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lunes, 8 de febrero de 2016

NUESTROS OTROS PASOS

NUESTROS OTROS PASOS
Manú Script

A Baldor, felino persa, fiel compañía en esta andanza.

Experimentamos en nuestra alcoba un adormecimiento que desde entonces figuraba como algo ajeno a nuestro cuerpo. Cerrábamos un ojo y con el otro continuábamos con la lectura del libro que teníamos en mano. El sobresalto originado por una nimia invocación agitaba nuestro vientre, como aquella abominable sensación de hambre.
-Este viejo Dómine acaba por desconcertarnos, ¿cómo es posible que se entregue enteramente al azar por codicia, como casa por cárcel?

Olvidamos lo último que escribió el autor en la mitad de su obra, pues sabíamos que estaba lejos de ser nuestro preferido. En vano buscábamos algo de comer, era la media noche. Volvimos a las cobijas. En la mañana, iríamos a cumplir con nuestra labor diaria. Nada extraño habría de pasarnos, pensamos. Caminamos con parsimonia hacia la librería que llevaba el nombre del famoso dramaturgo y pintor Robert Rosset. Era la más rica en contenido de Toronto, Canadá. Nuestro puesto no era muy notable, debíamos contentarnos con brindar información puntual sobre lo que contenía esta gran sede.

 Una tarde cualquiera nace una chispa inventiva que nos impulsa a vender gran cantidad de nuestra mercancía. Nada estaba establecido aún, esto solo fue un simulacro y por tanto un acto fingido para probar si nuestra idea tendría aceptación. Se nos acercó un anciano, reconocimos su rostro, era el sujeto que siempre tomaba las revistas de ocio, se sentaba en el sofá más cómodo, pedía un café y sin siquiera degustarlo se dejaba vencer por el sueño haciendo que aquello que tuviera en sus manos resbalara al suelo y lo despertara, y así unas cuantas veces más hasta que decidiera marcharse.
Extraño era que esta vez no hubiese sido así. Algo en nuestro día y el de él, había cambiado.
- ¿Por qué cambiaron de sitio mis revistas, dónde están ahora? – Nos dijo exaltado.
- Primero dígame ¿qué inquietudes se ha planteado últimamente?
- ¿Para qué quiere saberlo? No es algo que le interese, exijo mis revistas de inmediato.
- Es solo una estrategia para mejorar el servicio, entablar relaciones con nuestros lectores, generar una amistad más allá de la literatura. Calma, lo sabrá cuando me responda.
- No le contaría jamás que me atrae la hermana de mi esposa, ni que es mi obsesión. - Aseguró el anciano titubeando.
- Perfecto, tengo un libro para usted.
- ¿Qué?, ¿acaso es usted una especie de adivino?
- No, pero suelo tener un don sublime y eso me hace ser el inventor del Readmind, una terapia literaria para la psique. – (Éramos notables en el oficio de engañar).
- Pero, su oficio es tan solo facilitar información sobre secciones literarias de la biblioteca.
- Lo entenderá cuando comencemos con las sesiones de Readmind de Jeremy Watts y su clásico 'Lujos Concupiscentes'.
- Aceptaré tan solo si me cuenta el argumento central.
- Con gusto: la satisfacción social de emanciparse en la lujuria.

 Tres meses después, regresa el viejo más rejuvenecido. Notamos en su faz una mayor claridad, su palidez desaparecía, se avivaba su piel, su sonrisa tomaba más color.
- La historia es sensacional, fantástica, es usted un genio, le agradezco. ¿No ha pensado en aplicar a su vida estas terapias, o a escribir sus memorias?
- Escuche bien, no me debe felicitar, no he sido autor aún, tan solo referencista.
En cuanto a lo último, no tengo recuerdos. Y me parece que mientras no esté muerto, las personas podrán leer mis pensamientos y eso no me agradaría mucho.
- Lo ha logrado, ha ido más allá de la concepción que teníamos los lectores de la literatura. Hemos dejado de perseguir palabras y los libros de ser hojas pasadas. Quisiera que se sintiera como yo, sé que lo necesitaría.
- No me considero digno de hacerlo con mi existencia, tan solo los otros me dan la autorización, yo no puede proporcionármela.
- Entiendo que sea su misión con los demás, pero acaso ¿dónde queda usted?
- Todos estos libros me cuentan, no necesito recordarme, no existo dentro de mí, solo en el interior de los otros. Solo soy real en los relatos, así sea como el autor: testigo y espectador no descrito. Allí en la recepción terminó la conversación, el viejo nos miró como quien ve a un loco.

 Tenemos que volver a casa. Oh! ¿Cómo hemos amanecido aquí? Por suerte es temprano. Pero si este es nuestro hogar, (ahora titubeábamos) nuestra biblioteca, la más grande. ¡Ay! Cada noche tememos despertar cuerdos, el sueño podría curarnos la locura. ¿Qué hemos hecho con nuestro síndrome? No quisiéramos que nos olvide.

 En tan solo 6 meses habíamos vendido la mitad de nuestro contenido. Habíamos creado una comunidad de amantes, adictos al mundo de las letras vivas. Todo se basaba en referencias, como citas textuales a los fanáticos, ya no eran solo clientes satisfechos, sino Readminders fieles, mentes apasionadas. Pasado un año, la mayoría de habitantes de la ciudad estaba enterada de la nueva doctrina. Se inauguró un nuevo departamento dentro de la biblioteca: La OML, Orientación Mental Literaria. Para aquellos días nos sentíamos exhaustos.
 Estábamos encargados de recibir cientos de correos sobre los resultados de las sesiones de Readmind que lideraba una amiga que había venido una de aquellas tardes que recordábamos con gran lucidez, una licenciada que quería hacer parte de nuestro grupo y que habíamos juzgado como una nueva paciente.
- Hola querido, vengo a enseñarte el nuevo éxito de este negocio, el futuro de la literatura.
- ¿Quién eres? – Respondimos nerviosos ante la picardía de aquella honorable señorita.
Insinuándose ante nosotros, tan provocativa, lanzaba una mirada acechante bajando un poco sus lentes para ver con sus ojos los nuestros. Respondía:
- Soy la nueva profesora, ahora no tendrás que hacerlo todo tú. Vengo a darte una recomendación. El departamento no debe llamarse de esta manera, esto hace que la gente se sienta enferma, hay que hacerles saber que el libro no es un complemento, ni es lo que necesitan, sino más bien, lo que tienen tan dentro de sí que lo desconocen. Lo que los inspira a conocer el sentido de sus inquietudes, lo que los apasiona a la hora de contar sus vivencias y compartirlas con sus otros ‘libros’, o en este caso, portadores de experiencias.

 Nos fascinaba su sagacidad, su facultad de trascender y discernir, su intelecto; podíamos verlo, palparlo, olerlo. Nos enamoraba el aroma de su mente, la textura de sus pensamientos, los atrevidos colores de su voz. La música de las ondas de su cabello rubio.
Prosiguió:
- La gente quiere cercanía en la lectura, quiere acompañarse, aventurarse en la soledad del otro y en el silencio que conoce los secretos de los personajes. Quiere vivir dentro de la imaginación de su prójimo, su actor, su protagonista. ‘Tú lo recorres, yo te cuido’. Es lo que dice el Readminder a su compañía.
- Entiendo, entonces, ¿qué es lo que propones?
- Un Círculo de amantes, que estén dentro de lo que leen, que hagan el amor en los dramas, las novelas, los poemas. Ir más allá de la lectura, hallar el componente trascendental.
- Y que nos compartan su mundo en pareja para que nosotros lo editemos.
- ¡Correcto! Que ellos compartan sus libros y nosotros los unifiquemos. ¿Lo haremos juntos?
- ¡Que sea un hecho! Dime ¿cuál es tu nombre?
- Lo sabrás cuando acabes de leer este manuscrito.

 Extendió su mano para entregarnos el presente. Observamos su portada: ‘Los estruendos de la nueva era’, Manifiesto del abismo actual de Bill Drecoil. La ilustración era una perspectiva hacia el vacío desde el techo de un edificio. Comenzamos a congeniarnos intelectualmente. La semana siguiente, presentaríamos al consejo editorial un esquema de lo que sería nuestro proyecto TAA, (Tertulia de Amantes Autómatas), que según nuestros planes, se convertiría en una Escuela de Pensamiento Complementario y posteriormente en una Universidad de Proyectos Unidos, donde cada pareja se construía y se reinventaba en su propia obra, y así iría creciendo paulatinamente nuestro reconocimiento y nuestra calidad en formación integral - emocional.

 Nos encontramos con ella un fin de semana en la mañana y desayunamos juntos, aún no sabíamos su nombre. La invitamos a un café y entablamos un diálogo.
- El señor Neil Miller había preferido que su amigo le hubiese disparado la misma cantidad de balas que el mismo Neil atinó a sus víctimas en la guerra, pensaba que de esta manera la absolución de sus pecados sería adelantada. Hablo de 'La Jungla Cadavérica', del estadounidense Cristoph Malcolm.
- No sabes de que más hablar sino de libros, hablar contigo es algo imposible.
- Quizás estoy frustrado porque estoy asimilando el hecho de que no podré volver a escribir. Pero tú, con tus blasfemias no puedes decir nada, ni siquiera te agrada la música clásica.
- Pero al menos sé bailar rock n´roll. Tengo claro que afuera brilla un mundo lleno de colores y alegrías. Tú solo sabes vivir ensimismado en este ínfimo rincón de la tierra.
- ¿Sabías que no es este un momento para discutir? Comer tranquilo es vivir feliz.
- ¿Por qué no salimos? Nos espera el oleaje del mar y la brisa de las praderas, cantan los pájaros las canciones del aire. Aquí te dejo lo de la cuenta, te espero afuera.

 Fue el instante preciso para darle una muy merecida bienvenida a quien afirmaba ser nuestra encarnación, sabíamos que se nos presentarían dos caminos que constituirían nuestro dilema: creer viéndonos en él, o dejar de verlo creyendo en nuestro existir. Entonces nos dirigió la palabra mientras nos preparábamos para salir del restaurante.
- Ya has vivido mucho amigo, yo vivo ahora tu muerte y tal vez sea yo en quien encarnes.
Profiriendo esto se marcha, sin más ni más, riendo de espaldas.
No soportamos la confusión, corrimos hacia él gritando:
- ¿Por qué nos escriben?
 La concurrencia nos mira con ojos de extrañeza, guardamos silencio y salimos a la calle, mientras los demás seguían concentrados en nosotros. Cuando salimos, ella ya no estaba.
                                                                                                              
 Dos días después presentaríamos el proyecto. Habíamos hecho una prueba con un grupo mediano, llevaríamos suficiente documentación. Esperamos la respuesta del jurado durante meses, tanto que perdimos la esperanza de que nos aprobaran. Mientras tanto, creamos sin ella, una Casa Editorial Secreta, que era nuestro único refugio.

 Allí podíamos ser realmente nosotros mismos, inventábamos partiendo de la imaginación de otros. Traducíamos idiomas que solo conocíamos nosotros. Allí nos alojábamos cada noche después de trabajar. Hemos conocido miles de historias críticas que a nadie contamos, simplemente las editamos, pero nadie conoce la verdadera, solo conocen nuestra transfiguración, nuestros eufemismos. Los proyectos que nos llegan, no los publicamos sino solo hasta el final, pues muchas editoriales cuentan con escasos manuscritos candidatos. Tenemos una escritora socia que se hace pasar por poetiza en el gremio de literatos, con frecuencia conforma el jurado de algunos concursos juveniles de literatura, es una mujer con extremada lucidez, ella es quien escucha a los escritores menos conocidos con el fin de apoyar nuevos talentos.

 No hemos dejado de sentirnos algo más que arrogantes y sin derecho a intervenir en el mundo de otra persona. Puede ser que quien nos narre ahora, no tenga idea de lo que es ser un editor y escoger lo más representativo de la imaginación de un autor. Todo lo que hacíamos era una paráfrasis de lo ajeno. Estábamos trabajando sobre el pensamiento de otros, y era esa la única manera de ser nosotros, de otra forma seríamos solo uno.

 Aunque éramos enemigos de los libros, éramos lectores excepcionales, ya no escribíamos. Encontrábamos en los libros una distracción, una barrera que nos impedía pensar por nosotros mismos. Desde que nos habíamos dedicado a este oficio, habíamos desaparecido, no sabíamos quiénes éramos, ni cómo pensábamos.

 Llegamos a la última parte de un manuscrito. Este es el punto álgido del autor, el momento supremo en el cual el protagonista habla por él y aunque no entendemos a qué haga referencia, hemos de limitarnos a transcribirle en nuestro idioma. Seremos honestos ahora, no entendemos mucho. Lo único que supimos traducir fue el primer fragmento del último capítulo:

DE LO AGÓNICO, LO HISTRIÓNICO Y LO CRÍPTICO

 Ya se ha hablado harto de lo dramático y su comedia, de lo ridículo que resulta su representación y lo común que ha sido repetir su veneno, lo suficiente como para deprimir al espectador. Sobran argumentos para lo trágico, y la sátira ha disgustado con su 'encanto', quizás más que la reiteración. Ya no se trata de entretener al público, el receptor comprende que no se le puede mentir más con embaucadoras fábulas simpáticas. Es el tiempo del enigma, no de la ilusión, ni de las tinieblas, sino de aquello de lo que se abstienen los genios, de aquello de lo que dudan los oráculos: la ignorancia de los sabios.
 Engañamos a Natalie, quien nos había regalado este manuscrito con la condición de que no lo editáramos, pues bien, queremos que sea publicado. Esperamos tener acogida. Decidimos decirle la verdad de una vez por todas. Así era como nos íbamos acabando. Como nos empobrecíamos y nos enloquecíamos en las noches, escuchando su voz en nosotros y su nombre en la nuestra.

- Natalie, estoy muriendo de pensamientos.
- Y el pensar no acaba.
- He vivido para contar, pero no he vivido lo que he contado, ni he vivido de ello.
- No puedes aplicar lo que yo llamo La Facultad Cíclica de la Literatura: Si un hombre letrado se precipita a leer un libro, éste lo conducirá en su destino azaroso a escribir otro.
- ¿Y qué se hará con estas palabras que durante siglos se han repetido? Todo cesa, aquí y allá, donde se quiera recordar, continuará el hombre ignorando.
- A veces tan solo sabemos olvidar lo aprendido.
- Natalie, dime ¿qué puedo hacer frente a la grandeza de quienes leo? Seguramente lo que menos deseen es que les siga, pero su petulancia los obliga a esperar que los imite.
- ¿Acaso piensas igualarlos? ¿No te has imaginado más bien que podrías superarlos?
- No, de ningún modo podría llegar hasta sus cavilaciones, tampoco de ingeniarme sus fabulosas fantasías, ni siquiera podría escribir de tal forma.
- Lo que hace que un poema tenga vida, es que sus palabras además de leerse, se sientan.
- Natalie, en nuestro tiempo no se escribe, se juega con las palabras, se transfiguran los sentidos, se trucan los significados. Parece que no hubieras leído lo que me entregaste.
- ¡Qué gran mentira! Yo sé que más allá de la obra y su finalidad, subyace deliberadamente una consecuencia que no deja de ser efecto impactante para el sucesor: el análisis de significados, la comprensión de las alegorías del autor.
- A mi parecer, en esta otra existencia conviven las posibilidades, y en ella la voluntad conforma la imposibilidad de adentrarse.
- Los comprenderíamos pero tendríamos que sufrirlos, los mejores libros no son escritos con tinta de pluma sobre papel, son forjados con manchas de sangre sobre la vida.
- No soy mi consecuencia Natalie, soy el fruto de lo que han pensado los culpables de mi condición de lector, no puedo ser causa de mi efecto, mi reacción solo nace por la acción de basarme, inspirarme. Es este mi hecho, mi acto, y lo vivo por ellos: por quienes he sido, quienes me han construido mentalmente.
- Los más geniales autores, han sido profundos mares en los cuales unos se han sumergido, otros se han ahogado y los demás tan solo han nadado en su superficie.
- Y la falta de aire aún no me mata. Los literatos se denominan vagos, porque dejan su vida en los libros y se dedican ya sea a contar crónicas o a inventar novelas pero ambas cosas se basan a su modo en la realidad.
 Nos habíamos extendido demasiado. Nunca hubiéramos sido capaces de contarle todo, temíamos que nos abandonara. Volvimos a casa arrepentidos, tal vez de no haberle dado un beso. Por suerte supimos mantener una apasionante conversación entre intelectuales.  

 Sabíamos de alguna manera que pronto debíamos despedirnos. Después de saber que nuestra idea no había sido aprobada y era un fracaso, nos vimos invadidos por un pesimismo exagerado.

La última vez que la vimos, estaba sentada en la sección de correspondencias. Nunca olvidaremos esa escena: ella con un vestido negro, unos tacones y sus lentes con marco vino tinto, sentada con sus finas piernas cruzadas.

- Natalie, la verdad es que últimamente me he sentido algo extraño.
- ¿Por qué querido?
- Hace unos días mientras leía, empecé a sentir una ligera posesión externa, como si varios espíritus quisieran adueñarse de mi cuerpo.
- ¡Ay amigo! No me hagas reír. ¿Y ahora con que cuentos me vas a salir?
- No te estamos mintiendo.
- ¿Por qué hablas en plural? Parece que tu voz está cambiando, estás creciendo.
- ¡No te burles! Nos convertimos en lo que alguna vez anhelamos y ahora no lo soportamos.
- Estás completamente loco, no puedes seguir aquí.
- Por favor Natalie, entiéndenos, hemos confiado tanto en ti que hemos decidido revelar nuestro enigma, nadie más sabe esto y no queremos que alguien más lo sepa.

 Natalie nos dio la espalda y se marchó. Desconsolados, recorrimos las calles y nos dirigimos a tomar un café en alguna esquina con vista al inmenso lago de Ontario. Invitamos a nuestra amiga escritora, pero no pudo acompañarnos, entonces la invitamos a nuestra casa para acordar un trato en mente. Tampoco llegó esa noche. Al día siguiente nos llamó temprano y nos invitó a almorzar en un restaurante, nos preguntó qué había pasado con nuestro trabajo, no supimos qué responder. Lilly era también hermosa, el soplo del aire sobre su cabello oscuro y largo asemejaba el oleaje del mar, un mar misterioso. Solía cantar Jazz en los bares cuando era adolescente. Por fortuna tuvimos el placer de conocerla más que a Natalie.

- Hay un libro que no conoces, lo he escondido y te lo entregaré cuando yo crea que es el momento exacto.
- Yo no quiero conocer otro libro en donde no este alguien como tú, Lilly.
- Tú eres todo un personaje. Quiero hacerte una pregunta: ¿por qué sientes la necesidad de estropear los libros que lees?
- Hay autores que se les dificulta perseguir mis ojos, otros que se desconcentran, y en general todos los que tomo sienten la especial intensidad con la cual los leo.
- Te voy a contar un secreto: olvidaste que eras el autor que habías leído aquella noche que despertaste con tu figura de lector, no hubo nada que hacer, por eso ya no sabes escribir.
- ¿Qué locura estás diciendo?
- Entonces, ¿a qué más se debe el cambio tan repentino que experimentaste?
- Debimos haberlo pensado antes, ¿Cómo es que puedas percatarte tú antes que yo?
- Yo soy quien te ve a ti, tú no puedes. Se mucho de ti. Mucho de lo que ignoras: imágenes, representaciones, verdades.
- ¿Quién eres Lilly? ¿Por qué sigues mis huellas?
- Así es como comprendemos que nuestros otros pasos son aquellos que recorren lo que hemos leído en nuestro silencio. Todo este cuento es nuestro diálogo.
- Si, ahora que lo pienso Lilly, tienes razón, estos libros nos están creando.
- Esta historia nos cuenta.
- Y este cuento nos lee.

Fuimos siempre un gran equipo, ella nos inspiraba y nosotros íbamos más allá del conocimiento, aunque nuestro trabajo de editores era hipócrita, nadie lo sabía, ostentábamos nuestro esfuerzo y el hecho de saber más que los escritores, nos daba un título de supremacía. Más tarde comprendimos que la vida era lo único que no necesitaba edición, pues la existencia no puede alterarse ni corregirse, es perfecta con todos sus errores.


ESTEBAN ESPITIA (nuestro autor invitado hoy), Nació en Cali, Valle del Cauca, el día 19 de Agosto de 1993. Se graduó de bachiller del Colegio Santo Tomas de Aquino en el año 2010. Finalizó su carrera de Publicidad Profesional en junio del 2015, cursó un Diplomado en 'Conceptualización estratégica de comunicación' en la Corporación Universitaria Unitec. Ha participado en diversos concursos literarios, entre ellos la antología de micro-relatos ‘Pluma Tinta y Papel’ en el cual fue publicado uno de sus relatos. Amante apasionado del arte, el deporte y la vida. La filosofía es su doctrina preferida y la fotografía, la música, la literatura, el fútbol y el ejercicio, conforman sus actividades favoritas. Le encanta escribir, leer, dibujar, e interpretar el piano. Actualmente es Copywriter de la Agencia de Publicidad McCann Erickson WorldGroup en Bogotá. 

domingo, 31 de enero de 2016

MICRO-BIOS


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Ella amaba al fantasma porque sus palabras eran dulces y a veces, cuando hablaba de amor, estas se encendían como brasas. Ella le escribía poemas y le confiaba su deseo de que estuviera ahí, en carne y hueso, para que probara su carne. Con frecuencia, ella hablaba de él con sus amigos como si en verdad estuviera a su lado, pero al final del día, cuando desconectaba facebook, ella se iba a dormir. Sola, como siempre.




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“Pregunta lo que quieras”, dijo el maestro. El discípulo, pregunto entonces sobre la vida y la muerte, sobre la realidad y la no realidad, sobre el amor y el odio, sobre los alcances del bien y del mal; pero a cada pregunta, el maestro respondía con un: “No lo sé”. El discípulo calló por fin. “¿Tienes más preguntas?”, “No, contestó el discípulo. “Entonces lo has captado todo muy bien”



193


La plaza estaba a reventar cuando salió al ruedo con ese garbo y empuje que lo había acompañado toda la vida. Cuando el bicho se le puso al frente, él hizo lo que sabía y enseguida le pareció que el aire se humedecía con una lluvia de aplausos. A la hora de matar, apuntó bien y pincho en las costillas. El bicho dio una voltereta y cayó sobre la arena con el traje desgarrado.



Edgar Allan García, (Ecuador 1959- ), de su libro 333 MICRO-BIOS

lunes, 25 de enero de 2016

EL OFICINISTA

EL OFICINISTA
Por: Javier Barrera Lugo


La luz es ya un recuerdo intrascendente de aquel día cotidiano hasta el ahogo. Los oficinistas como él, exhaustos, silentes por vicio, atestan otra vez esos buses en los que temprano hicieron el recorrido contrario. Sus pequeños sueños de proletario revolotean hasta estrellarse contra los cristales sucios, se mezclan con los del durmiente compañero de puesto, que víctima del cansancio otorgado a los que asumen no tener salida, ronca como un motor fuera de borda y deja fluir desde su boca la saliva que termina formándole un lago salado en la manga izquierda del saco.
Las tetas voluminosas de la secretaria nueva, Ivonne, a la que el gerente de la empresa marcó para disfrutar sin pudores los fines de semana, se le clavan como agujas de morfina en los pensamientos. La erección que no puede reprimir, y seguro descargará dentro de su mujer segundos después de estar sobre ella, o en la paz del baño auxiliar apenas pise la casa, le genera angustia en vez de placer. Es una reacción del cuerpo que no aparece muy seguido y tiene miedo de echar a perder.    
Mira por las  ventanas, le busca agujeros a la lámina del piso, pellizca la tapicería de hule rojo hecha jirones. La sensación de estar sobrellevando una vida gris le embota la cabeza. Quiere perderse en el óxido de la carrocería que sustenta un bus donde es una sardina que olvidó su nombre, que entendió más bien, ese detalle nimio de identificación como una impostura necesaria para desenvolverse en una ciudad gigantesca donde la sordera espiritual es una ley que se respira y ningún macho se atreve a pregonar de frente. Llamarse Carlos y apellidarse Pérez, apellidarse Rodríguez y llamarse María, no es, cree, sino un formalismo propio de las sociedades caníbales  condenadas a hundirse en formas desprovistas de utilidad, estériles, en extremo bobaliconas.
Cada tanto se pregunta cómo sería la vida si no hubiese tomado las decisiones esperadas. En ese momento de calores corporales malsanos que se mezclan, de empujones para llegar hasta la puerta de atrás, no se desgasta inventando, se remite a las respuestas acostumbradas que se da cuando este cuestionamiento le enardece las meninges:

“Tendría una lancha, pescaría sábalos en la madrugada, los fines de semana llevaría excursionistas hasta los manglares, me comería a la turista más fea y callada, casi siempre es la que necesita con urgencia sentirse deseada. Se entregaría con rabia, con agradecimiento; además, llegaría a contarles a sus compañeras de oficina que en las vacaciones conoció a un zarrapastroso que le hizo el favor de su vida… Sería chévere, me sentiría el chacho con sólo imaginarla a la hora del almuerzo contando todo lo que hicimos sin siquiera saber nuestros nombres… Sería libre y pobre… Ahora sólo soy pobre…” Una mueca de disgusto desfigura el rostro que nadie se molesta en mirar. 
El viaje de pesadilla dura una hora y media. En el paradero revisa el celular y lee la orden que su esposa le envía, vía mensaje de texto, para que compre el desayuno.  Hace que el tendero empaque el pedido en doble bolsa. Teme que el peso de la caja de leche, los panes y la docena de huevos, termine por ser el detonante de una nueva discusión matrimonial.
No tiene ganas de entrar a la casa. Pide una cerveza. El televisor sin volumen le muestra cómo el Deportivo Municipal de sus amores, ataca como una tromba y pierde con el penúltimo equipo de la tabla de posiciones. “En el próximo nos desquitamos, vecino. Imposible que vayamos a quedar de últimos… Ni porque fuéramos los más de malas…”le dice el tendero con una resignación que abofetea su orgullo.
“Esos maricas cobran una millonada y no sudan la camiseta…Es como todo en este país… ¡A ganársela suavecito…! La mediocridad nos tiene jodidos.” Las frases son directas, dichas con la insolencia de un esclavo que se siente superior a su interlocutor. Quiere herirlo. El tendero asume la intención de su cliente y disimula la rabia. No le contesta hasta que lo ve llegar a la puerta: “Pues debería largarse del país, vecinito. Eso sí, antes de irse me paga la cuentica que me tiene…Ya está bien larguita… ¿Le apunto también la cerveza?”   
Restan unos pasos para que llegue a su casa. El teléfono vibra en su bolsillo. El gerente le informa que tiene que llegar una hora antes a la oficina, los dueños de la empresa necesitan un informe contable antes de las ocho. Se resigna. Las cuotas atrasadas de la tarjeta de crédito no dan espera, los de la agencia de cobranzas lo llaman a recordarle que es un pícaro varias veces al día.
La erección desaparece. A esas alturas ya no lo lamenta. Quiere tirarse en la cama, dormir, amanecer muerto. Ni siquiera los placeres escasos que puede permitirse lo motivan. Busca las llaves, ruega que se le hayan perdido. Entrar es la peor de las opciones, revolcarse en un charco de lodo del que no se siente capaz de salir.
Respira profundo, el pecho está en llamas. Hace un primer intento por insertar la llave en la cerradura, pero un impulso de rebeldía lo hace abstenerse. Mira para todos lados, para ninguno. Los vecinos caminan a sus espaldas ignorando el drama que se cocina. De pronto, como en una mala película gringa donde el protagonista es salvado por capricho de los dioses, con la impotencia convertida en el marco dramático de su historia, aparece de la nada una mujer que lo mira fijo y le sonríe con una coquetería sin confianza que lo embruja.
Es fea, muy fea, tan fea como las feas en sus sueños de lanchero. Rubia, una delgadez flácida, con miles de pecas que camuflan miradas sostenidas por un tembloroso esqueleto, dos rayas delgadas y pálidas en vez de labios, baja de estatura, falta de gracia al caminar, un aura de pusilanimidad que inunda esa oscuridad en la que comienza a perderse. Sus características son extremas. La observa de arriba abajo, sus ojos se dan el gusto de comprobar, que pese a ser joven,  el mayor atractivo de la muchacha que acaba de cruzársele en la vida, es su falta de belleza.

La esquiva erección vuelve a hacerse un iceberg que va a romperle el calzoncillo. El alma adormecida por casi dos décadas estalla y se vuelve colores paridos en la adolescencia del universo.  Mientras la puerta se abre, una vocecita que no escuchaba hace mucho, empieza a repetirle un mantra, una sentencia que el oficinista asume como mandato: “La pecosita. Ese será el nombre de mi lancha… La pecosita… ¡La pecosita, no joda…! ¡Ese será el nombre!