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domingo, 1 de marzo de 2015

SE VENDE VESTIDO DE NOVIA

SE VENDE VESTIDO DE NOVIA


CLAUDIA ARROYAVE (1983). Nació en Santa Rosa de Osos. Estudió periodismo en la Universidad de Antioquia, e hizo un curso de narrativa en Colima, México. Vivió durante dos años en Santo Domingo, Antioquia, enseñando literatura. De esa estancia nació su segundo libro, El pueblo de las tres efes. Actualmente reside en Bogotá.

Tres días antes de la boda de Raquel, en el momento mismo en que su hermana Libia le hacía los últimos ajustes al vestido de novia, llegaron con la noticia. Encerradas en el cuarto de costura, lo primero que oyeron fue el grito de doña Noelia, cotidiano aullido que, por tan habitual en ella, no sacó de su concentración a prometida y modista. “Quién sabe qué se le cayó a mi mamá”, dijo Libia, “De seguro se machacó con algo”, especuló Raquel, y a volver a lo propio que para mimar a la doña estaban Arturo y Gladis, los otros hijos. Pero no tardó el reloj en marcar cinco minutos cuando don Ramón Hincapié, padre del novio, se apareció en la habitación con cara de martirio, ojos de toro, boca de perro de pelea, y entre ahogos, lágrimas y mocos detuvo la pasada de la aguja por las enaguas esponjosas: “Quítate ese vestido, Raquel bendita. Ya no te vas a poder casar”. Y en el acto cayó hincado a los pies de la ahora viuda, en un dolor intenso del tamaño de una gastritis. Espectadora número uno de la escena, doña Noelia lloraba a cántaros y gritando cual si la torturaran esperaba la reacción de la envuelta en el vestido blanco: “Qué pasó, don Ramón, a ver, explíqueme, cómo que no me puedo casar, por qué lloran, qué pasó, por el amor de Dios”. Y no pudo evitar que su cuerpo se desplomara cuando el primer hincado habló por segunda vez: “Mataron a Ignacio, mijito, me mataron al hijo, me lo mataron”. Y en los segundos gastados mientras Raquel reacciona, sépase que Ignacio era un jovencito muy querido, adorado en el pueblo porque sonreía siempre aunque no hubiera por qué. En la casa de la novia lo querían tanto que los dejaban conversar en la sala hasta las once de la noche, y había tardes en que, tan comedido él, acompañaba a las cuatro costureras en las largas sesiones de pulida y planchada. A través de los tres espejos dispuestos estratégicamente en el cuarto, Ignacio miraba a Raquel y le quitaba la ropa con un suspiro, y ella agachaba la cabeza desapareciendo en la mente a su mamá y a sus hermanas y desnudándose en medio de la lana regada y los retazos de uniformes del Liceo y de la Normal.  La menor de todas, la más bonita, la más callada y la más boba de las hijas de la modista había conquistado al hijo de don Ramón, y con siete meses de noviazgo se había echado al bolsillo al hombre más comedido, trabajador, ordenado, respetuoso, sencillo y noble que el pueblo haya conocido. El matrimonio había tenido que aplazarse dos semanas porque al padre Mario le había dado una diarrea espantosa, si no los novios ya estarían de mucha argolla en el dedo. Don Ramón se fue y tuvo que pasar un día con todas sus horas para que Raquel comprendiera que ya no iba a usar el vestido de novia que le había hecho Libia y que ella misma tuvo que quitarle porque de dolor su hermana no se podía mover. Tuvieron que pasar dos días con todos sus minutos para aceptar que Ignacio había muerto a cuchilladas en la puerta de la carnicería de su papá. Tuvieron que pasar completos los tres días con todos sus segundos, con el velorio, el entierro y el llanto de todo el pueblo, para que la soltera enviudada se levantara del golpe y decidiera ir personalmente al comando de policía, dizque a perdonar al asesino. “¿Al comando, Raquel? ¿Qué vas a ir a hacer allá, Dios mío?”. Pero no hubo madre que lo prohibiera, suegro que la detuviera o hermanos que la convencieran. “Voy a perdonar al hombre, ¿no entienden eso tan sencillo?”, dijo. Pero nadie supo cómo llegó al comando. “Déjeme entrar, comandante, yo necesito ver a ese hombre”. Y él que no. “Se lo suplico, comandante, hágame el bien”. Y él que no. “Compadézcase de mí, comandante”. Y él que no. “Necesito saber quién me mató a Ignacio, comandante”. Y él que no. “Póngase en mi caso, comandante”. Y él que no. Y ella llore y suplique. Y él que va sintiendo el corazón achatarse. “Mire que…” Y él que “mmm”. Y ella que suplique y llore. Y él que “está bien, pero que la acompañe el agente”. El calabozo era un hueco negro y húmedo que olía a desgracia. Para llegar hasta allá, Raquel caminó dieciocho metros y diecinueve miedos —el mismo número de sus años—, transitando una especie de laberinto fantasmal apenas comparable con su propia cabeza. En una mano llevaba el corazón que le latía enloquecido, y en la otra ese cálmate, mujer que tanto se repetía y que se quedó pegado a la reja cuando por fin llegó. Ni una palabra y el asesino al fondo. “Párese, desgraciado, y venga que la señorita le tiene que decir una cosa”, palabras pronunciadas afuera por el agente aquel, mientras adentro, que no se veía más que una luz ahogada, un carraspeo de garganta fue la primera señal. Y Raquel inmóvil en la reja, quien la viera diría imperturbable, pero no, eso no, después de tres días no era más que calvario, truenos, ganas de vomitar… Pero sacó fuerzas de su desgastada reserva y entonces habló. “Venga, señor. ¿Puede acercarse?”. En menos de tres segundos, la figura del asesino: cubierta su cabeza con un poncho mugroso, camisa apenas cerrada en un botón, barriga, barba, arrugas, manos en los bolsillos, ojos brillantes y huidizos que sin oponerse chocaban con la línea de luz que entraba por una ventana condenada. Ni una pizca de arrepentimiento en su rostro. —Que Dios lo perdone —dijo Raquel al tenerlo frente a frente. —Yo no quiero que nadie me perdone. A mí que me devuelvan mis vacas —respondió el hombre con los ojos ahora menos brillantes pero de golpe fijos. —¿Vacas? Pe… pe… pero… ¿cómo? ¿Usted me acaba de matar a Ignacio y sigue pensando en vacas? —A mí me robaron mis vacas y me las mataron. —Pero eso no era culpa de Ignacio, bendito sea Dios. ¿Es que usted no tiene corazón? Véame a mí, véame a mí. Usted me mató el marido. Yo me estaría casando hoy. Y véame a mí, por el amor de Dios. ¿Son más importantes unas vacas que una persona? ¿Ah? ¿Son más importantes? A ver, dígame, dígame… Y ese cálmate, mujer que traía Raquel en una mano se deslizó por la reja, fue a parar al piso del calabozo y se escurrió por cuanta grieta encontró en el laberinto y se fue yendo y se fue yendo hasta caer a un pozo invisible y desaparecer. El agente no vio la metáfora, pero sí el desaliento de Raquel, el no puedo creer lo que oigo, el si no me tienen me desmayo. Entonces la tomó por el brazo y “deje esto así, señorita”, le dijo. Pero ella, que sólo había ido a pedirle al hombre que le hiciera el favor de matarla, se aferró de nuevo a la reja y le dijo al agente que el asunto no había terminado, y volvió sobre el asesino esa voz llanto, laguna, interrogante, odio. —A ver, responda, ¿son más importantes esas vacas que este dolor? Usted que va a entender eso, por Dios, esas son cosas que usted no entiende. ¿O sí? A ver, dígame por qué lo mató. —Porque me robaron mis vacas y me las mataron. —¿Y ya? ¿Tan sencillo? Porque le robaron unas vacas. Válgame Dios. —Eso pa’ usted no es nada, porque no eran sus vacas. Yo las levanté, yo las cuidé más que a mi mujer. Yo ni comí cuando se enfermó mi Victoria, la más alentada. Yo levanté esas vacas, yo solo. Estas manos las ordeñaron, abonaron la tierra pa’ que se pusieran más robustas. Y me las robaron, de un día pa’ otro yo ya no tenía mis vacas, ni con que comprar otras. ¿Sí ve? Me las robaron. —Y eso le da derecho a matar a alguien, ¿ah? —Yo no iba a matar a nadie. Yo dije: que aparezcan mis vacas, pero no aparecieron. Y después me dijeron que don Ramón las compró. Se las compró al que me las robó. ¿Sí ve? Ese señor compra reses robadas porque valen más poquito, y después se las vende a la gente como si nada. Allá llevaron a mi Victoria, a la Tota, a la Bizcocha, mis tres vaquitas. —Usted está loco, loco. ¡Por Dios! ¿Entonces si yo le robo esa camisa usted me mata? ¿Si le robo esa camisa me mata? —A mí que me roben lo que quieran, ya está. Ya no tengo mis vacas ni con que comprar otras. Y dicho esto Raquel dejó venir un llanto de esos inevitables que provocan las cebollas o los dedos recién machucados. Luego, con la mano que ya no tenía la calma agarró de la camisa al hombre que, ¡desgraciado! la seguía mirando a los ojos. El agente, a su derecha, le pidió compostura, la cogió del brazo y trató de separarla de la reja, pero ya la pobre no podía retroceder. Ignoraba Raquel a dónde se estaba yendo su cordura, quizá a las mismas grietas recorridas por su calma. En su cabeza la sangre empezó a revolverse y a hacerse más líquido, más antojo, y en un despiste del agente, la niña viuda sacó el cuchillo de entre sus faldas y con una fuerza demencial atravesó el estómago del enrejado. Los ojos del policía se hicieron dos globos de navidad encendidos y membrudos y, como en cámara lenta, vio caer los dos cuerpos al mismo tiempo, uno a cada lado de los barrotes: de éste, la asesina sin soltar la mano del mango que como perchero salía del estómago; y de aquel, el asesino desmayándose así: mórbido, lóbrego, dramático, esquelético, anómalo, camino del sarcófago. Así mató Raquel a quien mató a Ignacio. Y después, con el cuchillo en la mano sin calma, dejó el cuerpo tendido al otro lado de la reja, en tanto el agente llamaba a gritos al comandante, que no apareció en escena porque ni estando en el lugar del crimen los policías llegan a tiempo. Entonces deshizo los dieciocho metros y treinta y seis miedos de aquel laberinto ahora encandilado que la conducía a quién sabe dónde, ya no con ese cálmate, mujer en una mano, sino con el filoso cuchillo que su por poco esposo le había prestado a doña Noelia para arreglar las carnes de la cena de bodas, y que ella llevaba escondido para pedirle antes al ahora muerto que la matase. No hubo quien la atajara porque al pasar frente a los agentes de guardia, la que caminaba era una figura de ultratumba, un Satanás cargando su tenedor, una estampa de esas del desfile de mitos y leyendas, así, tenebrista como una mujer de Caravaggio. La cómo sonámbula era todo menos la niña Raquel, la hija de la modista, la nuera de don Ramón, la vecina del comando, tan seria ella, tan hacendosa, tan sin pecado. Afuera de la casa Libia tomaba el sol y terminaba de cambiarle una cremallera al pantalón de su hermanito Arturo, cuando vio venir a Raquel caminando. Se rascó los ojos y parpadeó con prisa cinco veces. ¡Unos segundos antes la había dejado dormida en el sillón de la sala! Pero lo cierto era que su hermana había salido con sigilo, y ahora no estaba caminando, no, venía levitando, flotando, espantando; con el vientre manchado de sangre, un cuchillo empuñado en la mano derecha y el cabello cubriendo parte de un rostro amarillo, color de ciruela podrida. Y del asombro, la otra ni pudo levantarse de la acera. Se tapó la boca con las manos, siguió con la mirada el pique de las gotas rojas contra el adoquinado y acompañó el cuchillo en su caída vertiginosa contra el pavimento. Vio en la esquina a tres policías atolondrados mirando a su hermana desaparecer a cada paso. Imaginó en la velocidad de un sueño los hechos que acaban de narrarse, y al cerrar la boca se mordió la lengua. Raquel imitó la acción del arma y buscó el piso como hacen las hojas de los guayacanes. Libia se clavó sin culpa la aguja en un dedo, tiró el pantalón y corrió a confundir la sangre de su mano con la del asesino asesinado que cubría íntegra la mano de Raquel. Viendo que de las puertas vecinas iban saliendo ojos inquisidores, la arrastró hasta la casa. Su mamá y sus hermanos, Arturo y Gladis, habían ido a visitar a don Ramón, así que Libia llegó sola al fondo del corredor, arrastrando como carretilla a su hermana moribunda. Iba a descargarla sobre el sillón de la sala cuando una presencia blanca le cambió la expresión del rostro. Extendido perfectamente sobre el sillón, con una cabeza de muñeca saliéndole por el cuello, Raquel había puesto sobre su traje de ángel una hoja que con caligrafía perfecta y en tinta negra decía: “Se vende vestido de novia”.




De Mientras Dios descansa, Fondo Editorial Universidad Eafit - Alcaldía de Medellín, 2007.

lunes, 16 de febrero de 2015

QUIEN TIENE LA PIEDRA






QUIÉN TIENE LA PIEDRA



Por: GIOVANNI E. ALMANZA
                                              
SINOPSIS: Un deportista encuentra una piedra en el zapato, a partir de ese detalle desarrolla  una serie de vivencias personales con la piedra.

(Entra un hombre joven con traje deportivo, se muestra muy cansado, ubica el único elemento disponible en el escenario que es una silla; el tema musical de fondo es música para aeróbicos. El personaje entra cojeando, toma asiento, se quita un zapato y de su interior extrae una piedra.)

DEPORTISTA: (Tomando la piedra y observándola muy detalladamente.) ¡Que belleza!, ¡Que belleza! He aquí la piedra en el zapato, ya me estaba haciendo hueco en el píe, la media me quedó toda untada de sangre, estoy aterrado de la inseguridad que hay con tanta piedra suelta, ya uno no puede salir ni a trotar porque siempre hay una piedra en el camino, yo ya he gastado muchos zapatos por culpa de las piedras y a mí nadie me responde por eso. Yo pienso que se deberían recoger todas las piedras y colocarlas en un museo o que se la pasen a un coleccionista de curiosidades, claro está que la piedra por el simple hecho de darse silvestre pierde absolutamente la connotación de curiosidad, exento aquellas que presentan formas raras. (Se quita la media delicadamente para no lastimarse.) Tremenda ampolla que se me hizo, casi no puedo caminar, no entiendo la razón de poner piedras, antes por el contrario deberían quitarlas; pero no, nadie se toma el trabajito de hacerlo y menos si no hay remuneración. Debería haber como una conciencia ciudadana, con cierto toque de sentido de pertenencia que diga: “No bote basura y adopte una piedra” siempre debe haber una piedra acompañándolo a uno, por ejemplo aunque parezca algo extraño yo, y ese mineral tenemos muchas cosas en común. Mi nombre es Pedro que quiere decir piedra, y eso es algo que está implícito en las sagradas escrituras, mi primer apellido es Pedraza, etimológicamente viene de una raíz de piedra que en el sentido semántico quiere decir: piedra grande, mi segundo apellido es Pedradita que quiere decir dentro del contexto mismo de la  semántica: Lanzar al vacío una piedra de tamaño pequeño, pero tengo un tercer apellido: Pedrea, cuyo significado es, combate a piedra. Luego mi nombre completo  es: Pedro, Pedraza, Pedradita, Pedrea. Cuando alguien me molesta mucho, me saca la piedra, en algunas manifestaciones tiran piedra, cuando alguien es bien solapado se suele decir: ahí está pintado, tirando la piedra y escondiendo la mano, cuando un ser humano es bien frío se le dice que tiene el corazón como una piedra. Los árbitros de futbol sacan la tarjeta amarilla, la tarjeta roja y a los hinchas la piedra. La piedra no solo sirve para causar daño, también sirve para construir casas, edificios, teatros, centros comerciales, estadios de futbol, coliseos, etc., etc. La piedra sirve también como arma y como un medio de defensa. En la antigüedad se utilizaba las catapultas para lanzar piedras enormes a las guarniciones enemigas, es muy frecuente escuchar la frase: “Tropecé con una piedra”, hasta Julio Iglesias cantaba… (Canta el estribillo.) ¡Tropecé de nuevo y con la misma piedra!, Otras expresiones que resultan muy familiares son: Por culpa de esa piedra me caí, pásame la piedra, se me enterró una piedra, vino una piedra perdida y me dio en la frente, tremendo chichón que se me hizo. Alguien en algún lugar del mundo por una u otra razón siempre tiene una piedra. Por ejemplo en el estómago se presentan con cierta frecuencia los cálculos que no es otra cosa que la acumulación o concreción anormal que se forma en diferentes partes del cuerpo y principalmente en la vejiga, en la bilis, en los riñones, llamado como el mal de piedra. Ojo, no debemos confundir el cálculo que se forma en las partes del cuerpo anteriormente señaladas, con los cálculos de las matemáticas. Tenemos que investigar a profundidad sobre la piedra angular, piedra filosofal y la piedra pómez muy buena para los callos de los pies. Dentro de nuestra vasta geografía también tenemos unas piedras muy famosas: las piedras de Tunja que no quedan en Tunja sino en Facatativá. Si nos remontamos a la prehistoria, veremos que existió la edad de piedra; pero esa edad la podemos apreciar hoy en día, y está más o menos entre los 60 y 80 años, si ustedes no me creen, no es sino que le lleven la contraria a una persona de la tercera edad, bueno realmente deben perdonar mi atrevimiento porque sé que hay mujeres de 60 años que están en la flor de la vida, ejemplo de ello es la actriz Amparo Grisales, no hablo de los hombres porque a nosotros sí que nos patean los años y las piedras por doquier, por eso será que sufrimos un deterioro físico y mental más acelerado; afortunadamente me hace falta mucho para llegar allá. Una vez estaba yo haciendo fila o cola en un banco, cuando llegó una buena señora y se me coló. La señora no estaba tan madura, tendría por ahí unos 62 años; bueno para ser más exacto 59. Uno menos que Amparo Grisales. (Ríe.) Yo le dije muy formalmente sin el más mínimo ánimo de ofensa: Con todo el honorabilísimo respeto que usted gentil dama se merece fuera tan amable, tan gentil, de tener la delicadeza de hacer cola. Esta adorable dama no sacó el cobre sino la piedra que llevaba en la cartera y me dijo… Yo soy mayor que usted y nadie me viene a decir lo que tengo que hacer, por tal motivo mocoso impertinente, al ser mayor en edad, dignidad y gobierno le ordeno que cierre la boca antes de que se le llene de  piedras, digo de moscas; porque eso si le digo una cosa o usted se calla o lo denuncio por violentar los derechos de una mujer mayor. Yo aturdido por las miradas inquisidoras de la gente opté por decirle: No, no hay problema mi señora al fin y al cabo usted tiene toda la razón yo estoy muy joven en cambio usted ya está pisando el umbral del ocaso, se voltea esta señora y me dice a grito pelado; usted lo que quiere es volarme la piedra, mejor dicho ya me la voló, ¿quién le dijo al caballero que una mujer a los 30 años ya está en el ocaso de la vida? ¡Hable ahora o calle para siempre! ¿O es que acaso el germen de la ignorancia no lo deja refutar? Porque no hay cosa que más me moleste que la dejen a una con la palabra en la boca. Si, le contesté, yo ya me estaba acalorando también; pero ante todo la serenidad y la educación. Yo le refuto cuando quiera. Mi señora esta conversación está un tanto subida de voltaje; pero yo no me refiero a la dama de 30 sino a usted. No sé qué aconteció después porque esta señora tuvo un ataque de cólera, metió la piedra dentro del bolso y con ello sufrí la peor agresión de mi vida. Como ven la gente pierde los modales y la educación, dejándose llevar por el instinto de la bestialidad que también va ligada a la salida de la piedra.
Ayer, cuando venía para acá una piedra filuda pinchó uno de los neumáticos de mi auto, hizo ¡plop!  (Realiza un estruendoso ruido con la boca.) Inicialmente sentí gran aturdimiento, pero después fui controlando la situación, me senté sobre una piedra y cambie la llanta, luego pateé con furia varias piedras apartándolas del camino. Por lo  general suele decirse que el tráfico en la capital es un completo caos; pero como es que no nos damos cuenta de dos factores: Uno, los huecos, dos, las piedras. Las piedras no sólo están en nuestro medio terrestre, también están allí. (Señala hacia arriba.) Hay algunas piedras que vienen del espacio llamadas meteoritos. En Rusia hace poco se estrelló uno que venía a gran velocidad; ¿ustedes se pueden imaginar donde una persona vaya tranquilamente caminando y de pronto le caiga un meteorito en la cabeza?, seguramente ese desafortunado sujeto vaya a decir: “¡Uy! Como que me escalabre con algo, la persona debe quedar totalmente ida. Para explicar el fenómeno físico de la ondulación, no es sino que lancemos una piedra a un lago, a una laguna donde vemos que el agua está muy tranquila, en el más absoluto reposo; veremos cómo esporádicamente se van presentando una serie de ondulaciones que se expanden hasta volver a quedar en reposo. No voy ahora a ponerme a dar explicaciones partiendo de complicadas fórmulas que posiblemente no vayamos a entender, para estudiar un fenómeno físico real, debemos partir desde la observación y no desde la teoría. La piedra ha sido un elemento mineral que igualmente ha servido de base a grandes descubrimientos científicos.   Dios en su sempiterna sabiduría nos envió la piedra para que la humanidad realizara una serie de investigaciones e hiciera el mejor uso de ella, desafortunadamente no hemos sido muy consecuentes con el mandato divino. Por eso es que yo recalco sobre el uso más aconsejable que se le debe dar a la piedra… Hagan esculturas y vendan, así mataríamos dos pájaros de un tiro, por un lado evitaríamos tropezar con una piedra y por el otro solucionaríamos uno de los problemas capitales: “El desempleo” Pero eso si yo siempre le digo a la gente que sea muy discreta, prudencia ante todo, prudencia, y que no vaya a caer esta propuesta en manos de los Nule; porque eso sí sería para agarrarlos a piedra, dejarían a la ciudad sin una gota de piedra. Con tanta piedra por ahí subutilizada mejoraríamos el aspecto de la ciudad, construiríamos puentes, casas, bibliotecas, barrios enteros. Acordémonos señores de la serie de televisión los Pica piedra, que todo era a base de piedra. La semana pasada una piedra perdida lanzada desde un punto determinado de la calle, rompió un vidrio de mi casa sin daños físicos para ningún miembro de mi familia afortunadamente. Ahora con el perdón de ustedes les voy a contar una intimidad muy íntima aunque suene exageradamente redundante. Tuve una novia cuya familia era adinerada, quisiera entender porque razón se le dice a una persona que tiene un patrimonio algo elevado de buena familia, en mi caso particular prefiero omitir ese término sin entrar en detalle. La familia de esa novia y la mía se detestaban; éramos como los Montesco y los Capuleto. Para verme con Julieta, curiosamente el mismo nombre de la pieza teatral de Shakespeare, tenía que ir a su casa trepar una reja, llegar a donde se encontraba una seguidilla de ventanas, la tercera en el piso tercero a mano derecha entre una enramada espinosa era la de mi amada, teníamos un código secreto; había que mandar tres piedrecillas al vidrio de su habitación o a su ventana y de esa manera nos comunicábamos y nos expresábamos amor eterno. Una vez no estuve tan aceptado en el tiro, una de las piedras se desvió algunos metros tal vez por la acción del viento y esta fue a estrellarse a la habitación de sus padres, quienes me devolvieron el saludo con una cascada de piedras, afortunadamente pude escabullirme, y por unas cuantas piedras no volví a saber nada de ella.
(Sollozando) Si ven ustedes como mi vida está ligada a la piedra. (Se escucha el ruido de un cristal roto.) Si escucharon otro vidrio roto a consecuencia de una piedra, alguien definitivamente no tiene nada que hacer sino sacarme la piedra y yo creo que es uno de ustedes, o el que esté libre de pecado que lance la primera piedra. Para colmo de males ayer estuve en la torre col patria, me subí a la terraza para ver cómo se veía la ciudad sin mí, de puro aburrido le di una patada a una piedra que casualmente estaba ahí, luego me bajé todos los pisos por la escalera contando todos los escalones, en la más absoluta ociosidad, cuando llegué al primer piso perdí la cuenta´. Luego en la casa me recibieron con la no muy buena noticia que mi señora madre estaba hospitalizada porque cuando pasaba por el frente del edificio col patria, algún desadaptado social  le dio con una piedra en la cabeza. Afortunadamente mi madre hoy está bien y no se supo nada sobre el desgraciado que mandó la piedra o sea yo. (Mira el reloj.) Debo irme pero antes les dejo una moraleja. “Cuando alguien pregunte algo, no respondan con dos piedras en la mano, lo cortés no quita lo valiente.” (Suena otra vez un vidrio roto.) Hasta cuando voy a tener que lidiar con la piedra. (Sale cantando un estribillo de reguetón.)
“Iba caminando por la calle,
Cuando con una piedra tropecé
Caí sobre el filo de una piedra
Y con esa misma el trasero me chucé. (Sale.)


SUBTEXTO: Intolerancia.

domingo, 8 de febrero de 2015

ALICIA Y LAS MARAVILLAS

CONSUELO POSADA.

Antioqueña de nacimiento, vivió desde muy niña en Barranquilla. Cursó un posgrado de humanidades en Italia, y fue durante muchos años profesora de Teoría Literaria en la Universidad de Antioquia. Después de su jubilación regresó a Barranquilla, donde, retirada de las aulas, se dedica “a la escritura de los relatos literarios que siempre estuvieron presentes, pero que apenas ahora logro tener como un objetivo primordial”.

ALICIA Y LAS MARAVILLAS

También me acuerdo hoy de la Alicia adorada de Alejandro Durán y de Alicia la flaca de Aníbal Velásquez.


Por Consuelo Posada

Aquella mujer me hizo amar lo prohibido desde siempre y era ya mayor cuando yo apenas me asomaba al territorio de los hombres. La envidiaba cuando empecé a conocer el mundo por dentro y la seguí envidiando en ese largo camino hacia la vida adulta cuando, para parecer mayores, decíamos 17 sabiendo que aún faltaban meses para llegar a los 16. Después, cuando los años pasaron y nos llegaron las arrugas, ella se quedó como “Alicia sin tiempo”, en una cara sin edad, como la de las monjas. Alicia encarnaba lo no permitido, en un barrio demasiado quieto, donde los sueños de cambio eran una infracción y la libertad una palabra reservada a los hombres. Pero ella manejaba sus propias reglas: escogió y tuvo los mejores muchachos, jóvenes y mayores; fue la dueña de todos los bailes y gozó los parejos más apetecibles, arrinconándolos hasta el final de las fiestas. Las malas lenguas decían que ofrecía y daba y éste era, tal vez, su secreto, en ese pequeño mundo donde todas las jóvenes guardaban celosamente su verdad obligada de vírgenes. Así que Alicia dañó los noviazgos que quiso, pues cambiaba caprichosamente los acompañantes mientras las lánguidas novias se quedaban tragando sus lágrimas. Se casó muy pronto con aquel Félix que había sido su novio casi oficial, con él siguió, sin crisis conocidas, caminando con garbo después de cada parto, con un meneo de caderas que no pararon los cinco hijos biológicos, ni la crianza de los sobrinos y niños de parientes, que ella cuidó como suyos. Ahora, de abuela gozona, mantiene la risa de adolescente y sigue dando tema para habladurías. Los hombres del barrio han respetado en silencio su amor de turno pero no esconden los halagos y siguen ofreciéndole un piropo entusiasmado. También en mi familia, donde no se podía siquiera insinuar antipatías por ella, cuando éramos jóvenes y ella empezaba sus andanzas públicas, he visto picardía en las sonrisas masculinas a su paso, aunque mis hermanos y tíos aparentan despreciarla. Nadie se ha empeñado en probarle nada, aunque las señoras dolidas del vecindario siguen inventando historias, sobre todo después del hermoso muchacho, ayudante de la tienda, que llegó al barrio el último año. Todos sabían a donde iba y de dónde venía cada tarde, pero ella mantuvo sus gestos y aunque pasaba sin saludar, su caminado lento y su cara sin culpa, parecían un desafío a las miradas de curiosidad o de censura. A pesar de los comentarios, su marido se ha quedado en el barrio y en la casa, dispuesto para los hijos y atento con los vecinos, pero desentendido de los chismes domésticos. Tampoco ella se ha alejado, más allá de las horas necesarias para sus romances temporales y aunque ha buscado amor en muchos hombres sus pasos han estado cerca de sus hijos. Pero esta vez, cuando vino a saludarme en los días siguientes a mi llegada, pidió que me la llevara a Bogotá, y habló de querer vivir lejos una nueva vida. Yo miraba con encantamiento su figura, sus movimientos desenvueltos cuando hablaba y su seguridad para defender las cosas que la hacían feliz. ¿Por qué Bogotá? Le pregunté. ¿Qué pasaría sin el barrio y qué haría con los hijos? Aunque no tenía respuestas precisas, su carcajada no parecía una evasión y se concentraba en el tema de la que podría ser su vida en la capital. No encontré cómo decirle que yo también quería que ella me llevara un día a su mundo y que cada vez que volvía, con mi marido y mis hijos, me daba envidia su vida. Ella ha sido capaz de vivir lo que yo apenas puedo admirar de lejos: la cumbiamba, el parrandón y las verbenas y ha sabido continuar los días de fiesta de la adolescencia. Su disfrute de hoy parece igual al de los domingos en el Jardín Águila, cuando después de misa, a escondidas y con el uniforme del Colegio, iba con algunas amigas a mirar el baile que se hacía en una pista abierta y allí la encontraba radiante, sudorosa y concentrada en sus mejores pases. Cuando en los momentos serios se hablaba de sueños de grandeza, de estudios, carreras y viajes, ella no se mostró jamás interesada y parecía contenta con su suerte y convencida de estar hecha para quedarse. Han pasado tantos años y todo sigue casi igual. Yo me casé con ese hombre reglado y quieto y vivo un mundo de prohibiciones y decencias. Soy una de las pocas que pudo irse, conocer el mundo y estar lejos; pero ahora, los deseos de volar se volvieron ganas de regresar. Tantas cosas que soñamos un día, hoy se desmoronaron. Sé que no existen las opciones completas. Mis amigas dicen que si te casas con un hombre perfecto, pronto estarás aburrida y desearás secretamente encontrar el amor desaforado. Creo que en mi caso hubo razones más allá de su aparente perfección para llegar a sentir este hastío que me llena el alma. No estoy segura si Alicia sabe pesar el valor de su goce, si sabrá que las que fuimos tras sueños difíciles ahora daríamos todo por poder olvidarnos del mundo trascendente en una noche de baile callejero. Ella no tiene que hacer esfuerzo y puede vivir así cada momento. La noche del viernes, víspera del carnaval se hace en el barrio la gran verbena con una pista de baile en plena calle. “Ni se te ocurra” contestó mi marido cuando insinué la posibilidad de que fuéramos un rato. Así que estoy entre los espectadores y aunque estaré afuera me siento complacida. Cuando revienta la música del pickup, Alicia está allí, en primer plano. ¿Y tú por qué no bailas? me pregunta, con el mismo movimiento en sus hombros y una risa de cascabel, que parece retarnos a todos. Esta mañana vino a buscar hilos y cintas para retocar sus atuendos de fiesta. Me ofrecí a ayudarle, más por la tentación de tenerla cerca y oírle sus cuentos sobre lo que sería el recorrido de las carrozas en este sábado de carnaval. Contó, emocionada, los detalles de la comparsa y me mostró algunos de los pasos de la danza que habían ensayado durante varios meses. Ahora acaba de pasar, vestida de cumbiambera. Desfilará bailando, en una de las comparsas de “La batalla de flores” mientras yo, de señora decente, estaré en un palco mirando pasar el carnaval desde afuera, como he visto pasar la vida. Estoy esperando que en un momento mi marido aparezca con su gesto serio y la orden de irnos. En silencio, cerrará la puerta del carro, encenderá el aire acondicionado y no se hablará hasta la llegada.


De “Ellas escriben en Medellín”. Varias autoras. Hombre Nuevo Editores. Medellín, 2007.