Páginas

lunes, 20 de julio de 2015

LAS AVENTURAS DE LA SEÑORA MATILDE

LA AVENTURA DE LA SEÑORA MATILDE
Por: Javier Barrera Lugo.

Dedicado a: La señora Teresa y sus amigas.

Imagino que los fines de semana de la señora Matilde, mi vecina, son un período de tedio que asume de la forma más digna. Mucho silencio, la aberrante falta de sonido escondida tras las puertas para recordarle que las viejas como ella, las mujeres que pasan de cierta edad y son el sostén de la familia, no una prioridad, merecen ser tenidas en cuenta de lunes a viernes, y en el mejor de los casos, los sábados  si a sus hijos, (los padres de los nietos que cuidan) las obligaciones o el placer, les cortan el tiempo de compensarle a los críos, la soledad que la economía de mercado impone a las familias de nuestro tiempo como maldición por poseer lujos innecesarios, computadoras, televisión por cable, estatus social y toda la suerte de maricadas que conocemos.
Se levanta temprano, “la cama me pica”, dice hilarante. “Y por más que sea día de descanso, los oficios no dan espera.” Una ducha corta precede el rezo del rosario por los suyos, por las almas perdidas del mundo, por los enfermos que se consumen en las salas de emergencia de los hospitales sin atención, por los “mocosos” que deambulan calle arriba, calle abajo, vendiendo baratijas y denunciando con su presencia que no a todos los habitantes del país les toca la tajada del bienestar que el gobierno vende como un logro, cuando es su obligación. El sábado es tóxico, los domingos, al menos, puede ir a misa sin parecer una fanática que desfoga la falta de compañía, dentro de los muros de un templo donde hablarle a un pedazo de yeso es la mejor terapia para su alma.
Lo que me llama la atención de los días libres de la enérgica mujer, no son sus despertares al alba haciendo escándalo con ollas que se caen de donde las dejó puestas y hacen un ruido del demonio, o el canto frenético de los canarios y pericos australianos que no dejan dormir a nadie en el edificio. No son los hijos que no saludan y se empeñan en lanzarle el carro a los despistados vecinos que salimos en chancletas a comprar el pan del desayuno; ni siquiera se hace interesante por el amor manifiesto por esos nietecitos  rubicundos y malcriados que con sus legos y triciclos de plástico, descascaran la pintura que una cuota extraordinaria de administración nos hizo pagar. Lo que realmente me llena de curiosidad es verla humana, desinteresada, tan abnegada con las personas que no conoce. Es extraña tanta generosidad en una ciudad atrapada por el frío de las almas.
Sé que el “malparido” del esposo, la dejó hace diez años por una mujer mucho menor. Ese detalle y la palabrita desobligante, las profirió el chismoso señor  Gutiérrez, administrador eterno del edificio: “Lo que no sepa yo, de pronto el diablo sí lo adivine”, dice cínico cada vez que me aborda en el parqueadero para darme detalles sucios de la vida de cada uno de mis ochenta y tres vecinos:
“La del 407 es puta, sale a las 6 de la tarde con un gabán, la espera el mismo taxi todos los días y vuelve como a las 5 de la mañana… Misma placa, mismo conductor… Está buena la condenada. Yo sé, lo comprobé el día de las velitas, se besó con Aicardo, el del 302, cerca al cuarto de basuras mientras estábamos dándoles los premios a los niños del coro. El tipo le pasó un billete de diez mil pesos… Qué cagada, como que la esposa del huevón se dio cuenta… Y Eduardo, el tipo del 202… ¿No se acuerda de él? El gordito ese del carro verde… Sí, sí, el de la camioneta Ford… Sí, sí… Ese man debe ser “traqueto,” se la pasa todo el día metido en la tienda del frente bebiendo cerveza con unos pendejos armados hasta los dientes…” Así es todo el tiempo, cuando llego, cuando salgo, cuando estoy fumando en el parqueadero. Creo que Gutiérrez es de esos seres que ve en los demás el reflejo de sus malas acciones.
Pero lo que les quiero contar no son los chismes absurdos de ese pequeño infierno llamado vecindad. Relataré la más reciente hazaña de la señora Matilde, la propietaria del apartamento del frente al que alquilo.
Me la encontré temprano esta mañana. Las ganas de un cigarrillo me hicieron levantar de la cama antes de las 7. Pese al guayabo, me puse gorra, pantaloneta de fútbol,  camiseta vieja y los lentes oscuros con los que un vampiro como yo, combate los efectos de la luz solar. La necesidad de nicotina prevaleció sobre el deseo de hacer pereza este día festivo.
El edificio estaba en calma, la mayoría dormía, hasta el vigilante estaba en esos menesteres. La vi salir de la torre. Sudadera rosada, una gorra con visera gigantesca, una carterita de lana y la cara embadurnada de bloqueador solar. “Voy a dar una vuelta, joven,” dijo sin que le preguntara nada. La saludé con afecto, ese es mi problema con ciertos extraños generosos, los asumo como parte de mi vida sin pedirles permiso.
La señora Matilde siguió caminando. Sonriente, dio cuatro, cinco pasos a lo sumo, se detuvo y regresó. Sacó un trozo de papel de la cartera y me lo entregó. “Oración al arcángel San Miguel”, decía la pequeña estampa cuya imagen presenta al protector del cielo pisándole la cabeza a un engendro con alas de murciélago, que por lo que veo, no alcanzó la entrada al infierno y recibió una paliza monumental del afeminado jefe del ejército divino.

-¿Y eso, mi señora?-Pregunté con sentida curiosidad.


-Es para que siempre esté amparado por si alguien o algo le quieren hacer daño. Usted me cae bien, es un muchacho serio y discreto. Cuando el viejo Gutiérrez lo pare para decirle algo, apriétela duro y verá cómo se le quita del lado sin chistar. Ese viejo es muy malo, lenguaraz… Una mala persona, de verdad.
Le agradecí el detalle. Asumí la estampa como el obsequio de una mujer afable hacia un vecino vago que tenía en cuenta su presencia en el mundo. La vi con ganas de seguir hablando. Agradecido, omití el malestar de la resaca e inicié la conversación.

-Pero si el viejo Gutiérrez es inofensivo… Un poco indiscreto, eso sí; pero nunca se ha metido conmigo.


-¿Inofensivo? El no respeta a nadie. De usted anda diciendo que es un comunista que tiene embarazada, y no le quiere responder, a la flaquita que lo visita todos los fines de semana. A todas estas, ¿sumercé que es lo que hace?


-Soy escritor, Doña Matilde… Y la flaquita… ¡La flaquita es mi hermana, no joda! ¡Gordo hijuep…!- Las ganas de reír y matar al viejo entrometido, se me juntaron en el pecho.


-Ese tipo es una vergüenza, muchacho. Por eso le digo, cargue el DETENTE en el bolsillo, San Miguel nunca lo desamparará. Míreme a mí, ayer no más, me sacó de un peligro terrible…
Su rostro alegre se volvió adusto en un santiamén. Los ojos se le llenaron de lágrimas. La preocupación me coloreó el rostro. Ella se dio cuenta de mi desazón y pidió disculpas. La invité a tomarse un café para que me  contara lo sucedido y se desahogara. Aceptó.
Mi apartamento era un desastre, libros regados, pegotes de jugo en la mesa del comedor, tufo a cigarrillo en cada rincón. Miró de reojo y se sentó en la única silla que no tenía ropa sucia colgada. Revisó la taza, bebió despacio. Respiró profundo y me contó lo sucedido.
 El día anterior, domingo, decidió ir a escuchar la eucaristía en la iglesia del 20 de julio, de cuyo niño mágico es devota. Su amiga Marina, la viuda de Contreras, dueña del apartamento 103, prometió acompañarla; pero una invitación a almorzar de sus hijos, le impidió cumplir con el compromiso. La señora Matilde no se alteró, caminó hasta el Portal de Transmilenio y tomó el bus que la llevó a su destino. “Viaje tranquilo, muchos niños, padres, lleno como siempre y nadie que le dé a uno una silla azul… Qué tragedia,” comentó. Estuvo en misa de diez, dejó la ofrenda de chocolate y pan tajado y salió a desayunar en uno de los tenderetes que componen el desorden sucio de ese lugar repleto de peregrinos. Café tibio, un tamal y pedazo de pan viejo, fueron los componentes del singular brunch.
No bien acabó de pagar, un par de “indios,” según los clasificó, gordos, mal vestidos, “malencarados,” le raparon el monedero donde guardaba las vueltas del desayuno. Uno de los tipos, el que tenía el botín, resbaló  y terminó cayendo como una plasta. Su cómplice se detuvo y amenazó a Doña Matilde con un cuchillo de carnicero. “La “tontarrona” de los desayunos se amangualó con ellos, también estaba implicada, joven, los envalentonaba para que me atacaran.” Sus palabras tenían el gusto de la ofuscación.

-¿Y usted que hizo?-Pregunté indignado.

-Cuando vi al tipo del cuchillo devolverse con ganas de agredirme, metí la mano en la cartera, saqué la pistola y le pegué un tiro. Al otro también le disparé en la pierna… La china de la caseta salió a correr como alma que lleva el diablo…

-¿Cómo que les disparó? ¿Cómo así que anda armada…? ¡Qué cosa tan loca, señora Matilde- dije entre carcajadas nerviosas.

-Lo único bueno que me dejó mi marido antes de irse, fue la “negra y la veneración a San Miguel Arcángel.” Él era policía, me enseñó a utilizarla. Nunca salgo sin ellas… La estampita y la pistolita… Las tengo cerquita siempre. ¿No ha visto los noticieros de la mañana? Esta es una ciudad de locos.

-¿Y qué le dijo la policía? ¿La llevaron a la estación? ¿Cómo la dejaron libre?

-Se formó una furrusca ni la verraca. Eso estaba lleno de gente que comenzó a gritar, a patalear, a berrear… Guardé de nuevo la “negra,” caminé hasta el portal, que es bien cerquita de la iglesia, subí al bus y llegué aquí a la casa. Nadie me preguntó, nadie me paró, nadie chistó nada. Por eso le digo, guarde la estampita, los santos y los angelitos lo cuidan a uno… Y duerma la borrachera, mijito; ya le interrumpí demasiado el sueño. Chao, hablamos después…

Aún no se me pasa el asombro. Mi adorable vecina, la ancianita que imaginé débil, apocada, resultó ser una justiciera implacable que puso en cintura a dos pillos que se ganaron un “premio” equivalente a la atrocidad que cometieron. La señora Matilde me hizo ver lo obtusos que somos quienes nos consideramos jóvenes y los que lo son, desagradecidos y olvidadizos seres que perdemos el tiempo buscando obtener cachivaches inservibles, fabricamos problemas y olvidamos que los niños, los abuelos, todos necesitamos ser escuchados. Me dieron ganas de llamar y mi vieja y consolarle los “mil tormentos” que tiene para contarme.
Salgo a fumar el cigarro de la victoria, el de antes de dormir. Veo al viejo Gutiérrez, acercarse a contarme el chisme del día. Ya no lo puedo evadir, lo tengo a menos de veinte metros… Instintivamente llevo mi mano derecha al bolsillo de la camisa. Aprieto la estampa con fuerza. “Si me dice algo lo mando al carajo,” decido… Para mi sorpresa, el “comunicativo” administrador se encuentra de frente con la rubia del 407, la “puta,” que enfundada en un gabán gris, se dirige hacia el taxi que la espera en la puerta del edificio.

Gutiérrez, abraza a la dama, le dice algo al oído. Ella no disimula una carcajada y comienza a hablar con ese hombre detestable. Asumo que el chisme es jugoso, la nena no para de reír.  Paso por su lado y no reparan en mi existencia… “El Arcángel Miguel sí quita los demonios del camino…”, concluyo, mientras expulso de los pulmones la primera bocanada de humo.

2 comentarios:

  1. UN GRAN CUENTO, JAVIER, DE LO MEJOR QUE TE HE VISTO ESCRIBIR. GRÁFICO, DESCRIPTIVO Y CON U TEMA REALMENTE PUNZANTE. A MAGOLA Y A MÍ NOS HA GUSTADO MUCHO. ENHORABUENA, AMIGO.


    FLORENTINO BORRÁS.

    ResponderEliminar
  2. Huyuyuyyy, qué dolor, Barrera... 10 puntos el cuento.

    mario díaz.

    ResponderEliminar