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lunes, 29 de septiembre de 2014

ANTECEDENTES

ANTECEDENTES
Por: vilaregut matavacas


Un rayo de luz, entre tantos como atravesaban el aire y la atmósfera, dio en un pedazo de metal redondo medio oculto entre el polvo de la calle. Santiago vio el destello. Caminó unos pasos sobre los diminutos granos de arena que apenas se mantenían unos instantes en el mismo lugar y se agachó. Sus dedos redondos y tostados como el café rodearon el pedazo de metal, lo levantaron del suelo, jugaron con él dándole vueltas y lo guardaron en su bolsillo. En el aire, ante sus ojos, apareció un trompo de colores transparente. Santiago casi pudo notar como el mecate blanco de algodón se enredaba en su dedo índice. Había estado ahorrando para comprar un trompo durante las últimas semanas y ahora la luz del sol le regalaba el último peso que le faltaba. Sonrió y siguió caminando entre el polvo de las calles de su pueblo.
El sol calentaba el negro alquitrán del asfalto y éste abrasaba el aire que sorprendido culebreaba por encima de las calles de la ciudad. Ronald miraba el espejismo en el horizonte que dibujaba el final de la cuesta por dónde subía al taxi que le llevaba al aeropuerto. En ese aire intrépido que se hacía visible ante sus ojos por el calor, Ronald se vio rodeado de gentes de tez morena que le agradecían su esfuerzo y dedicación, su altruismo para con ellos, los pobres desheredados de la tierra, que ahorita, y gracias a él tendrían un pozo de agua en su comunidad. Casi pudo sentir sobre su piel las sonrisas blancas, por el contraste de las pieles, de los más pequeños del lugar. Sonrió y siguió cómodamente sentado en el taxi que le llevaba al aeropuerto a través de las calles de la gran urbe.
El cursor, una rayita negra y vertical, parpadeaba sobre el fondo blanco electrónico de la pantalla. La luz como azulada del monitor iluminaba el rostro de Jamileth. Ya no quedaba nadie en la oficina, solamente el celador escuchando la radio en la pequeña recepción de la casa que servía de sede a la pequeña organización no gubernamental. El lugar dónde Jamileth laboraba y de donde recibía un poco de dólares para sobrevivir con su chigüín de cinco años. Acababa de leer el correo electrónico que confirmaba la hora de llegada del vuelo que traía al técnico cooperante de la contraparte de su organización en el norte. El nombre de Ronald había aparecido al final del texto, en el centro de la pantalla, firmando el mensaje. El nombre de alguien de quien tenía que inventar el rostro pues no conocía nada de él. Las únicas pistas que tenía eran sus mensajes escritos con un lenguaje que no escapaba del marco lógico que la relación requería. Jamileth estaba cansada, llevaba muchas horas frente la computadora. Le ardían los ojos. En ese ardor apareció su imagen, se miraba un poco mayor. Junto a ella un hombre le tenía la mano. Estaban sentados, elegantemente vestidos, la marcha triunfal del avance de los egipcios sobre los etíopes de la ópera Aida de Verdi amenizaba el momento. Era la promoción de su hijo. El protector de pantalla oscureció su rostro y la sacó del ensimismamiento. Movió el ratón y la luz de la computadora iluminó tenuemente la sala de nuevo. Jamileth apagó la computadora. Recogió sus cosas. Enllavó el cuartito dónde ella trabajaba y salió a la recepción. Dijo un “que pase buenas noches don Apolinar” y salió. Llegó dónde su mamá para recoger a su hijo y juntos platicando sobre sus cotidianidades se fueron a su casa. Allí nadie les esperaba.
Santiago caminaba con un gran balde de agua sobre la cabeza. Con el antebrazo en posición horizontal y la mano izquierda a la altura de la cabeza se ayudaba a mantener el equilibrio sujetando el fondo del recipiente. Con la mano derecha sujetaba la parte superior del balde. Recordaba el día que habían inaugurado el pozo. A partir de ese día sólo tuvo que caminar unos cien metros para halar agua. Recordaba también los meses que anduvo un extranjero por el pueblo revisando la construcción del pozo. Parecía que se llamaba Ronald pero todos le llamaban “gringo”. Se le veía ir de aquí para allá quemado por el sol y brillante y resbaloso por el sudor.
Ronald estaba elegantemente vestido en una lujosa sala de conferencias. Ante él un grupo de personas miraba las fotografías que mostraban los trabajos de construcción de unos pozos en algún país desconocido y la sonrisa de algún que otro chaval o chavala acarreando agua en un balde sobre su cabeza. Había estado apenas unos tres meses en ese país y ahorita estaba presentando a su audiencia una conferencia sobre el trabajo realizado y los principales problemas que achacan al país y la forma de solucionarlos. Durante su estancia había hablado largamente con Jamileth. Él le había regalado palabras como objetivos general y específicos, indicadores, actividades, evaluación, ciclo del proyecto, efectividad… Ella le había hablado de su hijo, de sus veinticinco años, de su trabajo. El parecía haberla escuchado, pero ahora lo que ella le dijo no impregnaba su discurso. Al igual que cuando hablaba con ella un “yo” iniciaba sus frases y poco de lo que no era de su mundo particular entraba en sus ideas.
Jamileth había llegado al aeropuerto para recibirle y prácticamente no se había separado de él en los tres meses que duró la visita de Ronald. Para cumplir con su trabajo había descuidado un poco su vida particular, la íntima. Procuró siempre tener listo lo que él demandaba en lo referente al proyecto y organizó el tiempo libre del extranjero de manera que éste se fuera completamente satisfecho del país. Le llevaron a conocer los lugares más bellos. Parajes que muchos de los habitantes de la zona jamás habían visitado y que con poca probabilidad visitarían. Pasear y hacer turismo es un lujo que no se podían permitir. Un quehacer que no formaba parte de su cultura. Tal vez un legado más de la situación actual del mundo. Una herencia más de la historia que vivieron sus antepasados y de la situación de dominio sobre sus tierras que tuvieron los antepasados de los extranjeros de occidente. Jamileth había heredado un contexto que no le dificultaba viajar. A Ronald le habían legado unas circunstancias que le facilitaban viajar. Tal vez los dos viajaban pero no del mismo modo, el viaje de Jamileth era otro, al igual que su mundo. Las oportunidades siguen sin ser las mismas para todos.
Cuando terminaron de construirse los pozos Ronald ocupo su tiempo en la identificación y redacción de otro proyecto. Jamileth le siguió atendiendo y conoció un poco más de su prepotencia y de ese aire de superioridad que exhalaba el extranjero. Otro proyecto significaba continuidad en su trabajo. Jamileth sabía que dependía de la ayuda externa para subsistir y que la injusticia que sufría la mayoría de la población de su país era la razón de su fuente de vida. Ronald, aunque estaba en una situación similar, no era tan consciente de ése hecho. Le faltaban todavía bastantes viajes para descubrirlo y sentir cierto desasosiego e incluso cierto ridículo existencial ante quienes se había mostrado prepotente y ante él mismo.
Santiago no pudo comprar el trompo que había soñado. Un día llego a su comunidad un gobernante de los grandes. Un señor elegantemente vestido, con un bigote ridículo pero que él debía de considerar que le daba cierta dignidad. Llegó en un medio de transporte distinguido, un carro caro o tal vez en helicóptero. Saludó a varias personas del pueblo, a algunos de los más pobres también. Habló lo que alguien calificó como un gran discurso. Muchos no entendieron el porqué de tanta palabra vacía. Pero así hablaban los políticos. Terminó pidiendo reales al pueblo porqué resultaba que sin saberlo el pueblo y el país entero tenían una deuda. Otra herencia del pasado y de una historia mal contada. Santiago se sintió conmovido y hasta sintió lástima por ese señor tan elegante y tan desdichado. En verdad también se sintió algo obligado a contribuir con la patria. Así que entregó sus pocos pesos, los que tenía destinados al trompo. Todos menos uno, el que le regaló el sol. Un poco en el fondo de si mismo sintió como que le robaban. El gobernante refinado recogió bastante y fue a pagar la deuda a otro gobernante de otro país. Con esa plata el otro país hizo grandes inversiones pues era bastante dinero. Con lo que le sobró el gobierno fue caritativo y entregó esas migajas a grupos de personas, todas ellas profesionales, que trabajaban en organizaciones que elaboraban y ejecutaban proyectos. Alguien podría decir que proyectos de desarrollo pero ese término es demasiado específico y puede llevar a conclusiones erróneas.
Jamileth encendió su computadora. Como cada mañana revisó el correo electrónico. Habían pasado varios años desde la primera visita de Ronald. En la bandeja de entrada había un mensaje de él. El gobierno de su país había destinado una aportación económica a su organización. El financiamiento para el proyecto de letrinas estaba garantizado. Ya llevaban varios proyectos juntos y aunque cada vez era más difícil conseguir plata esta vez habían tenido suerte. Ronald viajaría en los próximos meses y volvería a encontrarse con Jamileth. A lo largo de los años se podría decir que se habían hecho amigos, aunque seguían en realidades distintas. Ronald seguía hablando de sí mismo y escuchando poco a Jamileth. Aunque algún cambio poco perceptible se había producido en el extranjero. El calor volvería a calentar el asfalto y el aire intrépido se volvería otra vez visible ante los ojos de Ronald cuando fuera cómodamente sentado en el taxi que le llevaría al aeropuerto. En esta ocasión ningún espejismo o sueño se le apareció entre el aire serpenteante.
Ronald continuaba ajeno al mundo. Seguía con su necesidad de ayudar a los pobres a los desamparados. Aunque había viajado ya bastante todavía no había descubierto la injusticia. Sentía y pensaba la pobreza como una desgracia, casi como algo inherente a la sociedad y contra la que se luchaba con trabajo y esfuerzo. Nunca habló de injusticia en sus conferencias o charlas ni se reveló para pedirla y exigir dignidad. Facilito el acceso al agua de muchas personas e hizo que sus vidas fueran un poco más cómodas. Hubo bastantes niños que murieron de cólera y muchas madres que lloraron porqué perdieron a sus hijos.
Jamileth seguía sin compañero, había tenido uno pero le salió miedoso y se fue. Le dejó otro hijo. El hijo mayor se aplazó y no había salido de promoción. En la pantalla del ordenador y cuando los ojos le ardían Jamileth todavía podía ver la graduación de su hijo. El muchacho casi nunca estaba en casa. Únicamente llegaba a pedir comida y reales. Jamileth había procurado educarle correctamente. Le había llevado a marchas a favor de la justicia y de la dignidad. Había pintado con él mantas sobre los derechos de los niños y las niñas. Había participado con los jóvenes y adolescentes del barrio en talleres y capacitaciones sobre salud sexual y reproductiva. Había diseñado y pintado con ellos murales reivindicativos en los muros de la ciudad. Ahora su hijo andaba vagando fuera de su control. Jamileth sentía que se le perdía su primer hijo. Ella nada podía hacer. Su hijo tomaba ya sus propias decisiones. Jamileth se convenció de que en cualquier forma de vida que uno elija, uno puede ser feliz. No negó la posibilidad de que su hijo fuera feliz aunque por el momento no se cumpliera lo que ella había imaginado para él. Sufría pero esperaba que su hijo fuera feliz. Aprendió a despojar de todo perjuicio el concepto de felicidad. Cada uno escoge… pensaba y debe de tratar de ser feliz en su elección.

El pequeño Santiago aunque, un poco mayor, seguía notando el mecate blanco de algodón en su dedo índice y seguía soñando con un trompo de colores. Se sentía capaz de hacerlo girar y con él hacer girar el rumbo del mundo.

lunes, 22 de septiembre de 2014

DE UN GRANDE A UN GIGANTE

DE UN GRANDE A UN GIGANTE

Joselo de Café Tacuba, nos habla de Cerati




El jueves de la semana pasada estaba ensayando con mi grupo cuando me llegó un WhatsApp: “Tengo una mala noticia que darte, murió Cerati”. Era mi amigo el periodista Humphrey Inzillo, desde Argentina, por eso no dudé ni un momento de lo que me decía. Tantas veces se había dado la falsa noticia de su fallecimiento que muchas personas lo tomaron con cautela, pero horas después, incluso minutos, era imposible no creerlo: después de varios años en coma, el cantante, guitarrista y compositor argentino se nos adelantaba en este paso por la vida.
Estábamos en un descanso de los ensayos de la próxima gira, Re, así que no había nadie cerca de mí al recibir la noticia, salí entonces a buscar a mis compañeros y al staff que nos ayuda para darles la triste nueva.
Las reacciones fueron diversas: hubo shock, tristeza, pero también un sentimiento de alivio. Por más que había la remota esperanza de que despertara —era lo que queríamos todos— no nos podíamos quitar de la cabeza el sufrimiento por el que debía estar pasando Gustavo al vivir en ese estado.
Mi celular comenzó a sonar insistentemente. Todos números desconocidos. Me imaginé que eran reporteros buscando unas palabras para los titulares que saldrían al otro día, ya me ha pasado otras veces. Los teléfonos de mis compañeros también comenzaron a sonar, y Meme, sin pensarlo, tomó una llamada para enterarse que sí, era alguien buscando una declaración. No sé que habrá contestado Meme, pero me di cuenta de que yo no quería decir nada. ¿Qué iba a decir?, ¿que estaba triste? Sí, sí lo estaba, al punto de no querer hablar con nadie del tema. ¿Qué Gustavo Cerati era un gran artista?, muchos de nosotros lo sabíamos desde antes de que se volviera noticia de primera plana por entrar en coma.
Pero el teléfono seguía sonando y también las peticiones por e-mail. Lo siento, pero no contesté ninguna. Fue hasta el día siguiente que otro amigo periodista argentino me pidió que escribiera algo para el suplemento dominical del diario en el que trabaja. De una u otra manera me dejé convencer, pero nunca estuve del todo a gusto con lo que escribí: que Gustavo era una persona que brillaba en todos lados, que llamaba la atención por donde quiera que pasaba, incluso la de aquellos que no sabían que era famoso. Era tan especial que se fue de este mundo de una manera nada común, nos tuvo a todos pendientes de él durante años, creando una expectativa digna de un rockstar, lo que sin duda era Gustavo Adrián Cerati Clark.
Incluso con todo lo que escribí sentía que faltaba decir algo más, y aún ahora no sé bien de qué se trata. Debe ser que no sabemos —que no sé— cómo hablar de la muerte, sólo me queda aceptar que es un tema que se me escapa de las manos.
Una semana antes había caminado por la colonia Roma, por Álvaro Obregón, y pasé por el Bar Cerati, un pequeño local en donde anunciaban pizzas y cerveza. Había fotos de Gustavo y sonaba una canción de Soda Stereo. Me dieron ganas de tomar una foto y mandársela a Maitena Aboitiz, a quien seguro le daría mucho gusto recibirla, pues, ella, que recopiló en un libro las entrevistas de Cerati, le gustaba atestiguar el cariño que México le tiene a esta figura del rock argentino.
No tomé la foto porque no había mucha luz y no le iba a hacer justicia al lugar. Ese establecimiento se incendió la madrugada de este lunes, debido a un corto circuito. El altar que le habían puesto al morir, escapó de la llamas.
¡Qué misterio tan grande la muerte!, y por lo tanto también la vida. Se nos fue un gran artista que todavía tenía mucho que darnos, más canciones, más conciertos. Eso es lo que nos imaginamos, pero ya no lo sabremos. El cliché dice que ahí tenemos la obra que dejó para disfrutarla y como todos los clichés tiene mucho de cierto.
¡Grande, Gustavo, te aplaudo siempre!

lunes, 15 de septiembre de 2014

EL GENIO QUE MURIÓ EN SILENCIO

                                                                                                                                    HISTERIA DE KAUIL
                                                                              SEMPER  SIMUL  SEMPER CARMINA, CATA

EL GENIO QUE MURIÓ EN SILENCIO
POR: JAVIER BARRERA LUGO


La honestidad personal es la energía que mueve las entrañas de un fantasma hastiado de vivir en tinieblas. En un sencillo cuarto de hotel en Nueva York, resguardado por la oscuridad a la que le ganó importantes batallas, aunque no la guerra, muere Nikola Tesla; un hombre delgado, elegante, mejillas hundidas, cabello peinado hacia atrás, bigote; uno de los científicos más grandes que han habitado el planeta en toda su historia. Tras de sí el silencio, la persecución de los poderosos, (Thomas Alva Edison, J.P. Morgan, el banquero, Marconi) una centena de inventos que le dieron a la cotidianidad la cara que nos muestra por estos días. Sin los descubrimientos de Tesla no tendríamos servicio de electricidad en nuestras casas, ni existiría el vergonzante chat en los celulares, no podríamos calentar el almuerzo en el microondas o tener una radiografía cuando nos “quebramos un piecito.”
El hombre nació en la ciudad Smiljan, Imperio Austrohúngaro, hoy perteneciente a Croacia, el 10 de junio de 1.856. Su padre fue un respetado sacerdote de la iglesia ortodoxa de Serbia con habilidades para construir objetos y una memoria prodigiosa con la que entretenía a sus feligreses recitando interminables poemas épicos serbios que aprendió de oído, ya que fue analfabeto. El pequeño Nikola vio desde siempre cómo aquel hombre de sotana sencilla y barba frondosa, tomaba recursos que para otros eran basura prodigada por la naturaleza y los convertía en elementos útiles para la comunidad. Aprendió también de aquel hombre estricto, que la última respuesta en cualquier cuestión no pasa de ser el anuncio de incontables preguntas por resolver.
Inició estudios de ingeniería eléctrica en la universidad de Graz; sólo permaneció dos años allí. Consideró que los claustros obligan a seguir reglas que sustentan sistemas de pensamiento que limitan a los creativos. Sin ceguera no hay aceptación, parece ser la consigna, un mandamiento contundente certificado con la obtención de un bonito pedazo de cartón que se cuelga en la pared y da la potestad de ser lo que se quiere. Para Tesla la autenticidad, la ciencia y sus secretos, estaban en los lugares abiertos, en los laboratorios sin presupuesto donde el conocimiento humano tiene impulso real: el hambre. Su memoria era fotográfica, así que literalmente, retenía con sólo mirar, cientos de artículos científicos y teorías de los físicos de todos los tiempos que luego analizaba y comprobaba con sus propias manos. Cada imagen que procesaba su cerebro, cada sensación al pensar, se convertían en haces de luz que desgarraban su campo visual. Esa fue su verdadera escuela; la facultad no pasó de ser un corral para mediocres del que escapó para bien de la humanidad. Años después se supo que era sinestésico, una condición neuronal que amarra los procesos sensoriales y los mezcla creando un torrente de impulsos, visiones, olores y hasta sabores cuando alguno de los sentidos cumple su tarea.
Se trasladó a París en 1.882 y trabajó durante dos años para la Continental Edison Company, como ingeniero de mejoras de los motores que llegaban desde Estados Unidos. En 1.894 llegó a Nueva York y con una carta de recomendación de su amigo y antiguo empleador, Charles Batchelor, solicitó trabajo a Thomas Edison en la Edison Machine Works. El texto de la misiva no pudo ser más elocuente y premonitorio: “conozco a dos grandes hombres, usted es uno de ellos; el otro es este joven.” El reputado inventor de la bombilla, el fonógrafo y mil patentes más, vio en Tesla una oportunidad única por sólo 18 dólares la hora. Su compañía era un reputado monstruo industrial que distribuía electricidad y motores a un país que se preparaba para ser el imperio más grande de la historia y necesitaba gente con espíritu visionario para mantener su posición.
Tras ganarse un lugar en la compañía, Edison le ofreció 50.000 dólares de premio a Tesla si lograba optimizar los ineficientes generadores que se fabricaban en la empresa. No sólo  mejoró su diseño; hizo más económica su producción. Ilusionado, Nikola reclamó el premio; Edison, esgrimiendo uno de sus acostumbrados actos canallas, le respondió: “Tesla, usted no entiende nuestro humor estadounidense.” Sin ningún atisbo de moralidad rompió su palabra. No le entregó ni un centavo por su trabajo. La ira del genio sobrepasó las necesidades que lo asfixiaban. Renunció. Quedó plantada la ofensa que daría inicio a la pelea de dos mentes superiores.
Las tripas se le pegaban al espinazo, estaba en quiebra. La dignidad le concedió una tregua y fue así como terminó cavando zanjas para la compañía de su nuevo enemigo, el señor “bombilla eléctrica.” Ironías de la pobreza. Necesitaba alimentarse para tener fuerzas, el cerebro activo, el ingenio al tope para seguir desarrollando una idea que revolucionaría la forma como se entendía la electricidad, su distribución a escala industrial y con costos racionales: el sistema polifásico de corriente alterna.
En una tregua de la tormenta creó su propia empresa, la Tesla Electric Light & Manufacturing, pero sus socios lo expulsaron,  meses después, aduciendo que su idea de desarrollar un motor de corriente alterna era inviable y peligrosa. Volvió a las calles con los bolsillos vacíos y el espíritu intacto; la revancha fue una fuerza en el corazón que no le permitió resignarse. En 1.887 desarrollo el primer motor de inducción cuyo principio de acción no estaba sujeto a la mecánica sino al electromagnetismo. George Westinghouse, un año después, al verlo presentar el prototipo de la bobina que llevaba su apellido, Tesla, lo invitó a trabajar en su empresa. Era el comienzo del desquite contra Edison. Demostró que la corriente alterna era el futuro de la generación de energía eléctrica y su nuevo patrono lo apoyó viendo las posibilidades económicas que esto traería para la industria que nacía. Edison tenía el monopolio de la distribución de este servicio a través de corriente continua, método que se apoyaba en una infraestructura robusta que aumentaba los costos transmisión. Al enterarse de los avances en la investigación de Nikola, se dedicó a generar mala publicidad hacia la corriente alterna diciendo que era peligrosa, cara, una excentricidad y hasta que era un producto de los delirios maniacos del físico europeo. No estaba dispuesto a perder con un “aparecido de la nada”, el dinero que su monopolio obtenía.
Fue tanto el resentimiento de Edison hacia su nuevo competidor, que  hizo electrocutar animales para demonizar el descubrimiento de Tesla. El más famoso de estos fue el elefante Topsy, a quien una cuadrilla pagada por el magnate, trasladó hasta Coney Island para achicharrarlo frente a una turba de angustiados testigos. Al armazón de metal donde fue encadenado el paquidermo, se le aplicaron 100.000 voltios de corriente alterna que, sin exagerar, lo derritieron. La campaña de difamación continuó con la invención de la silla eléctrica a cargo de Harold P. Brown, empleado de la Edison Machine Works, que “casualmente” también utilizaba el sistema de alimentación eléctrica patentada por Nikola.
Tesla no se quedó quieto. Comenzó a hacer demostraciones circenses del poder generado por la corriente  alterna y denunciaba la utilidad limitada del producto ofrecido por el iracundo Thomas. Se encerraba en una jaula de metal, activaba una bobina y de la nada aparecían majestuosos rayos de energía que el científico manipulaba con destreza sin sufrir daños en su integridad. El futuro del sector se decidía con actos extremos, la supervivencia comercial se alimentaba en la metáfora. “La guerra de las corrientes”, como fue conocida esta competencia, estaba en su apogeo. El hombre que se enfrentó a la naturaleza le ganaba la batalla a las tinieblas, las propiciadas por el ambiente y la codicia humana. Por desgracia, la dicha duraría poco.
Años después, cuando las ventajas de su creación eran inocultables y la guerra con Edison era ya cuestión saldada, desarrollo un sistema que permitía la emisión de ondas electromagnéticas a través de largas distancias. Dos años después de este descubrimiento que quedó registrado a su nombre, y copiando casi que al carbón esta patente, Guglielmo Marconi, anunció con bombos y platillos su reciente “invención”: la radio. Tras una batalla legal que duró casi cuatro décadas, los tribunales reconocieron a Tesla como inventor del sistema que el italiano proclamaba como suyo. Desafortunadamente en los libros de historia hasta ahora aparece la corrección a este error, que tiene el  trasfondo oscuro con el cual Nikola tuvo que luchar toda su vida. “No te metas con los poderosos. Segundo anuncio”, dijeron los sátrapas.
Con esta base teórico-práctica, el movimiento de las ondas a través de la atmósfera, Tesla descubrió que la energía eléctrica se podría trasmitir de la misma forma; ya no se necesitarían cables, postes, centrales de distribución. Con la ayuda de la ionósfera terrestre y unas cuantas torres intermedias, era posible llevar este preciado insumo a cualquier parte del planeta. Interesado por el proyecto J.P. Morgan, el banquero más importante del mundo en esa época, financió el proyecto Wardenclyffe. Se construyó una torre de investigación, se invirtieron cuantiosos recursos en desarrollo y Nikola se sumergió en el plan bandera de su vida, pero meses después la subvención fue retirada y el emprendimiento se detuvo. Cuando Tesla le preguntó a Morgan la razón de la decisión que tomó, este le respondió tajante: “no voy a sufragar un proyecto que brinde energía sin pago”. Y era lógico, las inversiones en minas de cobre, elemento fundamental del cableado eléctrico e infraestructura que tenía el banquero, se verían afectadas. Tesla descubrió como hacer gratuita la energía para todos, pero como no era conveniente para los dueños del mundo, para su avaricia, la idea se desechó. La oscuridad volvió a ser la constante. El interés de unos pocos aún nos perjudica a todos, al ambiente, a la honestidad de la civilización.
Los años pasaron, Tesla siguió desplegando su trabajo, pero una herida profunda ya había infectado la fuerza de su alma. Los académicos formales, las universidades donde desarrollaban su poder, su sacerdocio infernal, los financiadores de estas, la industria y la banca, continuaron la campaña de desprestigio contra el inventor. Lo tildaron de loco, criticaron sin piedad sus logros y no contentos con el ridículo al que lo sometieron, lo sancionaron con el olvido. Nubes de humo se comieron su recuerdo en vida. Nadie pelea con el dinero, nadie desnuda su falta de escrúpulos, nadie, por más brillante que sea, ataca al poderoso dólar, el estiércol del diablo, y sale limpio.
Horas después de su muerte el FBI irrumpió en su despacho y confiscó todo el material que encontraron. Los “perros” pagados por el estado sabían de la potencialidad de los estudios de Nikola y no iban a desaprovechar la oportunidad de sacar ventaja a los conocimientos de un hombre inteligente y por lo tanto peligroso. A Tesla se le reconoce la invención de la radio, del motor de corriente alterna, la bobina que lleva su apellido,  los principios teóricos de la televisión, las microondas, los rayos x, el radar, el control remoto, el rayo de la muerte que mutó hacia el proyecto HAARP (emprendimiento táctico de las fuerzas armadas de los Estados Unidos que consiste en un cadena de transmisores de radio y antenas que se utilizan para calentar la ionosfera y modificar el clima de una región para generar desastres a gran escala) y otras decenas de creaciones.
Colmillos de oscuridad cegaron las antorchas de un hombre que tuvo la capacidad de escuchar lo que los elementos de la naturaleza nos muestran en clave todos los días. No es el capital, el poder, la venganza o el honor lo que mueve el mundo; las mentes claras, su generosidad, son el verdadero corazón que sustenta la vida en un planeta diminuto cuyos gritos se escuchan claros en el universo. Nikola Tesla, el genio que murió en silencio, entendió que los dioses tienen formas particulares de contarnos que su grandeza está en las fuerzas que no podemos ver.


**Si esta columna le genera alguna inquietud puede escribirme al correo: baluja74@hotmail.com o dejarme un comentario en nuestro blog idiota Inútil.