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sábado, 15 de octubre de 2016

NUEVOS COLORES

NUEVOS COLORES
Homenaje a Don Héctor y Catalina

Por: Javier Barrera Lugo

“Quizás el sufrimiento y el amor tienen una capacidad de redención
 que los hombres han olvidado o, al menos, descuidado.”
Martin Luther King


La vida siempre encontrará formas para hacernos entender que es ella la que tiene el poder y ninguno de nuestros actos podrá  trastocar sus designios. Bajo su tutela  no pasamos de ser simples criaturas con intenciones superficiales, ambiciones primarias, quimeras que se la pasan alcoholizadas, son buenas y nada esenciales,  conclusiones apresuradas que van como kamikazes japoneses a estrellarse contra los cristales que nos protegen de la lluvia. Caminamos nuestra particularidad con el dedo metido en la boca pensando que poseemos los medios para cambiar el destino; pero una pequeña clave salida del lugar menos esperado, un milagro o una tragedia, nos ponen en sintonía con esa realidad que se desnuda frente a nuestra mirada sin ningún pudor.

      Ella, la vida, es feliz dando bofetadas y llamando la atención de quienes, como yo, creímos tener un poco de control sobre las cosas que pasan cotidianamente. Puede que en algún momento nos otorgue la autoridad de ponerle algo de picante a nuestras acciones, aunque lo esencial parece estar atado a un plan mayor y desconocido que nos va mostrando sus cartas con astucia.

       Hoy labro una tierra que da frutos hermosos, tiernos manjares para los que no me preparé y consideré descartados, confiado en que los oráculos habían borrado mi rostro golpeado de sus archivos. Latidos rápidos y llenos de brío infiltran las tres capas de mi corazón. Sus raíces calan profundo en huesos y mente, retan el buen juicio, me regalan el beneficio del error como condición inapelable para disfrutar de pequeñas grandes recompensas.

     Con cinco años de diferencia la diosa fortuna se atreve a darme un premio, cambia el dolor de la muerte a cuotas por curiosidad y un tipo de amor que no conocía. En octubre, hace un lustro, Yacó se llenó de vientos, de ruina, escapó el ángel con alas de colibrí hasta un lugar donde tengo prohibido caminar la inmensidad del azul, sus ondas que generan tranquilidad. Todo se volvió tenebroso en un espíritu que desde la adolescencia defendió los actos simples  de bondad como factor de verdadera revolución.

       No quiero decir que las nuevas bendiciones hayan logrado hacerme olvidar a mi gente y sus circunstancias, es sólo que la desesperación tiene nueva cara, otra intensidad, el desasosiego le abrió paso a esa sensación anárquica llamada fe. He aprendido a sonreír cuando quiero, no cuando debo; la imposición falaz de la cortesía frente a los sátrapas se convirtió en la primera gran extinción certificada  que he afrontado con alegría.

       Reafirmo lo que me dijo La Filipina durante el encuentro que genera este escrito: no le debo nada a nadie. Hoy puedo manifestar la incomodidad ante quienes pretenden darme órdenes o imponer tradiciones que no estimo significativas. Una pizca de libertad me otorgué ante tantos eventos patéticos que cruzaron mi anterior universo lleno de falsa dependencia. Mudé la piel, los músculos y el cerebro. Soy una salamandra que no necesita mayores recursos para existir salvo a sí misma y su hambre.

       Ahora con mis fantasmas y ángeles sostengo una relación simbiótica. Ellos cruzan puertas metafísicas, me besan, cuidan de mis histerias, me acompañan cuando las cosas malas parecen irremediables, confortan ese espacio de soledad autoimpuesto desde que decidí quitarme de los ojos la venda atada con cinco nudos e imputada por quienes dominan un mundo que se descompone lento, huele mal y está al borde de la destrucción. A cambio les doy mis palabras cada mañana cuando voy embutido en un bus para el trabajo, o los echo de menos en las reuniones con mis hermanos y sobrinos, cuando hablo con Teresa y descubro que ella también se niega a tratarlos como pasado. Estoy vivo y sorprendido de estarlo, y aún más con la aparición de un nuevo personaje en mi historia.

     Lia llegó para enseñarme la redención sin dramatismos, porque la esperanza auténtica se sustenta en el cambio, en el trabajo duro que debe realizarse sin esperar beneficios. La recompensa que me brinda la existencia es el privilegio de afrontar las circunstancias extremas en completo silencio y agradeciendo a quienes realmente merecen la lealtad de un hombre que tiene el corazón lleno de fuego otra vez. El grupo se redujo, pero es incondicional.

       Nuevos colores tiene el rostro de mi amor, el que se construyó en un bosque donde un árbol sustenta el andamiaje de las fantasías. Cada paso que comienzo a dar tiene la contundencia de la resurrección.  Nada de lo que a continuación contaré está exento de realidad, delirio mental o expiación. Así lo asumo y defiendo. Que crea el que quiera, el que no, que se abstenga de decir algo.  Mi mundo no tiene reglas de narración, tampoco oficina de quejas y menos corrector literario. 


 

Aparecen de la nada para hacerme feliz una vez más.


       Esta reflexión la causó la visita de dos personas esenciales que como ya lo expresé, cerraron ciclos en el mismo espacio de una línea temporal en la que, con años de diferencia, nuevas voces me pidieron asumir riesgos,  ser de verdad un adulto, soñar y hacer realidad esos sueños, porque la vida es un instante y somos los individuos responsables de su desarrollo.  Ellos aparecieron para darle a mi espíritu una dosis de magia que me permita  no desfallecer, para quitarle al pasado sus cicatrices... Y lo lograron. 

       Junto a una incubadora en la unidad de cuidado intensivo pediátrico vigilo el sueño de mi hija que dos horas antes nació. Don Héctor y La Filipina traspasaron el ruido producido por la máquina que monitoreaba el corazón de Lia, agitado porque llegar a este país loco no es fácil. Con prevención comenzaron a acercarse y no me percaté de esta maniobra. Fue inevitable que mis pensamientos se centraran en las tragedias y las absurdas coincidencias que viví. Con años de diferencia se repetía el escenario: un amor martirizado por cánulas, bolsas de suero y cables, un par de ojos muy abiertos que me pedían consuelo, acompañamiento, que no los dejara solos nunca, enfermeras genéricas que practicaron el consuelo como procedimiento de trabajo, luces blancas que quemaban los pocos pensamientos racionales, médicos que pensaban, antes que en sus pacientes, en las cuotas atrasadas de sus autos de lujo y las casas que estúpidos preceptos sociales les obligaron a comprar, un sinnúmero papás que en las mismas circunstancias, se limitaron a mirar como vacas hacia un punto neutro de las persianas cerradas para no aumentar su preocupación con la nuestra.

       Aunque me propuse no sentir angustia por la similitud de los hechos y fechas, la experiencia me condujo a un lugar común que me horrorizará siempre: el escenario que comparten el amor, la enfermedad y la muerte. Seis años antes, en una noche cargada de pánico, Don Héctor dejo de ser un bolero cargado de amor y advertencia sobre lo importante que es ser música en un mundo sordo, para convertirse en la estampita vestida de ángel que con gafas, canas y nuevas alas engalanó el árbol de navidad que Diana, mi cuñada, decoró para hacernos menos tortuosa su ausencia ese diciembre.

       Literalmente un año después de la partida de mi viejo, Cata, decidió hacerse compañera del viento que una madrugada de octubre pasó por Yacó para arrancarla del techo de la casa y llevarla hasta el lugar donde los ángeles como ella, alas de colibrí y ojos rasgados, diseccionan los misterios del paraíso. Todo mi mundo se vino a pique, padre, esposa, un par de amigos, se hicieron un agujero en mi pecho que mató lo que alguna vez creí ser. Su silencio fue una cuchilla quitándome pedacitos de carne cada día.  Nada más fuerte o contundente que esta verdad, nada más evidente que su ausencia física y su arraigo en el corazón de un hombre con ínfulas de guerrero que los vio perderse en el cielo. Todo se juntó para hacerme sentir el latigazo de la orfandad.

       Don Héctor  y La Filipina se manifestaron, tocaron mi hombro y nos acompañaron a Lia y a mí en este nuevo reto.  “¿Quién les dijo que están solos?” Mi viejo preguntó con esa delicadeza que le agradeceré siempre, ese era su sello. No fue un interrogatorio, gracias a un cuestionamiento me trasladó a un lugar donde todo fue claro y las respuestas que me negué por desesperación se hicieron evidentes.  Mientras él se esforzaba por darme la luz yo me aferraba al pesimismo:

-Todo se repite, viejo. Cada vez que creo tener algo o amo profundamente a alguien, cosas malas les suceden-. Respondí como si fuera un niño de siete años. Estaba asustado.

-Nada es igual. Hasta que no crea esta verdad estará haciéndose difícil la vida y de paso se la joderá a quienes estén a su lado. Lia no muere, está empezando a vivir, es algo diferente a lo que quiere creer, ¿no le parece? ¿Por qué le cuesta entender eso?

       Don Héctor jugó su carta por un lado que ni siquiera contemplé. Fui un necio. Se acercó a Lia y le acarició la mejilla. “Es igualita a Teresa,” dijo sonriente. Levantó la mano y se despidió. La sala quedo con un leve tufo a cigarrillo que me confortó.

      La Filipina, en silencio, se acercó apenas mi viejo empezó a hacerse invisible. Sentí como la punta de sus alas rozaron mis mejillas con delicadeza. Me habló  a través de sus ojos orientales que terminaron hechizándome una vez más: “Extraño tu presencia en mis pensamientos, en los versos que debiste olvidar porque el mundo no se detiene cuando un colibrí deja atrás el desierto donde fue feliz sin extravagancias o pruebas que debiesen mostrarse a aquellos que no estuvieron involucrados en lo que fuimos. Eres un debilucho que aguanta mucho castigo; como decías siempre: “soy un fajador con cero músculos en el tórax, pero con terquedad en la cabeza.” Y es cierto, no pegas golpes y resistes los que te impactan. Ganas las peleas por desgaste del rival. Lo de Lia es una prueba más, no te preocupes, estará bien. Ella es el premio que ganaste por resignarte a dejar volar a otra gente que amarás a perpetuidad así hayan tenido el descaro de escaparse entre las corrientes de un vendaval. No le debes nada a nadie, lo que pasó fue el desarrollo de un plan en el que tu papel fue accidental. ” No movió los labios, su voz estaba en mi corazón, en el deseo y su sentido egoísta. “Quédate,” quise decirle. Cata, como de costumbre se anticipó:

-Sigue siendo fuerte y ten claro que en mí alma nada cambiará, ni siquiera el amor que nos tenemos. Los secretos seguirán enterrados en el tiempo que ya no compartimos. Vuelo por las venas del cosmos, esa es la tarea que acepté y cumplo. Siempre te escucho y velo por tu tranquilidad.  Ausencia no significa olvido, loquito. Esta Filipina sigue rondando tu naturaleza, te complementa y te ama diferente a cómo te aman las que hoy lo hacen. Deja de llorar, las circunstancias se repiten si lo queremos… y tú no quieres eso. Sé fuerte, poeta varado, lucha por tu hija. Yo estaré bien-. Sus palabras me confortaron; pero las lágrimas poco entienden de corrección, no son lógicas.

       Me miró como solía hacerlo, con respeto, con pasión implícita, sin aspavientos. Entornó los ojos y mecánicamente las azules alas de colibrí salieron de su espalda y comenzaron a batirse con una vehemencia que terminó por hechizarme. Antes de remontar los techos del hospital, los cielos de la noche que se cerraba, gritó  su dulce sentencia: “¡Eres libre, siempre lo has sido, deja de perder el tiempo! ¡Lia necesita sortilegios en su vida y tú eres el indicado para mostrárselos! ¡Te amo por amarme como me amas!  Sus palabras fueron una puñalada de vida en mis entrañas.

       A las nueve de la noche las enfermeras me sacaron de la unidad de cuidados intensivos. Los instintos de mi hija se activaron, comenzó a moverse, a respirar con fluidez, mejoraba. La besé y salí. En la sala de espera comencé a procesar lo que acababa de suceder. La piedra monumental que cinco años atrás me impuse cargar sobre los hombros se desintegró. Estuve  casi una hora descansando y sin pensar en aquellos muebles viejos de cuero, después de tantos años de estar corriendo en círculos.  

       Resurrección. Los creyentes le dicen así al proceso de mudar la piel quemada. Mis tareas, decidí, serán inventar nuevos colores que se basen en el azul de los colibríes y el rojo profundo de los boleros de papá, enseñarle a Lia que los principios que rijan su vida no tolerarán imposiciones o dolores heredados y que el amor es la fuerza capaz de mover este universo que día a día debe reinventarse.


       Sé que La Filipina y Don Héctor están bien, que nos cuidan sin interferir. Verlos me enseñó a creer que nada es definitivo, ni siquiera la muerte. Lo que resta por hacer es llenar de deseos el umbral gris de las agonías que pretendan doblegarnos la ilusión, cumplir lo que me prometo, evitar a toda costa la certeza de replicar las cadenas que los demás quieran imponernos. Es por Lia, por preservarme y hacer de nuestras vidas una maravillosa travesía que debo volverme a enamorar de mis sonrisas.  

3 comentarios:

  1. Y vio que la vida era buena; y por fin Dan, hizo las paces con Dios, un pacto que hoy tiene nombre propio: Lía.

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  2. Fercho, gracias por el mensaje y el acompañamiento. Vamos por el disfrute merecido de la vida. Arbolitos grandes y diminutos componen el nuevo imaginario.

    Saludos y gracias.

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  3. en el pueblo de este servidor los muertos son tan importantes que una vez al año nos vamos a tomar guarapo con ellos al cementerio. bonito que no olvide a sus amore, mi querido poeta. Un abrazo y prepare a lia pa`llevarla a comer oreada para que se le cure el estomaguito.

    saludos, amigo.

    Florentino Borrás.

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