Páginas

lunes, 24 de abril de 2017

LA NIÑA

LA NIÑA



Por: Javier Barrera Lugo

Mi consultorio quedaba al frente de su casa. No era un lugar espectacular; nada de lujos o detalles que llamaran la atención más de lo debido: un escritorio que heredé de la desaparecida ferretería de papá, un afiche descolorido de José Gregorio Hernández, fantasmal médico venezolano cuya santidad erigió el pueblo al que aún cura de la enfermedad mientras duerme, dos sillas de madera con cojinería de hule color café y una cartelera en la que con tiza registraba el valor de los servicios que prestaba. La niña se la pasaba horas frente a una ventana mirando hacia mi local.
       Y no era de extrañar que eso sucediera con cualquier vecino o transeúnte; un letrero que anuncia: Se lee la suerte, ligo el amor y la fortuna sin importar la fase de la luna. A través de la telepatía ubico tesoros, gente perdida y deudores en huida,” es un cascabel para la curiosidad; pero que una pequeña de seis años se plantara desde las ocho de la mañana hasta las siete de la noche a espiarme, a escrutar a mis clientes y las estupideces que hacía por ellos, no dejaba de ser perturbador, y esa sensación no aparecía por mi vida desde que estuve sumido en la indigencia.
       Fui marihuanero por muchos, muchísimos años. Mis padres me dieron todo, buenas universidades en las que me movía como borracho posgraduado y certificado en los bares aledaños, antros llenos de gente estúpida a quien usé y me usaron.  Los viejos invirtieron una tonelada de billetes sólo para que no aprendiera a ser médico, zootecnista, economista o ingeniero civil. Me gradué de vago y papá lo único que pudo hacer fue echarme de esa, su casa, donde me malcriaron y los problemas se resolvían de un plumazo.
       Deambulé con un costal al hombro por varios meses, aguanté miserias, enfermedad, comí mierda de la buena y asumí el fracaso absoluto como vocación hasta que conocí a “la pelirroja,” una pitonisa y vidente llegada de  la costa atlántica con la que después de mucho rogarle, me organicé. También estaba enviciada, pero tenía claro su oficio y cómo hacerlo provechoso. Dayanis, así se llamaba, fue generosa siempre, me enseñó todo lo que debe saber un lector de destinos y un amante sin lecho para salir de pobre.
       Mi mujer de arcilla, la difunta “pelirroja,” me repetía todo el tiempo: “No tenemos poderes, sólo un cerebro sin usar y mucha hambre…” “La gente pide a gritos que le digas lo que quiere escuchar.” “La telepatía es saber hacer la pregunta correcta para que te den la respuesta que necesitan sin darse cuenta… Después es cuestión de organizar las ideas y hacerles creer que esa solución que siempre han tenido frente a sus narices, se las envió a través de ti un demonio o un santo, eso depende del marrano. A la gente le da pereza pensar en serio… ¡Son una partida de maricas!”
       Y así comenzó mi vocación. Los militares, mis mejores clientes, pringados de ego y venéreas, me pedían menjurjes para torcerle el cuello  a la disfunción eréctil y la falta de plata. Yo les colocaba a unos frasquitos plásticos gotas de agua de rosas, leche condensada, creolina, y les decía que se los untaran por todo el cuerpo para quitarse la sal.
       “Este es el remedio que usan los Yariguíes del Carare  para curarse los males del cuerpo y de la suerte. Hágalo con fe “comando,” que es bendito… Verá cómo la plata vuelve a llegarle,” les decía. Y continuaba fingiendo un trance: “Una ojizarca llanera con los huesos llenos de humor demoniaco le pego la “pava,” caballero... Evite meterse con otras “viejas” que no sean su mujer por un tiempito y fijo se le arregla el “aparato…”
      Los que hacían caso volvían agradecidos cargados con mercado, plata, nuevos clientes para mi negocio de adivinación. Era obvio, si no se iban de putas, si estaban pendientes de su casa y descansaban, sus problemas económicos y sexuales se arreglaban. Era el círculo idiotez-remedio-redención-caída.
      Me volví un tipo que a punta de engaños salió de la plaza de los limosneros para hacerse príncipe. La adicción a mentir y ganar plata destruyó los demás vicios. Mis padres trataron de corregirme sin éxito; me los saqué de encima diciéndoles que tuve una visión del futuro cercano en la que los mandaba al carajo. Ofendidos, juraron nunca volver a hablarme. Rompieron su promesa cuando el viejo hizo un mal negocio y la ferretería se fue a pique. Les di unos pesos para que pagaran deudas y me dejaron en paz.
             Todo lo mío iba en línea recta  hasta que tuve conciencia de la existencia de mi pequeña vecina. Al principio sus miradas frías parecieron un acto indiscreto propio de su inocencia; pero ante la reiteración de su comportamiento obsesivo,  la cuestión se me fue volviendo una molesta carga sicológica. Me sentí espiado.
       Antes de su aparición pasaba horas en la puerta atrayendo a incautos para que picaran el anzuelo y me entregaran su dinero a cambio de paz espiritual; después de detectar a mi censora muda, lo que hacía era esconderme como una alimaña. Una niña muda se volvió  la voz de mi conciencia.
        La cúspide de mi delirio llegó una mañana de jueves. Abrí el local e hice un par de consultas sin mayores problemas. Salí a pescar un poco de aire  fresco y la mirada de la niña se me cruzó en el camino por enésima vez. No aguante la irritación que me causaron esos ojitos castaños clavados en los míos. Me quité el penacho que me hacía “El indio Tibasosa, maestro adivinador,” y agitándolo en dirección a ella pretendí pegarle un susto inolvidable para que me dejara en paz. No movió un sólo músculo.
       Herido en mi orgullo de adulto controlador de mentes débiles, crucé la calle y timbré en su casa.  Una atractiva mujer abrió la puerta. Los mismos ojos castaños y penetrantes, el cabello negro lacio a la altura de los hombros, piel blanca con diminutas pecas que traslucía una vena junto al labio inferior, me aclararon lo que pasaba. La madre de Lucía, así se llamaba la espía, me contó que la pequeña era autista y la única forma de mantenerla tranquila era colocarla junto a la ventana para que, a su modo, se distrajera.
       Me sentí como una sabandija. A diferencia de mis habituales clientes, pusilánimes con ganas de que los demás les resolvieran los problemas que ellos mismos generaron, Lucía avanzaba cada día por un bosque lleno de desinterés y silencio que la naturaleza le otorgó.
       Me disculpé con la mujer por el acto precipitado que acababa de cometer en contra de su hija.  Con una sonrisa que nunca desapareció, me dijo que le transmitiría mis excusas a la niña. ”Ella es un solecito, lo perdonará. Igual, usted no sabía nada. A lo mejor una noche de estas le cuenta cosas sobre su mundo, del por qué lo espía. Seguro lo contactará.
       La mujer se despidió y cerró la puerta sin darme espacio para preguntar. Concluí  que la desesperación por la condición de Lucía, le había zafado varios tornillos. ¿Cómo una niña rara me daría su punto de vista sobre lo que le atraía de mi local, de mi oficio de pitoniso? ¿Acaso la pena llevaba a una madre al extremo de imaginar  comportamientos normales en una hija que no lo era? Una catarata de sensaciones amargas me hizo renunciar a seguir trabajando. Decidí terminar mi jornada en la cantina. Cerré la puerta y le hice una seña a Lucía, que como era de suponer, no respondió.
       Las ganas de licor se fueron apagando con cada paso. Bebí un par de sorbos de cerveza y me fui para la casa. Encendí la televisión y automáticamente el sueño me venció. Estaba en duermevela, los movimientos de las manecillas fluorescentes sobre el tablero del reloj eran palpables, las luces de los carros, que invadían por milésimas de segundo el cuarto, me mantenían alerta…
       Sin aviso, Lucía apareció silente junto a la cama. Me miró un instante, buscó la puerta y dijo: “No pida perdón por creerme una persona extraña, sé que soy diferente…” El miedo me paralizó. No pude musitar palabra, el corazón peleaba por salírseme del pecho.
        “Al igual que usted, señor telépata, hablo a través de la mente, pocos pueden escucharme, bueno, usted lo hizo.” Intenté gesticular. Estaba paralizado. Pensé las frases que no le pude gritar y para mi sorpresa las mismas le llegaron por un canal desconocido para mí. Le dije: “Claro que puedo y creo que tú y tu madre son unas farsantes.” No respondió.
       Lucía sonrió. Me miró fijo el centro del alma y dijo antes de desaparecer: “Abra mañana temprano su consultorio. La verdad esta tarde estuve muy aburrida.”
       Llegué temprano y Lucía ya estaba acomodada en la ventana. Imagine palabras y sin éxito trate de transmitirlas con el pensamiento. La niña se mantuvo imperturbable. “Fue una pesadilla, sólo eso,” me dije.
       Las consultas me tuvieron ocupado hasta las ocho de la noche. Me apresuré a cerrar. La niña no estaba en la ventana. Su presencia en mi cuarto, sus palabras; pero por encima de todo, la forma en que se instaló en mi mente, me llenaron la vida de zozobra.
¿Fue un sueño? ¿Estoy pensando lo que su mamá quiso que pensara? ¿Al igual que yo con los desgraciados que me llenaban los bolsillos, la mujer utilizó a su hija para hacerme imaginar y manipularme? ¿Sí tengo capacidades especiales de adivinación, de hablar sin palabras?
       Entre a mi casa con temor. Lo primero que hice fue encender todas las luces y el televisor para darme valor. Una hora después, calmado, convencido que el karma actuaba y era presa de una manipulación, me acosté. Eso sí, encendí la radio para no sentirme solo.
       En la madrugada intuí pasos en el cuarto, un pequeño bulto que cruzó raudo y se instaló justo a mi lado. La niña puso su mano derecha sobre mi frente y comenzó a cantar. De nuevo el terror inundó cada una de mis células y quedé paralizado. Quise gritar. La boca y la laringe no respondieron por segunda vez. Rígida, Lucía comenzó  otra conversación mente-mente:
-Gracias por llegar temprano está mañana. Espero que no lo haya puesto a pensar más de la cuenta  con esto de nuestras charlas poco convencionales. Sé lo que atormenta su cerebro… Y sí, puede hablar a través de pensamientos.

-¿Cómo una niña tan pequeña puede saber tanto, expresarse de esa forma?-Pregunté confundido.

-Es que nací hace mucho, morí y decidí volver a nacer hace seis años.

-Y eso que tiene que ver conmigo.

-Nada es casual. Algo que no comprendo aún me llevó a buscarlo para informarle que dentro de poco morirá, volverá a nacer y será como yo.

-¡No quiero morir!

-Ya le dije, uno no decide morir o vivir, simplemente estas condiciones ocurren. Uno resuelve nacer, eso es todo. Cómo sean las características de esa existencia, es un asunto aleatorio que puede darnos sorpresas…
Piénselo, no sabía que podía hablar con la mente y ahora me cuenta que no quiere dejar de respirar… Uno sólo posee lo que puede decidir…

-¿Y cuándo voy a morir?

-Ya empezó el proceso.

       Todo sucedió muy rápido. Sentí las palpitaciones del corazón deteniéndose. Los sonidos cesaron. No hubo luz… Se hizo la paz.
       El ruido de los carros me despertó. El pánico llameó en mi interior. Intenté moverme;   los músculos no respondieron. Desesperado, quise gritar. No lo logré. Sentí un flujo cálido bajando entre mis muslos.
       La madre de la niña entró y dijo con el pensamiento: Lucía, te he dicho que me avises cuando tengas ganas de orinar. Ahora tengo que limpiar…
       Me llevó al baño y aterrado vi en el espejo que yo, “El indio Tibasosa, maestro adivinador,” era la pequeña Lucía.
       Quise llorar y no pude, mi rostro estaba hecho de piedra.
       La mujer me volvió a colocar frente a la ventana. Mis pensamientos fueron lapidarios: injusticia, castigo, locura.  Estas palabras cruzaron anárquicas por mi mente hasta que un hecho contundente me hizo entender que lo que pasaba era obra de algo desconocido que no comprendía, como dijo la niña tras anunciar mi muerte:

       Al consultorio llegó mi antiguo cuerpo y abrió el local. Antes de entrar se quedó mirándome  y utilizó el poder de la telepatía para decirme: “Nací hace mucho, morí, decidí volver a nacer hace seis años. Anoche volví a morir y decidí nacer en el cuerpo adulto de un hombre experto en decirle a la gente lo que quiere escuchar.”  

martes, 18 de abril de 2017

JAIRO ANIBAL NIÑO, EL POETA DEL CORAZÓN








CUANDO LLEGUÉ DEL COLEGIO

Cuando llegué del colegio
Me quite los zapatos,
Dejé en el suelo la maleta donde cargo útiles y libros,
Me senté en el viejo sofá que me gusta tanto,
Llamé a mi gato para acariciarlo,
No quise almorzar ni hablar con nadie 
Y le sostuve la mirada al retrato de Zico
Que tengo pegado en la pared.

Más allá de la ventana pasó un color tan rápido,
Que solo alcancé a ver un pedazo de pájaro o de mariposa.

Saqué del bolsillo de la camisa una hoja de cuaderno
Donde ella había escrito su nombre.

Es trigueña, de trenzas, se llama Alejandra, se ríe lindo, 
Y tiene nueve años como yo,
Estudia en tercero A, 
Y al recordarla
Sentí un corrientazo por dentro
Como si me empezara a doler
El estómago del corazón.



AYER POR LA TARDE

Ayer por la tarde,
Como te lo había prometido,
Jugué el mejor partido de fútbol de mi vida,
En el primer tiempo
Hice un gol a los quince minutos.
 A los treinta y siete hice otro.
En el segundo tiempo a los siete minutos, José Villegas,
El que cuando canta dice
Que le nacen mariposas en el pensamiento,
Fusiló a nuestro arquero
Con un taponazo sobre el ángulo izquierdo. 
A los diez y nueve minutos y quince segundos,
David, el que quiere ser aviador,
Empato el partido
Con un lindo gol de cabeza 
A los cuarenta y cuatro minutos 
Al estilo castañito,
Hice el gol más lindo del mundo,
Mi equipo gano por el marcador de dos a tres,
Pero yo sentí que había perdido
Porque tú no viniste.
Me derrotaron los goles que me hizo tu ausencia.



LILIANA

Liliana, me contaron
Que prefieres salir con López
Porque él es un niño muy rico,
Propietario de muchas cosas.

Para que lo sepas, 
Yo también soy muy rico;
Tan rico que una vez fui dueño
De quince caballos de carreras.
….
Mateo al verte es increíble pensar
Que alguna vez fuiste dueño
De quince caballos. Dime… ¿todos ellos corrieron en el hipódromo de la capital?
….

No, Liliana
Ellos jamás corrieron en el hipódromo.
Lo hacían cerca de isla grande
En el golfo de Morrosquillo
Mis quince caballos eran de mar.



ME CONTARON

Me contaron que ayer cortaron el árbol
Que crecía frente a tu casa
Para poner, en cambio,
Un aparato de la empresa de teléfonos.

Creo que los alambres se hubieran podido colocar
En las fuertes ramas de tu acacia,
Pero parece que no quisieron correr el riesgo
De que alguien, al levantar el auricular,
Escuchara la voz de un gorrión triste,
Que averigua por una flor que desapareció hace días 
Y que vestía pétalos morados, cáliz del color de la luna, 
Y que se adornaba con un dorado sombrero de polen.

El gorrión ofrece recompensa.

lunes, 10 de abril de 2017

CONVERSANDO CON EL HOMBRE DE COBRE

Conversando con el Hombre de Cobre
Autor: Andrés Díaz Campe (Chile)
Principio del formulario
Final del formulario
  



Corre el año 2100, hacen 93 años del cierre del campamento de Chuquicamata, no queda ninguno de esos habitantes de aquel entonces, sólo los descendientes de los descendientes, yo soy uno de aquellos, mi Bisabuelo, se encargó de dejarme el legado de ésta hermosa historia, crecí mirando, las fotografías de todas sus calles, sus historias y tantas otras cosas, estoy muy lejos de aquel lugar, creo que visitaré aquello que mi Bisabuelo tanto quiso.

Después de muchas horas de viaje, estoy entrando, a la ciudad de Calama, me llama la atención, la gran tranquilidad de sus calles, consulto por la salida hacia Chuquicamata, la gente me mira como queriéndome decir algo, en fin sólo quiero llegar a mi destino. Al cabo de unos minutos estoy entrando a dicho campamento, no me he cruzado con ningún otro vehículo, un escalofrío recorre mi cuerpo, al estar en el lugar donde mi Vice abuelo nació y creció, no hay ningún letrero, sólo árboles viejos y secos, que dificultan su ingreso, a medida que avanzo hacía lo que era el centro, no veo más que ruinas, si sólo ruinas, nombres de algunos negocios, esparcidos por el suelo, detengo mi vehículo y saco mi álbum fotográfico para ver donde estoy, me encuentro frente al lugar que llamaban “Oficina de Pagos”.
Este silencio no me deja tranquilo, miro la hora y son las once de la mañana, ni siquiera quiero moverme, de repente un ruido rompe este silencio sepulcral, dirijo mi mirada hacia un costado de éstas oficina y alcanzo a ver un hombre, que sale de entre las ruinas, con la voz entrecortada le grito ¡He Señor, a Ud. Le digo!, el hombre levanta su mirada y se dirige hacia mi diciéndome, ¿En qué puedo ayudarlo señor?.
Bueno verá Ud. Vine a ver este lugar porque mi Bisabuelo nació y vivió acá, toda mi familia siempre supo de este campamento y yo vengo a conocerlo pero, acá sólo hay ruinas, puede decirme Ud. ¿Qué pasó aquí? pero, antes que nada ¿Quién es Ud. y por qué está aquí? Déjeme decirle señor que, yo estoy acá desde antes del año 1899, cuando tantos hombres andaban en busca de cobre, al que yo llamaba “El Oro Rojo” en aquel entonces yo era un mozuelo, vine con otros hombres pero, un día encontré la muerte a temprana edad, ya no recuerdo cuantos años tenía, quizás veinte ya no importa, tampoco recuerdo mi nombre, aquí todos me llaman el “Hombre de Cobre” ¡Todos lo Llaman dijo Ud. es que hay otras personas que viven aquí!, mire me dice porque no me acompaña a mi casa y allí conversamos, por un momento, no sé qué pasa pero, éste señor me da cierta tranquilidad y despierta mi interés por saber más de este campamento. Unos cuantos pasos y ya estamos en su casa, miro un número sobre la puerta que dice; “B-201”, reviso mis fotografías y corresponde a la población “Los Adobes”, tan pronto estamos en el living de su casa, continuamos la conversación, él me cuenta diciéndome que, hacen alrededor de treinta años se acabó toda la riqueza de este enorme yacimiento, me pide que le muestre las fotos, al ver una foto en donde se ve la “Población el Bosque” tapada con mineral, me dice que eso ya no existe, porque los hombres sacaron todo el cobre posible hasta el último gramo, fue una locura, todos los acopios que habían fueron procesados, las ruinas del hospital se pueden ver a simple vista, el campamento americano y su entorno, allí están. Interrumpo su relato y pregunto, como fue aquel final, me cuenta que la primera área de trabajo en cerrar fue la Refinería y la Fundición de Concentrado, luego siguió la Mina y lo último, la Concentradora, sacando su última tonelada de concentrado, sus hombres ponían así término a una enorme historia, el último bus con estos mineros bajo a las veintiuna horas de ese día jueves, colocándose candado a la “Puerta número Dos”, todas las instalaciones fueron rematadas, bastante movimiento por un buen tiempo, hasta que no quedo nada. Sabes me dice, salgamos a caminar para que veas todo lo que te he contado, te contaré un secreto me dice, mira por esas ventanas de estas oficinas y dime que ves, a lo que no puedo creer lo que estoy viendo, gente trabajando en su interior, no digas nada me dice, ellos siempre han estado y estarán allí, son los “Chuquicamatinos”, que al igual que tu Bisabuelo viven acá conmigo, donde tu vayas veras a uno de ellos, no puedes hablarles, sólo yo puedo hacerlo.



Por un momento no se si este hombre está loco, quizás yo lo estaré, sus palabras interrumpen mi pensamiento, sé que te asusta todo esto, los pueblos fantasma son así, sigamos caminando me dice, miro al que llamaban “Cine Variedades” no le queda ninguna calamina, todo fue sacado, aprecio los árboles de la plaza totalmente seco, el monumento a “Ohiggins”, ya no existe, sólo está su base, miro hacia la Iglesia, su cruz esta tumbada, quizás por el viento a punto de caer, por detrás de ésta, las casas sin sus techos, las corridas están incompletas.
Miro hacia el que era el “Auditorio Sindical”, el “Hombre de Cobre” me dice, sabes aquí siempre se escuchan discusiones, aplausos y gritos, yo le llamo “El Templo de las Esperanzas y los sueños jamás Realizados”, llevan años sin ponerse de acuerdo, caminamos hacia el gran “Club Chuqui”, no me atrevo a entrar, escucho balones dando bote en su interior, el “Hombre de Cobre” me dice, aquí los entrenamientos son a diarios, siempre están preparados. Continuamos nuestra caminata, nos acercamos hacia el “Club Obrero”, no hemos hablado palabra alguna hasta que, gritos de euforia desde el interior de éste recinto quiebran el silencio, mi amigo exclama, ¡Un buen juego de boliche seguramente!, no sé qué hora es pero, el sol parece acostarse, alcanzo a divisar la población “Las Normac”, muy poco de ella queda, el viento y la tierra se han encargado de sepultarla, el cementerio muestra algunas tumbas abiertas, sus árboles; solo crujen con el viento, parecen que estuviesen hablando y gritando esta historia. Iniciamos el regreso hacia mi automóvil, el “Hombre de Cobre” a esta altura se ve como acostumbrado a mi presencia, quiere mostrarme todo este pueblo pero, creo que es suficiente, ya casi oscurece y pasamos hacia su casa, al llegar a ésta me pregunta ¿Qué te pareció todo esto?, no sé qué decirte, quizás sea un sueño, tal vez una pesadilla, mientras compartimos un café, me has contado la historia mejor que un libro, pero; no entiendo porque no te asustaste cuando me viste, la forma de recibirme en tu casa y ¿Por qué ? compartiste esta historia. El “Hombre de Cobre” se quiebra y con sus ojos llorosos me dice; los mineros de Chuquicamata siempre fuimos generosos, lo dimos todo por este país, sus hombres mujeres y niños recibían al visitante como uno más de esta tierra, hoy te he recibido a ti, mañana lo haré con el que venga y volveré, a contar la historia de esta tierra una y otra vez y así será por la eternidad.
Con las palabras de este hombre ya no me sale la voz, estoy emocionado, me ha contagiado su llanto, voy hacia mi automóvil y saco una chaqueta que mi Bisabuelo guardaba como un tesoro, vuelvo a la casa y le pido a este hombre que se la coloque, al leer el logo que tiene dice: “Refinería Número Uno Codelco Norte”, sí; mi Bisabuelo trabajó allí y hoy tú la llevarás por ser el primer trabajador que tuvo ese gran Codelco Norte, cuídala te ves bien con ella, otros hombres en aquel entonces la llevaron con gran orgullo, sé que mi Bisabuelo estaría orgulloso de esto.
El “Hombre de Cobre”, para no ser menos saca de un viejo capacho un jarro hecho de cobre, le pregunto ¿Y esto? Lo he hecho yo en mis ratos libres me dice, a lo que replico, no dices que el cobre se acabó, si pero, con voz más baja me dice : “En La Cueva del Pirata” aún queda un poquito de éste, sabes le digo para que te ilumines te dejare una linterna que tengo, tómala ya es tuya, ahora debo marcharme, el “Hombre de Cobre” me dice que agradece mi visita que no veía a nadie hace tantos años, que pensaba que ya Chuquicamata había sido olvidado, no le digo, nosotros los descendientes de esos chuquicamatinos hoy hemos renovado aquel compromiso que nuestros antepasados tenían, de venir a verlo en su aniversario y por eso te dejo este álbum de fotografías para que las muestres a los visitantes y puedan apreciar lo hermoso que era este campamento. Después de un abrazo y un apretón de mano me despido de este fantástico hombre, subo a mi automóvil y comienzo a alejarme, queda muy poca luz, se me ocurre mirar por el espejo retrovisor y cual sorpresa me llevo, veo al “Hombre de Cobre” con mi Bisabuelo despidiéndome, sólo quiero salir de aquí, hoy ha sido un día duro, pero; algo me quedo claro, mi Bisabuelo tenía mucha razón cuando dijo que: “El Campamento de Chuquicamata no ha Muerto”. Me voy de este campamento con una tremenda misión, cual es; buscar a todos aquellos descendientes de los Chuquicamatinos y decirles que vengan acá a renovar el compromiso de sus antepasados, aquí el “Hombre de Cobre” los estará esperando junto a todos sus seres queridos.
Los Chuquicamatinos y en general los Chilenos, muy poco sabemos, del llamado “Hombre de Cobre”, un hombre que fue real, como tanto minero buscador de cobre, dejo su vida en esta tierra y también nos dejó un legado, el valor que tiene el sacar una libra de cobre y transformarla en riqueza para este país, con esta historia le he rendido un gran homenaje a este gran personaje de la minería chilena.