la novia después del trabajo y le querrá brindar unas cervezas, por eso no da el brazo a torcer. Como que no le hubiera dado yo el dinero si lo tuviera, con tal de que mi Domingo comiera caliente...
Me cuesta entender a estos desdichados. No paro de preguntarme si no tendrán madre, si no sentirán un mínimo de respeto, de compasión, por unas mujeres mayores que lo único que hacen es preocuparse por sus hijos. Qué malo es eso de creerse con autoridad. En realidad ellos no son más que unos pobres desgraciados, pero tienen fuerza ante nosotras, pueden jodernos la vida y lo hacen.
Yo me he esforzado por conseguir que mis hijos sean unos buenos muchachos, y lo he logrado, por eso digo que Domingo no se merece estar ahí dentro. Él nunca ha dado problemas, consiguió su trabajo en la fábrica, incluso participa en alguna actividad de la parroquia. Cierto que se toma su cerveza de vez en cuando, pero ni siquiera toca el ron, y a las dos novias que ha tenido las ha tratado con respeto. Pero tuvo que pasar por el puente en el peor momento. Mira que se lo advertí tantas veces: “Hijo, da el rodeo, aunque sea más largo el camino, evita el puente, que todos sabemos lo que se mueve allí”. Y le pilló la redada. Lo metieron con los demás en la furgoneta y para acá que se lo trajeron. No le encontraron nada, pero tampoco lo sueltan. No me pidan que les explique porqué. Aquí no hay motivo, simplemente las cosas pasan. Y digo aquí, porque me han contado que existen otros lugares en los que no ocurre esto. Yo no hago caso a habladurías, pero la gente sí se lo cree e incluso se va a buscarlo. Así alimentan a los tiburones, porque muchos no llegan, se quedan en el camino, se los traga ese mar traicionero. Como le pasó al hijo de la comadre María. La acompañé a que reconociera el cuerpo, si es que aquello podía llamarse cuerpo. Dios mío, no fui capaz de ver en esa masa de carne al Roque, al pequeño Roque que creció junto a Domingo y se dejó llenar la cabeza de sueños. La comadre sí lo reconoció, o al menos es lo que quiso creer, porque así pudo darle un entierro. Les parecerá tonto, pero consuela tener una tumba a la que visitar y llevar flores.
A mí me cuesta pensar que allí, en la otra orilla, hay algo mejor que esto. Quizá si lo viera con mis propios ojos… Pero no piensen que sería capaz de arriesgar la vida por ello. Mi sueño no es dejar mi país. Al fin y al cabo no se vive tan mal. Si la gente aprendiera a conformarse y a vivir en paz: comer, comemos todos los días, y un techo no nos falta. ¿Para qué más?
...Mira qué bien, se va el mamarracho ese, a ver si tengo más suerte con el que entre...
¿Ven porque no me quejo? Dios acaba sonriéndome siempre: el que ha entrado es ése al que llamamos “pequeño buena persona”.
“No se preocupe mi doña, que yo se lo hago llegar”, me ha dicho al coger la comida y la camisa. Ojalá y hubiera alguno más como él. Ahora ya puedo irme tranquila, andando, a pesar de que es un paseo largo, porque ni dos pesos llevo para la guagua, pero así me da tiempo para ser agradecida. Y a ustedes les dejo en paz. Alégrense por mí y no le den mente a todas las tonterías que dice una vieja cuando el cansancio le amenaza.

...Es más tarde de lo que me creía. Está oscuro. Espero que la vida me siga favoreciendo y me proteja en el camino que me queda por delante...

lunes, 25 de agosto de 2014

PREMONICIÓN

HISTERIA DE KAUIL
SEMPER  SIMUL  SEMPER CARMINA, CATA



PREMONICIÓN

POR: JAVIER BARRERA LUGO

Las manos se le adormecieron. No era el dolor regular que aparecía después de los entrenamientos el que inundaba los centros de sufrimiento del cerebro; en ese momento un tibio palpitar tomaba posesión de coyunturas, huesos, tejidos, carne, tendones y los volvía masas sin autonomía incapaces de unirse para producir movimiento. La defensa del título mundial fue salvaje. Las culpas nadaban bajo la rutilancia del coliseo y el silencio del cuarto ayudaba a hacer punzante esa sensación.
Ella dormía desde las nueve; la contemplaba con un dejo de ternura mientras frotaba entre sí los amasijos de dedos anestesiados intentando hacerlos reaccionar. Por entre las rendijas de la persiana la luz se colaba grisácea y resaltaba facciones de ese rostro lleno de detalles pulcros: nariz rara pero hermosa, párpados lisos, boca pequeña, barbilla afilada, pómulos discretos. El insomnio, el sufrimiento y la belleza, trilogía nefasta, rompieron la poca cordura que sobrevivió al combate, que entendía, le cambió una vez más la vida.
Calculó siete horas más de suplicio individual; ella no despertaría antes de las ocho. Se levantó con cuidado tratando de no apoyarse sobre las palmas hinchadas. Las doscientas malditas abdominales que realizaba desde que tenía memoria cada mañana, le ayudaron a lograr su objetivo. Del gabinete del baño sacó los analgésicos y tomó dos de un sólo envión. Fue todo un karma lograr colocar el par de pastillas bajo la lengua. Se tiró sobre el sofá. A la lista de incomodidades se sumó el asfixiante calor que envolvía la sala; el ventilador estaba apagado y así se quedó. Encender el cigarrillo fue una prueba para su persistencia: con el muñón derecho aprisionó la cajetilla y con el izquierdo deslizó el pucho hasta la tapa de la mesa. Paciente, se arrodilló, hizo rodar el cilindro de papel, lo sujetó con la boca, fue hasta la cocina, accionó la hornilla de la estufa y se acercó a la llama. La bocanada primera fue un acto de conquista que perduró hasta que consumió el último gramo de tabaco.
El dolor de las manos cedió veinte minutos después. Sintió que ese avance en su problema era un logro menor. La falta de sueño la producía aquella charla que tuvo con Maidana, su empresario, su amigo, antes de la pelea.

-Todo está listo, hermano. Te caes entre el quinto y el noveno. La idea es que los “simios” del público tengan tiempo de emborracharse. Ya mi gente cuadró las apuestas. De lo tuyo “metí” cuatrocientos mil… Imagínalo, cinco “palos verdes” que te pagaron por subirte al ring y por perder, te ganas casi la misma cantidad… Negocio redondo, buen retiro, plata en el banco… Nunca digas que no te cuido.


Pensó que la paradoja es el alimento que mueve las cosas en el mundo. No es que dejarse ganar fuese un asunto que atentara contra sus valores; en un gremio lleno de trampas se había sacado la lotería con su representante, el único tipo honesto, según las proporciones, que puso siempre su integridad, su futuro, por encima de cualquier consideración ética;  pero lo que sucedió unas horas antes rompió los límites de su coherencia. Asumió el arreglo como una actitud lógica para un hombre de treinta y cinco años que estaba a punto de retirarse después de veinticinco años entregados a destrozarse el lomo contra otros tipos igual de pobres a él. Sus carros, casas y lujos no se pagaban solos. El bendito cuento del honor, esa vaina que aparece en la mente cuando se ha comido debidamente por varios años, complicó una ecuación sencilla que había aprendido a resolver desde que tenía uso de razón.
 “El macho” Álvarez, sobre el papel, era uno de esos aparecidos acostumbrados a que les desintegraran la cara por unas cuantas monedas, un bruto que desaparecía sus bolsas de sparring con la rapidez de una esnifada de cocaína, su amor certificado. Nueve a uno marcaban  las apuestas; el negocio era demasiado rentable para decir que no. Los “patronos” de la asociación de boxeo estaban de acuerdo, su representante actuaba, los jueces fueron arreglados, su rival salía del gimnasio para los burdeles que eran su casa y donde era tratado con los mimos propios de un hijo pródigo. Ser noqueado por un tipo así era humillante, pero como dicen los gringos, “Business are Business”.
La pelea se desarrolló según el libreto: jabs, cruzados al aire, mucho de provocación ficticia, un campeón en problemas, guardia baja. ¡Estúpido!… Dolor, mucho dolor. Knock-out en el sexto round que a los ojos del público fue legal. Un plan llevado hasta el final con todo el decoro, aunque la realidad le escupió feo en el rostro: los puños de “El macho”, parecían forjados en plomo y su cuerpo sintió el castigo. Aquel hijo de la vagancia fue más rápido, contundente, lo venció sin atenuantes; sólo él lo supo y eso le bastaba para sentirse mal. El miedo se instaló en su cabeza, su libreto se consolidó como dolorosa verdad. Le dolió ver celebrar sin convicción a un idiota engañado en el propio engaño. “La perra suerte de una pandilla de tramposos”, concluyó para sí. En el camerino recibió los agradecimientos de sus cómplices, de Gina, su mujer, y la tentadora propuesta de una revancha millonaria antes de seis meses.
No resistió el calor. Entró al baño y preparó la ducha. Ella ni se inmutó, era prisionera de sus sueños. Recordó, después de mucho tiempo, que la amaba de verdad; era el árbol que hacía viable la vida en su desierto. No buscó el imposible de desnudarse por su cuenta, así que entró a la ducha con la pantaloneta puesta. El agua le calmó los dolores del cuerpo, el pómulo suturado, los moratones del tórax, el ojo cerrado. Sintió que los años le mordían el lóbulo de la oreja. “Eres un hombre millonario”, se dijo, “además de un cobarde que fue consciente de su necesidad de perder y perdió descubriendo su debilidad. Valiente ex campeón sin lustre”.

Cerró el grifo y se quedó varios minutos con la puerta cerrada esperando a que el calor del ambiente le secara el cuerpo. Se miró las manos y no pudo contener la lágrima que le rajó como una cuchillada lo poco sano que le quedaba a su mejilla derecha.