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miércoles, 3 de octubre de 2012

EL VALOR DE LOS HECHOS


HISTERIA DE KAUIL

EL VALOR DE LOS HECHOS

Por: Javier Barrera Lugo.

Para, sin lastimarme, /cavar una ribera de luz, dulce en mi pecho, /Y hacerme el alma navegable.-Rafael Alberti- El ángel bueno 3-

Desde siempre he tenido la capacidad de aprender y acostumbrarme a las personas y las cosas de manera tardía. Esa virtud hace parte de mis instintos primarios, bulle de forma  mágica cuando mi razón y mi cuerpo están a punto de estallar y las desviaciones de mi mente llevan la tolerancia al dolor hasta puntos cargados de alegría. De repente, todo lo que es gris estalla en millares de colores que producen libertad y un extraño éxtasis que me hace devorar con compulsión lo que al inicio era una pesadilla difícil de encarar.
Sin ánimo de volverme melodramático, la primera persona que conoció y respetó esa esencia fue Don Héctor, mi padre. En 1979 mi hermano Andrés, hábil publicista, gran ser humano, tipo con carisma e inteligencia a toda prueba, aprendió a leer, con apenas cuatro años, primero que el resto de los alumnos de la Señora Marietta, profesora de kínder, en el Liceo San Rafael. Sus resultados eran una prueba tajante de la genialidad del “mono”, un rasero primigenio que evidenciaba lo cómodo que se sentía siendo el líder que ponía el ejemplo a una patota de cerebros que comenzaban a desarrollar la capacidad de hacerse unidades en un mundo atolondrado por el unanimismo.
Mis primeros cinco inviernos se vieron afectados por un maremoto de dudas, sentimientos e incertidumbres que casi cuatro décadas después, aún tienen la forma de un viejo fantasma que grita: “¡Vaya, se dejó ganar de su “hermanito”… ¡ ¡Mucha bola!”. Experimenté la frustración de saber que el centro del universo era
un lugar alejado de mis certezas, que no pasaba de ser un pequeño “asno” que se iba quedando a la saga de un lote de mocosos acostumbrados ya a leer la cartilla Nacho con la naturalidad de un sicópata y yo, todavía buscando atajos, inventaba lo que unos caracteres inteligibles no le susurraban a mi intelecto. Me pegaba de los dibujos e inventaba lo que el texto se negaba a darme, algo básico y natural: razones.
Entré en depresión y ejercí una rebeldía sin sentido (les suena familiar). No quería ir al colegio y la mejor forma de justificarlo era decirle a mis padres que los otros “chinos” olían a feo, se orinaban en los calzones, o que la profesora reafirmaba mi inseguridad diciendo que además de callado era “muy, pero muy bruto”, mientras la Directora del colegio, una  ex miembro de las SS  Hitlerianas, la Señora Alicia, anciana  venida y vuelta a ir desde los mismísimos infiernos de la intolerancia, me rajaba las manos a reglazos.  “¡Quemen mis naves!”, debí pensar mientras lloraba como un huevón entre las bellas enaguas de mi mamita…
La estupidez de sentirme mal por no ir al ritmo del mundo me la quitó mi viejo, un martes a eso de las cuatro de la tarde después de llover. Cerró el espaciograma, que había diligenciado con suprema habilidad, se quedó mirándome con firmeza tierna y me ordenó sacar la cartilla de la maleta. Le dije, algo aturdido, que iba a llamar a Andrés (mi siamés), para que repasara con nosotros. Sonriendo, me “disparó” a quemarropa: “el que no sabe leer es usted, apúrele y comenzamos a practicar”. La respuesta degolló mi recalcitrante actitud de tonto mimado dependiente de su hermano menor. Siguiendo mi costumbre, me puse rojo, no musite palabra, me comí el llanto (sentimiento, según mi mamá) y empecé a seguir la lección de “mala gana”. Los tipos callados tenemos la capacidad de ser hirientes con el silencio, es nuestra efectiva arma de dotación.
Don Héctor me sentó sobre sus piernas y comenzó a enseñarme que la eme con la a es ma, que la ese con la i es sí,  que compadre cómpreme un coco, y que el otro tarado no lo compra porque poco coco come, compadre, que el renacuajo paseador era un sapo con ínfulas de “dandy” salido de las pesadillas de Tarantino, por lo borracho y donde terminó sus días (Doña ratona no era precisamente una monja de la caridad). Para el no hubo amigos, tejo o diversión por esos días, la prioridad era liberar mi mente de las tinieblas de la ignorancia.
Con el paso de las horas, las lecciones que no concedían espacios a la pusilanimidad, se fueron comiendo no sólo el tiempo sino mi vacilación. Con respeto y mucha paciencia, Don Héctor, me ayudó a ver con claridad cómo un sinnúmero de hormigas aplastadas enmarcadas con símbolos diversos, se iban volviendo imágenes que cruzaban mi mente con simplicidad, cuadros que conjugados y llenos de movimiento devenían hechos historias plagadas de sentido y conclusiones… ¡Aprendí  a leer!  Por fin encontraba la adicción que hasta hoy, mezclada con pizcas de sufrimiento y pasión, se ha vuelto eje fundamental de lo que soy, de lo que amo, de quienes amo hasta el cansancio. Gracias a mi padre, a su habilidad para intuir los pequeños detalles que albergamos las personas, a su amor, logré pasar el primer escollo de los muchos que he encontrado en este paseo neurótico y lleno de recompensas al que llamamos vida. Y otra cosa sucedió, pero la entendí años después, cuando la disciplina de la paternidad y la antipatía de ser hijo, me permitieron ver al hombre del bigote eterno como uno de mis mejores amigos. Ese caballero fuerte de maneras afables, me hizo el regalo más valioso que alguien haya tenido a bien otorgarme: me trato como a un igual. Eso no tiene precio.
Hace un par de años, cuando me escapé del trabajo para ver con el viejo la final de la Champions 2009, lo encontré ayudándole a hacer tareas a mi sobrino Daniel, inteligencia, pureza y actitud, un tipo brillante. Y este recuerdo y muchos más tomaron  mi mente y ya no me llenaron de ternura sino de orgullo el corazón, Don Héctor, era otra vez el mejor amigo de uno de sus descendientes, tan particulares como mágicos.
Hoy puedo decir en medio del caos del mundo, más bien de sus caóticos líderes, que el valor de los hechos está en la capacidad que tienen aquellos que los generan, para no hacerlos exclusivos, para no entregar los sueños como migajas  sino como partes de su alma que germinan, trascienden y cambian la vida de quienes reciben un extracto maravilloso de ese espíritu que remonta sus propios apetitos.
Con este escrito celebro la presencia de mi viejo, el honor de conocerlo y sobre todo, doy fe respecto a su inmortalidad. Tengo claro que la gente camina por el mismo sendero, pero algunos toman atajos y adelantan su llegada a un punto tras los árboles, que aguardan nuestra llegada y nos cuidan. Para Doña Teresa, Andrés, Alejo, Lili, mis sobrinos, cuñadas y cuñado, para mí, queda claro que la gente no muere cuando deja de respirar; la esencia deja de rondar cuando olvidamos, y eso en nuestro caso, es algo que nunca seremos capaces de hacerle a Don Héctor Barrera.

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