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domingo, 19 de junio de 2016

AUTOBIOGRAFÍA EN CINCO CAPITULOS


AUTOBIOGRAFÍA EN CINCO CAPÍTULOS 

Nyoshul Khenpo 



Bajo por la calle. 
Hay un enorme hoyo en la acera.
Me caigo dentro, Estoy perdido... impotente. 
No es culpa mía. 
Me tardo una eternidad en salir de allí. 



Bajo por la misma calle. 
Hay un enorme hoyo en la acera. 
Hago como que no lo veo. 
Vuelvo a caer dentro. 
No puedo creer que esté en ese mismo lugar. 
Pero no es culpa mía. 
Todavía me tardo mucho tiempo en salir de allí.



Bajo por la misma calle. 
Hay un enorme hoyo en la acera. 
Veo que está allí. 
Igual caigo dentro... es un hábito. 
Tengo los ojos abiertos. 
Sé donde estoy. 
Es culpa mía. 
Salgo inmediatamente de allí. 



Bajo por la misma calle. 
Hay un enorme hoyo en la acera. 
Paso por el lado. 



Bajo por otra calle. 


Este hermoso cuento tibetano nos muestra como la reflexión puede traernos poco a poco la sabiduría al llegar a darnos cuenta de que caemos una y otra vez en pautas de conducta fijas y repetitivas, y empezamos a sentir el anhelo de librarnos de ellas, (de esquivar el hoyo en la acera). Naturalmente, podemos recaer una y otra vez, pero poco a poco podemos deshacernos de ellas y cambiar, (hasta bajar por otra calle).

domingo, 12 de junio de 2016

SEIS DE CORAZONES

SEIS DE CORAZONES

Por: Javier Barrera Lugo

Cuando buscó en el cielo la respuesta  que ningún mortal o artefacto del demonio pudo ofrendarle, de arriba llegaron lluvias y un naipe, un seis de corazones que según decía su abuela, experta en nigromancia, era un anuncio de repentinas olas de buena estrella: “Alguien te cuida si te sale invertido, derecho te anticipa viaje. Notifican los corazones la aparición de mujeres de naturaleza agua, sensibles, en extremo arriesgadas.”
 “Este seis de corazones lo dejó volar por accidente una pelirroja que no pudo enderezarle la chueca jeta a la suerte,” pensó. “Debe estar desnuda en alguno de estos edificios  apostándole sus restos a un tahúr malayo, a una anciana  que por costumbre les destroza las esperanzas de ganar a sus adversarios con una flor improbable cuando creen con todas sus fuerzas que por fin les llegó el día de cobrar, y un negro sin alma que blofea por obligación y no sabe mentir. Eso sí, la mira con deseo, mudo, perdiendo por necesidad y gozo. ¡Es una señal!” La convicción llenó de argumentos la interpretación de sus cábalas.
 “Piel blanca, miles de pecas en forma de corazones franceses pringando su piel carente de tintes, la impresión de ser estropeada por sus afables enemigos… Y todo eso mientras espera nuestro encuentro en su castillo de humo y montones de billetes arrugados”. La imagina así. Seis de corazones la nombró y la llamará cuando la vea, y ella en un acto cursi le cuente que lo esperó desde la primera noche del universo y será su seis de corazones de allí a la eternidad.
La penuria que tenía, el milagro que imploró a la masa de agua que colgaba del firmamento antes de la aparición del corazones repetido seis veces se le volvió un olvido más. “Seis de corazones, ¿dónde encontrarte? ¿En qué lugar de los sueños te esconden los amos de mis suplicios?” Seis de corazones rojos con su rojo cabello y sus rojas marcas se le volvió la nueva pesadilla, la nueva dádiva para implorarle a un cielo atestado de sordera y sádicas deidades.
Una puerta se abre. Magia, a eso huele el ambiente. Sale seis de corazones, lo observa, espera una palabra, al menos un guiño… El mendicante habitual, pusilánime, calla y la deja ir. Seis de corazones no mueve sus labios que apretados forman un corazón lleno de pequeños pliegues; no tiene que hacerlo, nada se da al que todo lo quiere regalado, nada llega  a las manos sin ampollas, nada se materializa sin sudor; esa es la lección que le escupirá su falta de espíritu al pordiosero.
Seis de corazones se evapora, dobla la esquina y deja de existir. Todo se va  al carajo… El suplicante grita desesperado, “los medrosos nada cosechamos,” y se tira al piso a llorar. Una anciana acompañada por un negro grande con movimientos de perro famélico y un viejo de ojos orientaloides y refinados modales, le lanza uno de los cientos de billetes arrugados que carga en su cartera y le dice: “Seis de corazones, es en el fondo una reina de espadas que nunca ganará en el póker. Dichoso tú que jamás te atreverás a nada, estúpido comodín, corazón roto, bueno para nada…Tómate un café y desaparece.

martes, 31 de mayo de 2016

ANTECEDENTES

ANTECEDENTES
Por: vilaregut matavacas


Un rayo de luz, entre tantos como atravesaban el aire y la atmósfera, dio en un pedazo de metal redondo medio oculto entre el polvo de la calle. Santiago vio el destello. Caminó unos pasos sobre los diminutos granos de arena que apenas se mantenían unos instantes en el mismo lugar y se agachó. Sus dedos redondos y tostados como el café rodearon el pedazo de metal, lo levantaron del suelo, jugaron con él dándole vueltas y lo guardaron en su bolsillo. En el aire, ante sus ojos, apareció un trompo de colores transparente. Santiago casi pudo notar como el mecate blanco de algodón se enredaba en su dedo índice. Había estado ahorrando para comprar un trompo durante las últimas semanas y ahora la luz del sol le regalaba el último peso que le faltaba. Sonrió y siguió caminando entre el polvo de las calles de su pueblo.
El sol calentaba el negro alquitrán del asfalto y éste abrasaba el aire que sorprendido culebreaba por encima de las calles de la ciudad. Ronald miraba el espejismo en el horizonte que dibujaba el final de la cuesta por dónde subía al taxi que le llevaba al aeropuerto. En ese aire intrépido que se hacía visible ante sus ojos por el calor, Ronald se vio rodeado de gentes de tez morena que le agradecían su esfuerzo y dedicación, su altruismo para con ellos, los pobres desheredados de la tierra, que ahorita, y gracias a él tendrían un pozo de agua en su comunidad. Casi pudo sentir sobre su piel las sonrisas blancas, por el contraste de las pieles, de los más pequeños del lugar. Sonrió y siguió cómodamente sentado en el taxi que le llevaba al aeropuerto a través de las calles de la gran urbe.
El cursor, una rayita negra y vertical, parpadeaba sobre el fondo blanco electrónico de la pantalla. La luz como azulada del monitor iluminaba el rostro de Jamileth. Ya no quedaba nadie en la oficina, solamente el celador escuchando la radio en la pequeña recepción de la casa que servía de sede a la pequeña organización no gubernamental. El lugar dónde Jamileth laboraba y de donde recibía un poco de dólares para sobrevivir con su chigüín de cinco años. Acababa de leer el correo electrónico que confirmaba la hora de llegada del vuelo que traía al técnico cooperante de la contraparte de su organización en el norte. El nombre de Ronald había aparecido al final del texto, en el centro de la pantalla, firmando el mensaje. El nombre de alguien de quien tenía que inventar el rostro pues no conocía nada de él. Las únicas pistas que tenía eran sus mensajes escritos con un lenguaje que no escapaba del marco lógico que la relación requería. Jamileth estaba cansada, llevaba muchas horas frente la computadora. Le ardían los ojos. En ese ardor apareció su imagen, se miraba un poco mayor. Junto a ella un hombre le tenía la mano. Estaban sentados, elegantemente vestidos, la marcha triunfal del avance de los egipcios sobre los etíopes de la ópera Aida de Verdi amenizaba el momento. Era la promoción de su hijo. El protector de pantalla oscureció su rostro y la sacó del ensimismamiento. Movió el ratón y la luz de la computadora iluminó tenuemente la sala de nuevo. Jamileth apagó la computadora. Recogió sus cosas. Enllavó el cuartito dónde ella trabajaba y salió a la recepción. Dijo un “que pase buenas noches don Apolinar” y salió. Llegó dónde su mamá para recoger a su hijo y juntos platicando sobre sus cotidianidades se fueron a su casa. Allí nadie les esperaba.
Santiago caminaba con un gran balde de agua sobre la cabeza. Con el antebrazo en posición horizontal y la mano izquierda a la altura de la cabeza se ayudaba a mantener el equilibrio sujetando el fondo del recipiente. Con la mano derecha sujetaba la parte superior del balde. Recordaba el día que habían inaugurado el pozo. A partir de ese día sólo tuvo que caminar unos cien metros para halar agua. Recordaba también los meses que anduvo un extranjero por el pueblo revisando la construcción del pozo. Parecía que se llamaba Ronald pero todos le llamaban “gringo”. Se le veía ir de aquí para allá quemado por el sol y brillante y resbaloso por el sudor.
Ronald estaba elegantemente vestido en una lujosa sala de conferencias. Ante él un grupo de personas miraba las fotografías que mostraban los trabajos de construcción de unos pozos en algún país desconocido y la sonrisa de algún que otro chaval o chavala acarreando agua en un balde sobre su cabeza. Había estado apenas unos tres meses en ese país y ahorita estaba presentando a su audiencia una conferencia sobre el trabajo realizado y los principales problemas que achacan al país y la forma de solucionarlos. Durante su estancia había hablado largamente con Jamileth. Él le había regalado palabras como objetivos general y específicos, indicadores, actividades, evaluación, ciclo del proyecto, efectividad… Ella le había hablado de su hijo, de sus veinticinco años, de su trabajo. El parecía haberla escuchado, pero ahora lo que ella le dijo no impregnaba su discurso. Al igual que cuando hablaba con ella un “yo” iniciaba sus frases y poco de lo que no era de su mundo particular entraba en sus ideas.
Jamileth había llegado al aeropuerto para recibirle y prácticamente no se había separado de él en los tres meses que duró la visita de Ronald. Para cumplir con su trabajo había descuidado un poco su vida particular, la íntima. Procuró siempre tener listo lo que él demandaba en lo referente al proyecto y organizó el tiempo libre del extranjero de manera que éste se fuera completamente satisfecho del país. Le llevaron a conocer los lugares más bellos. Parajes que muchos de los habitantes de la zona jamás habían visitado y que con poca probabilidad visitarían. Pasear y hacer turismo es un lujo que no se podían permitir. Un quehacer que no formaba parte de su cultura. Tal vez un legado más de la situación actual del mundo. Una herencia más de la historia que vivieron sus antepasados y de la situación de dominio sobre sus tierras que tuvieron los antepasados de los extranjeros de occidente. Jamileth había heredado un contexto que no le dificultaba viajar. A Ronald le habían legado unas circunstancias que le facilitaban viajar. Tal vez los dos viajaban pero no del mismo modo, el viaje de Jamileth era otro, al igual que su mundo. Las oportunidades siguen sin ser las mismas para todos.
Cuando terminaron de construirse los pozos Ronald ocupo su tiempo en la identificación y redacción de otro proyecto. Jamileth le siguió atendiendo y conoció un poco más de su prepotencia y de ese aire de superioridad que exhalaba el extranjero. Otro proyecto significaba continuidad en su trabajo. Jamileth sabía que dependía de la ayuda externa para subsistir y que la injusticia que sufría la mayoría de la población de su país era la razón de su fuente de vida. Ronald, aunque estaba en una situación similar, no era tan consciente de ése hecho. Le faltaban todavía bastantes viajes para descubrirlo y sentir cierto desasosiego e incluso cierto ridículo existencial ante quienes se había mostrado prepotente y ante él mismo.
Santiago no pudo comprar el trompo que había soñado. Un día llego a su comunidad un gobernante de los grandes. Un señor elegantemente vestido, con un bigote ridículo pero que él debía de considerar que le daba cierta dignidad. Llegó en un medio de transporte distinguido, un carro caro o tal vez en helicóptero. Saludó a varias personas del pueblo, a algunos de los más pobres también. Habló lo que alguien calificó como un gran discurso. Muchos no entendieron el porqué de tanta palabra vacía. Pero así hablaban los políticos. Terminó pidiendo reales al pueblo porqué resultaba que sin saberlo el pueblo y el país entero tenían una deuda. Otra herencia del pasado y de una historia mal contada. Santiago se sintió conmovido y hasta sintió lástima por ese señor tan elegante y tan desdichado. En verdad también se sintió algo obligado a contribuir con la patria. Así que entregó sus pocos pesos, los que tenía destinados al trompo. Todos menos uno, el que le regaló el sol. Un poco en el fondo de si mismo sintió como que le robaban. El gobernante refinado recogió bastante y fue a pagar la deuda a otro gobernante de otro país. Con esa plata el otro país hizo grandes inversiones pues era bastante dinero. Con lo que le sobró el gobierno fue caritativo y entregó esas migajas a grupos de personas, todas ellas profesionales, que trabajaban en organizaciones que elaboraban y ejecutaban proyectos. Alguien podría decir que proyectos de desarrollo pero ese término es demasiado específico y puede llevar a conclusiones erróneas.
Jamileth encendió su computadora. Como cada mañana revisó el correo electrónico. Habían pasado varios años desde la primera visita de Ronald. En la bandeja de entrada había un mensaje de él. El gobierno de su país había destinado una aportación económica a su organización. El financiamiento para el proyecto de letrinas estaba garantizado. Ya llevaban varios proyectos juntos y aunque cada vez era más difícil conseguir plata esta vez habían tenido suerte. Ronald viajaría en los próximos meses y volvería a encontrarse con Jamileth. A lo largo de los años se podría decir que se habían hecho amigos, aunque seguían en realidades distintas. Ronald seguía hablando de sí mismo y escuchando poco a Jamileth. Aunque algún cambio poco perceptible se había producido en el extranjero. El calor volvería a calentar el asfalto y el aire intrépido se volvería otra vez visible ante los ojos de Ronald cuando fuera cómodamente sentado en el taxi que le llevaría al aeropuerto. En esta ocasión ningún espejismo o sueño se le apareció entre el aire serpenteante.
Ronald continuaba ajeno al mundo. Seguía con su necesidad de ayudar a los pobres a los desamparados. Aunque había viajado ya bastante todavía no había descubierto la injusticia. Sentía y pensaba la pobreza como una desgracia, casi como algo inherente a la sociedad y contra la que se luchaba con trabajo y esfuerzo. Nunca habló de injusticia en sus conferencias o charlas ni se reveló para pedirla y exigir dignidad. Facilito el acceso al agua de muchas personas e hizo que sus vidas fueran un poco más cómodas. Hubo bastantes niños que murieron de cólera y muchas madres que lloraron porqué perdieron a sus hijos.
Jamileth seguía sin compañero, había tenido uno pero le salió miedoso y se fue. Le dejó otro hijo. El hijo mayor se aplazó y no había salido de promoción. En la pantalla del ordenador y cuando los ojos le ardían Jamileth todavía podía ver la graduación de su hijo. El muchacho casi nunca estaba en casa. Únicamente llegaba a pedir comida y reales. Jamileth había procurado educarle correctamente. Le había llevado a marchas a favor de la justicia y de la dignidad. Había pintado con él mantas sobre los derechos de los niños y las niñas. Había participado con los jóvenes y adolescentes del barrio en talleres y capacitaciones sobre salud sexual y reproductiva. Había diseñado y pintado con ellos murales reivindicativos en los muros de la ciudad. Ahora su hijo andaba vagando fuera de su control. Jamileth sentía que se le perdía su primer hijo. Ella nada podía hacer. Su hijo tomaba ya sus propias decisiones. Jamileth se convenció de que en cualquier forma de vida que uno elija, uno puede ser feliz. No negó la posibilidad de que su hijo fuera feliz aunque por el momento no se cumpliera lo que ella había imaginado para él. Sufría pero esperaba que su hijo fuera feliz. Aprendió a despojar de todo perjuicio el concepto de felicidad. Cada uno escoge… pensaba y debe de tratar de ser feliz en su elección.

El pequeño Santiago aunque, un poco mayor, seguía notando el mecate blanco de algodón en su dedo índice y seguía soñando con un trompo de colores. Se sentía capaz de hacerlo girar y con él hacer girar el rumbo del mundo.