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sábado, 4 de agosto de 2018

HAZ LO CORRECTO


HAZ LO CORRECTO

Por: Javier Barrera Lugo


Los pecados escriben la historia, el bien es silencioso.
Johann Wolfgang Von Goethe  





Los humanos tenemos la capacidad de demostrarnos en los momentos menos pensados de qué estamos hechos, de echar a la basura las voces que invitan a despedazar lo que nos importa, de cumplir lo que, en circunstancias duras o llenas de placer, prometemos; de hacer lo que debemos. La vida y sus escenarios son batallas que se pelean a diario y las decisiones que se tomen, buenas o malas, hacen la diferencia. Hombres nobles son aquellos que se sacrifican en pos de la felicidad de los otros, sobre todo si son sus hijos. El siguiente relato describe sobre la honestidad de un gran padre, un gran tipo…

       Al padre le gusta jugar tejo los fines de semana, tomarse sus cervezas, charlar con colegas de oficio sobre la cotidianidad de las obras de construcción donde trabajan de sol a sol poniéndole color a las paredes de unas casas donde personas como ellos sueñan el futuro. Tanta es su afición al deporte nacional, que patrocina un equipo en su barrio del cual es capitán y el mejor jugador. La camiseta que los identifica es blanca, ribetes negros contrastan el cuello y las mangas. “Decoraciones xxxx” se llama la escuadra que posee un récord de imbatibilidad en campeonatos del sector. Más de una docena de trofeos engalanan la sala de su casa: copas, bandejas, pequeños jugadores de estaño empotrados en tablillas de madera y detenidos en el tiempo a punto de lanzar el disco de metal que hará explotar mechas imaginarias, hacen parte de la colección de laureles con los que sus cuatro hijos de entre 5 y 10 años juegan a cualquier cosa, sobre todo, a destruirlos de a poco. Son niños obstinados y bastante fastidiosos, si se me pregunta.

       El padre tiene 37 años, mediana estatura, bigotes y cabello mostrando las primeras canas. Fuma mucho. Preocupado por cómo este vicio lo afecta, decide comprarse una bicicleta de carreras para entrenar y mejorar su estado físico. Aprovecha cualquier rato libre para salir a pedalear. A las canchas de tejo llega en bicicleta y se devuelve a la casa, algo entonado, en bicicleta. Va a las ferreterías a comprar pintura para las obras, imaginándose una etapa de la Vuelta a Colombia en la que se pelea la punta de una etapa eterna con Ramón Hoyos, “Pajarito” Buitrago, Alfonso Flórez y Rafael Antonio Niño, ciclistas colombianos con chapa de héroes. Su afición guarda respeto a estos hombres de metal y corazón henchido, porque también él se considera un luchador.

       Es poco dado a atesorar bienes superfluos, salvo su bicicleta. Ama aquel armazón de metal y caucho; la limpia cada vez que puede, compra aditivos especiales para engrasarla, monta, desmonta, vuelve a montar, piñones y platos como los ingenieros soviéticos lo hacían con las piezas de sus cohetes espaciales. El universo de sus fantasías, las pocas que se permite y le permite su realidad, giran en torno a la sencilla máquina roja cromada. El resto del tiempo aparecen obstáculos por superar y superados, como es obvio, con mucho trabajo y sacrificio silencioso.

       El 24 de diciembre de 1.984, el padre es de nuevo puesto a prueba por la vida. Completa meses sin trabajar, su mente, lo que queda de esperanzas, están cansadas. Gracias a las medidas tomadas por dirigentes ineptos, políticos ladrones (es redundancia, lo sé), la usura de los banqueros internacionales y locales, el país enfrenta una cruda recesión. Los sectores productivos no cuentan con fuentes de financiación que revitalicen su vapuleada necesidad de capital de trabajo. El de la construcción, mayor empleador de la ciudad, es el gremio que más siente el frenó económico. Los clientes del padre se quedan, al igual que él, con los brazos cruzados viendo como el humo cubre las salidas. Llegan las verdes tras un período de maduras que el padre aprovechó para comprar y adecuar la casa familiar y guardar un remanente para emergencias; pero la crisis es profunda y los ahorros se acaban.

       La costumbre colombiana de beber todos los santos días del último mes del año mientras se juega tejo debe esperar. No hay con qué patrocinar el equipo victorioso esta vez. Canastas llenas de cerveza se dejan en las neveras, la prioridad es que la esposa y los hijos coman bien. “Un “chino” con hambre no estudia, se enferma,” le dice a los “amigos,” que le increpan la negativa a invitar unas agrias para evadir la puta realidad.

       El padre no les hace caso. Tiene su bicicleta para salir a rodar las calles destartaladas de la ciudad y desahogar la impotencia de no poder trabajar teniendo salud y ganas. Por dignidad desperdicia su talento, su tiempo valioso, pasando cotizaciones de obra que, a la larga, sabe no le van a aprobar, “hay que intentarlo,” se repite buscando apalear la ansiedad.  Sólo el biciclo lo escucha llorar (los hombres de su generación no lloran jamás y menos en público), ayuda a esquivar por instantes la presión de ser “la cabeza del hogar,” como lo considera la esposa.

       Todo el mundo se prepara para celebrar nochebuena. Es época triste para la comunidad trabajadora del barrio, poca plata, caras largas, regalos que el niño Dios no entregará por más bien que se hayan portado quienes le escribieron la carta de pedido. Los hijos sueñan con una pista de carros y un balón para los tres; una bebé de plástico con pelo rubio de nailon es anhelo para la más chiquita de la casa. En su inocencia lo dicen fuerte, como dando órdenes, hacen planes, recrean partidos en los que el “Nano” Prince, Falcioni y Gottardi, juegan a su lado un campeonato del mundo donde son figuras por añadidura y hasta la muñeca que orina “si le das agüita con el tetero,” levanta la copa FIFA.

       El padre los escucha y se llena de dolor, de ira por lo injusto de la situación. No hay con qué comprar nada. Quiere explotar de una buena vez; sabe también que no debe hacerlo, esas son las reglas de la vida y sus niños no tienen por qué pagar las consecuencias. La esposa observa silente y con los ojos encharcados. Conmovida, le dice que salga y se tome unas cervezas con los vecinos que desde temprano acaban con el acopio de la cantina. A regañadientes le hace caso, toma la bicicleta, se va.

       Pasan unas horas. El padre entra con sigilo, le pide a la esposa que aleje a sus curiosos hijos de la puerta y así lo hace. Entra como una exhalación y se encierra junto con ella en el cuarto matrimonial. Demoran varios minutos y como si nada hubiese pasado, salen a cocinar el ajiaco con el que se celebrará el nacimiento del Cristo que tanto se añora. La mujer sonríe. De los niños, sólo el mayor se da cuenta que algo inusual sucedió, pero calla; con diez años entiende que todo terminará por saberse y es mejor no tantear los secretos de papá y mamá.

       La media noche llega con su carga emotiva. Siguiendo su costumbre, la esposa llora recordando a los familiares que ya no están, mientras abraza con fuerzas a sus “pollos,” que brinconean de lado a lado como voladores sin palo. El padre toma el teléfono anaranjado y llama a su hermana, quien tras la felicitación de rigor le pasa a Josefa, su mamá, y la viejita, tras un corto saludo, traslada la comunicación a su cuñado que tiene fama de hablar mucho de nada en particular. Todo es paz, respeto, la comprobación de que no se necesita mucho para sentir alegría.

       Los niños reciben regalos que no tienen forma de balón, de muñeca de pilas u óvalo de carreras. Son pequeños, se doblan apenas los toman. Rompen el envoltorio y se encuentran con camiseta tipo polo y pantaloneta para cada uno. El niño Dios estuvo “escaso”, pero no los olvido, ese es el aliciente; muchos de sus amiguitos ni cena tenían esa noche. El padre los observa y se nota que los ama; se los demuestra, no se los dice (la maldita masculinidad actuando de nuevo), asume que lo saben o lo sabrán algún día, a lo mejor cuando sean tipos de casi cuarenta años como él.

      Al día siguiente el padre se despierta y lleva a los niños a un parque donde no se ven muchos carritos, patines o balones nuevos. Los hijos, unos privilegiados en medio de la tormenta, estrenan ropa y juegan hasta el cansancio. Nuevamente en la casa, el hijo mayor se da cuenta que la bicicleta del padre no está, tampoco la herramienta para acicalarla, mucho menos los neumáticos de repuesto y a su viejo eso parece no molestarle, pese a que esa máquina es su tesoro. Intenta preguntar, pero se queda callado otra vez al entender que las pantalonetas y camisetas tipo polo no las regalan “peladitos” rubios, crespos, vestidos con túnica rosada que nacieron en Belén de Judá, ni un gordo noruego vestido de rojo, sino un hombre bueno que al hablar con su yo interior sobre si beber para olvidar o hacer felices a cuatro culicagados muy cansones y una esposa frenética, se dijo: Haz lo correcto.

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